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Opinión

"La universidad que necesita el Perú debe situar a la persona en el centro"

  • Carlos Garatea Grau
    Rector de la PUCP

*Discurso de inauguración dado en Aula Magna 2021

En esta oportunidad, la coincidencia no puede ser más feliz: cumplimos 200 años de vida republicana y celebramos la vigésima quinta edición de nuestra Aula Magna. Ni lo primero ni lo segundo es poco, aunque lo parezca ante la lista de tareas incumplidas y de temas por tratar. Por ello, la referencia a los aportes de la universidad peruana al país, en su bicentenario, redondea el título que cubre los tres días de diálogo que tendremos desde hoy hasta pasado mañana. De esa manera, la universidad se convierte en el eje temático que abre la reflexión hacia el entorno, hacia el pasado y hacia nuestro compromiso de hacer realidad un país mejor. Presente, pasado y futuro. Es mucho. Pero ni la amplitud ni la complejidad deben hacernos retroceder en bajar la banderilla que dé la partida. Nuestro país necesita que seamos capaces de diseñar un futuro común. Hoy corremos el riesgo de hacerlo trizas. Lo hemos reemplazado por burbujas incapaces de ver fuera de sí mismas, por visiones unilaterales del país limitadas a la satisfacción de intereses inmediatos. La universidad peruana —aunque la expresión sea un oxímoron que engloba varios modelos de universidad— tiene un papel central en el diseño y en la puesta en práctica del camino común que necesitamos crear.

La historia del Perú podría sintetizarse —disculpen los historiadores— en la trágica sucesión de incomprensiones y silencios".

Por lo pronto, algo debemos hacer para revertir la primacía de las crisis. Crisis en plural, por cierto. ¿Será el sello de nuestro tiempo? ¿Hubo algún momento, en los últimos doscientos años, en los que hablar de crisis en el Perú fue impropio por falta de asidero en la realidad? Bien sabemos que, en nuestros días, el mundo —ni qué decir del Perú— atraviesa múltiples crisis, de alcances diversos, pero crisis al fin y al cabo: crisis económicas y laborales; crisis políticas, democráticas, de participación; crisis ambientales y naturales; crisis demográficas y migratorias; crisis educativa, sanitaria, de valores; y la lista puede seguir. Vivimos, pues, en medio de una paz amenazada o, para ser más exacto, vivimos una paz que nunca llega a existir por completo. Tengo claro, sin embargo, que siempre será preferible esa paz a cualquier justificación de la violencia. El rechazo al terrorismo y a todo tipo de violencia debe ser tan firme y contundente como lo es nuestra defensa de la pluralidad, de la libertad y de una auténtica vida democrática. No deja de ser paradójico que mientras que, por un lado, el ser humano alcanza altos niveles de desarrollo científico y técnico, o mejora su comprensión de los fenómenos naturales, sea aún incapaz de lograr algo similar en la satisfacción de las necesidades básicas de millones de personas, y dé pie a reacciones populistas y demagógicas, de diversa índole. 

A las universidades nos toca la inmensa responsabilidad de impedir la coronación del reduccionismo".

En este marco, la ausencia de una consciencia histórica solo agudiza la pérdida del sentido de pertenencia y la noción de realidad que requieren las personas para responder a las demandas del medio con eficiencia, asumiendo que integran una comunidad que tiene un pasado y tradiciones que hunden y mezclan sus raíces en el tiempo. Nuestro Gran Canciller, el cardenal Versaldi, señaló que la educación debe, en primer lugar, instaurar un humanismo solidario a manera de sello indeleble en los estudios universitarios, pero añadía de inmediato que el humanismo solidario implica la formación de una conciencia histórica, basada en el discernimiento de los procesos que unen el pasado con el futuro. No tengo espacio para desarrollar esas ideas. Dan para un seminario. Me limito a insistir en que el cultivo de las humanidades, la solidaridad y la conciencia histórica, además de la ciencia, son, sin lugar a dudas, dimensiones que debemos asegurar en la formación universitaria. Aunque su defensa implica remar a contracorriente de los modelos educativos imperantes y resistir a la tentación del inmediatismo, del consumismo, y a la simplicidad del razonamiento utilitario que reduce la existencia humana a la perpetua puja entre costo y beneficio, que desaparece la creatividad, los sentimientos y la duda, la universidad que necesita el Perú debe situar a la persona en el centro. Debe formarla integralmente, para ayudarla a ser una persona de bien, un ciudadano consciente del lugar del pasado en el presente, un ciudadano animado por la curiosidad intelectual y alimentado por la sensibilidad y la creatividad que desarrollan el arte, la lectura, y una sana y plena vida en común. Sé que parece la descripción de un ideal. Lo acepto. “La utilidad de lo inútil”, diría Nuccio Ordine. Pero necesitamos ideales y convicciones para echar a andar un país que merece un futuro mejor. Toca a la universidad velar, recoger y cuidar esos ideales para que no se oxiden ni terminen desplazados del espacio en el que debatimos el Perú que queremos construir. Hoy sobreviven, pero, digamos sin miedo, cada vez están más restringidos al mundo de la academia, una academia menospreciada por el entorno y, al mismo tiempo, un entorno que percibe una academia escondida en una lengua impenetrable y artificial –como a veces en efecto sucede .

Nuestro Gran Canciller, el cardenal Versaldi, señaló que la educación debe, en primer lugar, instaurar un humanismo solidario a manera de sello indeleble en los estudios universitarios".

Este punto nos hace apreciar la centralidad de la comunicación en la vida social. “Bastante obvio”, me dirán. En efecto, lo es. Por ello, es sorprendente la indiferencia que mostramos ante la lengua, las palabras y la construcción de sentidos colectivos en nuestra vida nacional. La historia del Perú podría sintetizarse —disculpen los historiadores— en la trágica sucesión de incomprensiones y silencios. ¿Cómo hablar del futuro si no nos entendemos? Lo peruano —dijo Basadre— es, primariamente, una comunicación, unidad simultánea de elementos heterogéneos, consciencia de lo diverso y de lo uno. Dio en el clavo, don Jorge. Buena parte de la obra de Arguedas resaltó el mismo problema y mostró la urgencia de vernos, reconocernos e integrarnos sin abandonar el respeto a las diferencias ni las diferentes identidades. Alonso Cueto sintetizó la obra de Arguedas así: “En la misión a la que (Arguedas) entregó su vida, la lengua fue el vehículo que eligió para llevar a cabo su gran objetivo: el de la utopía de la integración”. Pues bien, si prestamos atención a cómo se libra la batalla por la opinión pública y atendemos, por ejemplo, cómo se invoca al diálogo, a la verdad, a la diversidad, al pueblo, llegamos a la conclusión de que “diálogo”, “verdad”, “diversidad” y “pueblo” tienen, en el espacio público peruano, nuevos sentidos: se dialoga con el que piensa como uno; la verdad es la que yo digo; la diversidad es la de mi grupo y el pueblo soy yo. No hay ahí un solo rasgo que favorezca la convergencia y el consenso, aunque se hable de consensos y convergencias como pilares de la democracia. Torcer así las palabras es muy peligroso. La comprensión social de la realidad se juega en gran parte en la comunicación. 

Consideremos que hablar —con el propósito de ser entendido— es un acto solidario, implica considerar al otro, el destinatario, algo opuesto a las burbujas autorreferenciales en las que se ha reducido el diálogo a que le den la razón al hablante; podría parafrasearse esta tragedia en una sola frase: “¡Qué inteligente eres, piensas como yo!”. Lo que sucede muchas veces en las redes sociales no hace sino socavar la creación de espacios abiertos, diversos, heterogéneos, y optar, más bien, por la homogeneidad, la inmediatez y la bulla. No hay argumentos, no hay ideas, no hay palabras. También pasa fuera de las redes, por cierto. La circulación ilimitada de información sin procesar, manipulada, que cruza de un extremo a otro el mundo, deja sobre la mesa la urgencia de distinguir entre informar y comunicar, y los consiguientes peligros de actuar bajo la presión de la inmediatez, opuesta a la lentitud de la reflexión y de la crítica, esenciales para el discernimiento y propios de la formación y de la vida universitarias. Sobran, pues, razones para que la universidad promueva, hacia dentro y hacia fuera, una cultura de diálogo, cuya raíz sea una auténtica disposición a escuchar y a comprender las diferencias de todos. La vida universitaria ha descansado siempre en ello. El avance del conocimiento lo necesita; la formación profesional lo necesita; el ejercicio de la ciudadanía lo necesita. Cuando el diálogo desaparece, cuando vaciamos de significado las palabras, cuando abandonamos el espíritu crítico, nos situamos al borde de un abismo sin fondo. Esto hace imprescindible la defensa de la calidad en la educación. No podemos jugar con la calidad según intereses particulares. La defensa de la calidad universitaria debe ser firme, clara y honesta.

Por otra parte, nadie con dos dedos de frente negará las ventajas de los medios de comunicación digital; pero tampoco se puede ignorar su efecto y su empleo en la construcción de la opinión pública, por ejemplo; un uso capaz de subvertir las relaciones de poder institucionalizadas, las tradiciones culturales y de crear otro espacio, con otras reglas y principios, imposibles de materializar en la vida no digital, y que generan frustración, ansiedad y violencia cuando de la pantalla se pasa a la calle, cuando de una soledad interconectada se pasa a una compañía desordenada. Cuando en la red me canso del otro, hago clic y chau; en la realidad, no hay clic. Solo hay diálogo, argumentos y consensos. Es decir: comunicación y convivencia. 

El futuro exige la comprensión de la heterogeneidad y una convicción, inquebrantable y honesta, en la democracia".

En este sentido, creo que todavía no logramos apreciar lo que significa ese nuevo mundo ni el efecto que tendrán en la vida común y en nuestras aulas los dos años de vida digital que nos impuso la COVID-19. Estamos a pocos meses del retorno. Ciertamente que debemos prestar mucha atención e invertir recursos en infraestructura, aulas, conectividad y una serie de aspectos asociados. Toda la discusión se ha limitado a ello. Falta dinero. Pero hay una gran ausente: la dimensión pedagógica del retorno. No podemos regresar a seguir con lo mismo. Los estudiantes serán otros, los profesores serán otros. La pandemia nos ha cambiado a todos. Y los cambios los viviremos en clase, en el vínculo que se crea entre un profesor y sus alumnos. ¿Cómo nos preparamos para esa nueva experiencia pedagógica? Una primera alerta de lo que viene lo da el informe sobre salud mental que publicó el Consorcio de Universidades hace dos semanas, sobre una muestra de 7,000 jóvenes universitarios, y que se encuentra alojado en su página web. Impresionan los altos índices en torno a, por ejemplo, ansiedad, estrés, pensamientos negativos, intentos de suicidio, violencia, soledad. Sin exagerar, pienso que el informe define un nuevo perfil en los jóvenes universitarios actuales, precisamente los llamados a sacar adelante a nuestro país. Claro que no todo es obra del virus, pero hay mucho de ello en su incremento desde el 2020. ¿Podemos hacer como si nada pasara? ¿Se habrán preguntado alguna vez los responsables de las políticas públicas a qué aspira y qué busca en su vida un joven universitario peruano?

A las universidades nos toca la inmensa responsabilidad de impedir la coronación del reduccionismo. Si no somos capaces de aceptar el reto que significa asumir que cada persona es una urdimbre de vínculos, pasiones, virtudes y experiencias; si no asumimos que la identidad de cada quien es una red de identidades; si nada de eso es incorporado en el país que queremos construir, entonces, estamos condenados a triunfar en el papel pero a fracasar en la realidad. Los universitarios trabajamos con personas. Es nuestra responsabilidad formarlos. Si, en lo que llevamos de crisis sanitaria, hemos sido testigos de cómo se han acortado las distancias físicas gracias a Internet, al mismo tiempo nunca antes se habían hecho tan evidentes las distancias culturales y sociales. El futuro exige la comprensión de la heterogeneidad y una convicción, inquebrantable y honesta, en la democracia. La universidad debe persistir en ese empeño.

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Salomón Lerner Febres

Excelente reflexión sobre la educación universitaria y sus tareas ineludibles en los tiempos para que nos ha tocado vivir.

Cristina Navarro G

Mejor descrito no puede estar , es la realidad ojalá se pueda lograr es tan difícil , desgraciadamente los intereses priman a todo nivel sin pensar que la educación es el factor principal en un país
Ojala logremos algo en nuestro país y tengamos muchas personas como
el actual decano de la Universidad Católica nuestro Peru sería diferente

Hortensia Ferrand

Carlos Garatea Grau expone, elocuentemente, cómo debe ser la educación universitaria en el Perú hoy, reflexionando desde el pasado al presente y proyectándose al futuro. Con su excelente reflexión demuestra ser digno de su puesto de Rector de la PUCP