El terremoto que el Perú espera: ¿una tragedia anunciada?
El Perú convive con la amenaza de un gran terremoto, pero ¿qué tan preparados estamos? Especialistas en ingeniería y diseño de la PUCP y la Pontificia Universidad Católica de Chile explican cómo la seguridad de nuestras construcciones y la manera en que comunicamos el riesgo pueden marcar la diferencia frente a un desastre.
Texto:Álvaro Yovera
Fotos:Andina
12.10.2026
Cada 13 de octubre se conmemora el Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres, fecha promovida por las Naciones Unidas que recuerda la importancia de la prevención frente a fenómenos como los terremotos. En el Perú, octubre, además, tiene un significado particular. El 28 de octubre de 1746, un terremoto seguido de un tsunami destruyó buena parte de Lima y el Callao. Otros dos sismos de gran magnitud golpearon la capital el 17 de octubre de 1966 y el 3 de octubre de 1974. Aunque estos acontecimientos hicieron que este mes fuera conocido como el «mes de los temblores», lo cierto es que los sismos pueden ocurrir en cualquier momento.
Pero ¿qué significa realmente estar preparados? Más allá de tener una mochila de emergencia o conocer las rutas de evacuación, la prevención también implica prestar atención a la seguridad de los edificios. Después de un terremoto, una edificación puede seguir en pie y, aun así, haber sufrido daños poco evidentes. Algunas grietas pueden cerrarse cuando termina el movimiento, aunque la estructura haya perdido rigidez y capacidad para resistir nuevos sismos.
El Dr. Gustavo Loa, ingeniero civil y profesor del Departamento Académico de Ingeniería, explica este fenómeno, conocido como daño acumulado, y por qué es importante identificarlo para reducir riesgos.
Además, la seguridad de un edificio depende también de cómo fue construido. En el Perú, según el Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento, cerca del 70% de las viviendas fueron construidas sin asistencia técnica y el 90% del crecimiento de nuestras ciudades durante las últimas dos décadas ha sido producto de ocupaciones informales.
Por eso, hablar de preparación exige mirar más allá del momento del desastre: ¿en qué condiciones nos encontrará el próximo gran terremoto? Y, sobre todo, ¿sabemos qué hacer?
El riesgo antes del desastre
La informalidad no solo se trata de que no se cuente con un profesional a cargo de cierta construcción, sino de cómo se toman las decisiones durante el proceso de construcción. Para Loa, una vivienda puede volverse especialmente vulnerable cuando crece sin un diseño integral: malos enchapados, cambios de materiales, “cangrejeras” (burbujas de aire en las columnas por un mal vaciado de concreto) o cambios que no estaban contemplados originalmente.
Lo que generan estas deficiencias es que existen zonas propensas a fallar. Entonces, por más que yo tenga una estructura que globalmente se comporte bien, tengo zonas localizadas que pueden generar un daño irreversible luego de un terremoto”.
“Lo que generan estas deficiencias es que existen zonas propensas a fallar. Entonces, por más que yo tenga una estructura que globalmente se comporte bien, tengo zonas localizadas que pueden generar un daño irreversible luego de un terremoto”, advierte el Dr. Gustavo Loa.
Así como existen estas deficiencias que son netamente estructurales, hay algunas variables que no siempre son tomadas en cuenta, como el suelo. Nuestro suelo es bastante diverso y complejo, y depende de la ubicación geográfica y de la zona donde se quiere construir. Según el ingeniero, existen muchas técnicas de construcción para suelos; sin embargo, esto es algo que, en construcciones informales, no siempre se toma en cuenta.
Los daños estructurales que deja un terremoto evidencian la importancia de contar con edificaciones capaces de resistir movimientos sísmicos. La calidad de los materiales, el diseño estructural y las características del suelo son factores determinantes para reducir el riesgo de colapso.
El terremoto que Lima espera
Aunque la vulnerabilidad se ha construido durante años (quizá muchos para el Perú), existe un factor que no puede ignorarse: el escenario sísmico al que está expuesta la costa peruana.
Según el estudio “Análisis y evaluación de los patrones de sismicidad y escenarios sísmicos en el borde occidental del Perú” del Instituto Geofísico del Perú (IGP), realizado en 2020, frente a Lima y Callao existe una zona de máximo acoplamiento sísmico de aproximadamente 460 kilómetros de longitud por 150 kilómetros de ancho, donde la placa de Nazca continúa acumulando energía frente a la Sudamericana.
El estudio del IGP también señala que en un evento de esta magnitud podría generar niveles de sacudimiento muy elevados en Lima y Callao con aceleraciones superiores a 500 cm/s; en ingeniería y sismología, este umbral equivale a un grado VIII-IX en la escala de Mercalli (efectos destructivos por intensidad), capaz de causar daños destructivos en las estructuras.
Sin embargo, la magnitud del terremoto no determina por sí sola el desastre. El impacto final dependerá de cómo responda cada territorio: qué tan resistentes son sus edificaciones, sobre qué suelos están construidas y qué tan preparada está la población.
Materiales frente a los terremotos
Otra diferencia se encuentra en el origen del movimiento. En la costa, los grandes sismos ocurren por la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana, mientras que en la sierra y selva responden a otros procesos tectónicos con comportamientos distintos y más profundos.
«No todas las estructuras reaccionan igual, pues mientras algunos materiales tienen una mayor capacidad de deformarse (mayor capacidad de resistencia antes iniciar su deterioro) antes de fallar, otros presentan comportamientos mucho más frágiles», explica Loa.
El adobe, por ejemplo, sí es algo sumamente frágil. Se forma la grieta y se comienza a abrir. No tiene esa capacidad de deformarse y seguir resistiendo como otros materiales».
Para ilustrar esta diferencia, el ingeniero menciona uno de los materiales tradicionalmente empleados en la construcción de viviendas en el país: “El adobe, por ejemplo, sí es algo sumamente frágil. Se forma la grieta y se comienza a abrir. No tiene esa capacidad de deformarse y seguir resistiendo como otros materiales».
Por eso, la discusión no debería centrarse únicamente en cuándo llegará el próximo terremoto, sino en qué encontrará ese terremoto cuando llegue. Y esa preparación no termina en las estructuras, también depende de cómo una sociedad entiende el riesgo y cómo responde cuando la emergencia ocurre.
¿Diseñar una respuesta antes de un terremoto?
El proyecto Guemil pone a prueba distintos pictogramas para evaluar cómo las personas interpretan los símbolos utilizados en situaciones de riesgo y emergencia. Estas pruebas permiten identificar dificultades de comprensión y mejorar la comunicación visual ante un desastre.
Pero la preparación frente a un terremoto no termina en las estructuras. Una ciudad también necesita que sus habitantes sepan cómo responder cuando los sistemas habituales dejan de funcionar.
Por ejemplo, Chile ha construido parte de esa preparación a partir de su propia historia sísmica. El terremoto y tsunami de 2010, de magnitud 8.8 en la escala de Ritcher, dejó más de 521 fallecidos y daños en más de 200 mil construcciones, convirtiéndose en un punto de inflexión para el país.
Para José Manuel Allard, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile y especialista en diseño para emergencias, el desafío está en que la preparación no dependa únicamente de protocolos existentes, sino también de cómo la información llega y es comprendida por las personas.
Una emergencia no se aborda solo desde el punto de vista de las comunicaciones o de la ingeniería. También tiene que haber soluciones concretas, prácticas, que permitan responder a las distintas necesidades que aparecen».
Al respecto sostiene que “una emergencia no se aborda solo desde el punto de vista de las comunicaciones o de la ingeniería. También tiene que haber soluciones concretas, prácticas, que permitan responder a las distintas necesidades que aparecen».
Esa mirada resulta relevante para países como Perú, donde conocer el riesgo no siempre se traduce en saber cómo actuar frente a él. La preparación también implica diseñar herramientas, espacios y sistemas que reduzcan la incertidumbre en los momentos críticos.
“El desafío es cómo podemos proyectar en momentos de incertidumbre. Cuando uno diseña para una emergencia, tiene que pensar en escenarios que no conoce completamente y en personas que van a tomar decisiones bajo presión», explica Allard, quien vino a la PUCP, invitado por la Facultad de Arte y Diseño, para participar en el octavo Laboratorio de proyectos de arte y diseño.
El desafío es cómo podemos proyectar en momentos de incertidumbre. Cuando uno diseña para una emergencia, tiene que pensar en escenarios que no conoce completamente y en personas que van a tomar decisiones bajo presión».
Guemil: el desafío de comunicar el riesgo sin palabras
La iniciativa Guemil busca desarrollar símbolos fáciles de comprender que ayuden a las personas a tomar decisiones y responder adecuadamente ante un desastre.
Esa es la lógica detrás de Guemil, un proyecto de pictogramas abiertos creado para representar situaciones de riesgo y emergencia. La iniciativa nació en 2016, impulsada por Rodrigo Ramírez, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile. En su desarrollo también ha participado el Dr. José Manuel Allard, quien, junto con Ramírez, lideró una investigación orientada al desarrollo y evaluación de los pictogramas para comprobar si las personas comprendían su significado.
Su objetivo parecía sencillo: diseñar símbolos que pudieran ser entendidos por todos. Sin embargo, los testeos revelaron un desafío fundamental: un mismo símbolo puede significar algo distinto según quién lo interprete.
El caso de Guemil reveló un punto clave para contextos como el peruano: la prevención no depende únicamente de tener información disponible, sino de que esa información se comprenda por quienes enfrentarán la emergencia. Una señal, una ruta de evacuación o un sistema de alerta solo funcionan cuando las personas saben interpretarlos.
¿Y el Estado?
De nuevo, un terremoto no empieza cuando la tierra se mueve, arranca mucho antes, se define en las decisiones sobre cómo crecen nuestras ciudades, dónde construimos y qué tan preparados estamos para enfrentar un escenario que la ciencia ya ha advertido.
El Perú conoce su riesgo sísmico, pero todavía mantiene una deuda pendiente: reducir la informalidad, fortalecer la supervisión de las construcciones y convertir la prevención en una política constante, no en una respuesta que aparece después del desastre.
Porque un terremoto será inevitable, pero sus consecuencias no están completamente escritas. La diferencia estará en las decisiones que tome el país antes, pero ¿las tomará?
En esta nota
Gustavo Loa
Profesor del Departamento de Ingeniería e investigador del Gerdis
Doctor en Ingeniería Civil por la PUCP y la Universitat Politècnica de Catalunya. Es docente de la PUCP e investigador del Grupo de Gestión de Riesgos de Desastres en Infraestructura Social y Vivienda de Bajo Costo (Gerdis), con especialización en evaluación sísmica, modelación numérica no lineal y análisis estructural de edificaciones. Cuenta con amplia experiencia […]
José Manuel Allard
Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile (UC)
Diseñador gráfico por The Corcoran School of Art + Design (Estados Unidos), máster en Diseño Gráfico por el California Institute of the Arts (CalArts), y doctor en Diseño Industrial y Comunicación Multimedia por el Politécnico de Milán (Italia). Es profesor asociado de la Escuela de Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Chile desde 1998, […]
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