Reparar un abuso no significa cerrar un caso. Una disculpa, una terapia o una compensación económica pueden ser parte importante del proceso, pero no son suficientes. Pero ¿qué significa realmente la reparación cuando el daño ya ocurrió? Responder esta pregunta también exige mirar hacia adentro y preguntarse qué condiciones permitieron que ese abuso ocurriera dentro de la propia Iglesia.
De eso trata Tiempo de reparar. Abusos en contextos eclesiales, libro editado por el sacerdote jesuita y teólogo chileno Carlos Álvarez junto con Silvia Mostaccio y Germán Villarroel. La publicación propone una mirada interdisciplinaria sobre la reparación y reúne aportes de especialistas, además de experiencias desarrolladas en distintos países. El texto nació de las reflexiones y discusiones del Coloquio Internacional “¿Es posible reparar los abusos en contextos eclesiales? Interpelaciones desde la experiencia y la interdisciplina”, realizado en noviembre de 2023 en la Universidad Alberto Hurtado, en Chile.
Carlos Álvarez, S.J. visitó la PUCP para presentar el libro en el marco de Diálogos Teológicos, iniciativa del Departamento Académico de Teología. Durante su paso por nuestra Universidad, PuntoEdu conversó con él sobre qué significa reparar, qué lugar ocupan las víctimas en ese proceso y cuánto tendría que cambiar la Iglesia para que la reparación no quede solo en una respuesta individual. Álvarez es doctor en Teología y profesor de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
La importancia de la reparación: cuando prevenir ya no basta
En el libro plantean tres momentos frente a los abusos en la Iglesia: la visibilización, la prevención y la reparación. ¿Qué cambia cuando se pasa de prevenir a reparar? ¿Estamos realmente entrando en ese momento?
Al preparar el libro nos fuimos dando cuenta de que son momentos distintos. En realidad, los tres se los debemos a las víctimas. Son ellas las protagonistas y quienes están al centro, por la valentía de liberar la palabra y permitirnos conocer la amplitud del fenómeno.
Una primera reacción de la institución eclesial ha tenido que ver con las dinámicas preventivas y eso es muy importante. La Iglesia, como toda institución, tiene que asegurar una tolerancia cero frente a los abusos. Hemos crecido en la conciencia del daño y del trauma que generan.
Pero el momento de la reparación es uno al que, al menos en el contexto chileno, yo me sentía muy invitado y muy obligado a entrar. Y creo que estamos lejos de entrar realmente en ese momento. Muy lejos. En prevención, algunos países avanzan más rápido que otros, existen protocolos y organismos que certifican estas medidas, pero la reparación sigue siendo, por decirlo así, el pariente pobre.
¿Cómo evitar que la reparación termine convirtiéndose en una manera de cerrar el caso? ¿Cómo se repara realmente desde la perspectiva de la víctima?
Las personas que estudiamos o trabajamos con víctimas y sobrevivientes solemos decir que el proceso de reparación comienza desde que la persona llega y toca la puerta de la institución eclesial. Comienza con la manera como se la acoge, con la manera como se elabora un comunicado para hablar de su caso, y continúa con el acompañamiento en los procesos posibles de verdad y justicia.
Para que la reparación no se transforme en un cierre forzado, no puede limitarse al caso puntual de una víctima. No se puede reparar a las víctimas sin cambiar también las prácticas y estructuras que permitieron el abuso o que han generado culturas abusivas dentro de iglesias particulares, congregaciones, comunidades parroquiales o movimientos. La Iglesia tiene que avanzar hacia una reparación estructural.
No se puede reparar a las víctimas sin cambiar también las prácticas y estructuras que permitieron el abuso o que han generado culturas abusivas dentro de iglesias particulares, congregaciones, comunidades parroquiales o movimientos.
Eso implica un cambio mucho más profundo…
Sí, es necesario un cambio estructural y, al mismo tiempo, un cambio cultural muy profundo. Son años, probablemente décadas, durante los cuales tenemos que continuar con la herida abierta para mantener la urgencia de trabajar esos cambios.
A mi juicio, si la reparación del daño individual no va de la mano de cambios estructurales, para ponerlo en términos más espirituales o teológicos, el proceso queda a medio camino. Puede transformarse en un cierre silenciador que termina omitiendo aquello que está en la raíz de los casos de abuso, de las conductas abusivas y de las culturas abusivas.
La reparación no termina en la víctima
La Iglesia se encuentra en una posición compleja, ¿cómo puede asumir un papel en la reparación si también tiene responsabilidad en lo ocurrido?
Es un tema difícil porque los mecanismos de reparación muestran precisamente las posibilidades y también los límites de las instituciones eclesiales como protagonistas de estos procesos.
No creo que exista un modelo ideal o único. Hay que buscar diversas posibilidades porque las víctimas también son distintas. No hay una víctima igual a otra.
La institución que ha permitido el abuso tiene la obligación ética de buscar caminos de reparación. Pero sabemos también que, cuando los procesos se desarrollan completamente dentro de esa misma institución, pueden generar una nueva revictimización de las personas que fueron afectadas por ella.
La institución que ha permitido el abuso tiene la obligación ética de buscar caminos de reparación. Pero sabemos también que, cuando los procesos se desarrollan completamente dentro de esa misma institución, pueden generar una nueva revictimización de las personas que fueron afectadas por ella.
Entonces, ¿qué tipo de mecanismos podrían ayudar a evitar esa revictimización?
Existen modelos que plantean la necesidad de tercerizar algunas dinámicas de reparación. Un esquema adecuado pasa por tener políticas unificadas dentro de las iglesias particulares y de la vida religiosa, que permitan coordinar esfuerzos y encargar estos procesos a instituciones que tengan una cierta autonomía, y, al mismo tiempo, un vínculo claro con la institución eclesial.
Existen experiencias internacionales interesantes, pero para que algo así ocurra tiene que haber voluntad política por parte de las conferencias episcopales, y de las conferencias de religiosos y religiosas. Pensando en países como Chile o Perú, tengo la impresión de que todavía estamos lejos de alcanzar esa voluntad política en clave de reparación.
El libro aborda el problema desde distintas disciplinas. ¿Por qué es necesaria esa mirada conjunta?
Porque es un fenómeno tan complejo que la única manera de abordarlo es desde una perspectiva multifocal y multidisciplinaria. Una lectura desde un solo ángulo se queda muy corta.
Durante la elaboración del libro conversamos con psicólogas que trabajan en reparación. Muchas decían que la terapia llegaba hasta cierto punto y que después aparecía una dimensión en la que sus herramientas ya no eran suficientes.
Podemos verlo también desde el derecho canónico. Si el relato de una víctima se analiza solo desde una lógica jurídica, pueden aparecer incongruencias. Pero la psicología del trauma permite comprender que una víctima necesita tiempo para formular su relato.
El derecho necesita conocer hoy la psicología del trauma. Ninguna disciplina puede abordar este fenómeno sola y, sobre todo, hay que incorporar los saberes de las personas que han sido abusadas.

El caso peruano: escuchar para reparar
La Dra. Véronique Lecaros, jefa del Departamento Académico de Teología de la PUCP, también participa en la publicación. En el capítulo “Sanar a las víctimas y sanar a la Iglesia. El reconocimiento de las víctimas como vía de reparación. Análisis a partir de casos peruanos”, ella se centra en el contexto peruano y en las dificultades que enfrentan muchas víctimas para denunciar, ser escuchadas y recibir una respuesta que no termine revictimizándolas.
Además, plantea que estos abusos no pueden explicarse únicamente por conductas individuales, porque también intervienen el clericalismo, la desigualdad social, el machismo y ciertas formas de ejercer la autoridad que terminan protegiendo más a la institución que a quien denuncia.
“No se habla suficiente del tema de finanzas en la Iglesia”, sostiene Lecaros. Y esto se relaciona con varios casos que recoge en su capítulo, donde la ayuda económica, la dependencia y las recompensas terminaron funcionando también como formas de presión y silencio.
A partir de allí, su propuesta vuelve al reconocimiento de las víctimas. “La víctima debe ser plenamente reconocida y escuchada”, y esa escucha, sostiene, solo tiene sentido si lleva también a revisar la autoridad, la transparencia y las condiciones que hicieron posible la impunidad.
El abuso sexual como abuso de poder
Usted sostiene que los abusos no pueden entenderse únicamente como conductas individuales. ¿Hasta qué punto reparar implica transformar profundamente la Iglesia?
Creo que es la única manera de reparar.
Todo lo que no implique un cuestionamiento profundo de la estructura y de la dimensión sistémica del abuso termina, a mi juicio, ahondando las heridas de las víctimas. Una víctima puede recibir una reparación simbólica o económica, pero creo que lo que las víctimas quieren, finalmente, es que esto no le vuelva a pasar a otra persona. Y para asegurar que eso no vuelva a ocurrir tiene que haber un cambio estructural.
Cuando organizábamos el coloquio, trabajamos con un colega que había sido víctima de un sacerdote. Estuvo solamente en dos reuniones, pero su presencia fue clave porque apuntaba permanentemente a elementos sistémicos. Por ejemplo, en nuestro programa, no había nada sobre la formación de los futuros presbíteros.
Él preguntaba cómo era posible que no hubiera una formación profesional para escuchar una confesión, un espacio donde la persona está en una situación de vulnerabilidad. Un psicólogo necesita muchas horas de formación y supervisión para aprender cómo escuchar. ¿Qué preparación tienen los sacerdotes?
Ese hombre había recibido terapia psicológica, pero para él seguía siendo una herida abierta ver que la institución eclesial continuaba siendo potencialmente un lugar donde personalidades abusivas podían actuar. Por eso, mientras no exista transformación estructural, no hay reparación posible.
Una víctima puede recibir una reparación simbólica o económica, pero creo que lo que las víctimas quieren, finalmente, es que esto no le vuelva a pasar a otra persona. Y para asegurar que eso no vuelva a ocurrir tiene que haber un cambio estructural.
¿Qué significa esa transformación?
Hay que repensar aspectos muy básicos de la Iglesia, cómo hablamos de ella, qué significa ser Iglesia, cómo entendemos el poder. Yo creo que hay que repensarlo todo.
Esta crisis es un terremoto para la Iglesia. No está concernida solamente la gobernanza o el derecho canónico, también están las imágenes de Dios que transmitimos, la manera como hablamos del poder e incluso nuestras formas de comprender la salvación.
Creo que esta crisis puede ser una enorme posibilidad para repensar los cimientos de nuestra fe, y acercarnos más al sueño de Iglesia y del reino que tiene Jesucristo.
¿Qué ocurre con los abusos contra las mujeres?
Es una cantera enorme y yo no soy la persona mejor situada para responder. Pero hay asimetrías de poder vinculadas al género y también a otras dimensiones sociales. Y acá lo que está en el fondo es precisamente el abuso de poder. El abuso sexual es siempre, primero, un abuso de poder.
La Iglesia sigue siendo una institución con resabios patriarcales muy fuertes que hay que mirar y deconstruir. Pero el problema del poder va más allá de lo exclusivamente patriarcal. Pienso, por ejemplo, en los abusos dentro de congregaciones femeninas. Es una caja de Pandora. Hay mucho que mirar más de cerca.
Formación, poder y cultura institucional
Ha mencionado la formación sacerdotal. ¿Qué tendría que cambiar en los seminarios y en la enseñanza de la teología?
Creo que existe cierta clausura de los seminarios y también de la propia teología.
A la teología le ha costado mucho dialogar con las ciencias sociales. En el Perú, hubo un diálogo muy importante a partir de la teología de la liberación, pero todavía existen muchos cortocircuitos. La teología moral necesita dialogar con la psicología evolutiva. La eclesiología necesita dialogar con las teorías sociales contemporáneas y con la antropología.
Parte del drama de la formación que recibe hoy un presbítero, y que puede derivar en conductas clericalistas, tiene que ver también con una comprensión deficiente de su propia formación teológica. Son dispositivos muy intraeclesiales y con poco diálogo con disciplinas que podrían abrir perspectivas diferentes.
La Iglesia es siempre síntoma de la cultura de un lugar. Los abusos en contextos eclesiales son, en alguna medida, sintomáticos de los abusos presentes en una cultura local.
¿Podemos hablar del abuso dentro de la Iglesia de la misma manera en todos los países?
No. La Iglesia es siempre síntoma de la cultura de un lugar. Los abusos en contextos eclesiales son, en alguna medida, sintomáticos de los abusos presentes en una cultura local.
Tenemos que situar a la Iglesia en su contexto, mirar su relación con el Estado y con la sociedad civil. Incluso dentro de un mismo país hay grandes diferencias.
Después de todo lo avanzado en prevención, ¿qué es lo que más le preocupa hoy?
Me preocupa que no estemos avanzando hacia ese cuestionamiento estructural. Percibo que el énfasis está puesto muchas veces en la prevención, mejores protocolos, certificaciones de alto estándar, demostrar que estamos haciendo bien las cosas. Y también en la reparación económica cuando existen recursos.
Todo eso es importante, pero puede convertirse en una forma de evitar mirar lo que está debajo. Uno puede saltar rápidamente a la prevención y dejar de lado aquello que ocurrió y que todavía tenemos que asumir. Y hay también cosas que siguen ocurriendo. No podemos decir que los abusos ya no suceden.
¿Y qué se pierde si no se incorporan las experiencias de las víctimas?
Recuerdo un coloquio en el que una de las principales intervenciones teológicas fue realizada por un experto que, al terminar su exposición, reconoció que nunca había escuchado a una víctima.
Para mí, eso fue profundamente indicativo del problema estructural. Le damos la palabra al experto porque tiene todos los títulos y reconocimientos, pero nunca ha escuchado a una víctima. Y después pretendemos que sea exclusivamente la teología la que nos diga cómo comprender lo que ocurrió. Ahí está, para mí, el corazón del problema. No se puede abordar este fenómeno desde un solo ángulo.

Tiempo de reparar. Abusos en contextos eclesiales
Carlos Álvarez, Silvia Mostaccio y Germán Villarroel, editores
Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2026
Precio en Perú: S/ 78.96
Versión digital disponible: US$ 7.99
De venta en Buscalibre Perú



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