Sayak Valencia: “Ahora la violencia tiene que ser ‘espectacular’ porque es rentable en tanto genera mucho terror y miedo en las poblaciones”

Entrevista a Sayak Valencia

Profesora Titular de El Colegio de la Frontera Norte

Sayak Valencia: “Ahora la violencia tiene que ser ‘espectacular’ porque es rentable en tanto genera mucho terror y miedo en las poblaciones”

Sayak Valencia, especialista en género y violencia, visitó la PUCP invitada por la Cátedra Unesco-PUCP de Igualdad de Género para realizar dos clases magistrales. En conversación con PuntoEdu, analiza la agudización de la violencia en nuestra sociedad, el retroceso de derechos, y las diferencias intergeneracionales entre jóvenes y adultos que plantea la digitalidad.

20.10.2026

Recientemente, en el Perú, hemos tenido varios casos de agresiones sexuales entre escolares y, en agosto, un escolar en Huancayo fue asesinado por excompañeros de colegio. ¿Cómo lee esta escalada de violencia y cómo se relaciona con el concepto de necromasculinidad que usted ha desarrollado?

Primero que nada, me parece gravísimo que estas noticias sean cotidianas, como si fuera algo a lo que tenemos que acostumbrarnos y no pedir cuentas. Estos casos me sirven para hablar de un concepto que trabajo: la necroscopía. Esta es la normalización de la violencia, la muerte, el asesinato, la violación… Son violencias extremas que antes eran géneros específicos como el snuff, el gore o el terror extremo. Ahora, se han vuelto una forma de visualidad que se legitima: la normalización de la muerte y violencia en contra de ciertos cuerpos es un producto de consumo cultural que se rentabiliza. La glamurización de los asesinos en serie viene muy de la mano con la glamurización de los gángsters.

Vemos películas de guerra en donde la violencia sexual está implícita, y los depositarios de esa violencia son casi siempre mujeres y niñas, pero también jóvenes y hombres que son feminizados en espacios donde la ultramasculinidad es impune o la necromasculinidad los vulnera por ser distintos: si sales del rango del poder y desobedeces, entonces eres castigado. Tiene muchos años sucediendo, pero mucho más en los últimos 20 o 25 años. Es una suerte de “primado negativo” donde te enseñan que actos atroces quedan impunes; que además crea una pedagogía de la crueldad, como dice Rita Segato.

¿Cuánto ha influido la violencia real que vemos en Latinoamérica, desde las economías ilegales o desde la cultura narco, en el modo en que aceptamos y normalizamos esa violencia?

Yo iría hacia atrás. Creo que las violencias institucionalizadas y la cultura explícitamente violenta vienen de la milicia. Muchos de los narcos son exmilitares de élite. No solamente matan a la gente con un tiro de gracia, como se hacía antes, porque estaban acabando con un enemigo. Ahora la violencia tiene que ser ‘espectacular’ porque es rentable en tanto genera mucho terror y miedo en las poblaciones. Los narcos son también un gran chivo expiatorio para seguir vigilando y castigando a ciertas poblaciones que regularmente son racializadas y precarizadas. Y su mano armada, el proletariado gore, casi siempre son jóvenes y racializados. 

Y la respuesta, con bastante aceptación, de muchos Estados es la militarización. Tras un pico de reconocimiento de derechos individuales y colectivos, ¿estamos regresando a tener cada vez menos derechos?

Claro. Y hay que ponerle cuerpo a este tema. No nos dieron los derechos porque quisieron dárnoslos, es porque la gente los militó y hubo una sociedad civil organizada. Los derechos nos los dieron porque los hemos reclamado en el espacio público, desde los derechos humanos, porque los hemos hecho posibles y, recién entonces, se nos han concedido. 

Lo que sí entiendo es que hay una desmovilización social, porque la violencia es tan intensiva y tenemos tanto miedo. El miedo es muy efectivo para que la gente ceda sus derechos y para que la gente más joven no conozca de dónde vienen estos. El apoyo a democracias autoritarias tiene influencia del soft power, de la desinformación y de la incidencia que tienen las redes sociales sobre el consenso político. Esto último es algo muy importante: los contenidos que estamos consumiendo son cosméticos, pero completamente regresivos en sus valores, excepto ciertas comunidades que tienen un alcance mucho menor. Ninguna granja de bots de las que hay en Argentina, Etiopía, Nigeria o en México está a favor de los derechos humanos sino más bien del discurso conservador.

Hay quienes achacan el repunte del conservadurismo a que “ya hubo mucho progresismo”. ¿Qué diría sobre eso?

Me gustaría detenerme en el exceso de progresismo. ¿No es la racionalidad de Occidente la que prescribe orden y progreso? O qué están defendiendo ellos, ¿orden y regreso? Hay un argumento un poquito ilógico cuando se usa la palabra “progresismo” como si fuera un insulto. De hecho, con el exceso de progreso se está acabando el agua y se están talando las selvas, y los “progresistas” serían quienes están defendiendo ese modelo de progreso sin fin. Nosotres queremos humanización, ética y derechos e igualdad para las mayorías. En todo caso, podríamos decir que estamos apelando a lo que el marco humanista nos legó para poder seguir siendo considerados como humanos, y no ser desechables y masacrables como nos está pasando con el genocidio en Gaza, pero también con los genocidios y los ecocidios en los que vivimos en nuestro continente.

Parecemos ser más apáticos e individualistas. ¿Qué está cambiando en estos momentos?

El cambio ha sido largo. El neoliberalismo iconiza la producción por encima de cualquier otra cosa y al individuo por encima de la comunidad. Las juventudes no están desmovilizadas ahora, sino que la huella de esta desmovilización viene por lo menos de treinta años. Ahora estamos viendo y cosechando esos resultados también porque pasamos por una pandemia y los más jóvenes se metieron a la pantalla como si fuera el único refugio y fueron educados por ella. 

La digitalidad ha creado toda una conciencia y una forma de desmovilización social y de influencia de género. Por supuesto, hay ideología de género y es de ellos [quienes utilizan este término], y lo están diseminando a través de la digitalización. Y estas juventudes crecen sin historia, sin política, pero también sin formas de vincularse más allá de la virtualidad. Les hemos dejado demasiado solos y les hemos dejado a cargo de una niñera atroz que es el Internet. Entonces, también hay que hacernos cargo de esa responsabilidad social que tenemos, pero no desde un lugar de culpa y vergüenza, sino más bien de lo que hicimos y lo que podemos deshacer.

¿Y qué le diría a los jóvenes? ¿Qué pueden hacer con el discurso que reciben y que les responsabiliza?

Pues no recibirlo. Yo les invitaría a desobedecer esas prescripciones. Son una generación diferente. Les invitaría a conversar con nosotros y a educarnos también en cómo están percibiendo el mundo ellos y por qué es tan importante esa digitalidad. Afectivamente: ¿qué está en juego para ellos? No para que lo intentemos nosotros, sino porque la pregunta hacia adentro va a generar una respuesta hacia afuera y van a ser muy conscientes de las potencias que tienen como una generación diferente que no necesita parecerse a nosotres para ser legítima, pero que quizá pueda aprender del pasado. El pasado es una linterna que ilumina el futuro, no un lugar al que volver. Están haciendo trabajos complejísimos de lectura de la realidad, pero no la están socializando ni entre ellos porque no la discursivizan. Tenemos que tratar de salir de esa visión posléxica -de que solo tienes que ver con imágenes y no puedes explicar nada-, pues el discurso, hablar, nos ayudaría a entendernos para no estarnos juzgando. Creo que el adultocentrismo con el que juzgamos a los jóvenes no es una posición sana. Hay lazos, relaciones y lenguaje que pueden acercarnos.

El feminismo ha cambiado bastante, desde un movimiento de olas diferenciadas hasta conceptos como el transfeminismo que usted desarrolla. ¿Cómo lee este momento en medio de un contexto regresivo?

Los feminismos han sufrido un reacomodo importante. Para empezar, que ya se diga feminismos [en plural]. Lo que creo que los feminismos han hecho es crear una lengua franca para hablar de los derechos de las personas. Sí, de las mujeres, por supuesto, y de las niñas, pero no desde el biologicismo que se nos hace creer, sino más bien desde la figura de la persona jurídica y la persona humana. O sea, el feminismo lo que quiere, según Angela Davis, es (re)reconocer que las mujeres también somos personas.

No soy una persona trans. En el transfeminismo que yo adscribo —y en el que milito hace más de veinte años—, el prefijo «trans» significa movimiento e incluye cuestiones de género, pero también de raza, sexualidad y migración. Y también incluye a los varones, a los niños y a los jóvenes que necesitan un acompañamiento distinto para que no se regresen a estas atrocidades. Que vean que otros marcos de interpretación de sus cuerpos y de sus afectividades son posibles, que no necesitan ser hombres violentos todo el tiempo ni demostrar una performatividad de género donde la violencia y el abuso sean la única forma de certificación.

¿Hay cierta culpa, ahora, de vincularse con un feminismo que no conversa con otras opresiones?

Sí, y yo creo que la culpa no le resuelve nada a nadie. Ni la culpa, ni la censura, ni la vergüenza van a ser un lugar donde tengamos que militar desde el feminismo. Hay que ser antidogmáticas también al interior de nuestro movimiento y poder con las preguntas difíciles. Lo importante aquí no solo es el nombre, sino las alianzas posibles.

Volviendo al punto inicial con el que abrimos la conversación, el de la violencia, el de cómo somos socializados los hombres especialmente. ¿Qué rutas de salida ve?

Pues, para empezar, que la educación infantil tenga más que ver con la corporalidad. Que tengan danza, que tengan teatro, que sepan explorar su cuerpo desde un lugar en el que el género binario no sea la única dirección. Y que no sean cuerpos para el abuso, sino que sean cuerpos con autoconciencia, y que puedan tener autonomía y puedan decir no.

Cada vez estamos quitándoles más la posibilidad de tener un cuerpo con destrezas, porque ahora solo están en el scrolling infinito. Hay algo bonito ahí en el «farmear aura», que es algo muy corporal y que a su vez se expresa también en las redes. Es mejor si podemos acompañarles con un discurso que no les culpabilice, que les haga libres y que les haga sentirse felices en sus cuerpos, sean como sean los cuerpos. Ese es el gran regalo que podríamos darles como adultos a las niñeces para que puedan tener decisiones mucho más felices y sociedades mucho más justas. Creo que las personas que tienen experiencias felices y una propiocepción adecuada tienen más empatía. Por eso, es muy importante educar también desde las alegrías y desde las militancias alegres, no solo desde la culpa y el dolor.

En esta entrevista

Sayak Valencia

Sayak Valencia

Profesora Titular de El Colegio de la Frontera Norte
Es doctora en Filosofía, Teoría Crítica y Feminista por la Universidad Complutense de Madrid. Es profesora-investigadora de El Colegio de la Frontera Norte, adscrita al Departamento Estudios Culturales. Entre las principales distinciones se encuentra el ser Merecedora del Erasmus Mundus programme (Visiting Scholars) for the European Master’s Degree in Women’s and Gender Studies GEMMA. 2019-2020, […]

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