Cada inicio del año litúrgico, el Adviento nos ofrece la oportunidad para disponernos con esperanza a Jesucristo, recordando su entrada en nuestra historia, en la Navidad y avivando la confianza en Aquel quien vendrá definitivamente para consumar la promesa de salvación. En el Adviento, se nos revela el verdadero rostro de Dios, quien ha querido entregarnos a su Hijo, quien vino a compartir nuestra condición humana, nuestras luchas, dudas, derrotas y alegrías, porque decidió ser en todo momento el «Dios con nosotros», que como Padre nos da, por medio de su Hijo, a su vez, su Espíritu, que nos sostiene y jamás nos deja solos.
Jesús, nacido pobremente, sin encontrar posada que lo acogiera (Lc. 2,7), vivió como migrante en tierra extranjera (Mt. 2, 13-20), se ganó la vida con el trabajo de sus manos, de modo que fue conocido entre los suyos como «el artesano» (Mc. 6,3) y pasó haciendo el bien a todos (Hch. 10,38). Él nos mostró con su muerte en la cruz y su resurrección un camino esperanzador, muy distinto al de la violencia y al descarte, al entregarse gratuitamente por la humanidad.
Jesús nos mostró con su muerte en la cruz y su resurrección un camino esperanzador, muy distinto al de la violencia y al descarte, al entregarse gratuitamente por la humanidad».
En estas circunstancias tan especiales para la humanidad mundial, herida por el azote de la arbitrariedad, el dominio totalitario y la guerra, y para nuestro país, marcado por la violencia y la inseguridad, es propicio levantar la mirada hacia el don gratuito que es Jesús, a quien el Padre envía, para hacernos capaces de reconocer el dinamismo de amor que inaugura con su Encarnación. Jesús abrazó toda la realidad humana en su complejidad, integrándola en su reino. Esto no puede dejarnos indiferentes, sino movernos a la acción, dejándonos interpelar por su amor, que nos enseña a amar, y haciéndonos sabedores de que Él volverá y «su reino no tendrá fin» (Lc. 1,33).
Además, este año, el Adviento coincide con la etapa final del año jubilar 2025, inaugurado en la Nochebuena del año pasado por el Papa Francisco, cuya memoria permanece aún tan viva en nuestros corazones. Este jubileo ha enfatizado que somos «Peregrinos de la esperanza», convocándonos a abrir nuevos espacios, a acoger los retos de nuestra historia, y exigiendo de nuestra fe una respuesta comprometida.
Que la alegría que nos trae la Navidad, preparada ahora por el Adviento, nos permita descubrir la paz genuina, «desarmada y desarmante» a la que nos ha llamado el Santo Padre, el Papa León XIV. Paz que no brota solo de acuerdos humanos, sino ante todo del don de Dios, que es gratuidad y esperanza, anunciada en la Nochebuena (Lc. 2, 14). Solamente acogiendo este don -promotor de valores como la solidaridad y la justicia, el perdón y la amistad sincera- se podrá hacer de nuestra Universidad y de nuestra Iglesia, espacios donde se vivan la paz y la esperanza.



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