Acaba de publicarse el que posiblemente sea el primer libro teológico sobre la vida y el pensamiento del Papa León XIV. Coescrito por los teólogos Véronique Lecaros y César Piscoya, Retrato de un Papa peruano (Fayard, 2025) revela cómo Robert Prevost derribó barreras y prejuicios en su misión peruana, y cómo ello lo ha convertido en el Pontífice que es.
Entrevista:Rafaella León
Foto:Jorge Cerdan
12.12.2025
La Dra. Lecaros y Robert Prevost no pueden decir que son cercanos, a pesar de que han coincidido en varias oportunidades, sobre todo cuando ella dio conferencias en Chiclayo a grupos de sacerdotes. Sin embargo, solo Lecaros puede describir los espacios por donde anduvo el padre Bob en nuestro país, como la casa de formación de los agustinos en Trujillo donde él trabajó o su austera habitación de una cama y una silla en la sofocante Chulucanas, cuando iniciaba sus misiones en los pueblos olvidados del Perú.
A pesar de ello, Véronique Lecaros -jefa (e) del Departamento Académico de Teología- y su coautor César Piscoya -doctorando en Sociología por la PUCP y actual asesor del Centro de Acción Pastoral del Celam- han hecho a un lado la mirada biográfica del personaje para exponer, desde la reflexión teológica, la espiritualidad agustiniana del Papa León XIV, que invita a creer en el poder de la amistad y del diálogo.
¿Cómo nace la idea de este libro, el primero no biográfico sino teológico sobre el Papa León XIV?
Este libro surge de mi trabajo con César Piscoya, coautor del proyecto, quien desde 2020 desarrolla su Doctorado en Sociología en la PUCP sobre la diócesis de Chiclayo. Como su asesora de tesis, ambos hemos investigado durante años cómo monseñor Prevost ejerció el poder y cómo otorgó un espacio significativo a las mujeres dentro de la diócesis, favoreciendo su participación y empoderamiento. Sin este largo proceso de análisis y reflexión, no me habría atrevido a iniciar el libro.
Además, el contenido recoge mis propias líneas de investigación de muchos años: la construcción de una comunidad sana —tema que trabajo desde 2019, a raíz del estudio sobre los abusos—, el catolicismo popular, que abordé desde mi tesis hace dos décadas, y el rol de las mujeres en la Iglesia. En conjunto, el libro reúne temas que he estudiado y profundizado a lo largo de varios años.
Entonces, ¿estudian a Prevost desde antes de que sea Papa?
Sí. César lo conocía desde su etapa como agustino en Trujillo. Durante años he escuchado horas y horas de su experiencia pastoral. Con César, viajamos a Chulucanas para comprender mejor esa historia.
Chulucanas aparece en la primera parte del libro sobre el catolicismo popular. ¿Qué significó para Prevost ser misionero en una zona tan pobre?
El trabajo es cronológico. Empezamos investigando cómo fray Roberto organiza la misión. Cuando llegó, ya existía una estructura que proponía una “nueva imagen de parroquia”. Prevost se formó en ese modelo, marcado por la comunión agustina, la organización comunitaria y el apoyo mutuo.
¿Con la propuesta desde Francia para escribir el libro, empiezan a viajar?
Sí. Aunque César conocía estos lugares, yo necesitaba vivirlos. Fuimos a Chulucanas, Trujillo y Chiclayo. A esta última ciudad había ido ya varias veces para dar conferencias a sacerdotes, algo inusual por ser mujer teóloga. La primera vez fue en 2018 o 2019, precisamente cuando conversamos sobre la tesis de César.
El padre Roberto supo reconocer el valor de las mujeres en la Iglesia y alentarlo, mostrando una mentalidad abierta y práctica».
Chulucanas marca esta nueva imagen de parroquia. ¿Se inspira en ella para adaptarla luego en Trujillo y Chiclayo?
Sí. La nueva imagen de parroquia implicaba organizar comunidades de 50 a 200 familias, bajo la impronta agustina de comunión. En los años 60, había unas 800 personas integradas; en 1992, ya eran 25 mil. No solo era un sistema de ayuda mutua: incluía formación catequética y formación de laicos. Fue un modelo muy potente.
¿Cómo fue su paso por Trujillo?
Lo abordamos desde la perspectiva de la vida comunitaria sana. Comparo este modelo con comunidades tóxicas, como el Sodalicio, que es uno de mis temas de investigación. La comunidad agustina en Trujillo tenía estructuras claras de oración, estudio y disciplina, pero nunca humillaba. La corrección fraterna era privada, no pública. Prevost no crea esta comunidad desde cero, pero le da forma y coherencia.
¿Había espacio para las mujeres en esa comunidad?
Sí, y de maneras inesperadas. César me presentó a mujeres que, desde la práctica cotidiana, enriquecían la vida comunitaria. Una vecina, por ejemplo, se volvió una especie de “madre” para los vicarios, llevando comida y apoyo. No era algo previsto, pero el padre Roberto supo reconocer su valor y alentarlo, mostrando una mentalidad abierta y práctica.
¿Cómo se integró Prevost a esa dinámica?
Él llegó precisamente para impulsarla. Entendió que una comunidad sana se construye con disciplina, pero también con apertura, afecto y misión.
Luego va a Chiclayo. ¿Qué transforma allí?
Su llegada coincidió con la renovación eclesial impulsada por el Papa Francisco. En Chiclayo, nombró a muchos laicos, y especialmente mujeres, en puestos clave. Buscaba personas capaces de formar a otros. Por eso, me invitaron a dar charlas. Allí aplicó de manera más visible su visión de comunión y participación.
Cada etapa —fray, formador, obispo, cardenal y ahora Papa— tiene exigencias diferentes. Pero él trae una formación que lo capacita para comprender la diversidad cultural y vivirla desde dentro».
¿Cuál es la particularidad del catolicismo peruano que lo marcó?
Los agustinos dan gran importancia a la comunión y la amistad, elementos centrales en una comunidad sana. El catolicismo peruano, muy expresado en hermandades y devociones populares, es profundamente comunitario. Prevost aprovechó esta estructura natural de organización y afectos para consolidar su propuesta pastoral.
¿Prevost escoge al Perú o el Perú lo escoge a él?
Podría parecer un accidente, pero no lo es. Juan XXIII pidió ayuda a sacerdotes norteamericanos y los agustinos respondieron enviando misioneros a Chulucanas. Si él quería ser misionero, era muy probable que llegara al Perú. Más que escoger un país, escogió una misión.
¿Qué le enseñó el Perú?
Aquí descubrió un catolicismo con retos y estilos muy distintos a los europeos. En Europa, predominan temas como secularización y relativismo; en el Perú, la práctica sacramental tiene otros sentidos y motivaciones. Comprender esto le abrió un mundo nuevo. Además, vivió la diversidad cultural desde dentro: afectividad, vida comunitaria, generosidad, contraste con el individualismo estadounidense, por ejemplo. Todo esto lo formó profundamente.
¿Cómo influyó esta experiencia en su estilo conciliador?
Mucho. Él aprendió aquí a valorar la diversidad cultural y a dialogar incluso con grupos formados en modelos distintos. Cuando llegó a Chiclayo, supo tender puentes con todos.
¿Qué barreras y prejuicios tuvo que enfrentar?
No profundizo en su vida interior por ética profesional; solo recojo testimonios. En todos escuchamos lo mismo: “el gringo es muy humilde”. Sorprendía su trato cercano y respetuoso.
En todo este recorrido, ¿qué significa para él evangelizar hoy?
Me pregunté: ¿qué significa ser misionero?, ¿qué implica que un estadounidense forme una comunidad agustina en el Perú? Evangelizar supone actualizar la espiritualidad cristiana para que sea viva y responda a los desafíos del presente. Y él ha tenido que hacerlo en un mundo convulsionado.
¿Cómo enfrenta los retos actuales: justicia social, diálogo intercultural, inclusión?
Cada etapa —fray, formador, obispo, cardenal y ahora Papa— tiene exigencias diferentes. Pero él trae una formación que lo capacita para comprender la diversidad cultural y vivirla desde dentro. Su gran riqueza es su espiritualidad, siempre cultivada.
¿Cuál debería ser su sello particular respecto a Francisco?
Francisco insistía en el vínculo con todos. Para León XIV, el centro es la comunión: ser uno en Cristo. Una comunión que integra afectos y amistad, muy propia de los agustinos.
Eso se vio desde su primer mensaje como Papa.
Sí. Hizo algo revolucionario: habló en castellano, se dirigió a Chiclayo y habló de su afectividad. Un Papa suele presentarse sin individualidad, pero él se presentó como un hombre con emociones y vínculos reales.
León XIV. Retrato de un Papa peruano
La Dra. Véronique Lecaros y César Piscoya, estrecho colaborador del padre Robert Prevost, repasan la espiritualidad agustina de quien se convertiría en el Papa León XIV y los desafíos contemporáneos que enfrenta el catolicismo hoy.
El libro contiene además un dosier fotográfico, una línea de tiempo gráfica, una amplia bibliografía y testimonios personales de la Dra. Emilce Cuda (secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina, Santa Sede), el teólogo Armando Lovera Vásquez, el agustino largamente radicado en Perú John Lydon y el sacerdote trujillano William Reyes Vega.
Con más de 300 páginas en idioma francés, el libro editado por la editorial francesa Fayard será traducido al italiano y al rumano.
Por César Piscoya Chafloque, coautor del libro «Retrato de un Papa peruano»
Mi camino en la fe y el servicio ha estado marcado, de manera indeleble, por la presencia y la cercanía fraternal de Roberto Prevost, a quien conocí como padre Roberto y hoy es el Papa León XIV. Nuestro vínculo se tejió a través de años de trabajo y escucha mutua, moldeando mi fe y mi comprensión de lo que significa servir a la Iglesia.
Aún recuerdo con viveza aquel día de noviembre de 1995. Yo, un joven impaciente, estaba a punto de dejar la universidad para seguir mi vocación agustiniana, dejando a mi madre en llanto y a mi padre en la impotencia. Entonces llegó él en una camioneta gris, un hombre delgado con acento extranjero, y me saludó con una calidez que contrastaba con la tensión familiar.
Roberto Prevost no se limitó a llevarme, sino que se tomó el tiempo de escuchar a mi madre y a mi padre, ofreciendo un espacio para su dolor. Me preguntó, mirándome a los ojos: “¿Tienes todo listo?”. Con una sabiduría que yo no comprendía entonces, respetó mi entusiasmo por comenzar de inmediato, a pesar de sugerirme terminar mis estudios. Aquel respeto y acompañamiento personalizado fue un verdadero acto de mentoría.
Aunque mi camino vocacional me llevó a dejar la congregación en 2001, mantuvimos un vínculo fuerte; él no me olvidó. Roberto me enviaba correos por mi cumpleaños, manteniendo viva la llama de la amistad a través de los años.
Años después, la vida me golpeó con una pérdida inefable: la muerte de mi esposa en 2015. En medio de mi desolación y de un viaje a Chiclayo en diciembre de 2016, tomé la inusual decisión de contactar a Mons. Roberto Prevost por Facebook. Su respuesta resonó como un eco de esperanza: “Cuando estés en Chiclayo, ven a verme”.
Nuestro reencuentro casual en la catedral de Chiclayo se sintió providencial. Me recibió con una acogida fraterna y una empatía sincera ante mi dolor. Le confié mis promesas y él no me impuso una visión preestablecida, sino que validó mi experiencia como padre viudo como un camino auténtico hacia Dios. Su propuesta fue concreta: me ofreció becas para mis hijos y la oportunidad de integrarme en la pastoral diocesana de Chiclayo.
Así, en febrero de 2017, cuando llegamos a Chiclayo, en medio de la devastación de El Niño costero, vi la coherencia de su ser. Mons. Roberto andaba con botas en las calles inundadas, encarnando la cercanía con los pobres y los que sufren.
Él me confió la coordinación de la pastoral diocesana como laico, un gesto que desafió el clericalismo y fomentó la horizontalidad en la Iglesia local. Bajo su guía, el Equipo Diocesano de Animación Pastoral (EDAP) se convirtió en un «laboratorio sinodal» donde se valoraba la diversidad y la confianza. Su liderazgo, arraigado en la confianza más que en el poder, y su constante invitación a la interioridad y la oración fueron esenciales para mi propia reconstrucción y curación del duelo.
Trabajé con él hasta 2022, cuando partió a Roma. Hoy reconozco que su acompañamiento silencioso y constante moldeó las bases de mi ser cristiano y mi servicio. Roberto Prevost fue, y sigue siendo, un signo vivo de la presencia divina en mi vida.
Doctora en Teología católica por la Universidad de Estrasburgo (Francia). Tiene un doctorado en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París, una maestría en Filosofía de la Universidad de París I Panteón-Sorbona, y es magister por la Leland Stanford Junior University. Actualmente es docente y jefa (e) del Departamento Académico de Teología. […]
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