Seamos honestos: nadie sueña con ser miembro de mesa. No es precisamente el plan ideal para un domingo. Implica madrugar, pasar horas en el local de votación, lidiar con filas, confusión, y, al final del día, contar votos y llenar actas con cuidado. Esta vez, además, el proceso será más engorroso: una sola cédula concentrará cinco elecciones simultáneas y un número inverosímil de candidaturas en un contexto marcado por el hartazgo, la indiferencia y la desconfianza.
Pero ahí está justamente el punto.
Es por este contexto complicado que lo que harán quienes sean miembros de mesa tiene más valor. No a pesar de las circunstancias, sino precisamente por ellas.
Dejando de lado las abstracciones, la democracia implica un proceso sostenido por personas específicas que cumplen tareas concretas. Y en el centro de ese proceso estarán los miembros de mesa: verificando identidades, ordenando la jornada, contando votos uno por uno, llenando actas y asegurándose de que la voluntad de cada ciudadano quede correctamente consignada.
Sin miembros de mesa, el sistema no funciona. Cuando faltan, el proceso se improvisa, se demora y se vuelve más frágil. Cuando cumplen su tarea con responsabilidad, hacen posible algo esencial: que el voto de millones de personas se convierta en un resultado legítimo. Y sin legitimidad, no hay gobierno que pueda sostenerse».
Sin miembros de mesa, el sistema no funciona. Cuando faltan, el proceso se improvisa, se demora y se vuelve más frágil. Cuando cumplen su tarea con responsabilidad, hacen posible algo esencial: que el voto de millones de personas se convierta en un resultado legítimo. Y sin legitimidad, no hay gobierno que pueda sostenerse.
Puede sentirse como una carga y es comprensible. Pero también es una forma muy concreta de servicio público. Ese día, el país confía en ciudadanos comunes para custodiar algo que nos pertenece a todos. En un país con tantos problemas de recelo y sospecha entre nosotros, esa confianza, aunque llegue por sorteo, no es menor.
Y sí, habrá momentos tediosos. Habrá apuros, dudas, actas que revisar con atención y horas que parecerán no pasar. Pero al final de la jornada, cuando se cierre el conteo y se entreguen los resultados, quienes hayan sido miembros de mesa podrán decir algo que no todos podrán: ayudaron de manera decisiva a que la democracia existiera.
En un país tan acostumbrado a la desilusión, eso importa.
Si estás cansado de la política peruana, no estás solo. Muchísima gente lo está. Pero una cosa es el hartazgo y otra muy distinta es rendirse. Los que se rinden dejan el terreno libre para que todo empeore. Los que, pese al cansancio, aparecen y cumplen ayudan a que el país no se desmorone un poco más.
Y aquí conviene detenerse un momento para referirnos, en específico, a quienes dentro de nuestra comunidad universitaria asumirán esta responsabilidad. Si les ha tocado ser miembros de mesa, más allá de cumplir con una obligación cívica, van a encarnar, con su participación, una idea de universidad que vale la pena defender».
No hace falta heroísmo. Hace falta participación.
Y aquí conviene detenerse un momento para referirnos, en específico, a quienes dentro de nuestra comunidad universitaria asumirán esta responsabilidad. Si les ha tocado ser miembros de mesa, más allá de cumplir con una obligación cívica, van a encarnar, con su participación, una idea de universidad que vale la pena defender. Una universidad que no se agota en las aulas, en los títulos o en la excelencia académica, sino que entiende que el conocimiento, la disciplina y el sentido crítico también deben ponerse al servicio de la vida en común. Ser miembro de mesa es, en ese sentido, una forma concreta y exigente de honrar lo mejor de nuestra tradición universitaria: asumir que lo público nos concierne, que la democracia necesita de nuestro compromiso y que la formación que recibimos alcanza su verdadero sentido cuando se traduce en responsabilidad frente a los demás.
Ese domingo, el Perú funcionará gracias a quienes decidan estar, abrir la mesa y hacer posible el resultado. Quizás nadie los aplauda y vuelvan a casa agotados, pero habrán hecho algo muy valioso: sostener, con paciencia y responsabilidad, una democracia que sigue dependiendo de acciones concretas para existir.



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