Muerte en el pentagonito siempre me gustó por varias razones. Su particularidad es que se trata de una historia dramática que puede convertirse en una obra de teatro o cine porque hay un personaje –lo cual es raro en una investigación periodística– que empieza de una forma, en el camino le pasan distintas cosas y termina de otra.
Lo segundo es que, dentro de esta estructura militar, Sosa era una persona muy profesional. Le gustaba hacer las cosas «bien» dentro de su mentalidad y sus valores. No violaba senderistas, no robaba a los muertos, se peleaba con sus superiores que él consideraba que hacían algo mal. Tenía una serie de actitudes que lo convierten en un profesional, a diferencia de sus compañeros que iban a los operativos borrachos o asaltaban gente en la calle.
Yo escogí el mínimo posible de jugadores en escena, que se mantienen a lo largo de toda la obra y asumen distintos roles para desarrollar la narrativa. Eso se convirtió en un sello del montaje desde la dirección. Los investigadores se involucran tanto en la historia que ellos mismos están descubriendo, hasta interpretar a los personajes que van conociendo. El recurso de volver siempre a los investigadores me hizo pensar que esta debía ser la escenografía: la oficina de los investigadores



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