Opinión

Evangelización y el encuentro con el otro (sobre el misionero asesinado en la India)

Juan Miguel Espinoza

Juan Miguel Espinoza

Docente del Departamento de Teología

La noticia de la muerte de John Allen Chau, joven estadounidense y cristiano, por irrumpir en el territorio de los habitantes de la isla Sentinel del Norte en la India ha generado polémica. Se dice que su motivación para acudir a este lugar, a pesar de conocer los riesgos, era su deseo de “evangelizar” a un pueblo no contactado. Legítimamente, su decisión ha sido cuestionada por desconocer los supuestos básicos de la antropología cultural y las particularidades de un pueblo indígena en aislamiento voluntario. Al valorar este caso hay que procurar no caer en extremismos ni en simplificaciones: ni idealizar al sujeto por ser un héroe de la fe o un mártir, ni menos aún justificar o celebrar su muerte. En esa línea, pienso que lo sucedido nos anima a reflexionar sobre qué significa evangelizar en nuestro tiempo para romper con algunos prejuicios un tanto absurdos entre creyentes y no creyentes. Y que, además, alimentan fundamentalismos dañinos para la convivencia social.

A estas alturas, el pensamiento contemporáneo y los Derechos Humanos nos han hecho reparar que muchas veces la transmisión de la fe se coludió con procesos colonizadores, lo que ha sido motivo de una necesaria y potente autocrítica de parte de buena parte de las iglesias cristianas. La teología posterior al concilio Vaticano II, acogiendo esas lecciones y volviendo a las raíces de la experiencia de Jesús, ha ayudado a entender que evangelizar implica la construcción de una relación humana a través de la cual intentamos transmitir las opciones fundamentales de la vida de Jesús. No es un conjunto de ideas lo que impartimos. Los cristianos actualizamos con creatividad y fidelidad la experiencia humana de Jesús en un contexto histórico-cultural concreto para transformar esa realidad en una más humana, fraterna, justa.

Por tanto, la evangelización se hace en la práctica. No es aplicar un manual estándar y menos un discurso que debemos imponer. Es una relación de ida y vuelta, donde reconociendo quiénes somos, dónde estamos, quién es el otro a quien nos acercamos, vamos descubriendo la presencia de Dios actuando en la realidad y enriquecemos nuestras concepciones religiosas, culturales, políticas en la forja de vínculos interpersonales. Como dicen hoy muchos agentes pastorales de a pie: “fuimos a evangelizar y terminamos evangelizados”. Porque no hay un sujeto “evangelizador” que es propietario de las cosas sagradas y que debe proyectarlo a un otro que es un ignorante de la fe. A Dios se le descubre en el rostro del otro y en su cultura, donde preexiste ya una experiencia de fe que debe ser respeta. Pero, sobre todo, a Dios se le descubre en el proceso de hacernos hermanos y miembros de una misma familia humana.

Más aún, en contextos de brechas culturales, la evangelización presupone un imprescindible ejercicio de descentramiento de uno mismo y de los propios valores para abrirse al reconocimiento de la alteridad y del valor del otro y de su cultura. Eso que, siguiendo a Pablo, es la kénosis cristológica (Filipenses 2, 6-11). Es decir, lo que convertía a Jesús en “el nombre sobre todo nombre” había sido su capacidad de vivir su humanidad no desde el paradigma de dominar al otro e imponerle las propias creencias como verdad absoluta. Al contrario, lo auténticamente humano, que se revelaba en Jesús, era el vaciarse de uno mismo (kénosis) y de todo el mundo cultural que nos acompaña para ser capaces de entrar en relación con ese otro en una actitud de servicio, cercanía, fraternidad y horizontalidad.

Hacernos conscientes de qué tipo de relación construimos con las personas, considerando nuestras diferencias sociales, culturales, religiosas, debería ser una actitud constante de un cristiano. De esa manera evitamos que comunicar la experiencia de Jesús como referente que da sentido a la vida, se confunda con un acto colonizador. Al menos en el debate teológico contemporáneo y en la práctica misionera de numerosas congregaciones religiosas esta es una preocupación viva. Actualmente, en la Amazonía del Perú florecen múltiples experiencias constructivas, como las Universidad Interculturales promovidas por una alianza entre los vicariatos apostólicos de la Iglesia católica y los pueblos indígenas. Los tiempos en que la fe cristiana era bandera de colonización de las poblaciones amazónicas van quedando atrás.

A mi entender, una acción como la ocurrida en India no solo es imprudente, sino que no constituye un acto de evangelización por desconocer el valor del otro y su sacralidad como personas a “imagen y semejanza de Dios”. A veces se cree que por decir “Dios te ama” a un desconocido, entregar una propaganda impresa, realizar actos religiosos en el espacio público o ponerse uno mismo en riesgo se está evangelizando. Todo ello puede ser un acto de proselitismo vacío e ineficaz que no cambia la vida a nadie, si es que no está acompañado de una actitud reflexiva. Evangelizar implica algo más: dar testimonio con la vida misma de que vivir como Jesús da sentido a la existencia y nos hace responsables del entorno en el que estamos. Y eso se puede dar solo en una relación donde voy aprendiendo a entrar en el mundo de las personas con las que me relaciono.

En este caso, el primer acto de evangelización es “ponerse en el lugar del otro”, es decir respetar su aislamiento voluntario y preguntarse por los caminos apropiados para un encuentro auténtico y no ficticio. No irrumpir abruptamente en una comunidad a la que no se ha sido invitado. Más bien, un buen comienzo habría sido conocer la historia y la cultura de este pueblo del norte de la India para descubrir las causas profundas detrás de la decisión de permanecer aislados. Y a partir de ello discernir qué tipo de presencia debía darse, comenzando por plantearse si lo correcto no era defender el derecho de esta comunidad a permanecer en su actual estado de vida. Este hombre pecó de buena voluntad y su muerte es lamentable. Pero, con mucho respeto, no creo que podamos considerarlo como un mártir de la fe en Cristo, quien fue el primero que dio testimonio del respeto y la valoración de la alteridad del otro.