Lima sigue siendo una ciudad que margina lo público. Mientras otras capitales entienden los parques, plazas y calles como lugares de encuentro, recreación y ciudadanía, aquí seguimos pensando en el cemento como la única solución. Según la última encuesta Lima Cómo Vamos, las actividades recreativas más frecuentes son ir a un centro comercial (77.7%), cifra por encima del 74.7% que menciona “pasear en un parque”.
Mientras otras capitales entienden los parques, plazas y calles como lugares de encuentro, recreación y ciudadanía, aquí seguimos pensando en el cemento como la única solución».
¿Por qué ocurre esto? Porque nuestros espacios públicos no cumplen con las condiciones mínimas para disfrutarlos. La mitad de limeños y chalacos (49.5%) está insatisfecha con la cantidad de áreas verdes y árboles, y un 55.8%, con el estado de calles y plazas. La falta de mantenimiento, la contaminación —sonora, vehicular, industrial— y la inseguridad hacen que, en lugar de ser lugares de encuentro, se conviertan en espacios que evitar.

Recuperar la ciudad implica replantear prioridades: invertir en verde antes que en gris, en peatones antes que en autos, en seguridad desde el cuidado y la iluminación antes que solo en cámaras. Y, sobre todo, implica recordar que los espacios públicos no son un lujo: son un derecho».
Los datos son contundentes: 7 de cada 10 personas se sienten inseguras en la ciudad. El 34.2% de mujeres ha sufrido acoso en espacios públicos el último año. Y casi la mitad de los ciudadanos (44.7%) está insatisfecha con la iluminación de las calles. No sorprende, entonces, que, frente al riesgo de la calle, los limeños prefieren el resguardo vigilado de un centro comercial.
A esto se suma la ausencia de una política urbana sostenida. Nuestras autoridades suelen priorizar obras para autos como pistas, autopistas o vías “expresas” antes que aceras, ciclovías o plazas. El 32.9% de limeños cree que lo que más le beneficiaría sería más autopistas, casi el mismo porcentaje que pide más buses de transporte público (33.3%). Apenas un 22.1% menciona la ampliación de veredas y espacios públicos. Este dato revela no solo la falta de visión de quienes gobiernan, sino también cómo nos hemos acostumbrado a vivir sin ciudad, sin derecho al espacio común.
Los datos son contundentes: 7 de cada 10 personas se sienten inseguras en la ciudad (…). No sorprende, entonces, que, frente al riesgo de la calle, los limeños prefieren el resguardo vigilado de un centro comercial».
La fragmentación institucional no ayuda. Cada distrito hace lo que puede y lo que quiere, y no existe una estrategia metropolitana para garantizar equidad en el acceso a parques, seguridad o infraestructura básica. Lima Norte y Lima Este, por ejemplo, tienen los peores indicadores de satisfacción con la gestión de residuos y áreas verdes. Además, el caso de los parques zonales -a los que algunas autoridades insisten en llamar clubes en su afán de darles un aura de exclusividad- es emblemático para entender el desprecio al espacio público al instituir, dentro de su modelo de gestión, la necesidad de cobrar una entrada para que pueda ser disfrutado.
Pero, más allá de la gestión, el problema es cultural. Hemos normalizado que lo público es lo residual, lo inseguro, lo precario. Hemos olvidado que la calle, el parque y la plaza son lugares de convivencia, de aprendizaje, de democracia. Que ahí se forman los ciudadanos, que ahí se construye confianza.
Recuperar la ciudad implica replantear prioridades: invertir en verde antes que en gris, en peatones antes que en autos, en seguridad desde el cuidado y la iluminación antes que solo en cámaras. Y, sobre todo, implica recordar que los espacios públicos no son un lujo: son un derecho.
¿Podemos darle la vuelta a esta historia? Sí. Pero para lograrlo necesitamos alcaldes que entiendan el valor de lo común, ciudadanía que defienda sus espacios y una política metropolitana que apueste por el encuentro antes que por el aislamiento. Lima tiene la oportunidad de hacerlo. La pregunta es si, esta vez, vamos a atrevernos a decir que sí.



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