La Organización de las Naciones Unidas ha declarado el 2011 como el Año Internacional de las Bosques. ¿Cuán importante resulta esta designación?
Yo creo que es muy importante. Llama a la población a pensar sobre la situación de los bosques en su vida cotidiana. De alguna forma, la declaración de este año internacional tiene un efecto en el público: ayuda a que la ciudadanía haga escuchar su voz en los medios, permite debatir este asunto y entender que los bosques no solo son importantes para los otorongos sino para el futuro de esta generación y de las que vienen.
Por otro lado, las autoridades van a hacer algo cuando el ciudadano exija cierto comportamiento en la sociedad. Cuando vengo a Lima, veo que algunos taxistas comen mientras manejan, abren su ventana y botan los desperdicios. Cuando les digo que están ensuciando las calles y les pregunto por qué no guardan la basura en su bolsillo, algunos se asustan y otros piden perdón, lo que indica que hay gente que sí entiende cuál es su responsabilidad con la higiene urbana. Sin embargo, otros se ponen defensivos y emplean un lenguaje bajo y provocativo. Cuando se compartan así, yo les digo: «Mira, soy de la selva, si sigues haciendo eso te mando a embrujar» (ríe).
El Congreso de la República iba a debatir la Ley de Consulta Previa a los Pueblos Indígenas; sin embargo, muchas bancadas del Parlamento desistieron de la idea, lo cual podría generar contratiempos en las comunidades que están esperando que el Gobierno Central y los poderes del Estado tomen acciones concretas (N.R.: La entrevista se realizó antes de su aprobación).
Mi pueblo queda a cuatro días de Iquitos por lancha y con el avance de las comunicaciones, la distancia de un lugar a otro casi no existe. Pero además, estas poblaciones no solo están ligadas entre sí, sino que también se conectan con grupos activistas, nacionales o del extranjero. Por ejemplo, un grupo activista de Noruega puede lanzar una acusación contra un empresario o político peruano que no tenga prácticas ambientales socialmente correctas y esta noticia va a limitar su competitividad con respecto al mercado internacional.
No hay que considerar a la consulta previa como un impedimento, sino como un recurso para poder mejorar las prácticas y la competitividad en el mercado. Por ejemplo, el mercado no solo va a adquirir una papa amarilla porque le digamos que es la mejor y es orgánica, va a consumirlas cuando sepa cómo fue producida, si hubo buenas prácticas sociales, si el productor fue bien pagado y sus derechos fueron reconocidos, etc. Todos esos indicadores generan confianza y van a cambiar las reglas del mercado. Para eso hay que estar preparados. El Congreso es un ente regulador, pero la sociedad civil es quien al final va a tener una mayor responsabilidad. El consumidor actual tiene mucho más voz, demanda más cosas. Si las leyes o los reglamentos facilitan a un grupo y no al otro, la sociedad civil se va a dar cuenta, no la vas a poder engañar.
Cuando Antonio Brack Egg era Ministro del Ambiente consideraba que para que la sociedad peruana esté informada, es necesario tener una institución climática; los brasileños y los chilenos la tienen, los colombianos la están construyendo. El Senamhi (Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú) produce informes sobre el estado del tiempo pero no es una institución climática. Hay que tener dentro del Perú una institución que analice la información biológica, productiva y social existente, el crecimiento urbano y rural, etc. Si yo voy a producir espárragos, a mí me gustaría saber cuáles son las condiciones de crecimiento del espárrago, si habrán cambios en la flora del suelo, eventos biológicos de plaga o sequía, etc. El centro climático puede manejar esta información probabilística que te ayude a tomar decisiones proyectadas en uno, dos o cinco años.
La dinámica poblacional está cambiando: ahora es muy difícil distinguir quién es rural y quién es urbano dentro de la Amazonía. Esas categorías usadas en los censos no tienen valor para entender cómo se usan los recursos naturales y productivos, o en las decisiones de dónde vivir y cómo vivir. Cada vez más, las poblaciones se encuentran dispersas, son multihabitacionales. No hay poblador rural que no tenga casa o familiares muy cercanos (hijo, madre, nieto, sobrino) en la ciudad. Por ello, en temporadas de crisis, este poblador se convierte en un «refugiado ambiental» y migra a la ciudad, que le provee ciertos servicios (dinero, comida, etc.). Como consecuencia de este proceso, el área urbana crea hábitos rurales y viceversa. Por ejemplo, la extracción de madera y pesca en el área de Ucayali y Pucallpa da empleo a la población pobre urbana, no a la rural. Sin embargo, como los beneficiados son hijos, nietos, sobrinos o familiares de los pobladores rurales, los recursos les llegan indirectamente. Esta dinámica poblacional yo la veo como una estrategia de adaptación, que facilita la sobrevivencia a eventos ambientales a través de la optimización de las relaciones sociales.

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