El escenario de El Niño se vuelve cada vez más preocupante. Las últimas proyecciones indican que el Niño costero podría prolongarse hasta abril de 2027 y alcanzar una intensidad extraordinaria hacia fines de este año. Especialistas de la PUCP analizan sus posibles efectos en el territorio, la economía, la pesca y la salud, y explican qué medidas deberían tomarse desde ahora para reducir sus impactos.
Reportaje
Diana Chávez Bautista
El fenómeno de El Niño (FEN) vuelve a encender las alertas en el Perú. Por un lado, el Comité Multisectorial encargado del Estudio Nacional del Fenómeno de El Niño (Enfen) mantiene activo el estado de alerta por la continuidad de El Niño costero, que se desarrolla frente a las costas del Perú y Ecuador. Al mismo tiempo, en el Pacífico ecuatorial central, avanza El Niño de alcance global. Aunque se producen en zonas distintas del océano, ambos están relacionados y podrían prolongarse hasta el verano de 2027, con una intensidad fuerte durante varios meses.
Las primeras señales ya son visibles y sus efectos comienzan a sentirse en un invierno marcado por temperaturas inusualmente altas. El Gobierno ya declaró en emergencia 796 distritos de 22 departamentos ante el peligro de precipitaciones intensas. A ello se suman las anomalías en la temperatura del mar frente a la costa, que, según la Marina de Guerra del Perú, alcanza hasta 6 °C por encima de sus valores habituales.
Todo apunta, entonces, a que entraremos a un periodo de alto riesgo, con efectos en las precipitaciones, la disponibilidad de recursos hídricos, la pesca, la agricultura, la infraestructura y otros sectores clave para el país.
Aunque el Estado ya ha destinado más de S/ 4,200 millones para enfrentar los posibles efectos de El Niño y se trabaja en la limpieza y descolmatación de cauces en 75 puntos críticos, el país todavía tiene importantes brechas que cerrar para estar realmente preparado. Por ejemplo, la Cámara de Comercio de Lima advierte que aún están pendientes de ejecución obras preventivas por más de S/ 11,621 millones y que cerca de una cuarta parte del PBI nacional podría quedar expuesta a los efectos del fenómeno. Ante la magnitud del riesgo, la Defensoría del Pueblo ha solicitado medidas inmediatas, y el Centro Nacional de Estimación, Prevención y Reducción del Riesgo de Desastres (Cenepred) estima que más de 9.3 millones de personas podrían resultar afectadas.
No hay que olvidar que el Perú ha convivido con El Niño desde hace cientos de años y ya ha vivido episodios que dejaron profundas huellas. Hoy, frente a este nuevo evento que se proyecta particularmente intenso, la pregunta vuelve a ser inevitable: ¿hemos aprendido lo suficiente de 1982-1983, 1997-1998 y 2017 para estar mejor preparados esta vez? Especialistas de la PUCP explican cómo se origina este fenómeno, qué diferencia a El Niño global del costero, y qué aprendizajes debemos convertir en acciones concretas para anticiparnos, proteger a la población y reducir los daños.
¿Qué es el fenómeno de El Niño y cómo afecta al Perú?
Pero empecemos por el principio: ¿qué pasa cuando aparece el fenómeno de El Niño? El FEN ocurre cuando la temperatura superficial del mar aumenta más de lo normal durante un periodo prolongado. Ese calentamiento altera la circulación de la atmósfera y provoca una mayor evaporación del agua, lo que incrementa la probabilidad de lluvias intensas en distintas zonas del país, explica el Mag. Gustavo Rondón, especialista en gestión del territorio y profesor de la sección de Geografía y Medio Ambiente del Departamento Académico de Humanidades de la PUCP.
El evento actual corresponde a un Niño global, similar al registrado entre 1997 y 1998. A diferencia de El Niño costero de 2017, el calentamiento comenzó varios meses atrás en el Pacífico central, lo que ha permitido monitorear su evolución con mayor anticipación.
Aunque solemos hablar de El Niño como un único fenómeno, no todos los eventos se originan ni evolucionan de la misma manera. Por ello, Rondón señala que es importante diferenciar El Niño global de El Niño costero. El primero se produce cuando se calienta una extensa zona del Pacífico ecuatorial central y ese calentamiento comienza a influir en las costas del Perú. El Niño costero, en cambio, afecta principalmente la región marítima conocida como Niño 1+2, ubicada frente a las costas del Perú y Ecuador.
“En ambas situaciones, la lógica es exactamente la misma: el mar se calienta, la atmósfera acumula más vapor y luego llueve. Lo que cambia es dónde empieza ese calentamiento”, sostiene el especialista.
En ambas situaciones (El Niño costero y global), la lógica es exactamente la misma: el mar se calienta, la atmósfera acumula más vapor y luego llueve. Lo que cambia es dónde empieza ese calentamiento”.
En el caso del evento actual, las señales comenzaron a aparecer lejos de nuestras costas. Rondón explica que se trata de un Niño global comparable con el registrado entre 1997 y 1998. A diferencia de El Niño costero de 2017, el calentamiento se inició varios meses atrás en el Pacífico central, lo que ha permitido seguir su evolución y anticipar sus posibles impactos con mayor tiempo.
¿Por qué preocupa tanto
el verano de 2027?
La preocupación radica en que el océano Pacífico ya presenta anomalías de temperatura poco habituales para esta época del año. Si ese calentamiento persiste hasta el verano 2027, cuando el mar naturalmente alcanza sus temperaturas más altas, aumentará la evaporación del agua y, con ello, la probabilidad de precipitaciones de gran intensidad. Rondón añade que este calentamiento suele iniciar entre octubre y diciembre.
«Hoy estamos en invierno. Si esa anomalía se mantiene hasta diciembre, esos 6° C ya no estarán sobre el promedio del invierno, sino sobre el promedio del verano. Ahí es cuando el mar evapora mucha más agua y se generan las lluvias más intensas», explica.
De acuerdo con Rondón, las precipitaciones más fuertes suelen presentarse entre mediados de febrero e inicios de marzo y volverían a concentrarse principalmente en la costa norte del país.
En las zonas rurales, el mayor impacto recaería sobre la agricultura, ya que las inundaciones y el desborde de ríos pueden destruir cultivos completos y comprometer el sustento económico de miles de familias durante varios meses.
La Libertad, Lambayeque, Piura y Tumbes serían las zonas más afectadas, mientras que Lima también podría registrar lluvias, huaicos y desbordes de ríos, aunque con menor intensidad.
Sin embargo, los efectos de El Niño no se limitan a las precipitaciones. El incremento de las temperaturas también favorece la proliferación de mosquitos que transmiten enfermedades como el dengue y la chikunguña, además de aumentar el riesgo para personas con problemas de salud preexistentes.
En las zonas rurales, el mayor impacto recaería sobre la agricultura, ya que las inundaciones y el desborde de ríos pueden destruir cultivos completos, y comprometer el sustento económico de miles de familias durante varios meses.
Desde 1959 nunca habíamos registrado 21.5 °C un primero de julio. Eso ya nos debería estar diciendo que lo que se puede venir es muy complejo».
Como ejemplo, menciona que el pasado 1 de julio la temperatura del ambiente alcanzó los 21.5 °C, un valor que no se había registrado desde que existen mediciones en Lima y menos en pleno invierno. «Desde 1959 nunca habíamos registrado 21.5 °C un primero de julio. Eso ya nos debería estar diciendo que lo que se puede venir es muy complejo», afirma.

El impacto económico podría costar millones de soles al Perú
Pero los efectos de El Niño no se limitarían a las lluvias, los desbordes o los daños en la infraestructura. También podrían sentirse con fuerza en el bolsillo de las familias y en el desempeño de la economía. El Mag. Roberto Calero, doctorando en Economía de la PUCP, sostiene que la agricultura, la pesca, el turismo y las finanzas públicas serían algunos de los sectores más afectados ante el inminente FEN. Este escenario representaría un “choque de oferta negativo”; es decir, un evento que reduce la capacidad productiva del país y genera una serie de efectos en la economía.
«El PBI va a caer, el crecimiento económico se reducirá, habrá efectos inflacionarios, y las finanzas públicas también se deteriorarán porque el Estado tendrá que destinar mayores recursos a acciones de prevención y mitigación», explica Calero.
Las primeras estimaciones ya muestran la magnitud del posible impacto. Según Credicorp Capital Asset Management, el FEN ocasionaría pérdidas cercanas a S/ 16 mil millones y restaría 0.5% al crecimiento económico del 2026. Como referencia, durante el Niño costero de 2017, el impacto sobre el crecimiento fue de 0.8%.
En paralelo, el Reporte de Inflación de junio de 2026 del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) estima que las pérdidas económicas representarían alrededor del 0.7 % del Producto Bruto Interno (PBI).

Cuando el mar se calienta durante El Niño: ¿qué pasa con la pesca peruana?
Cuando la temperatura del mar aumenta, la vida bajo el agua también cambia. Algunas especies se desplazan en busca de condiciones más favorables, y, con ellas, se mueve toda una cadena productiva que incluye a pescadores, plantas procesadoras, trabajadores y mercados internacionales.
Precisamente, una investigación publicada en The International Journal of Life Cycle Assessment analizó cómo varía en el tiempo el impacto de la pesca sobre la biodiversidad marina peruana y qué relación tienen estas fluctuaciones con fenómenos como El Niño. El estudio, liderado por Rubén Manrique-Muñante, junto con los investigadores Alejandro Deville, Ramzy Kahhat e Ian Vázquez-Rowe, evaluó diez stocks pesqueros peruanos mediante herramientas de Análisis de Ciclo de Vida (ACV) y buscó determinar si los años de El Niño están asociados con un mayor impacto ambiental derivado de la extracción de recursos hidrobiológicos.
Los resultados mostraron que existe una relación entre las variaciones asociadas a El Niño y los impactos de la actividad pesquera, aunque esta no es necesariamente directa ni intensa. “Había una correlación, pero estaba muy suavizada”, explica el Dr. Ian Vázquez, coautor de la investigación, profesor del Departamento de Ingeniería PUCP e investigador de Pelcan.
Uno de los casos más sensibles es el de la anchoveta. Durante El Niño, el calentamiento del Pacífico modifica las condiciones del ecosistema frente a la costa peruana. “Entran masas de agua caliente que normalmente están más desplazadas hacia Indonesia y Nueva Guinea. Eso traslada las aguas frías de la costa peruana, donde habita la anchoveta”, señala Vázquez.
La anchoveta no desaparece, pero puede desplazarse hacia el sur y descender a mayores profundidades, lo que dificulta su captura. En años normales, el Perú puede capturar entre cinco y seis millones de toneladas de anchoveta, destinadas casi en su totalidad a la producción de harina y aceite de pescado. Sin embargo, durante eventos intensos de El Niño, esa cifra puede reducirse hasta uno o dos millones de toneladas.
Pero El Niño no afecta a todas las especies por igual. Algunas, como el atún, pueden encontrar condiciones más favorables con el aumento de la temperatura. “Cada especie tiene un comportamiento diferente. Incluso una misma especie puede responder de manera distinta si se trata de un Niño fuerte o de un Niño moderado”, explica Vázquez.
Por ello, el investigador advierte que los datos deben analizarse considerando la variabilidad climática y las características de cada recurso. Comprender esas respuestas permite anticipar mejor los cambios del océano y tomar decisiones pesqueras que ayuden a proteger tanto la biodiversidad como una actividad económica que depende directamente de ella.
Los sectores más golpeados
Cuando estas pérdidas se aterrizan en actividades concretas, la pesca y la agricultura aparecen entre las más expuestas. Según Calero, ambos sectores concentrarían una parte importante del impacto económico de El Niño debido a su alta dependencia de las condiciones climáticas.
El PBI va a caer, el crecimiento económico se reducirá, habrá efectos inflacionarios, y las finanzas públicas también se deteriorarán porque el Estado tendrá que destinar mayores recursos a acciones de prevención y mitigación».
En el caso del sector pesquero, se estima que la captura de anchoveta podría reducirse aproximadamente en 45 %. Esta situación impactaría directamente en la producción de harina y aceite de pescado, dos de los principales productos de exportación del sector.
Por su parte, en la agricultura, los mayores efectos se sentirían en la costa norte. El aumento de las lluvias y las variaciones de temperatura afectan la floración y el desarrollo de distintos cultivos. Calero advierte que el limón, el mango y los arándanos serían algunos de los más afectados, mientras que las estimaciones del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) apuntan a una caída de alrededor del 35 % en la producción de diversos productos agrícolas de la costa norte.

De acuerdo con la Defensoría del Productor Agrario, el fenómeno podría generar pérdidas superiores a US$ 3,576 millones, afectar 1.7 millones de hectáreas agrícolas y provocar la desaparición de más de 432 mil empleos directos permanentes en el sector agrario.
El golpe sería especialmente fuerte en la costa ya que concentraría el 56 % de las pérdidas económicas. En esta zona, cerca de 600 mil hectáreas de cultivos podrían resultar afectadas, principalmente productos de agroexportación como mango, limón, uva, palta, espárrago y arándano.
En la sierra, por su parte, se registraría el 44 % restante de las pérdidas. Allí podrían perderse más de 800 mil hectáreas de cultivos destinados al mercado interno, como papa, maíz, cebada, trigo y quinua. Además, el fenómeno comprometería la disponibilidad de agua para consumo humano y la producción pecuaria.
Y las consecuencias no quedarían únicamente en el campo. El turismo también sufriría las consecuencias. Las lluvias intensas, inundaciones, huaicos y daños en carreteras y puentes limitarían el acceso a diversos destinos turísticos del norte del país durante la temporada de verano, reduciendo considerablemente la llegada de visitantes.

El Niño no era solo desastre: las lecciones que deja la arqueología
El Niño suele aparecer en nuestra memoria asociado a lluvias intensas, huaicos y pérdidas. Sin embargo, la arqueología muestra que las poblaciones de la costa peruana no solo padecieron este fenómeno: también aprendieron a observarlo, anticiparse y convivir con él.
Esa es la mirada del proyecto Lecciones del Pasado, liderado por la Dra. Ana Cecilia Mauricio, arqueóloga e investigadora PUCP. La iniciativa combina arqueología, clima y medio ambiente para comprender cómo las sociedades prehispánicas respondieron durante miles de años a un territorio marcado por la variabilidad climática.
En Salinas de Chao, un sitio de entre 4 mil y 3,500 años de antigüedad, el equipo encontró grandes muros construidos al pie de cerros y quebradas. “Los muros que hemos estudiado tienen que ver con protección para lluvias y deslizamientos propios de El Niño”, explica Mauricio.
Estas estructuras habrían funcionado como diques para contener lodo, piedras y sedimentos. “Encontramos que es un sistema, que no es solamente un muro”, añade. Su eficacia todavía puede observarse: en las zonas donde permanecen, el sitio arqueológico está mejor conservado.
El proyecto también estudia adobes de unos 5,100 años elaborados con arcilla dejada por el desborde de los ríos. Para Mauricio, ello demuestra que estas poblaciones transformaron una amenaza en una tecnología constructiva. Incluso habrían aprovechado las inundaciones para llevar agua hacia campos ubicados en zonas áridas.
La principal lección es clara: adaptarse no empieza después del desastre. Comienza con observación, planificación, memoria territorial y organización colectiva. “Lo que deberíamos decirles es ciencia”, sostiene Mauricio sobre estos conocimientos desarrollados en el pasado.
Mirar estas respuestas puede ayudarnos a diseñar soluciones más inteligentes para el futuro.
La prevención como política de Estado
Cada episodio de El Niño vuelve a poner sobre la mesa una misma pregunta: ¿por qué el país sigue preparándose cuando la emergencia ya está cerca? Para Roberto Calero, enfrentar estos eventos exige combinar medidas inmediatas con una estrategia de prevención sostenida en el tiempo. “El nuevo gobierno debe implementar algunas políticas de corto plazo, como destinar fondos de recursos públicos para la limpieza de los cauces de los ríos y las quebradas, el mantenimiento de los drenajes pluviales en las zonas urbanas, y una política quizás ya a más largo plazo”, sostiene.
En ese sentido, precisa que se deben masificar los seguros agrícolas y pesqueros para que los pequeños productores y pescadores artesanales no queden desprotegidos cuando ocurran estos fenómenos.
No podemos seguir llegando a último momento para limpiar ríos o preparar a la población. La prevención debe convertirse en una política de Estado».
A este escenario se suma una preocupación de más largo plazo, y es que diversos estudios advierten que el cambio climático podría hacer que El Niño ocurra con mayor frecuencia y con más virulencia en las próximas décadas. Para Calero, esto vuelve indispensable dejar de reaccionar únicamente cuando la emergencia ya está próxima.
«No podemos seguir llegando a último momento para limpiar ríos o preparar a la población. La prevención debe convertirse en una política de Estado», asevera.
Si bien se ha asignado más de S/ 4,200 millones para que se empleen en la reducción y preparación ante el riesgo de desastres causados por el fenómeno climático de El Niño; lo cierto es que el desafío no termina solo con la asignación de recursos.

Nexaone Epi: inteligencia artificial PUCP para anticipar brotes de dengue
¿Es posible saber dónde aumentarán los casos de dengue antes de que ocurra un brote? Esa es la apuesta de Nexaone Epi, una plataforma desarrollada por investigadores de la PUCP, liderados por la Dra. Rene Flores Clavo, y el Centro de Investigación e Innovación en Ciencias Activas Multidisciplinarias (Ciicam).
El proyecto reúne a especialistas en epidemiología computacional, bioestadística, inteligencia artificial, ingeniería biomédica, análisis geoespacial y arquitectura de software. Desde su creación, a inicios de 2025, busca fortalecer la vigilancia epidemiológica mediante el uso de inteligencia artificial y ciencia de datos.
Para ello, integra información epidemiológica, climática, satelital, ambiental y socioeconómica. El objetivo es identificar con anticipación los distritos con mayor riesgo.
“Nexaone Epi transforma la vigilancia epidemiológica en inteligencia predictiva, integrando IA y datos multimodales para anticipar el riesgo de dengue a escala distrital. Identifica patrones territoriales y orienta dónde y cuándo priorizar acciones preventivas, convirtiendo datos complejos en decisiones oportunas”, explica la Dra. Rene Flores Clavo.
Actualmente, la plataforma se encuentra en una fase piloto de validación con especialistas del Ministerio de Salud y otros actores del sector. Entre sus principales avances destaca una base que reúne cerca de 840 mil registros y 41 variables, además de modelos capaces de generar predicciones para los 1,891 distritos del país.
Nexaone Epi también incorpora un tablero interactivo que permite visualizar alertas y posibles escenarios de riesgo. El equipo espera que la herramienta pueda pronosticar brotes de dengue con entre 4 y 24 semanas de anticipación.
Los resultados preliminares proyectaban, para finales de julio de 2026, un incremento del 34 % en la curva epidemiológica nacional. Asimismo, identificaban a Chiclayo y La Matanza, en Piura, entre los distritos con mayor riesgo.
En un escenario de El Niño, el aumento de la temperatura y las lluvias pueden crear condiciones favorables para la reproducción del mosquito Aedes aegypti. Frente a ello, anticiparse puede marcar la diferencia entre reaccionar ante un brote o actuar antes de que se expanda.
¿Qué medidas podemos adoptar frente al fenómeno de El Niño global?
Si hay algo que debemos considerar, sostiene el Mag. Gustavo Rondón, es que el problema no radica únicamente en la intensidad de El Niño, sino también en la forma en que el país ha ocupado su territorio durante las últimas décadas. Al respecto, explica que los huaicos siempre descienden por las mismas quebradas, pero muchas de ellas hoy están ocupadas por viviendas e infraestructura, lo que incrementa el riesgo de pérdidas humanas y materiales.
“La prevención consiste en evitar que se construya en zonas de riesgo o diseñar infraestructura considerando estos eventos. Lo que hacemos normalmente es reducir un riesgo que ya existe», afirma.
Los huaicos siempre descienden por las mismas quebradas, pero muchas de ellas hoy están ocupadas por viviendas e infraestructura, lo que incrementa el riesgo de pérdidas humanas y materiales.
Por ese motivo, para Rondón, una gestión preventiva también pasa por evitar nuevos asentamientos en zonas de alto riesgo e impulsar procesos de reubicación allí donde el peligro es permanente. A ello se suma un escenario cada vez más desafiante del cambio climático. Según advierte, estos eventos extremos podrían presentarse con mayor frecuencia que en el pasado, por lo que las ciudades necesitan empezar a adaptarse a esa realidad.
Asimismo, afirma que el problema es que la respuesta de las autoridades continúa concentrándose en corregir los daños una vez que ocurren en lugar de anticiparse a ellos. En línea con lo señalado por Calero, sostiene que la prevención debería ocupar un lugar central, sobre todo ante el escenario que enfrentarán el nuevo Gobierno nacional, y las autoridades regionales y municipales que asumirán funciones en enero de 2027, cuando el fenómeno podría alcanzar su mayor intensidad.
Ya no basta con limpiar canales cada cierto tiempo. Las ciudades tienen que diseñarse pensando en que estas lluvias pueden ser mucho más frecuentes».
En el caso del norte del país, Rondón advierte que ciudades como Piura, Chiclayo, Trujillo y Tumbes deberían replantear su infraestructura e incorporar sistemas de drenaje preparados para precipitaciones mucho más intensas que las registradas históricamente. «Ya no basta con limpiar canales cada cierto tiempo. Las ciudades tienen que diseñarse pensando en que estas lluvias pueden ser mucho más frecuentes», sostiene.
Además, recuerda que invertir en prevención también resulta más eficiente desde el punto de vista económico. «Por cada dólar que se invierte en prevención, se ahorra siete en reconstrucción», señala.
Ciclo natural vs. capacidad humana
En tanto, el economista y docente PUCP Dr. José Carlos Silva señala que el principal error es pensar en El Niño únicamente cuando las lluvias ya comenzaron. Recuerda que la energía involucrada en el ciclo natural del agua supera ampliamente la capacidad humana para controlarla.
«La energía requerida para mover el ciclo del agua y la evapotranspiración supera en unas 4,000 veces la energía que controlamos los seres humanos. Cuando llega la tormenta, ya estamos tarde; en ese momento, ya no podemos hacer mucho», afirma.
Pensar El Niño significa anticiparse al problema. La prevención, una mirada integral del metabolismo social y la participación ciudadana son fundamentales para reducir sus impactos».
Por ello, sostiene que la respuesta debe centrarse en la prevención y la anticipación. Esto implica no solo fortalecer la infraestructura, sino también comprender el fenómeno de manera integral y promover una mayor participación de la ciudadanía en la gestión del riesgo.
«Pensar El Niño significa anticiparse al problema. La prevención, una mirada integral del metabolismo social y la participación ciudadana son fundamentales para reducir sus impactos», concluye.
Prepararnos frente a El Niño exige mirar más allá de la emergencia inmediata. Implica aprender del territorio, anticipar los riesgos y construir ciudades capaces de convivir con un clima cada vez más extremo.
Créditos
Investigación y redacción:
Diana Chávez
Infografías:
Augusto Patiño
Fotografía:
Agencia Andina
Edición general:
Joana Cervilla
Edición de fotografía:
Sulsba Yépez
Diseño web:
Solange Avila







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