Opinión

El desarrollo profesional: un reto de esta generación

Manuel Saavedra

Manuel Saavedra

Coordinador de Desarrollo Docente y Especialista de la Dirección de Educación Continua

En julio del 2020, la consultora Boston Consulting Group determinó que existen 1.3 mil millones de personas que tienen competencias no acordes al trabajo que realizan. Esta cifra, con el efecto de la pandemia, es muy probable que se haya acrecentado. Como sabemos, todo crecimiento es una secuencia de eventos o aspectos situacionales que va encontrando en el camino y se espera que llegue a un límite, pero con el ritmo ascendente de la inteligencia artificial -donde la vertiginosa tendencia de esta no tiene final-, es imperioso reflexionar sobre el estado de las profesiones que no convergen en el mercado laboral y como consecuencia, impulsa a decidir por dos opciones: enfrentar el límite u oscilar estratégicamente en el comportamiento de esta trayectoria.

El cuestionamiento y búsqueda en torno a la profesionalización carece de un estudio profundo porque los aspectos cotidianos hacen reconfigurar nuestra realidad y deja poco espacio para pensarlo. Para poder comprender todo esto debemos aplicar retrospectiva y conocer cómo realmente surgió la profesión. Así tenemos que, este concepto apareció en el discurso de La República de Platón, donde «los gobernantes y la aversión de la clase defensora de la ciudad hacia la agricultura, oficios manuales y negocios” se aproxima a la organización de los estados desde una perspectiva de contar con especialistas que giren alrededor de la institucionalidad de las naciones.

En este escenario, en el libro La civilización empática de Jeremy Rifkin, precisa que los sumerios en Mesopotamia crearon la primera sociedad con profesionales, debido a que “hubo que crear oficios especializados para construir los artefactos y organizar la producción, el almacenaje y la distribución del cereal. Las primeras fuerzas laborales especializadas de la historia constataban de arquitectos, ingenieros, mineros, metalúrgicos, contables y otros”. Posteriormente, el concepto de profesionalización germina con el libro de La riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith donde explica la división del trabajo y le da una connotación económica y, a la fecha, es el modelo que ofrece las “soluciones” a los problemas centrados en tecnología. No obstante, la complejidad pone en evidencia dos situaciones: por un lado, la creciente interdisciplinariedad que se concibe en las empresas y por el otro, situaciones de formación por parte de la educación. Este desequilibrio, es justamente el desafío arriba mencionado para enfrentar el límite u oscilarlo.

La mejor definición que he podido encontrar sobre la profesión es la de la educadora de la Universidad de Manchester, Linda Evans, quien la define como “una práctica de trabajo que es coherente con las delineaciones consensuadas y comúnmente sostenidas de una profesión concreta u ocupación, y de que ambas contribuyen (y reflejan) las percepciones del propósito de la profesión u ocupación”. Descrita así, la profesión se determina por el acercamiento de la persona a cualquier actividad vinculante con el trabajo, situación cualitativa que determina un rasgo en la persona y por el cual, supone una práctica.

De esta forma, se puede observar que la composición actual como convergen las profesiones, tiene siglos manifestándose de forma consecuente, como si fuera una fábrica de productos: emprender con el estudio de formación y culminar en el espectro laboral. Definitivamente, con la automatización de las organizaciones, las profesiones pasan a depender del diseño estructural de una inteligencia artificial y no necesariamente de la formación educativa; por lo cual, la estrategia determinante es acompañar la definición de las profesiones sobre la marcha de especialidades híbridas que se manifiesten de forma irracional a las profesiones convencionales, toda vez que el virus tecnológico determinará a los autómatas especialistas con habilidades configuradas que pueden ser de abogado, médico, contador, administrador, etc. la lista es extensa.

Entonces, la formación educativa debe seguir la trayectoria de la tendencia tecnológica sobre dos vertientes. Por el lado de la oferta, diseñar la currícula académica que contemple temáticas en función de lo que no puede hacer una inteligencia artificial en cualquier disciplina; y por el lado de la demanda, no dar por sentado la culminación de la carrera, sino participar en otra complementaria. Esto, no escapa que las habilidades profesionales deben incorporar aspectos diferenciadores, como laborar interactivamente con personas, ingenio para proponer creatividad y discernir en escenarios impredecibles. En otras palabras, no debemos cometer el error de competir con una máquina que tiene configurada las tareas repetitivas para justificar nuestra permanencia laboral.

Finalmente, termino con la reflexión del escritor Leo Piccioli: “me gradué de economista en 1993, ¿sigo en el siglo XXI siéndolo? Yo creo que no, aunque mi título dice que sí”