Recuerdo con cariño la inmensa sonrisa de Nelson Manrique. Era un intelectual curioso, riguroso y trabajador, un maestro comprometido con el desarrollo del pensamiento crítico de sus estudiantes, un pensador inquieto, preocupado por su país y el mundo, y un polemista serio y exigente. Pero siempre dispuesto a escuchar, generoso con su tiempo y con gran sentido del humor. Lo escuché repetir, varias veces, la frase de que un pesimista era solo un optimista bien informado. Yo creo que Nelson tenía un apetito insaciable por aprender de muchas cosas. Estaba bien informado, sí; pero no era pesimista: sus investigaciones, sus clases, conferencias, su pensamiento, siempre en elaboración, no sucumbían ni bajaban los brazos en desesperanza, sino que luchaban tercamente contra ella.
Desde su primer libro, Campesinado y Nación. Las guerrillas indígenas en la Guerra con Chile, Nelson buscó desafiar la historiografía existente y los sentidos comunes enraizados. Tenía una sólida formación teórica, pero siempre abierta y heterodoxa. Era original en su manejo de fuentes y proponía miradas innovadoras acerca del país. Su preocupación por los sectores marginados era parte de un compromiso por forjar un país justo, solidario y vivible. Dedicó muchos años al estudio del racismo como elemento variable a través de la historia, pero central en la reproducción del acceso diferenciado a recursos materiales y simbólicos. Su espíritu curioso lo llevó a investigar temas diversos.
Lo escuché repetir, varias veces, la frase de que un pesimista era solo un optimista bien informado. Yo creo que Nelson tenía un apetito insaciable por aprender de muchas cosas. Estaba bien informado, sí; pero no era pesimista: sus investigaciones, sus clases, conferencias, su pensamiento, siempre en elaboración, no sucumbían ni bajaban los brazos en desesperanza, sino que luchaban tercamente contra ella».
Escribió mucho, desde libros y artículos académicos hasta columnas de opinión, pensando en un público amplio. El reconocimiento nacional e internacional nunca lo alejó de la humildad y la cercanía: no dejó de asistir a todo evento al que se le invitaba, porque sentía el deber de difundir el conocimiento, de escuchar y debatir, en la Universidad y fuera de ella. Tampoco dejó de asumir cursos en Estudios Generales Letras, porque disfrutaba de la conexión con las generaciones más jóvenes. En clase, su erudición convivía con el humor: la ironía, aguda, crítica y liberadora, permitía ver las cosas desde otros ángulos. El desafío a estudiantes, colegas y amigos era el de no cerrarse al diálogo, y el debate leal y constructivo. Aunque fiel a sus convicciones, tampoco se atrincheraba en dogmas e intransigencia. Todo diálogo presuponía horizontalidad y era visto como una oportunidad para aprender.
Tampoco dejó de asumir cursos en Estudios Generales Letras, porque disfrutaba de la conexión con las generaciones más jóvenes. En clase, su erudición convivía con el humor: la ironía, aguda, crítica y liberadora, permitía ver las cosas desde otros ángulos».
Conocí a Nelson cuando yo era un joven estudiante de Antropología. Mi interés por el racismo, plasmado en un texto que escribí entonces, me llevó a su oficina, fuera de la Universidad. A pesar de la diferencia de edades y trayectorias, me recibió como a un colega, me hizo preguntas interesantes e incisivas y me ofreció su respaldo. Además de bibliografía, me dio su tiempo, lectura y amistad. Luego, mientras preparaba su monumental Vinieron los Sarracenos: el universo mental de la conquista de América, compartió conmigo cada uno de sus descubrimientos, esperando, generosamente, los comentarios que pudiera hacerle. Tengo un gran agradecimiento por su desprendimiento y amistad. Una gran admiración por lucidez, su espíritu juvenil y su infaltable sonrisa. Ahora que vivimos tiempos sombríos e inciertos, que el panorama internacional y nacional parecen desafiar toda posibilidad de optimismo sobre el futuro, espero que la vida y obra de Nelson nos recuerden la necesidad de seguir pensando, dialogando y sonriendo.
*El 23 de abril se realizará un homenaje póstumo a Nelson Manrique en el auditorio de Gustavo Gutiérrez de la Facultad de Ciencias Sociales PUCP



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