«Runa Simi»: repensando nuestro impacto social

Por Rafael Fernández Concha

Docente de Centrum PUCP

«Runa Simi»: repensando nuestro impacto social

13.08.2025

Las lógicas de negocios y prácticas administrativas usualmente gravitan entre dos ejes de la ética consecuencialista: el posibilismo y el actualismo. El primero sostiene que la acción deseable es aquella que está entre las mejores posibles que una persona puede realizar, incluso si no es la óptima. El segundo, quizás más realista, afirma que lo correcto es hacer lo mejor dentro de lo que el agente efectivamente hará dadas sus circunstancias y su comportamiento previsible.

Con matices diversos, el mundo corporativo sigue la línea del filósofo inglés Jeremy Bentham: buscar la máxima utilidad (o felicidad hedonista) y el menor sufrimiento para la mayor cantidad de personas. Cuando se analiza la sostenibilidad, la responsabilidad social y la búsqueda de impactos positivos del quehacer empresarial, la hermenéutica subyacente descansa en estos mismos principios.

¿Qué ocurre si, para buscar el máximo bien de los muchos, se deja de lado a los pocos?».

¿Qué ocurre si, para buscar el máximo bien de los muchos, se deja de lado a los pocos? Una corporación será más responsable si impactó positivamente a 400,000 personas que si lo hizo a 40; en ese orden de ideas, deberá invertir sus escasos recursos en aquello que maximice el bienestar (de la manera como la empresa o algún organismo haya definido como bueno) del mayor número de personas. A más grandes los números y más institucionalizadas las prácticas, la legitimidad está garantizada con premios, cócteles, fotos y notas de prensa para demostrarlo.

Pero ¿y aquellos 40 que fueron dejados de lado? Hace unos días tuve el privilegio de ver la película Runa Simi, dirigida por Augusto Zegarra, en el bello teatro NOS en el marco del Festival de Cine de Lima PUCP. En los 85 minutos de este premiado documental, conocemos la historia de Fernando Valencia, un cusqueño empeñado en lograr el doblaje al quechua del clásico animado El Rey León, un regalo para los niños quechuahablantes. El filme, de extraordinaria factura, conmueve por el romanticismo de la historia (imaginarán lo complejo de convencer a Disney de autorizar esta odisea) y por su atmósfera nostálgica, familiar y bucólica, tan típica del Cusco, con unos paisajes y una música entrañables, portentosos e íntimos.

Quizás, en este mundo de IA, automatización y despersonalización, es necesario volver a las historias auténticamente humanas, a preguntarnos qué aventura quijotesca está en nuestro camino. La misma pregunta aplica también para las grandes corporaciones, empresas y emprendimientos».

Los quechuahablantes en el mundo no son 40, son alrededor de 10 millones, y el tema de Runa Simi, “nuestra lengua”, excede su contexto presentando un arco de reflexión universal. Fernando, casi representando el viaje del héroe de Campbell, nos conduce por sus vicisitudes, y, sobre todo, su preocupación por la preservación del quechua y su cosmovisión, así como el amor por su madre y su hijo Dylan. Pequeña advertencia: cuando vayan a verla en el festival o en su estreno comercial, lleven suficientes Kleenex pues los necesitarán en más de una escena.

Quizás, en este mundo de IA, automatización y despersonalización de muchas relaciones sociales, es necesario volver a las historias auténticamente humanas, a preguntarnos qué aventura quijotesca está en nuestro camino y, quizás, a qué personas -y quizás sea solo una- nos toca enriquecer con nuestras vidas y nuestro amor. La misma pregunta aplica también para las grandes corporaciones, empresas y emprendimientos. Al final de cuentas, todo es imposible hasta que deja de serlo.

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Rafael Fernández Concha

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Docente de Centrum PUCP

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