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Opinión

"Si algo les dio, y puede seguir dando la PUCP, es las ganas de nunca dejar de imaginar mundos mejores"

  • Dr. Eduardo Villanueva Mansilla
    Docente del Departamento de Comunicaciones

Hay que luchar contra la complacencia del logro alcanzado, pues no es más que una señal de privilegios mal procesados".

*Palabras dadas en la Ceremonia de Graduación 2019 de la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación.

Placer singular, el que me corresponde. Despedir a este grupo de estudiantes de nuestra Facultad me permite compartir un momento único, que sirve como parteaguas en las vidas de quienes han sido el fundamento mismo de nuestra Facultad, por varios años. Mi gratitud a todos, y a sus familias.

Naturalmente, pienso en la lejana ocasión en que terminé mis estudios de pre grado, hace 30 años ya. No fue un junio cuando garúa, sino un diciembre de primavera, tímida y limeña, anunciando inflación, terrorismo y una elección en pocos meses, luego que la caída del muro de Berlín desvaneciera los sueños socialistas en pesadillas realmente existentes.

Cuando este espacio en el que estamos no pasaba de ser un montón de rosales; cuando una ceremonia como esta no existía; cuando la Universitaria no llegaba a la Marina; cuando no sabíamos en qué se convertiría el mundo, es decir mi mundo.

Mucho de lo que ahora es común era entonces como un episodio de Black Mirror: una especulación, una ilusión, una alucinada, quizá una amenaza.

Estos ahora tíos que nos fuimos hace treinta años lo hicimos luego de vivir algunos de los mejores años de nuestras vidas en este pedazo de la patria que es el Fundo Pando.

Sabíamos que el mundo estaba por cambiar, como lo está ahora. Veíamos pasmados el fin del mundo bipolar, como ahora ustedes contemplan con algo menos de conciencia el surgimiento de otra bicefalia. Claro, la única preocupación estructural era el agujero del ozono. Ahora, digamos, hay mucho más de qué preocuparnos con el estado del medio ambiente.

Pero allá entonces, también reclamábamos por la falta de país, por la ausencia de contacto con el “mundo real”, que lo que se nos enseñaba era “alejado de la realidad”. La realidad era distinta: no existía la Internet, los celulares eran un objeto de lujo, nadie soñaba con tener cualquier video en sus manos; no había memes.

Había biblioteca, y tampoco la supimos aprovechar. Echamos raíces en jardines y paredes que eran mías, casi mi propiedad privada. Profesores hubo a los que amamos, y profesores que nos amaron —siempre bajo las normas ahora establecidas en los acápites 5 y 6 del articulo 12 del Reglamento Disciplinario Aplicable al Personal Académico de la PUCP, resolución rectoral 929/2018; también tuvimos aquellos que esperamos nunca más volver a ver. Tal vez la mayoría fue motivo de vago afecto y rápido olvido. ¿Les suena parecido?

Hicimos amigos para el resto de nuestras vidas; descubrimos realmente quienes éramos aunque luego decidiríamos que no éramos tan así; juramos jamás dejar de vernos para volver a encontrarnos tras décadas, dándonos cuenta juntos de lo viejo que estamos; nos prometimos conocer el mundo y hacerlo nuestro.

Mas sobre todo, compartimos hace 30 años ese sentimiento contradictorio que ahora —estoy seguro— les acompaña: la sensación de liberación, de finalmente terminar con esto; y ahí, escondida debajo, sin que la terminemos de aceptar, la vaga sospecha que quizá sea correcto finalizar esta etapa de la vida, pero que nos estamos quedando sin algo fundamental que no sabemos cómo vamos a reemplazar.

Inevitable sentir así. Al frente de ustedes está el mundo de verdad, o lo que asumimos debe ser el mundo de verdad. Decisiones, equivocaciones, posibilidades, diferencias, todo es asunto de uno, y ya no habrá una estructura o un grupo de amigos o un lugar cordial y constante que nos acojan.

Ahora es, pues.

Permítanme asumir el rol de metafórico —y en el caso de uno de ustedes, quizá literal— alter ego: sobrevivirán. El futuro será distinto, difícil y desafiante pero al final saldrán adelante, en parte gracias a la formación del alto nivel y comprometida con el país que han recibido aquí.

Pero claro, muchos dirán que esperan sobrevivir a pesar de la formación que han recibido. Quizá. Es sano no estar contentos, es sano sentir que les pudimos dar más o mejor, o que quizá se les pudo exigir más y que de haberlo hecho habrían aprovechado más estos años.

Puede que sea cierto o que apenas sea parte de la nostalgia preventiva que se siente cuando uno alcanza una meta, sin estar seguro de haberla logrado tal como se debió haber hecho. Los sórdidos detalles, para más adelante, pero sabemos de qué hablamos.

El secreto, claro está, es que la formación no es solo lo que recibieron literalmente en clase. Tratamos, no siempre con éxito es cierto, de compartir una actitud ante la vida, ante el país, ante el campo que compartimos.

En una universidad de más de 100 años, no es fácil reducir a palabras breves y directas cual es el espíritu de la casa. Más todavía, es difícil explicar algo que no se vive directamente, y al mismo tiempo es también difícil decir de lo que estamos hablando cuando todavía lo tenemos tan a flor de piel.

Digamos que la casa ha cambiado pero el hogar es el mismo.

Digamos por ahora que el espíritu de la casa es saber que falta mucho para llegar, y que ni siquiera está claro a donde llegaremos, porque el destino hay que hacerlo, entre todos.

Ustedes han vivido cambios enormes en los años que han pasado aquí. No solo personales, que estoy seguro son importantes, y mayores; el país, la ciudad, la universidad de la que forman parte, han cambiado profundamente. Pero al haber estado metidos en ese cambio no es tan simple ser consciente del mismo.

Aquellos que se matricularon alguna vez en un curso dictado por mí saben que repito siempre que la comunicación ha sido transformada a fondo por la Internet, por lo digital. Que esa transformación afecta cada cosa que hacemos, y que cada día algo nuevo nos recuerda que nada es para siempre, que nada en realidad es para pasado mañana.

Permanentemente ven cambios que cuestionan la idea misma de las profesiones que se estudian, para no mencionar lo que se estudia, así como las expectativas del hacer futuro. Cotidianamente atestiguan que el tiempo pasa por entre sus manos, aunque ya no recuerden el tiempo en que codiciaban un Blackberry o que el cable parecía el non plus ultra de lo audiovisual.

Los negocios de la comunicación se vuelven cada vez más globales, y las expectativas de buena parte de los potenciales consumidores de lo que harán serán influenciadas profundamente por esta perspectiva a la vez global y personal. Los medios funcionan para mí, pero no piensan solo en mí: el secreto algorítmico, que nos es desconocido, como pudo serlo antes el como funciona una cámara.

El problema: ahora sí importa como funciona el algoritmo. El aprendizaje por máquina, la big data, la internet de las cosas, el blockchain, la comunicación pervasiva, la convergencia, todos términos que cuestionan la idea misma de la formación en comunicación.

¿Acaso ahora no somos más que factores marginales, externalidades de menor cuantía, para los procesos productivos creados por los monstruos globales? ¿Es la esperanza más clara encontrar un engranaje al que moldearnos y tratar de ser felices como parte de la máquina? ¿Es que acaso solo han vivido por veinte años, y ahora han de morir por los sesenta que siguen?

La fantasia tecnológica nos ofrece un mundo de conciencias incorporadas a la nube, de información perfectamente adecuada en el momento que la queramos, de abundancia de disfrute configurado solo para uno.

Los pesimistas tecnológicos piensan en un mundo opresivo, donde nada se pueda hacer sin que una megacorporación esté tomando cada dato para convertirlo en ganancia, y donde el trabajo se convierta en ‘frilos’ impredecibles al servicio de un demonio de Maxwell, pero envueltos en el hermoso papel de regalo de la “libertad”.

No, no es libertad, ni lo uno ni lo otro. Libertad requiere agencia, no solo placer.

En las profundas cámaras de resonancia creadas por los medios sociales, donde todo lo que se dice se multiplica por mil y termina aplastando la diferencia, creamos un mundo donde el placer, la placidez del consumo, parece ser el refugio perfecto.

No vivimos en un estado totalitario pero Google sabe más de nosotros, e irá aprendiendo más de nosotros conforme adquiramos más de sus productos, que lo que la Stasi supo de los evidentemente oprimidos ciudadanos de la tiránica y olvidada República Democrática Alemana.

En China, la suma de transacciones digitales filtrada y organizada por el gobierno permite que cada persona tenga un puntaje que a su vez determina a qué se tiene acceso y qué se puede consumir. La dictadura perfecta no está en México: reside en tu teléfono. El soma ahora es un meme.

Por eso, quizá la única alternativa es la resistencia. Empeñarnos en la necia pero esperanzadora idea de hacer comunicación para nosotros, no para el bottom line de una corporación para la que el Perú y los peruanos es, quizá, una línea no desagregada en los ingresos de “otras partes del mundo”. Quizá.

No permitir que la maquina nos posea aparenta ser el desafío más agresivo y difícil que un recién egresado de comunicación puede intentar enfrentar.

Pero hay otros desafíos. Por un lado tenemos que reconocer que nuestro país necesita de comunicación, más allá de la abundancia mediática. No es un asunto técnico o de disponibilidad tecnológica: sabemos que la comunicación es un ejercicio humano, de interlocución constante, de fomento de diálogo, de pensar en la gente.

La democracia necesita mejor comunicación, no solo el grito, el improperio, el insulto, que apenas es una cacofonía de banalidades cuando el interés público sigue abandonado.

El mercado necesita mejor comunicación, no solo la seducción del consumo sino la autonomía del consumidor, para que la prosperidad no sea el rincón de los vivos sino el derecho de todos.

La cultura necesita mejor comunicación, no solo el ruido y la furia de los blockbusters que nos hablan de fantasmagorías sobre una pantalla verde, sino sino las voces nuevas, distintas, que hablan a pesar de las pantallas verdes.

Nosotras, como personas y ciudadanos, necesitamos trascender la experiencia cotidiana, muchas veces complaciente, de ser consumidores satisfechos, y pensar en la complejidad de sobrevivir a tiempos de fake news, de post verdad, donde todos los que convivimos en sociedades complejas y caóticas tenemos una colección de urgencias.

Hay que luchar contra la complacencia del logro alcanzado, pues no es más que una señal de privilegios mal procesados. Por años, aquí en la PUCP, la hemos sufrido. Somos los mejores, somos indiscutibles e indispensables.

Pero primero llegó la inflación, luego la mercantilización de la universidad, luego la economía mejoró y con ella se inició la consciencia de nuestra globalización precaria.

Luego Lima dejó de ser la plácida e inofensiva ciudad de valses cercanos y lejanos huainos, para volverse el octavo circulo de Dante, ahi donde se castiga a los regetoneros. Ahora venir a este jardín es más chamba de la que realmente quisiéramos emprender cada día.

Este viejo hogar ha tenido una variedad de transformaciones, pero reconozcamos que casi todas implicaban entendernos frente al resto del país usando —implícitamente— una idea que quizá solo el quechua sabe decir. Ñuqayku, nosotros pero no ellos que no son parte de este conjunto, decíamos en espíritu al hablar de los demás universitarios. Los universitarios de la Cato éramos Ñuqayku, no Ñuqanchik.

Era una afirmación del privilegio de estudiar en la PUCP. Ahí sigue, debo decirlo. Seguimos siendo una universidad que se pretende, y a veces logra, ser mejor que las demás.

Somos democráticos, respetuosos, asumimos la buena voluntad de los demás; aparte de la calidad académica y la gestión administrativa confiable aunque no siempre ágil. Los horarios se cumplen, los plazos se respetan, no hay vara que altere resultados.

Incluso cuando nos equivocamos, nos equivocamos en grande. Pero corregimos los errores.

Este privilegio cuesta. En muchas formas y planos, pero que no por ello deja de serlo. Un privilegio porque de aquí no solo salen como profesionales, sino como parte de una red social, de un tejido de contactos y amistades que les abrirán puertas y les llamará a hacer cosas a las que otros no tendrán acceso.

Ser de la PUCP significará que sus vidas tienen una perspectiva distinta, gracias a lo que reciben aquí, a lo que viven aquí, y a quien conocen aquí. Piensen en todo lo que ha cambiado en el mundo, desde la aceptación de la diversidad sexual hasta la urgencia por luchar contra los impulsos populistas contrarios a la democracia liberal.

Aquí hemos vivido, hemos discutido y hemos sentido que triunfamos con esos logros. Aquí es normal que mi mundo cotidiano se parezca al ideal liberal que quisiéramos vivir cada día en todas partes.

Más que lo que aprendieron directamente, ese espacio complejo para ser quienes quieran ser como personas, como profesionales, como ciudadanas, esa libertad poderosa e inusual: ese es el privilegio de ser parte de la PUCP.

No lo olviden. No dejen de lado el dilema de escoger entre aprovecharse del privilegio o pelear por ampliarlo, facilitarlo. Ustedes pueden intentar que todos los peruanos sepan lo que es gozar de la libertad, en su sentido más amplio.

Y qué duda, los comunicadores tienen además un deber enorme. En plena y profunda transformación como la actual, son ustedes, los jóvenes llenos de ideas frescas, que no cargan las anclas del pasado y que andan por la vida con una conexión IP incorporada a su sistema linfático; sí, ustedes, son los que cambiarán la comunicación.

Ustedes harán la comunicación que necesitamos. Ese el costo del privilegio. Esa es la responsabilidad de salir de donde están cómodos para realmente desafiarse y dejar algo que valga la pena para ustedes mismos, para el país, para las peruanas y peruanos.

Ese es el verdadero YOLO. ¿Solo se vive una vez? Claro que sí; para que entonces desperdiciar esa vida haciendo solo, lo que los demás ya están haciendo. Esa foto en Instagram ya la hizo otro. La gracia es hacer algo que todos los demás quieran hacer; es hacer algo que nadie más pueda imaginar; es hacer algo que solo tú puedes hacer.

Esa es vuestra responsabilidad.

Serán así la materia de la que están hechos nuestros sueños: aquel que fue alumno pero que ahora, podamos mirar y decir, cuánto aprendo de ella.

Por ello, permítanme hablarles por última, o única vez, como profesor.

Váyanse, felices y realizados, y festejen y vivan.

Cuando vuelvan, no nos hagan sentir orgullosos. Hagan que sintamos envidia. Hagan que nos demos cuenta del privilegio que fue tenerlos como alumnas. Demuéstrenos que todo lo bueno que pensamos fue cierto, y que todo lo malo fue un momentáneo lapso de locura.

Pero vuelvan. No por nosotros, por ustedes. Esta es, y será siempre, su casa. No dejen de sentirse parte de ella. No olviden que aquí podrán inspirar a otros. No pierdan de vista que a pesar de todo, todavía pueden encontrar algo nuevo en ella.

Pero sobre todo, recuerden siempre que lo importante no cambia, que si algo les dio la PUCP, si algo les puede seguir dando la PUCP, es las ganas de nunca dejar de imaginar mundos mejores, en los que cada uno de nosotros puede y debe ser mejor.

Gracias.

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