Bryce: los círculos de la ironía

Bryce con Cueto

Por Alonso Cueto

Escritor y profesor del Departamento de Humanidades

Bryce: los círculos de la ironía

Foto: Archivo personal
19.03.2026

La realidad no gira en torno a un centro. No está hecha de identidades y esencias. Los seres humanos no tienen un solo rostro. Todos formamos parte, más bien, de una sucesión de puntos en movimiento, dentro de un universo abigarrado y cambiante. Nuestras conductas son inesperadas y tienen un sentido ambiguo. Para un personaje de Bryce, el amor, los viajes, las separaciones, pero también los episodios rutinarios, son estados siempre nuevos, siempre renovados por el asombro. El tedio no tiene lugar en sus páginas.

El niño Julius vive siempre experiencias intensas con su familia, con sus amigos y con los sirvientes. Lo mismo ocurre con Martín Romaña. Felipe Carrillo vive en una eterna mudanza. En Reo de nocturnidad, el protagonista Max Gutiérrez está tan asombrado del mundo que nunca puede detenerse a dormir. En este eterno movimiento, los personajes de Bryce van avanzando a tientas, descubriendo nuevos amigos, nuevos amores, nuevos espacios y tiempos. Las frases cortas, concisas, no pueden expresar ese mundo cambiante, incierto, revelador.

El tono dramático no es el género que mejor se acomoda a esa búsqueda. Es, más bien, la visión humorística y las frases largas, de cláusulas que se prolongan, las que logran registrar el movimiento, la explosión, la circularidad de la vida. Los puntos luminosos de su universo giran sin cesar. Al relativizar los valores absolutos del mundo, el humor se vuelve en una puerta de entrada a su variedad y su riqueza. 

Para un personaje de Bryce, el amor, los viajes, las separaciones, pero también los episodios rutinarios, son estados siempre nuevos, siempre renovados por el asombro. El tedio no tiene lugar en sus páginas».

En un magnífico artículo publicado en su blog “Vano Oficio”, Iván Thays exploraba una de las experiencias más frecuentes en los personajes de Bryce: el deslumbramiento ante la mujer amada. La mujer aparece con una brillantez y una complejidad que fuerzan al lenguaje a sus límites. En El huerto de mi amada, por ejemplo, Carlitos comprueba que Natalia y él “logran hacer el amor y el humor al mismo tiempo”.  Sentado en el legendario café Dominó de las Galerías Boza, Carlitos ve a Natalia pasar, “vestida de mucha hembra para mí, desafiante y terrible, la melena rizada al viento, toda despeinada y leona.

«Llevaba una simple blusa negra de algodón, pero transparentona a morir, zapatos de andar desfachatadamente por casa, sin tacos ni nada, casi de ballet, y una falda de cuadros blanco y negro pegada a todo, o tal vez todo pegado a la falda, pero siempre de la forma más curvilínea que darse pueda”. En este pasaje, los detalles vivos nos persuaden por acumulación. La imagen se construye en expansión: “la melena rizada al viento” se complementa con la justeza de “todo pegado a la falda” en el cuerpo femenino.

La obra de Bryce puede leerse como un comentario a la de la generación anterior a la suya. Si Vargas Llosa y García Márquez edificaron grandes universos narrativos, sostenidos por la intensidad de sus personajes, Bryce introdujo la ironía y la inocencia como un modo de dialogar con la potencia de sus antecesores».

En otra escena, esta vez de Un Mundo para Julius, el protagonista y Vilma están tomando desayuno. Toda la descripción sugiere una pequeña fiesta de los sentidos: “No bien arrancaban los soniditos del desayuno, el de la mermelada untada, el de la cucharilla removiendo el azúcar, el golpecito de la tacita contra el platito, el bocado de tostada crocante, no bien sonaban todos esos detalles, una atmósfera tierna se apoderaba de la habitación, como si los ruidos de la mañana hubieran despertado en ellos infinitas posibilidades de cariño”. Los bocados del desayuno adquieren aquí un valor humano, que se concentra en el asombro del niño ante las maravillas de una mesa. Como en el pasaje anterior, la enumeración combina la vivacidad de la descripción con la sensualidad de los sonidos. 

La obra de Bryce puede leerse como un comentario a la de la generación anterior a la suya. Si Vargas Llosa y García Márquez edificaron grandes universos narrativos, sostenidos por la intensidad de sus personajes, Bryce introdujo la ironía y la inocencia como un modo de dialogar con la potencia de sus antecesores. Su Julius puede relacionarse con el niño Ernesto de Arguedas y el niño Claudio de Edgardo Rivera Martínez. Nos ofreció, para siempre, el retrato de una zona de la realidad que nos incumbe a todos: el asombro de los personajes que descubren los vacíos y abismos de la realidad, y que la enfrentan con el dolor de la ironía.

En esta columna

Alonso Cueto

Alonso Cueto

Escritor y profesor del Departamento de Humanidades
Es licenciado en Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Perú y doctor en Literatura por la University of Texas at Austin, donde defendió una tesis sobre Juan Carlos Onetti. Es profesor principal en la Pontificia Universidad Católica del Perú y miembro de la Academia Peruana de la Lengua. Es autor de una decena de […]

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