Las Elecciones Generales del Perú 2026 se anuncian como un proceso de alta tensión política. Un Congreso fragmentado, liderazgos personalistas, campañas digitales agresivas y un electorado cansado de la inestabilidad conforman un escenario propicio para que prosperen los discursos polarizantes. En ese contexto, el debate público deja de centrarse en propuestas y se desplaza al terreno de las emociones, las identidades y el enfrentamiento entre “nosotros” y “ellos”.
Detrás de este fenómeno aparece un concepto clave: la polarización afectiva. A diferencia de la polarización ideológica tradicional, explica el politólogo español, Dr. Mariano Torcal, esta no se basa principalmente en ideas, sino en sentimientos y lealtades emocionales hacia líderes y grupos políticos. “Es similar a ser hincha de un equipo de fútbol: se crea una identidad que ve al otro como un adversario irreconciliable”, señala.
En América Latina, y especialmente en el Perú, esta dinámica suele estar más asociada a figuras individuales que a partidos sólidos. Para Torcal, este personalismo crece cuando los partidos tradicionales pierden capacidad de representación y dejan espacio a discursos populistas que simplifican problemas complejos y profundizan las divisiones.
De cara al 2026, este panorama resulta especialmente preocupante. Un proceso electoral con numerosas candidaturas, redes sociales convertidas en campo de batalla y una ciudadanía desconfiada favorece el llamado voto negativo: elegir no por convicción, sino para impedir que gane el otro. “Ese tipo de voto contamina la democracia, porque luego no se puede exigir cuentas a quien fue elegido”, advierte.
Estas reflexiones forman parte del Handbook of Affective Polarization, publicación editada por Torcal y Eelco Harteveld, que reúne investigaciones de especialistas de todo el mundo, entre ellos los académicos PUCP, David Sulmont y José Incio. Comprender estos procesos será clave para enfrentar unas elecciones donde la emoción podría pesar más que las ideas.
Polarización vinculada al populismo
La polarización, que actualmente vivimos, es tener posturas irreconciliables donde no hay lugar al diálogo, ¿qué distingue a la polarización afectiva?
La polarización tradicional es la ideológica. Y, aunque tienen relación, la afectiva está más regida por los sentimientos que surgen de la identificación con líderes y partidos y lo que estos significan en tu entorno social; por ejemplo, los valores que les adjudicamos. Al haber personas que tienen una forma en común de ver la vida, se genera una identidad de grupo. Es similar a ser hincha de un equipo de fútbol.
¿Cuál es el vínculo entre el discurso populista, que actualmente ocurre en distintos países del mundo, y la polarización afectiva?
Mucha de la polarización afectiva que se está produciendo tiene que ver con la emergencia del discurso populista. En primer lugar, porque el populismo está en contra de fundamentos esenciales de la democracia, entre ellos que el ejecutivo sea controlado por los poderes legislativos y judicial. Asimismo, su batalla contra ciertas identidades culturales y minorías polariza bastante. Y también por su uso exitoso de las redes sociales donde transmite un mensaje simplista y radical.
En su conferencia en la PUCP, comentó que Estados Unidos es el país más polarizado del mundo. ¿a qué se debe? ¿es desde la llegada del Trump?
Algunos especialistas dicen que proviene desde los años 90. Aumentó con Obama, porque su agenda hizo que sectores muy conservadores organicen un discurso contra él. La primera presidencia de Trump fue un síntoma de la polarización afectiva creciente y la actual la genera en mayor escala. De acuerdo al Comparative National Elections Project, las últimas elecciones estadounidenses fueron las más polarizadas de todos los sistemas democráticos. Cada vez hay más en confrontación entre la ciudadanía norteamericana, la cual se extiende a todos los ámbitos de la sociedad. Un estudio reciente menciona que es más probable que un estadounidense se case con una persona de otra raza o religión que de un partido político diferente.
El caso peruano: el voto negativo
En el caso peruano, ¿la polarización afectiva vendría a ser por un líder político en vez de un partido?
La identidad no se genera solo con un partido, que es una confusión común, sino también con un líder y lo que él y sus votantes representan socialmente. Incluso hay corrientes políticas que se llaman como el líder histórico que los creó, por ejemplo el fujimorismo en Perú o el peronismo en Argentina. Es un fenómeno muy común en América Latina que también está ocurriendo en España y otros países europeos. Ciertamente, este personalismo aparece aprovechando el espacio que le dejan los partidos tradicionales, los cuales son incapaces de dar soluciones a los ciudadanos.
En el capítulo Affective polarization, representation, and accountability, escrito por nuestros profesores del Departamento de Ciencias Sociales Dr. David Sulmont y José Incio, se habla del voto negativo, ¿cuál es su efecto perjudicial para la democracia?
El voto negativo contamina enormemente la democracia. Primero porque no estás votando por el candidato de tu preferencia, sino lo haces en contra del otro. El efecto perjudicial es que después no puedes pedirle cuentas a quien votaste porque no lo hiciste por su propuesta. Entonces, hay líderes y partidos que están ganando sin tener una agenda política.
El rol de los líderes políticos para despolarizar
Usted comentó que era escéptico de las soluciones de laboratorio y controladas que buscan despolarizar…
Hay experimentos que dicen contribuir a despolarizar donde ponen a un moderador que genera un debate controlado donde las personas hablan por turnos. Soy escéptico de ellos porque no puedes proponer una solución que no se aplica en la vida real. Además tiene un efecto muy corto que se disuelve cuando las personas retornan a su contexto habitual.
Los líderes políticos sí tienen la capacidad de despolarizar, pero soy pesimista porque no están por la labor de hacerlo. Creen que polarizar les beneficia al convertir a sus votantes en hooligans y no ven los problemas que esto le genera a la sociedad y al sistema político. Además, tienen asesores que les dicen que para ser elegidos deben insultar a los demás. Hoy, la política ya no es el diálogo y encontrar soluciones consensuadas, como debería ser, sino apostar por una estrategia de polarizar para ganar las elecciones.
¿Cómo se les puede convencer a los políticos de lo perjudicial que es polarizar, tanto para la sociedad como en ellos mismos?
Para despolarizar, hay que mostrar insistentemente a la clase política -a través, por ejemplo, de los estudios científicos y el periodismo- que lo que están haciendo no es beneficioso para la sociedad ni tampoco para ellos mismos. Porque si durante 5 meses de campaña has llamado corrupto al otro candidato, va a ser imposible que en el Congreso puedas formar alianzas con él. Y también porque si tu electorado ve que pactas con el otro, va a pensar ¿pero no decías que era un corrupto, en qué quedamos? Los líderes políticos se vuelven prisioneros de su propia estrategia de polarizar y ya no pueden ejercer la política.



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