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“Hay un costo de la violencia en términos de productividad”

Jorge Agüero, profesor visitante de la PUCP, estudia la problemática de género desde la Economía. Sostiene que esta relación es más compleja de lo que aparenta.

  • Jorge Agüero
    Docente del programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Connecticut (EE.UU.)

Se puede abordar la violencia contra la mujer desde diversos enfoques. La Organización Mundial de la Salud (OMS) la considera un grave problema de salud pública. La economía también ha echado mano de su metodología para analizar este tema. En esa línea, el Ph.D. Jorge Agüero se ha dedicado a examinar este fenómeno desde los estudios económicos. Recientemente brindó la charla magistral “¿Se puede reducir la violencia contra la mujer a través de políticas públicas?: evidencia y agenda pendiente” y dictó el seminario “Economía y género: avances recientes” en la PUCP.

¿Realmente se puede reducir la violencia contra la mujer a través de políticas públicas? ¿Cuáles fueron los puntos centrales de esta charla magistral?

Por un lado, quisimos ver qué herramientas nos puede dar la economía para entender el fenómeno de la violencia de género y, a partir de ahí, desarrollar políticas efectivas. Los economistas hablamos de mercados de matrimonio, donde personas que quieren vincularse con otras encuentran a su pareja ideal, no necesariamente desde el punto de vista romántico. Tendemos a pensar que el mercado asigna las cosas eficientemente, y solo cuando no lo hace, hay razones para implementar políticas públicas. Por otro lado, hay efectos de la violencia que no son internalizados por la persona que la ejerce. Por ejemplo, cuando un hombre es violento con su pareja le genera efectos negativos en términos de productividad, salud, bienestar. Probablemente él no está internalizando eso. Su pareja y sus hijos, sí.

¿Propone algunas políticas?

La idea también es tratar de entender, desde la economía, hasta qué punto las políticas actuales funcionan. Hay un esfuerzo grande en tratar de entender hasta qué punto las mujeres reconocen sus derechos, y cómo esto podría ayudar a reducir la violencia. Otro tema tiene que ver con las políticas implementadas a través del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP), en particular los Centros de Emergencia Mujer (CEM). Mi impresión es que la percepción de la gente es que estos centros no funcionan, que no están muy bien implementados y probablemente sea verdad que alguno no tenga todos los recursos disponibles. Los CEM, si bien pueden no ser perfectos, sirven como una amenaza creíble. Una mujer que está en una situación de riesgo podría decirle a su pareja “ellos me van a ayudar a presentar una denuncia o irme de la casa”. Y aunque probablemente no lo haga, que sea muy costoso irse o que el CEM no le ayude por completo, esa amenaza creíble podría ser suficiente para detener un posible efecto violento. Hay evidencia de que cuando los CEM aparecen en un distrito, los niveles de violencia tienden a bajar.

En su estudio “Estimaciones causales de los costos de la violencia contra las mujeres en América Latina y el Caribe” (BID), habla de una transferencia de violencia hacia las generaciones venideras.

Estar expuesto a una situación de violencia, aunque esta no sea ejercida directamente contra los hijos, tiene consecuencias negativas sobre ellos, lo que los economistas llamamos externalidades. Estar en situaciones traumáticas y de estrés termina afectando, por ejemplo, la capacidad cognitiva de los chicos.

¿Estas externalidades se manifiestan principalmente en los ámbitos de la salud y la educación?

Es lo que se puede medir por ahora. En Estados Unidos, hay una base de datos gigante de denuncias de violencia. Se ha identificado cuál es el desempeño académico de los estudiantes por cada distrito. Y lo que encuentras es que los chicos que viven en hogares violentos también terminan teniendo un efecto negativo sobre sus pares, compañeros de aula. En otro trabajo con Martín Benavides, superintendente de la Sunedu, exploramos las probabilidades de que personas que han crecido en hogares violentos se junten entre ellos. Efectivamente, si una persona creció en un hogar violento, es mucho más probable que tenga como pareja a alguien que también creció en un hogar violento. El mercado del matrimonio no es tan amplio como uno quisiera. En un mercado competitivo, con un montón de parejas potenciales, sin costos de interacción, no debería haber ningún vínculo entre tu pasado y el de tu pareja, pero lo hay.

¿Cómo se explica esa conclusión desde la economía?

Hay fallas de mercado. Crecer en un hogar violento restringe social o económicamente a las personas. Ya no acceden a otros mercados donde podrían encontrar parejas diferentes. Terminan encontrándose en una situación subóptima donde la pareja va a ser otra persona que también viene con esta experiencia previa de violencia.

Según su estudio sobre la prevalencia de la violencia contra la mujer entre diferentes grupos étnicos en el Perú, es más probable que las mujeres con español reciente (que se han criado con una lengua originaria y luego han adoptado el español) sean víctimas de violencia que las mujeres que han hablado español desde la infancia. ¿Por qué se da este fenómeno?

Las personas tienden a emparejarse entre sus pares, con niveles socioeconómicos y educativos similares. Si el costo de oportunidad de una mujer y el relativo al de su pareja son exactamente iguales; entonces, no tienen ninguna ventaja uno sobre otro. Por lo general, las parejas de las mujeres que crecieron hablando una lengua originaria, pero ahora hablan otra lengua, como español, son diferentes a ellas, tienen más nivel educativo. En este modelo económico, el costo de oportunidad relativo de ellas es peor, tienen una menor capacidad de negociación y, por lo tanto, los niveles de violencia serán más altos.

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