Ingeniería Biomédica y amor por los animales: la vida coherente de la Dra. Sandra Pérez
La Dra. Sandra Pérez, directora de la carrera de Ingeniería Biomédica de la PUCP, organiza su día entre clases, investigación, y su casa-establo en Pachacámac, donde convive con nueve perros, cabras, ovejas, alpacas y gallinas. De ese amor por los animales han nacido proyectos como Rumitech y AnimalTech, dispositivos de monitoreo que conectan la tecnología médica con el bienestar animal.
Antes de que se asome el sol en los cerros al sur de Lima, los ladridos empiezan a marcar el ritmo del día en la casa de la Dra. Sandra Pérez. Nacida en Colombia hace 38 años, Sandra vive en Pachacámac con su esposo, sus nueve perros (Rodhesia, Siria, Siberia, Gordo, Ivanka, Lucas, Mig, Mili y Becky); y con Frida, la cabrita más cercana a la familia, que la sigue a todos lados. En su casa, la tropa en crecimiento incluye 45 animales entre cabritas, perros y sus dos alpacas, Aclla y Layqa.
Después de darles biberón a las cabritas más pequeñas, atender al resto de animales y revisar que las alpacas no se hayan escapado hacia el jardín, la directora de la carrera de Ingeniería Biomédica de la PUCP maneja de dos a tres horas hasta el campus. Allí la esperan clases, sus proyectos, reuniones de investigación y coordinaciones de carrera que ha sabido balancear con el cuidado de decenas de animales que se han convertido en el centro de su proyecto de vida y que, además, han sido inspiración para la creación de soluciones tecnológicas para cuidarlos.
La prioridad de poner la vida de los animales en el centro de las decisiones familiares y profesionales no solo la llevó a mudarse de Lima a Pachacámac, también ha inspirado una línea de investigación en telemonitoreo y desarrollo de dispositivos que hoy conecta a la PUCP con problemas del campo, los establos y los espacios donde viven los animales.
La promesa cumplida de Sandra Pérez
Junto a su esposo Ricardo, que es veterinario, están a cargo de su establo “Gambia”, un santuario familiar donde hay más de cien cabras, medio centenar de ovejas y unas cuatrocientas gallinas.
1/4
1/4
Fueron el establo y las necesidades de sus animales los que marcaron un punto de quiebre en su decisión de mudarse a Pachacámac. Si bien ya tenían el establo, ella y su esposo vivían en Lima. “Yo salgo de acá 5:15 a.m. y trato de regresar a las 4 p.m., más o menos, para que no me toque tanto tráfico. Si yo voy y me toca tráfico y me demoro una hora más, nadie se muere. En cambio, si mi esposo se demoraba una hora en el tráfico extra, se morían los animales… y nos llegó a pasar”. Esa demora les costó la vida de Namibia, una cabrita que no pudo ser atendida a tiempo.
Detrás de ese santuario hay muchos más momentos que marcaron la historia personal y científica de Sandra. Una de ellas es la de Gambia, la primera cabrita que tuvieron. “Gambia nos marcó mucho, era una cabrita que tenía todo en contra, pero luchó un montón”, recuerda. Le hicieron rayos X, la cuidaron como a un bebé y la acompañaron hasta el final. “Siempre le prometimos que íbamos a mejorar para todos los animales. Entonces, ahora el establo que tenemos se llama Gambia en honor a ella”.
Siempre he querido tener una vida sencilla, una vida con servicio, con sentido para los animales, que la gente que está con nosotros también crezca; una vida, en lo posible, sostenible».
También está Nimitz, el cabrito que vivió en sus departamento de Lima y al que sacaba a pasear con los perros. “La gente nos decía: ‘¿Y ese perro tan raro?’”, recuerda entre risas. Lo paseaban por el parque y los vecinos se detenían a tomar fotos. Nimitz también dejó una huella profunda en Sandra: murió el mismo día en que les entregaron las llaves de la casa en Pachacámac. Hoy está enterrado allí, bajo uno de los muchos árboles que marcan el lugar donde descansan animales que llegaron enfermos y murieron acompañados.
Sandra Pérez y la propuesta sostenible del establo Gambia
“Empezamos a pensar que necesitábamos algo que nos vaya avisando cómo están los animales, que nos avise con tiempo si se sienten mal”, cuenta. Por ello, también tomaron una decisión de priorizar su vida alrededor de los animales y mudarse definitivamente a Pachacámac en el 2022. “Cuando llegamos no había todos estos animales, solo el jardín y la casa”, recuerda.
Cada historia refuerza una ética de cuidado que atraviesa su vida. “Siempre he querido tener una vida sencilla, una vida con servicio, con sentido para los animales, que la gente que está con nosotros también crezca; una vida, en lo posible, sostenible”, resume.
La relación afectiva es tan comprometida que muchas crías pasan sus primeras semanas durmiendo en su habitación. “Todos estos chiquitos han dormido en mi cuarto”, cuenta mientras señala a Camboya, Remo y otros cabritos que corren por el jardín. Aclla y Layqa, las alpacas, también tienen sus propias historias de rescate, carácter volátil, gusto por el agua y pueden pasar de dar “besos” a escupir si no están de humor.
Nosotros criamos animales solamente para productos que no les generen un daño. Con la leche, hacemos derivados lácteos; y de las gallinas, usamos sus huevos. Pero no vendemos cabritos para comer, ni corderos”.
Esa sostenibilidad se manifiesta en sus decisiones en el establo, como donar machos reproductores a comunidades rurales con el compromiso de que no los destinen al consumo. “Nosotros criamos animales solamente para productos que no les generen un daño. Con la leche, hacemos derivados lácteos; y de las gallinas, usamos sus huevos. Pero no vendemos cabritos para comer, ni corderos”, nos cuenta, mientras Gordo ladra interrumpiéndola y haciendo de las suyas.
Gordo: el perro del campus
El buen Gordo tiene su historia también: un día apareció en el campus de la PUCP, se metió a la oficina y decidió que ese era su lugar. “Se metió y no salió más”, recuerda Sandra riéndose. Sus colegas, que conocen su infinito amor por los animales, lo llevaron a una veterinaria cercana para que lo bañaran y lo cuidaran mientras terminaba la jornada. Por la tarde, lo subieron al auto de Sandra y sentenciaron: “Chau, te vas a vivir a Pachacámac” y el resto es historia.
Gordo llegó así a su nueva casa en el campo: un perro joven, gordito, peludo pero sobre todo muy travieso. “Yo creo que era de un departamento y lo botaron por inquieto”, explica. Cuando lo encontraron estaba sucio, algo más delgado, pero con la misma energía que conserva hasta hoy. “Se ha comido como cuatro pares de zapatos, se orina en todos lados… es terrible”, cuenta casi resignada.
En Pachacámac, sin embargo, esa hiperactividad dejó de ser un problema: tiene espacio para correr, convivir con cabras y ovejas y, sobre todo, esperar a su humano favorito. “Vive por Ricardo –su esposo–. A partir de las 3 p.m. se va a la puerta a esperarlo”. La escena resume bien el ambiente de la casa: una mezcla de caos, afecto y rutinas compartidas entre todas las especies.
RumiTech: un sensor para rumiantes
Instalada en Pachacámac, surgió la pregunta ¿cómo saber que los animales están bien cuando nadie los está vigilando de cerca? “Necesitábamos algo que nos vaya avisando cómo están los animales, que nos avise con tiempo si se sienten mal”, explica la Dra. Pérez.
La Dra. Sandra Pérez y su equipo han creado RumiTech, un collar para rumiantes con GPS, sensores de movimiento, y un módulo que mide saturación de oxígeno y frecuencia cardíaca.
1/3
La Dra. Sandra Pérez y su equipo han creado RumiTech, un collar para rumiantes con GPS, sensores de movimiento, y un módulo que mide saturación de oxígeno y frecuencia cardíaca.
1/3
En el establo, si bien hay personal, resulta imposible monitorear a decenas o cientos de animales. “Una cámara tampoco refleja el estado de los animales”, añade. Entonces, hizo uso de la ingeniera biomédica para diseñar un sistema de telemonitoreo pensado primero para cabras y ovejas, y luego para otras especies.
Así nació RumiTech, un collar para rumiantes que combina varias tecnologías: GPS, sensores de movimiento, y un módulo que mide saturación de oxígeno y frecuencia cardíaca. El dispositivo, desarrollado en la PUCP y presentado a ProCiencia en 2023, fue financiado como proyecto por dos años. “Es como un oxímetro para cabras”, explica. “Se coloca en la cola del animal y mide la vena coxígea sin necesidad de sedación, a diferencia de muchos oxímetros veterinarios comerciales”.
Cada cabra aparece como un punto en una cuadrícula: si está en verde, todo anda bien; si está en amarillo o rojo, algo sale de los parámetros normales y se genera una alarma”.
La información llega a una aplicación donde cada animal tiene un ID. Allí se registra su ubicación, nivel de actividad y parámetros fisiológicos. Un tablero muestra, de forma gráfica, el estado del rebaño. “El programador me dijo que lo imaginara como cuando vas al cine a escoger tu asiento”, cuenta. “Cada cabra aparece como un punto en una cuadrícula: si está en verde, todo anda bien; si está en amarillo o rojo, algo sale de los parámetros normales y se genera una alarma”.
Este dispositivo responde a un problema común en establos medianos y grandes. “Nosotros somos un establo mediano pequeño, pero hay establos que tienen mil, dos mil quinientos animales… es imposible saber visualmente cómo están”, explica. La idea es que el sistema pueda detectar comportamientos anómalos para intervenir a tiempo.
AnimalTech: ingeniería biomédica para perros y gatos
A partir del éxito de Rumitech, Sandra Pérez y su equipo se presentaron a un CAP de Innovación con una versión orientada al mercado. El estudio de mercado arrojó que el segmento con más potencial era el de las mascotas.
Así surge AnimalTech, un dispositivo pequeño “tipo AirTag” que se coloca en el collar de perros y gatos. A diferencia de otros localizadores comerciales, este tiene una SIM card propia que permite seguimiento satelital incluso en zonas sin cobertura de celulares. “No depende de que haya iPhones cerca ni de una red Wi-Fi específica”, explica.
La app (AnimalTech) también permite llevar una ficha completa de cada mascota: calendario de vacunas, desparasitaciones, visitas al veterinario. La idea es que después pueda funcionar en red”.
El prototipo funciona como un sistema integrado: además del GPS, registra movimiento y nivel de actividad para estimar calorías gastadas. Eso permite ajustar dietas y rutinas de ejercicio, algo clave en mascotas que viven en departamentos y tienden a ganar peso. Los dueños pueden fijar “geomasas”, radios de seguridad alrededor de la casa o el parque: si el animal sale de esa zona, la aplicación envía una alerta inmediata.
“La app también permite llevar una ficha completa de cada mascota: calendario de vacunas, desparasitaciones, visitas al veterinario. La idea es que después pueda funcionar en red”, comenta, pensando en futuras integraciones con clínicas veterinarias.
Curiosamente, algunos de los primeros enfoques del equipo -como incluir mediciones de temperatura o frecuencia cardiaca- fueron descartados después de conversar con veterinarios. “Nos dijeron que íbamos a generar un montón de dueños hipocondríacos”, recuerda riendo.
En el futuro inmediato, el plan de Sandra Pérez no es solo seguir investigando en mejorar la calidad de vida de los animales, sino crear un santuario productivo en el que convivan la crianza responsable, la educación y la investigación. Mientras tanto, la rutina continúa: despertar temprano, manejar hacia la Universidad, coordinar proyectos y volver a Pachacámac a la hora del biberón de los cabritos.
Sigue «Más allá del Aula» en nuestro Instagram
En esta nota
Sandra Pérez
Directora de la carrera de Ingeniería Biomédica de la PUCP
Profesora asociada y directora de la carrera de Ingeniería Biomédica de la PUCP, es doctora en Ciencias Médicas por la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín (Colombia), con estancias y colaboraciones de investigación en la Universidad de Purdue (Estados Unidos) y en la Universidad Autónoma de Nuevo León (México). Cuenta con más de diez años de […]
Deja un comentario