Opinión

La evaluación para el aprendizaje al servicio de quien aprende

Patricia Escobar Cáceres

Patricia Escobar Cáceres

Docente Asociada del Departamento de Educación

Se requiere un cambio de cultura en la concepción de la evaluación y en su finalidad, pasando de una evaluación “del” aprendizaje a otra “para” el aprendizaje, de una evaluación con intencionalidad “sumativa” a otra con intencionalidad “formativa”.

En las últimas semanas se viene discutiendo la nueva escala de evaluación del aprendizaje propuesta por el Ministerio de Educación (Minedu) para la educación secundaria. ¿Qué hay de nuevo en la propuesta? ¿Qué aporta el cambio? ¿En qué beneficia a los estudiantes y a su proceso de aprendizaje? ¿Ayuda al trabajo del docente? ¿Contribuye a que los padres de familia acompañen en el proceso de aprendizaje de sus hijos?

Partimos del supuesto de que el cambio, que se irá implementando poco a poco en el nivel secundario, tiene la intención de mejorar el actual sistema de evaluación del aprendizaje de los estudiantes. Sin embargo, este cambio propuesto por el Minedu es solo de forma. Si antes se evaluaba haciendo uso de una escala vigesimal, ahora la evaluación deberá usar una escala literal: LMS (Logro Muy Satisfactorio), LS (Logro Satisfactorio), LB (Logro Básico) y LI (Logro Inicial), diferente a la utilizada en el nivel primario (AD, A, B y C).

Soy de la opinión de que se debería usar una única escala. Pero, en realidad, no hay ningún cambio de fondo, es decir, ¿para qué se desea evaluar el aprendizaje?, ¿cuál es la finalidad? Mientras la respuesta siga siendo para calificar y medir el aprendizaje, clasificar a los estudiantes en “buenos”, “regulares” y “malos”, para saber si aprueba o desaprueba un curso, no habrá ningún cambio, ni siquiera con la modificación de la escala. Se requiere un cambio de cultura en la concepción de la evaluación y en su finalidad, pasando de una evaluación “del” aprendizaje a otra “para” el aprendizaje, de una evaluación con intencionalidad “sumativa” a otra con intencionalidad “formativa”, de una evaluación “tradicional” a una “auténtica”. Hay que tener presente, que la evaluación siempre debe estar al servicio de quien aprende, es decir, de nuestros estudiantes.

Y para ese cambio conceptual se requiere de diferentes aspectos: a) una buena preparación de los profesores, que explique la necesidad del cambio de paradigma de la evaluación donde el proceso de retroalimentación sea efectiva. Hay que considerar que estos han estado acostumbrados a evaluar con una escala vigesimal, que, sin una pertinente formación, podrían utilizar la nueva escala con su conversión numérica, como se sigue haciendo todavía en el nivel primario en algunas instituciones educativas; b) una comunicación oportuna a los padres de familia para que puedan acompañar a sus hijos en el proceso de aprendizaje; c) un diálogo con los estudiantes para involucrarlos en la nueva forma de evaluación, donde ellos también participarían a través de la auto y coevaluación; d) una pertinente capacitación a los especialistas de las UGEL con el nuevo sentido de la evaluación, articulada a los procesos de enseñanza-aprendizaje; y, finalmente, e) la preparación de los sistemas informáticos institucionales para que puedan dar el soporte necesario al registro de la información.

Por ello, exigir la realización de una normativa a instituciones públicas y privadas a un mes del inicio del año escolar, sin haber cumplido ninguno de los aspectos antes señalados y sin ningún piloto, sería conducir al fracaso una medida que es pertinente y coherente con el planteamiento de un currículo que promueve el logro progresivo de competencias en los estudiantes del nivel secundario.