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Homilía del Arzobispo de Lima y Primado del Perú en el marco del 199º Aniversario Patrio

  • Mons. Carlos Castillo Mattasoglio
    Arzobispo de Lima

Veamos la dura realidad y su luz

Cada año, desde 1821, el Señor agudiza nuestra sensibilidad e inteligencia para percibir su luz en medio de nuestras tinieblas. En este año de tiniebla por la pandemia, entremos en ellas para ver esta luz.

Es tan dura la tragedia nacional y mundial que todo parece oscuridad. ¿Cómo no sentir confusión si nos invade el dolor ante cada enfermo y cada fallecida y fallecido? Junto a toda América Latina seguimos estando entre los países más afectados. ¿Cómo celebraremos nuestro Bicentenario si estará marcado por la pandemia? El contagio aumenta en calles, buses y mercados, a pesar de las medidas de cuidado. Con el poeta sentimos que “la resaca de todo lo sufrido se empoza en el alma” nacional [1].

Hemos sentido “las caídas hondas de los Cristos del alma” [2] aquí, en la Iglesia Catedral, recordados en sus miles de retratos multicolores. Amor y clamor silencioso y familiar han pasado por aquí. Sentimos aún que no es suficiente haberles entregado lo que Jesús nos dejó para enjugar nuestras lágrimas. Con el poeta clamamos: “tanto amor y no poder nada contra la muerte” [3].

Aún así, golpeados y zarandeados de dolor, venimos a orar y a escuchar la Palabra. Solo hurgando en el silencio solidario podremos recobrar la esperanza. Comencemos como Jesús derrotado en su Cruz, que expiró y esperó en el Padre y en nosotros. Guardemos un minuto de silencio…

Contemplemos la luz de Dios en las dos mujeres que se encuentran y se alegran

En el Evangelio, vemos pequeñas luces y una gran Luz: dos mujeres parturientas se encuentran. Ambas fecundadas por la gracia del Dios de lo imposible. María, joven. Isabel, muy mayor, milagrosamente encinta. María se levanta y corre a atender a Isabel. Una generación ayuda a la otra. La unidad en el servicio lleva al desborde de alegría y canto. Comparten sus pequeñas alegrías, pero también la gran alegría por su Dios que “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc. 1, 52).

A través de sus pequeños proyectos, se realiza y revela el gran proyecto del Reino de Dios en la historia de su pueblo. Se abre, así, el nuevo horizonte para toda la humanidad. Con el pequeño Juan Bautista termina una época de dominio de un sacerdocio infiel. Con Jesús, portador de la paz, comienza el tiempo del protagonismo del pueblo sencillo. María, la madre del rey, sirve a la mujer del pueblo. El Reino de Dios está llegando, y estas mujeres anuncian su presencia. Es así como María es nuestra Señora de la Paz.

Las luces en medio de sombras

Inspirados por la Palabra, vayamos al encuentro de las luces que vemos aparecer.

1. Primero, la capacidad solidaria de cada uno y cada una ante la tragedia de cerca de 19,000 muertos. En tan pocos meses, nunca tuvimos tantos mártires de la Patria, en quienes se unió la iniciativa individual y el sentido del bien común. Mario Romero, “el ángel del oxígeno”, Santiago Manuín, el líder histórico Awuajún, y muchísimos otros y otras. La justeza de su entrega nos ha enaltecido.

2. Otras pequeñas luces surgen de esfuerzos de grupos ciudadanos de las más diferentes profesiones y oficios. Hoy, sobre todo, médicos y trabajadores de la salud, soldados y policías, trabajadores que sostienen los servicios urbanos, campesinos que envían los alimentos, el empresariado, asociaciones de la sociedad civil, iglesias y comunidades religiosas. En ellos vemos signos de un desprendimiento cada vez mayor y se avanza hacia una nueva manera de vivir y comprender nuestra realidad. Nos recuerdan los tiempos primeros de la República por la participación de las provincias y la ayuda mutua para lograr la libertad. Estas luces nos alientan.

3. La luz aumenta cuando el ideal de la Nación vuelve por oleadas. Es decir, en el deseo de sentirnos un solo pueblo, en medio de la adversidad, aprendemos a apreciar y a no despreciar. Y aunque todavía la cizaña de la indiferencia hace lento el proceso, ya aparece una real esperanza de Patria. Aún hemos de aprender a superar la estrechez con la anchura, el monopolio con la sana competencia, la mezquindad y la corrupción con la ganancia adecuada y justa, el dominio de la naturaleza con su cuidado, la salud como negocio con la salud como servicio, la herencia de costumbres coloniales discriminadoras, con el trato respetuoso y dignificador. En esto, la violencia contra la mujer exige, sin duda, nuestra atención prioritaria y urgente. Ya es tiempo también de superar la antigua exclusión de la Amazonía, con el respeto agradecido a su naturaleza y a sus comunidades originarias. Como Iglesia universal, con el Papa Francisco, nos hemos comprometido con la vida de la Amazonía, que es la de nuestra América Latina y la vida de toda la humanidad.

4. Así, ante nuestros ojos están pandemia y sistema en crisis, no episódica sino mundial, larga y grave. Sus costos se han precipitado dolorosamente en el Perú. Es tiempo de reconocer el riesgo en que está nuestra existencia como Nación, como República, como Democracia. Un desafío tan grande nos convoca a la unidad.

La Nación republicana: libertad y bien común

Hermanos y hermanas, si el don divino de la gran Luz emerge del servicio solidario, esa Luz es Jesús, solidario hasta la muerte con la humanidad. Donde hay solidaridad allí está Jesús. En el pasado encontramos algunos signos. Es muy significativo que una mujer historiadora de la calidad de Carmen McEvoy, llame a avanzar “en una nueva definición de la democracia que el republicanismo vincula con un ideal participativo y no meramente representativo para erradicar así la idea de ciudadanos consumidores indiferentes al supremo valor… del bien común” [4].

La Nación republicana y la Iglesia

En los inicios de la República, algunos creyentes insignes propusieron ya un proyecto de Nación republicana realmente inclusivo. Así, el Arzobispo de Lima, Francisco Xavier de Luna Pizarro, consideró, nos dice McEvoy, que “constituir una “república” era una “sublime empresa”, pero implicaba el empeño  “forzoso” de “acordar opiniones” allí donde reinaba el egoísmo. Por ello, Luna Pizarro propuso sacrificar el bien individual “en aras del verdadero bien nacional” renunciando al “desastroso principio del interés personal” [5]. La participación popular organizada y directa era la garantía para la realización de la República. Hoy es hora de retomar estas intuiciones fundadoras.

Iglesia de los pobres y proyecto nacional

Hoy, como Iglesia en sintonía pastoral con el Papa Francisco, urge aportar desde nuestra fe, a no dejar al creyente en la pasividad, sino a que se ponga de pie y sea sujeto personal y social generador de procesos duraderos de solidaridad. Debemos ayudar a crecer en conciencia, capacidades humanas y sociales, para que se escuche la voz de todos. Ante todo, para enfrentar la pandemia, priorizando la atención y la reforma de la salud y la educación. Pero, también, para que los aportes de las bases sociales menos atendidas, lleguen a los planes nacionales y se orienten hacia reformas viables pero sustantivas.

Para responder como Iglesia de Lima a este decisivo momento, ya estamos en un proceso de conversión personal y comunitario y de reforma interna. La Asamblea Sinodal, el Plan Pastoral Arquidiocesano, la Pastoral de emergencia, con Cáritas Lima y el Plan de parroquias “misioneras y solidarias”, son nuestros primeros pasos. Con la ayuda espiritual y material vamos caminando a ser parroquias generativas, cuyo centro es la conversión pastoral, que se renueva para evangelizar, educa espiritual y éticamente a nuestro pueblo, promueve nuevos vínculos sociales y la conciencia ciudadana hoy tan urgente.

Proponemos unirnos también a los esfuerzos en curso de un proyecto nacional a largo plazo, para encontrar juntos metas para una sociedad que necesita un rumbo mucho mejor. Quisiéramos hacerlo con los aportes de las bases de todos los sectores y actores sociales. Para ello, quiero convocar mediante nuestra Vicaría de la Pastoral Social y Dignidad Humana, a un proceso de diálogo en todos nuestros barrios y vecindarios mirando al Bicentenario, como lo hicieron los vecinos hace 200 años.

Ante situaciones dramáticas del pasado, también nuestra Iglesia de Lima cambió. La Iglesia misionera de Toribio de Mogrovejo en busca de los 600,000 peruanos que quedaron del colapso de la conquista [6], y Francisco Javier de Luna Pizarro, cuyo testimonio personal de compromiso por la unidad, la libertad y el bien común de la República naciente, lo llevó también en la Iglesia como Arzobispo de Lima a “la energía, el dinamismo y actividad …comparable con la que había desarrollado en su actividad parlamentaria o más” [7], nos invitan hoy a una presencia significativa y profética en nuestra sociedad.

La pandemia nos ataca, pero también la frivolidad y el individualismo de décadas. El sujeto humano pobre, suele estar debilitado sin norte común, ni organización, ni esperanza. Por ello, el Papa Francisco valora los movimientos sociales y la participación activa, organizada y consciente de las bases de la sociedad. Nos lo dijo claramente en su visita al Perú: “no se dejen robar la esperanza” [8].

Quizás, la gran luz para estos días, como entre 1821 y 1824, llega del clamor popular de los sencillos. Pero no está organizado. Requiere ser valorado y fortalecido, y no usado para fines particulares. Igualmente, el reto difícil de las próximas elecciones obliga a la cooperación honesta de todo participante, y es preciso renunciar a sacar ventajas desleales. Los electores no solo hemos de informarnos bien, sino cooperar creativamente para impedir ser manipulados. La fe alienta el amor a los hermanos lejanos y cercanos, y redefine el bien individual, integrándolo con el bien común. Dios no nos creó para salvarnos solos, sino hermanándonos como hijos e hijas del mismo Padre.

Así mismo, llamo también a los fieles católicos y a las comunidades religiosas a colaborar, acompañando la búsqueda de reforma en el Perú, mediante la renovación de nuestro modo de ser Iglesia. Laicos y laicas, en sus parroquias y comunidades, ayudémonos a superar todo clericalismo y elitismo indiferente, todo autoritarismo y abusos contra los menores y la mujer, toda espiritualidad individualista, vacía, ausente de amor fecundo y solidario, y todo culto al dios dinero.

Así, siendo Iglesia, misionera y solidaria, podremos ayudar a la resurrección de nuestra Patria, a la libertad que proclama nuestro himno, y al servicio de la Patria Grande que no solo hemos de soñar y esperar, sino también ser y realizar. Pidamos al Dios de la Vida y de la historia, y a María, nuestra Señora de la Paz, servidora de los que más sufren, que nos den la fuerza y sabiduría para seguir a esa gran Luz que iluminará nuestro futuro.

[1] Vallejo, C. Los Heraldos Negros. En: Poesía completa, Visor Libros, Madrid, 2017, p. 157.  

[2] Id.p. 157.

[3] Vallejo, C. Masa, En: Poesía completa, Visor Libros, Madrid, 2017, p. 587.

[4] Mc Evoy, C. En pos de la República, Ensayos de historia política e intelectual, IEP, Lima, 2019, p. 36.

[5] Id.p.78-79.

[6] Cfr. Cook, Noble D. La catástrofe demográfica andina, Perú 1520-1620, FE-PUCP, Lima, 2010, pp.169-200; 311-320, FE-PUCP, Lima 2010; Toribio de Mogrovejo llegó a Lima el 24 de mayo de 1581, y sus años de arzobispo fueron empleados en grandes viajes al interior, cfr. Benito, JA. (Ed). Libro de las  visitas de santo Toribio Mogrovejo (1593-1605), FE-PUCP, 2006; Castillo, C. (ed) Actas del Congreso Académico internacional, Toribio de Mogrovejo, Misionero, Santo y Pastor, DARI-PUCP, Lima 2007.

[7] Villanueva, C. Francisco Javier de Luna Pizarro, Parlamentario y primer presidente del Congreso peruano, FEC-IRA-PUCP, Lima, 2016, p.191. Véase también, p. 174-175, “Ideas de Luna Pizarro en la misa del Espíritu Santo en 1932”

[8] Francisco. Homilía en la Santa Misa en Huanchaco (Trujillo). 20 de enero del 2018.

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