El streaming en el Perú se está celebrando como innovación, pero en realidad es el mismo modelo de la televisión de siempre, solo que mejor distribuido. Así, cada vez más periodistas, programas y medios migran hacia el Internet en busca de consumir y/o desarrollar transmisiones en vivo y contenidos pensados para plataformas como YouTube. Sin embargo, más que una transformación del ecosistema mediático, lo que se evidencia es la continuidad de aquel medio tradicional, solo que bajo nuevas condiciones tecnológicas.
En nuestro país, el streaming informativo y de entretenimiento se concentra en YouTube. Datatube y DataTrip, en tanto, son plataformas que registran métricas y funcionan como el principal medidor de referencia. Los rankings y liderazgos que se construyen a partir de sus resultados son los que ya operan como un nuevo rating.
El resultado es evidente: el streaming no está reemplazando a la televisión, la está replicando. Y lo más incómodo es que ni siquiera estamos intentando hacer algo distinto. Programas largos, estructuras rígidas, centralidad de figuras y una competencia constante por volumen. Cambió el canal, mas no la lógica».
El resultado es evidente: el streaming no está reemplazando a la televisión, la está replicando. Y lo más incómodo es que ni siquiera estamos intentando hacer algo distinto. Programas largos, estructuras rígidas, centralidad de figuras y una competencia constante por volumen. Cambió el canal, mas no la lógica.
El periodista y escritor peruano Paul Alonso describe el Peruvian Infotainment como un modelo en el que la información se organiza como espectáculo, priorizando el impacto emocional, el conflicto y la visibilidad por encima del contexto. Lo que estamos viendo hoy es que ese modelo no ha desaparecido, simplemente se ha adaptado a una nueva infraestructura, donde el algoritmo reemplaza al rating, pero mantiene los mismos incentivos. Cuando el éxito se mide casi exclusivamente en visualizaciones, el incentivo no es informar mejor, sino retener atención a cualquier costo. Así, mensajes fuera de contexto, afirmaciones no verificadas y narrativas de odio encuentran terreno fértil.
En este escenario, las audiencias parecen más activas, los picos masivos de conectados suelen celebrarse como éxito, pero también revelan algo más complejo: la capacidad de estos sistemas para organizar la atención en torno al morbo y la confrontación. No es solo que eso venda, es que se está produciendo para que venda mejor.
Aun así, hay una diferencia importante. Los streamings independientes todavía pueden elegir no convertirse en infotainment. No están obligados a replicar la confrontación, la simplificación o la desinformación. Esa decisión no es técnica, es editorial».
Los streamings independientes, pues, ocupan un lugar ambiguo. Tienen mayor autonomía editorial, pero siguen dependiendo de plataformas como YouTube y Google, que definen visibilidad y monetización. La autonomía existe, pero es limitada.
Aun así, hay una diferencia importante. Los streamings independientes todavía pueden elegir no convertirse en infotainment. No están obligados a replicar la confrontación, la simplificación o la desinformación. Esa decisión no es técnica, es editorial. De eso resulta que aparezca una pregunta incómoda: ¿responden ellos a la demanda de las audiencias o están entrenando a estas para que exijan ese tipo de contenido? Porque las audiencias no solo consumen, también se forman.
El streaming no es solo un canal de distribución, es una infraestructura de formación cultural. Por eso, la discusión no debería centrarse únicamente en cómo monetizar la atención, sino en qué tipo de audiencias se están construyendo en el proceso. Reducir el problema a la tecnología es insuficiente. El Perú no necesita una televisión trasladada al streaming. Necesita actores que entiendan que cada decisión editorial no solo produce contenido, sino que valida narrativas y define los límites de lo aceptable.



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