La primera vez que Pepi Patrón entró a un salón de clases de la PUCP, la Universidad todavía funcionaba en el centro de Lima. Ella vivía en Miraflores y llegar hasta allí implicaba una travesía que aún recuerda con precisión. «Conocer a pie todo el centro fue una aventura linda», cuenta. Poco después, la Universidad se trasladó al campus de Pando, que entonces contaba con apenas un puñado de edificaciones rodeadas de terrenos vacíos. “Era como venir a un mundo insólito”, señala.
Admite que a veces iba también a San Marcos a escuchar a algunos profesores, pero que se quedó en la PUCP porque el claustro se estaba fortaleciendo con nombres como Salomón Lerner, Rosemary Rizo-Patrón, Federico Camino o Edgardo Albizu. Su primer recuerdo de este nuevo campus es la rotonda de Letras: “Era de lo poco que se había construido… ahí nos conocíamos y conocimos amigos”.
Patrón sitúa el origen de su vocación en quinto de secundaria, cuando leyó a Descartes por primera vez. “Me pareció fascinante que alguien dijera: ‘Pienso, luego existo’. Me deslumbró”, rememora.
Pero su vínculo con la filosofía había comenzado antes de llegar a las aulas universitarias. Patrón sitúa el origen de su vocación en quinto de secundaria, cuando leyó a Descartes por primera vez. “Me pareció fascinante que alguien dijera: ‘Pienso, luego existo’. Me deslumbró”, rememora. Entusiasmada con el descubrimiento, se lo contó a su padre, quien reconocía en ella un especial talento para las matemáticas. “Hija, haz lo que quieras… deberías ser ingeniera, pero haz lo que quieras”, le respondió aquel. Ella, sin embargo, siguió su intuición.
Desde aquella primera fascinación por la filosofía han transcurrido décadas de estudio, docencia y vida académica. Uno de los reconocimientos más recientes a esa trayectoria llegó el pasado 4 de septiembre, cuando la hoy doctora fue homenajeada durante el VIII Encuentro de Escritoras Peruanas, que destacó su labor y trayectoria intelectual y académica.

Un recuento de su legado en el Icpna
Pepi Patrón volvió a encontrarse el 4 de setiembre con una historia que, en buena medida, también ayudó a construir. La filósofa, docente e investigadora de la PUCP fue homenajeada por el Icpna durante el VIII Encuentro de Escritoras Peruanas en reconocimiento a una trayectoria dedicada a la enseñanza, la investigación y las humanidades. La ceremonia reunió a Pamela Lastres, Patricia Ruiz Bravo y María Grazia Sibille, bajo la moderación de Katherine Subirana, para celebrar una vida intelectual que, más allá de los cargos ocupados, ha dejado huella en la manera de enseñar, investigar y pensar la Universidad.
De Lima a Lovaina: las influencias filosóficas
Pepi Patrón entró a la PUCP a estudiar Filosofía en 1972, durante el gobierno militar de Juan Velasco. La dirigencia estudiantil era de izquierda, así que decidió llevar también Historia “para conocer un poco más el Perú”. Cursó ambas carreras el primer año, hasta que se decantó por la primera pese a la advertencia de su profesor Franklin Pease, quien le dijo: “Señorita Patrón, me parece una muy mala idea porque en Filosofía le van a enseñar cómo pensar en nosotros. En Historia, le vamos a enseñar a pensar por usted misma”. A la mujer de letras le pareció estupendo el comentario, pero no la convenció. “Estoy feliz de mi decisión porque he disfrutado toda mi vida de eso”, señala.
Después, a los 29 años, se doctoró en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, con una tesis sobre el debate entre Jürgen Habermas y Hans-Georg Gadamer, “uno de los más grandes de los 70 y 80 sobre cómo hacemos crítica, desde dónde nos paramos para criticar”. De Gadamer conserva dos frases que suele repetir como lemas. La primera: “El ser que puede ser comprendido es lenguaje”, aunque precisa que el término alemán Sprachlichkeit expresa mejor la idea que su traducción habitual como «lingüisticidad». Y la segunda, tomada de Nietzsche pero popularizada por Gadamer: “Comprender es siempre interpretar”.
Después, a los 29 años, se doctoró en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, con una tesis sobre el debate entre Jürgen Habermas y Hans-Georg Gadamer, “uno de los más grandes de los 70 y 80 sobre cómo hacemos crítica, desde dónde nos paramos para criticar”.
De Habermas, a quien llegó a conocer personalmente en Lima, admira sobre todo su capacidad para revisar sus propias ideas. Después de desarrollar buena parte de su obra desde una crítica de inspiración marxista y freudiana orientada a la emancipación, el filósofo decidió cambiar de rumbo hacia la teoría de la acción comunicativa. “Después de escribir un montón de libros de eso, dijo: ‘No, aquí paro, este no es el camino’. Y tuvo la valentía de asegurar luego: ‘Voy a ir por otro lado’”, explica Pepi. “Ese pensador crítico del mundo, de la realidad, que es capaz de ser crítico de sí mismo y tomar otro rumbo, me pareció admirable”.
A Hannah Arendt llegó por su asesor de tesis, el fenomenólogo Jacques Taminiaux, discípulo de Heidegger en Lovaina. Al principio, confiesa, el método de Arendt la irritaba. Hoy la enseña en la PUCP y escribe un libro sobre ella. Le pregunto qué le diría si entrara ahora mismo a la habitación. “¿De dónde se te ocurrió la idea de poder como acción concertada?”, responde sin pausa. “Me parece una de las nociones más estupendas que he escuchado en mi vida: distinguir poder de fuerza, de violencia, y plantear el poder como la capacidad humana de actuar en conjunto. Uno habla de consenso como si fuera mágico. No: los consensos se generan desde los disensos”.
La primera y única jefa de Humanidades
Patrón fue designada jefa del Departamento Académico de Humanidades del 2005 al 2009, y entre 2009 y 2018 ocupó el recién creado Vicerrectorado de Investigación de la PUCP en la plancha del entonces rector Marcial Rubio. Con eso se convirtió en la primera mujer en integrar un equipo rectoral en la historia de la Universidad. Del encargo en sí habla con orgullo: “Fue un honor para mí, la verdad, crear el Vicerrectorado de Investigación. Fue un trabajo muy colectivo, todo lo hice con los jefes de departamento en conjunto”.
Fue un honor para mí, la verdad, crear el Vicerrectorado de Investigación. Fue un trabajo muy colectivo, todo lo hice con los jefes de departamento en conjunto”.
Su gestión coincidió con uno de los periodos más complejos en la historia reciente de la PUCP: el enfrentamiento con el cardenal Juan Luis Cipriani. Fueron años de negociaciones en Roma, en medio de un conflicto que llegó hasta el Vaticano, y que tuvo entre sus episodios más tensos el retiro temporal de los títulos de “Pontificia” y “Católica”. “Hubo épocas duras, mucha negociación, el cambio de Papa…”, recuerda.
Pese al desgaste, Patrón rescata lo aprendido y los avances alcanzados durante esos años. “Fue a su vez una época muy gratificante porque creamos el Vicerrectorado de Investigación, lo pusimos en funcionamiento, y rescatamos la autonomía y la independencia de la PUCP con gran apoyo colectivo”. De aquel periodo conserva una imagen especialmente viva: una asamblea en la que la comunidad universitaria salió a la calle y se tomó de las manos hasta rodear toda la manzana. “Fue uno de los gestos más simbólicos que yo he visto, y fue muy, muy bonito. Pero fueron meses durísimos”, dice.
De hecho, hace poco notó, en una visita reciente al Departamento Académico de Humanidades, que su fotografía era la única de una mujer en ocupar ese cargo desde el 2005 hasta hoy.
Cuando le pregunto qué le diría a la Pepi Patrón de hace 25 años, se detiene un momento. “Qué bueno que te animaste porque yo no me daba cuenta de la dimensión que era. Nunca estuvo en mi cabeza ser autoridad de nada. Yo solo quería enseñar y escribir”. Lo único que lamenta de esos años de gestión, confiesa, es no haber escrito más libros, situación que está tratando de enmendar ahora. Por lo demás, sigue absorta. De hecho, hace poco notó, en una visita reciente al Departamento Académico de Humanidades, que su fotografía era la única de una mujer en ocupar ese cargo desde el 2005 hasta hoy.
Una maternidad compartida y una amistad nacida en los pasillos
Cuando Patrón empezó a enseñar en Humanidades, las profesoras eran todavía una minoría y resultaba aún menos frecuente encontrar a mujeres que combinaran la docencia con la crianza de hijos. Fue entonces cuando surgió una cercanía especial con Susana Reisz y Rosemary Rizo-Patrón.
Era todo un esfuerzo irte en tu carro a buscar la imprenta para que pusieran los logotipos en griego, porque los filósofos tenemos la manía de emplear el griego y el latín como los originales. La gente allí (en La Victoria) era muy amable».
“Nos encontramos las tres con hijos chicos. Y, claro, surgió una solidaridad inmediata entre todas, una confraternidad o sororidad, como se dice ahora. Entonces no teníamos la posibilidad de traer a nuestros niños a la guardería, cosa que ahora sí se puede», rememora. Y agrega: “Pero fue una época muy linda de una amistad que dura toda la vida». Sus hijos, cuenta, crecieron entrando y saliendo del campus: “Todos venían de chicos acá y decían adiós a los alumnos. Cuando entraron a estudiar, era como parte de su casa”.
Enseñar, escribir, pensar el género
De Areté, la revista de filosofía que Patrón fundó en 1989 y de la que fue su primera editora responsable, conserva un recuerdo especialmente tangible. En una época en la que no había computadoras ni máquinas de escribir con caracteres griegos, llevaba personalmente los manuscritos hasta una imprenta en La Victoria para completar el trabajo de edición. «Era todo un esfuerzo irte en tu carro a buscar la imprenta para que pusieran los logotipos en griego, porque los filósofos tenemos la manía de emplear el griego y el latín como los originales. La gente allí era muy amable», recuerda. Pero, por encima de esas dificultades, lo que permanece es el orgullo de haber contribuido al nacimiento de una publicación que continúa vigente: “Me acuerdo de lo lindo que fue ser la primera editora responsable de la revista, que hasta ahora sigue. Es una revista muy potente, muy poderosa”.
No basta con que haya mujeres en el poder. Tienen que ser mujeres con cierta conciencia de género y de feminismo”.
Su conversión al feminismo, cuenta, fue uno de los giros más importantes de su vida intelectual, aunque nunca estuvo en sus planes. Ocurrió mientras trabajaba en el grupo Agenda Perú, y recorría el país realizando encuestas y entrevistas. Fue entonces cuando los datos la enfrentaron a una evidencia que terminaría por marcarla: “Ahí nos dimos cuenta de que, a todas las variables de desigualdad —ser indígena, ser quechuahablante, haber nacido en el campo—, había que añadirle ser mujer. Tenemos una ventaja comparativa horrorosa en términos de desigualdades”.
Aquella constatación transformó también su manera de entender la participación política de las mujeres. Desde entonces, sostiene que su sola presencia en espacios de poder no garantiza políticas que favorezcan la igualdad de género. “No basta con que haya mujeres en el poder. Tienen que ser mujeres con cierta conciencia de género y de feminismo”.
El aula, siempre
Antes de despedirnos, le pregunto qué siente cuando cruza la puerta de la Universidad después de tantos años. “Esa es una pregunta bacán, porque cada vez que entro al campus digo: ‘Qué bonito que es esto’”. Habla de los árboles, del verde, del saludo con el vigilante de seguridad que conoce desde hace cuarenta años. “Me siento muy bien. Yo llego a veces atolondrada, de mal humor, con veinte mil cosas en la cabeza, pero entro acá y siento que se me bajan todas las tensiones. Acá preparo mis clases, leo y veo gente que me hace disfrutar mucho de la vida”, comenta.
Yo llego (a la PUCP) a veces atolondrada, de mal humor, con veinte mil cosas en la cabeza, pero entro y siento que se me bajan todas las tensiones. Acá preparo mis clases, leo y veo gente que me hace disfrutar mucho de la vida».
Buena parte de ese vínculo con la Universidad se explica por la enseñanza. Después de más de cinco décadas en las aulas, Patrón sigue poniéndose nerviosa antes de cada clase y recuerda un consejo de Salomón Lerner que convirtió en una suerte de mandamiento personal: “El día que no tengas nervios antes de una clase es porque no te interesa”. Para ella, esos nervios son la señal de que todavía importa hacer las cosas bien frente a sus alumnas y alumnos.
Quizás por eso, al hacer un balance de su trayectoria, vuelve una vez más a las aulas. “Ha sido una experiencia linda y complicada gobernar la Universidad. Pero ¿sabes qué es lo que no dejo de sentir cada día ? Que cuando enseño es cuando más aprendo. Y eso es extraordinario». No lo dice como una frase hecha, sino como quien ha pasado más de cincuenta años comprobándolo.



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