Durante décadas, en el Área de Conservación Privada (ACP) Panguana, el sonido más constante fue el de los insectos, el correr del río Yuyapichis y el llamado ocasional de algún mono aullador al amanecer. Hoy, ese fondo sonoro convive con otro cada vez más potente: el ruido metálico de retroexcavadoras que remueven desesperadamente el lecho
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