Gabriela Wiener, egresada de Lingüística y Literatura PUCP, es, sin duda, una de las voces más influyentes de la literatura peruana contemporánea. Con inicios como cronista en medios como El País y Etiqueta Negra, ha compilado sus crónicas y ensayos en obras como Sexografías, Nueve lunas, Huaco retrato y Atusparia, libros donde el cuerpo, la maternidad, el deseo y la raza son explorados desde lo íntimo y lo político.
Además de su labor como escritora, Gabriela Wiener dirige la colección Yegua de Troya, un espacio editorial disruptivo que publica autoras afro, coneras, migrantes y disidentes sexuales. En su discurso inaugural en la Asamblea General del XLV Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana en la PUCP, subrayó la urgencia de una escritura que trascienda la ficción para transformar realidades, interpelar sistemas de poder, y dar voz a las mujeres y disidencias.
Escritura, educación y voz propia
Gabriela, ¿desde dónde escribes? ¿De dónde nace ese sentimiento que atraviesa todos los temas que has tratado en tus libros?
Creo que la escritura puede emanar de muchas fuentes. Personalmente, ha surgido mucho de mi propia experiencia, desde mi mirada subjetiva del mundo. Comencé como periodista y cronista, donde mi trabajo consistía en estar en el terreno, en el «aquí y ahora» de los hechos. Esa experiencia me llevó de contar el exterior a centrarme más en lo autobiográfico y autorreferencial. Últimamente, también he explorado otros géneros como la ficción y la poesía, jugando con el lenguaje y la imaginación poética. Además, me interesa cómo la literatura puede transformarse en algo más, como el teatro o lo performático, y cómo esas experiencias pueden devolverse al mundo. Otro aspecto clave es el lugar de la enunciación: desde dónde cuento, los privilegios y las violencias que experimento. Estos puntos son fundamentales en mi escritura.
Creo que la escritura puede emanar de muchas fuentes. Personalmente, ha salido mucho de mi propia experiencia, desde mi mirada subjetiva del mundo. Comencé como periodista y cronista, donde mi trabajo consistía en estar en el terreno, en el ‘aquí y ahora’ de los hechos».
Tú has estado en un colegio soviético a finales de los ochenta, ¿cómo influenció en tu visión del mundo y en tu escritura?
En mi novela Atusparia, uso esa referencia biográfica. Estudié en un colegio llamado Atusparia, que definí como soviético o indigenista. Era una época donde coexistían dos imperios, el capitalismo y el socialismo, y mi colegio estaba influenciado por el socialismo. Recibía una subvención de los pescadores de la armada roja, lo cual siempre me pareció curioso. En los años 80, en el Perú, había un fuerte énfasis en el nacionalismo y el indigenismo, lo que también marcaba nuestra educación. Leíamos a José María Arguedas desde pequeños y conocíamos a figuras como José Carlos Mariátegui. Mi familia, comunista y marxista, eligió este colegio por su orientación política. Todo esto nos enseñó a hablar sin complejos sobre justicia social, algo que hoy parece más difícil.
La evolución literaria de Gabriela Wiener: de la crónica a la novela
Y en cuanto a tu estilo y evolución literaria, ¿cómo ha cambiado tu escritura desde Sexografías hasta Atusparia?
Siempre me consideré más cercana a la no ficción y la crónica, y tenía una postura algo radical contra la ficción. Durante mucho tiempo, esa fue mi trinchera. Pero con Huaco Retrato descubrí que la ficción podía abordar cuestiones profundas que no podían ser documentadas de manera literal o a través de fuentes oficiales. La reflexión sobre la colonialidad en ese libro me llevó a ver que la literatura y la imaginación son recursos poderosos para llenar los vacíos informativos, para devolver la dignidad a lo que ha sido borrado o saqueado. En la escena final de Huaco Retrato, defiendo la ficción como una respuesta válida cuando ya no podemos contar con las fuentes oficiales ni con los archivos para completar nuestra historia.
Siempre me consideré más cercana a la no ficción y la crónica, y tenía una postura algo radical contra la ficción. Durante mucho tiempo, esa fue mi trinchera. Pero con Huaco Retrato descubrí que la ficción podía abordar cuestiones profundas que no podían ser documentadas de manera literal o a través de fuentes oficiales».
Eres la editora de Yegua de Troya, ¿qué autoras consideras que deben leerse hoy?
Todas las autoras de mi catálogo. Yegua de Troya busca dar visibilidad a escritoras que no suelen ser escuchadas en el ámbito editorial mainstream. Decidí crear un espacio seguro para autoras que, por su origen o enfoque, no tienen cabida en el mercado tradicional. Por ejemplo, Yolanda Arroyo Pizarro, con un libro fundamental sobre la esclavitud desde la perspectiva de las mujeres negras; o Pino Luna, quien explora el cuerpo enfermo y sometido en una novela delicada sobre el duelo. También estoy próxima a publicar a dos peruanas: Rosa Chávez Yacila y Brunella Tipismana. Sus historias de existencias populares creo que ayudarán a sacudir la literatura hegemónica patriarcal que aún domina en el país.
Activismo social y reflexiones
¿Cómo describirías el momento social y político en el que vivimos?
Vivimos una crisis política institucional grave, con una mafia que ha tomado el poder y está enquistada en el Estado. La presencia de una mujer en el gobierno no ha sido garantía de cambio y lo demuestra la estrategia de la ultraderecha al poner mujeres en posiciones clave. El régimen cívico-militar ha cobrado muchas vidas, especialmente en las masacres del sur en 2022–2023. La impunidad sigue siendo enorme, con la reciente aprobación de la amnistía para militares responsables de violaciones de derechos humanos durante el conflicto interno. La lucha sigue viva, pero quienes gobiernan carecen de respeto por las vidas andinas y por las existencias de los pueblos originarios. Vivimos en un país bloqueado, con proyectos políticos que siguen reproduciendo las mismas lógicas corruptas. Aunque vivo en Madrid, la situación de mi país me sigue doliendo profundamente. La única salida es la organización y la solidaridad.
Vivimos una crisis política institucional grave, con una mafia que ha tomado el poder y está enquistada en el Estado. La presencia de una mujer en el gobierno no ha sido garantía de cambio y lo demuestra la estrategia de la ultraderecha al poner mujeres en posiciones clave».
Hablaste de la amnistía del Congreso y del posconflicto, ¿por qué el fujimorismo aún nos impacta?
Bueno, vivimos unos tiempos muy duros, muy terribles, muy traumáticos, porque el Perú siempre ha sido un país desigual, injusto y traumático. Hay quienes han luchado de muchas maneras, con las armas, sin ellas; es un país también altamente represivo. Una de las herencias más terribles de esa época es que todo el mundo sea sospechoso, y eso esté mezclado con el profundo racismo y clasismo colonial latente en nuestra historia y presente. Entonces, el hecho de que personas andinas salgan a protestar y sean tildadas de ‘terroristas’ es herencia del fujimorismo, y eso impide una ciudadanía auténtica y una participación política legítima, porque no se ve al otro como igual, ni se valora sus luchas. La falta de memoria real impide perdón, reconciliación y reencontrarnos. No me gusta la equidistancia en ese sentido.
¿Cómo ves la polarización política entre jóvenes, y la vigencia de izquierda y derecha?
No sé si tiene sentido hablar de izquierda o derecha. Tal vez deberíamos centrarnos en los de arriba y los de abajo, y transformar cómo nombramos las cosas. La ultraderecha se está radicalizando rápidamente, con gobiernos como el de Milei, Trump o Dina Boluarte, cuyas políticas son profundamente racistas, misóginas, y antimigrantes. En el Perú, vemos jóvenes que apoyan figuras como Keiko, marchan con banderas virreinales y defienden posturas retrógradas como la pena de muerte. Tienen poder, ganan elecciones, y debemos disputarles el discurso y el espacio. Hay también un sector democrático y cívico, pero que, en lo social y económico, mantiene el sistema desigual. Este statu quo bloquea la posibilidad de una revolución, de refundar la nación o de exigir una nueva Constitución.
Gabriela Wiener: la literatura como arma y remanso
Vienes al Congreso IILI de «Imaginarios en Transición». Francesca Denegri dice que tú representas justamente esos imaginarios porque desde tu escritura combates el colonialismo y el patriarcado. ¿En qué imaginarios nos encontramos ahora? ¿Se rompieron los de hace 20 o 30 años?
Sí, creo que ese título recoge bien las experiencias de las que hablábamos. Hoy emergen escrituras y subjetividades que antes no estaban presentes ni en el canon ni en el foco académico. Ahora se les presta atención, se les estudia y se les lee. Hay muchas autoras en América Latina que están trayendo estos nuevos imaginarios en tránsito, ligados a las preocupaciones del presente: migración, maternidad, racismo, sexualidad, intimidad. Son mundos posibles que antes no estaban en la literatura. Hace no tanto, en el Perú, el horizonte era Vargas Llosa y sus «cachorros». Hoy el panorama se ha ampliado. El hecho de que una autora como Camila Sosa Villada, travesti y popular, haya ganado el premio Sor Juana muestra cómo están cambiando los imaginarios, los cuerpos y las voces que se escuchan.
Hay muchas autoras en América Latina que están trayendo estos nuevos imaginarios en tránsito, ligados a las preocupaciones del presente: migración, maternidad, racismo, sexualidad, intimidad. Son mundos posibles que antes no estaban en la literatura. Hace no tanto, en el Perú, el horizonte era Vargas Llosa y sus ‘cachorros’. Hoy, el panorama se ha ampliado».
¿Qué papel juega la literatura en la lucha contra lo que vivimos?
Todos. Creo profundamente en una literatura que está en el mundo, que acciona, que interviene, que cuestiona y critica. No me interesa una literatura encerrada en sí misma, en su belleza o en el virtuosismo del lenguaje. Me importa el estar, el cómo habitamos el mundo. Y creo que, de forma muy orgánica, podemos producir escrituras que no le dan la espalda a la realidad, que se enfrentan a ella, que entran en conflicto con este mundo que se desmorona. ¿Cómo no escribir sobre eso? ¿Cómo no denunciarlo, no señalarlo? Es una literatura que fluye sola, porque está mirando de frente lo que ocurre.
En un contexto de polarización y amnesia histórica, la voz de Gabriela Wiener resuena como un llamado a la imaginación política colectiva, donde la literatura no solo documenta realidades, sino que forja caminos de empatía y cambio social.

Gabriela Wiener en el XVL Congreso Internacional IILI
Gabriela Wiener dio la conferencia inaugural del XVL IILI en la PUCP. Ella volvió a la PUCP y su discurso combinó la ternura radical con una furia histórica: evocó la dictadura de Fujimori, la universidad como espacio de lucha, la escritura como acto de resistencia y la ternura como herramienta política. Bajo el título «Corremos siempre en zig zag», Wiener compartió una carta abierta sobre las huellas que dejan la universidad, la dictadura, la migración y la escritura. “No escribimos en línea recta. Escribimos torcidas. No tenemos el camino trazado. Últimamente, lo que más escribimos es lo que hemos dejado de callar”, dijo frente a un auditorio lleno.
Invitarla como conferencista inaugural fue una elección deliberada. “Gabriela encarna esas transformaciones en los imaginarios: cuestiona categorías de género, nacionales y culturales. Es performativa, provocadora e iconoclasta, como los imaginarios contemporáneos”, afirmó Francesca Denegri, presidenta del Congreso.



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