A Gonzalo Portocarrero lo recordaremos siempre con todo el corazón: por su entrañable horizontalidad para ser intelectual, para ser maestro y gran amigo".
La interdisciplinariedad no puede ser entendida como un simple “diálogo” de disciplinas sino como la deconstrucción de la propia disciplina a partir de los aportes y las perspectivas de todas las demás. Desde esa premisa, Gonzalo Portocarrero entendió siempre su propio trabajo como maestro universitario y, sobre todo, como sociólogo. Para él, la sociología se enriquecía utilizando herramientas provenientes de la historia, de la filosofía, del psicoanálisis, de la literatura y de la teoría crítica contemporánea. Si hoy todos reconocemos el alto valor de sus ensayos, es justamente por su radical heterodoxia. A diferencia de lo que suele suceder en la universidad, Gonzalo nunca hablaba desde un lugar determinado: nunca se atrincheró en su propia disciplina y, más bien, combatió siempre todo feudo disciplinario o toda defensa particularista.
Cuando regresé al Perú, en el año 2000, ya conocía a Gonzalo, pero recién en esa época comenzamos a hacernos verdaderos amigos y construir un profundo diálogo intelectual del que fui el más beneficiado. De manera incansable, armamos distintos grupos de lectura, participamos en varios eventos, organizamos seminarios, escribimos juntos y editamos varios libros. Todo ello terminó por materializarse en la necesidad de construir una maestría de estudios interdisciplinarios. Recuerdo muchas reuniones al respecto y sobre todo discusiones en torno a cómo esta debería llamarse. Al principio, yo no estaba tan seguro de llamarla “Estudios Culturales” porque intuía prejuicios y estereotipos (pensábamos en “Sociología de la cultura”, “Crítica cultural”), pero Gonzalo me dijo insistiendo: “Los Estudios Culturales son ya un campo internacionalmente establecido del que tenemos que ser parte, será nuestra manera de dialogar con la academia contemporánea”.
Además de sociólogo, Gonzalo fue un agudísimo crítico de arte. Hoy recuerdo grandes conversas sobre la poesía peruana, sobre los cuentos de Clarice Lispector, sobre muchas películas y sobre Ana Karenina, que leímos juntos durante un verano. Muchas de estas imágenes servían para retar a distintas teorías sociales que, durante los últimos veinte años, hemos leído con pasión. A mediados de los 2000, cuando esa práctica todavía no era común en la Universidad, propusimos dictar un curso juntos sobre autores que partían del marxismo pero que lo reescribían o reinterpretaban a partir del postestrucuralismo, las enseñanzas lacanianas o la reconsideración postcolonial. Juntos armamos el curso de Postmarxismo y tuvimos la suerte de que se matricularan alumnos brillantes. Con sorpresa, y con el pasar de la semanas, este curso se fue poblando no solo de nuevos alumnos interesados sino de colegas como nosotros. Muchos de los que estuvimos ahí no podremos olvidar jamás ese semestre.
El año pasado, cuando solía visitarlo, Gonzalo me comentaba sobre el nuevo positivismo imperante en la academia actual. Juntos recordamos una frase de Mariátegui, autor que Gonzalo admiraba tanto: “El racionalismo no ha servido sino para desacreditar a la razón” había dicho el Amauta. No quiero, en este caso, seguir contando hechos y, menos aún, puedo ahora simbolizar todo lo que Gonzalo nos deja. Pero sí me gustaría añadir su capacidad de interesarse por todo y para conversar con todos por igual. A Gonzalo Portocarrero lo recordaremos siempre con todo el corazón: por su entrañable horizontalidad para ser intelectual, para ser maestro y gran amigo. El valor de la horizontalidad es uno de sus grandes legados. La muerte es la muerte, es cierto. Pero quizá haya algo que no muere. A través de tus libros, seguiremos hablando de muchas cosas, “compañero del alma, compañero”.



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