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Opinión

Fernando Fuenzalida Vollmar (1936-2011)

Antropólogo, filósofo, psicoanalista, consejero en relaciones de género, especialista en religiosidad oriental, escritor… un hombre universal.

Podía hablar con elocuencia y dominio sobre temas como el átomo, la creación del mundo, los lapones de Finlandia, los inuit de Alaska y los kwakiult de British Columbia.

Fernando Fuenzalida (FF) estudió antropología en San Marcos, en Polonia y en la Universidad de Manchester, Inglaterra, donde lo conocí cuando yo estudiaba una maestría en Antropología Social, y él era estudiante del doctorado en Antropología. El jefe de Departamento de aquel entonces, Max Gluckmann, me entrevistó para mi admisión y me dijo: «We all hope that you are as good as FF». Luego, continuó diciéndome que había ingresado al Departamento donde se formaron Clyde Mitchel, Victor Turner, Peter Worsley, Ronald Frankemberg, Norman Long y otros a los que llamaban «the magnificent seven». FF empezó el doctorado bajo la supervisión de uno de los «magnificent seven». En un seminario donde se discutía sobre religiosidad oriental, FF intervino en un perfecto inglés para rebatir la teoría de su supervisor, y demostró mayor sabiduría, la suficiente como para que no lo siguiera supervisando, lo que le complicó concluir su doctorado.

A su retorno de Manchester, elaboró junto con Manolo Marzal y durante el rectorado del padre Mac Gregor, el plan de estudios de la especialidad de Antropología de la PUCP, con base en los grandes aportes de la antropología británica de la Escuela de Manchester, herencia que se ha actualizado hasta el momento.

FF fue mi profesor del curso de campesinado en San Marcos en 1967. Eran tiempos de turbulencia estudiantil en San Marcos. FF decidió dedicar su vida académica solo a nuestra Universidad. Era el experto en parentesco, redes sociales y teorías antropológicas. No era el profesor ordenado que entregaba sus programas de cursos y horarios de atención; él estaba más allá de las regulaciones. No tenía reloj ni necesitaba de un carro, se vestía a su manera; tenía muchos seguidores; el tono de su voz y su articulación, además de sus respuestas intrigantes, eran suficientes para que muchos estudiantes mostraran su admiración.

Debido a sus teorías sobre indigenismo, se fue a México a trabajar en el Instituto Indigenista Interamericano junto a su maestro José Matos Mar. En el año 1989, cuando el Perú experimentaba su peor crisis de violencia política y económica, decide abandonar la universidad para enrolarse como asesor de un político boliviano, puesto en el que duró solo seis meses. Cuando conversamos antes de su partida a Bolivia me dijo: «Nuestro país es un cadáver donde los gusanos se pasearan para toda la vida».

Su elocuencia y seducción a los representantes de los gobiernos de turno lo llevaron a trabajar como asesor en diversos ministerios. Fue por un mes director del CAEM (ahora CAEN). La Universidad del Pacifico y la Academia Diplomática fueron lugares donde FF deleitó a alumnos y profesores.

En todos estos lugares exigían firmar la hora de entrada, de salida y presentar planes de trabajo. FF, fiel a su filosofía de vida, no lo aceptaba. El paso siguiente era la invitación al retiro. Estuvo en la cárcel por motivos muy dudosos de posesión de drogas; cuando lo liberaron, fue la peor noticia para los encargados de la seguridad, porque se iba el mesías que cada tarde les hablaba de filosofía, religión, cristología; los carcelarios manifestaron que nunca antes había ingresado a la cárcel una persona como él.

Cada vez que daba una conferencia, los asistentes le ofrecían trabajo; era el iluminado salvador que podía demostrar lo veracidad de lo absurdo, el orden en el desorden, la existencia del diablo y su confabulación con los políticos. De que cada siete años nuestras células cambian totalmente, entonces también se debería cambiar de pareja; tenía razón porque estudios de médicos y psicológicos demuestran que cada siete años hay una mayor incidencia de divorcios y separaciones y lo llaman el «seven years itch». Él mismo trataba de practicar en su vida real. No puedo dar testimonio de cuantas parejas tuvo FF; tampoco si se casó con una de ellas; solo sé que tiene dos hermosas hijas: Andrea y Rebeca, quienes cuidaron de él cuando empezó su mal, hace dos años.

La vida y obra De FF se incluirá en cualquier escrito sobre la antropología en el Perú y del mundo. Fue el pionero de la aplicación de la antropología en temas mineros, tema que ahora se ha convertido en el mayor empleador de jóvenes antropólogos. Cuando retorné de Manchester, trabajé con él en su consultora Social Consult, junto con Juan Ossio y Oswaldo Medina. Una vez, la mina de Buenaventura, en Huancaveliva, había contratado a ingenieros y arquitectos extranjeros para que construyan un campamento para sus trabajadores; los campesinos se negaron a ocuparlas porque se había planeado edificar las casas sobre de un puquial sagrado. Benavides se preguntó: ¿Quién entiende a estos campesinos que no aceptan la modernidad?; alguien contestó: «los antropólogos». Luego del estudio antropológico, se tomó en cuenta la concepción espacial y del tiempo de los campesinos. En la construcción del campamento los ingenieros tomaron en cuenta las recomendaciones de la consultora para construir las casas en un terreno que no era sagrado y que incluyera los patrones rurales espaciales de construcción de los campesinos, además de una casa comunal, una iglesia con el frontis hacia la salida del sol, una capilla del santo patrón del pueblo etc. Los campesinos aceptaron gustosamente la nueva construcción. Se había dado solución al problema.

Hace dos años, FF empezó a pagar una factura muy pesada por haber contribuido en demasía con las transnacionales del tabaco. Fumar era parte inseparable de sus tertulias. Desde entonces, sus apariciones fueron esporádicas. Mereció, entre otros premios, la Medalla de Honor del Congreso de la República.

FF nos deja todo esto y mucho más que no puedo contar en esta semblanza por razones de espacio. Descansa junto con Manolo Marzal, los tenemos a ambos todos los días entre nosotros.

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