Gabriel Kessler: «Las sociedades están dispuestas a que se haga cualquier cosa con tal de tener seguridad»

Ciudadanos latinoamericanos caminando en una calle

Entrevista a Gabriel Kessler

Profesor de la Universidad Nacional de San Martín e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet)

Gabriel Kessler: «Las sociedades están dispuestas a que se haga cualquier cosa con tal de tener seguridad»

El sociólogo argentino participará en la edición 30 de Aula Magna. En esta entrevista, explica por qué los avances sociales conviven con el malestar democrático y analiza el apoyo a líderes que prometen romper con la política de siempre.

Entrevista: Eduardo Dávila Lynch
Fotos: Andina / archivo personal
01.10.2026

Gabriel Kessler ha dedicado buena parte de su trayectoria a estudiar cómo cambian las sociedades latinoamericanas y cómo se viven esas transformaciones. La desigualdad, la pobreza, la juventud, el delito y el sentimiento de inseguridad atraviesan sus investigaciones. Doctor en Sociología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, es investigador superior del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina, y profesor de las universidades nacionales de San Martín y de La Plata. En sus investigaciones recientes, sigue a votantes de Javier Milei para comprender cómo sostienen o revisan su apoyo durante el gobierno.

Además, junto con la politóloga y profesora de Columbia University María Victoria Murillo, Kessler acaba de editar The Social Underpinnings of Political Discontent in Latin America, un volumen que Cambridge University Press publicará en octubre y que indaga en las raíces sociales del malestar político que atraviesa América Latina. Ambos investigadores ya habían desarrollado parte de este marco en un artículo publicado en Nueva Sociedad, donde distinguen entre un descontento vertical, dirigido contra las élites políticas, y otro horizontal, asociado a la polarización entre sectores enfrentados.

Kessler llegará a nuestra Universidad para participar en la edición 30 de Aula Magna, “Tejamos el país desde las diferencias: crecimiento, desarrollo e instituciones”, que se realizará del 13 al 15 de octubre de 2026. El jueves 15, a las 6:10 p.m., presentará la ponencia “La paradoja del descontento político en América Latina. Mejoras sociales, polarización y crisis de representación”. Luego, Gabriel Kessler dialogará con Iván Lanegra, jefe de Coyuntura y Actualidad de la PUCP.

Gabriel Kessler
Gabriel Kessler participará en la jornada de Aula Magna dedicada a instituciones con la ponencia “La paradoja del descontento político en América Latina. Mejoras sociales, polarización y crisis de representación”.

Las mejoras que dejaron de avanzar

América Latina mejoró en pobreza, educación y derechos, pero crece el malestar con la democracia. ¿Cómo se explica esta paradoja?

Desde comienzos del siglo XXI, la región mejoró en esperanza de vida, cobertura educativa y derechos, y redujo la pobreza y la desigualdad. Durante el auge de las materias primas, sobre todo en América del Sur, mejoró la situación económica de las familias. Después, ese avance que pensábamos que iba a continuar se detuvo. No hubo un desplome general, pero se interrumpió lo que esperábamos. A eso se sumaron la pandemia, la persistencia del crimen y los escándalos de corrupción, que se vuelven más insoportables cuando la economía va mal.

En sociología, usamos el concepto de privación relativa: sentir que estamos peor respecto de nuestra situación pasada, de lo que esperábamos alcanzar o de lo que tienen otras personas».

En sociología, usamos el concepto de privación relativa: sentir que estamos peor respecto de nuestra situación pasada, de lo que esperábamos alcanzar o de lo que tienen otras personas. Además, el aumento de la educación elevó las expectativas. Tenemos más conciencia de nuestros derechos y de las desigualdades, y eso genera más demandas. Hay diferencias entre países, por supuesto. Este descontento tiene particularidades frente a los años noventa, cuando el malestar estuvo acompañado por un empeoramiento de la situación social y de la desigualdad.

¿Cómo se tradujeron esas expectativas frustradas en las elecciones?

En el trabajo con María Victoria Murillo vemos que, en general, durante el auge de las materias primas, las elecciones favorecieron a los partidos gobernantes, aunque no fueran responsables de ese ciclo favorable. Cuando terminó, los electores castigaron a los oficialismos, aunque tampoco fueran responsables de la caída. Algo semejante ocurrió con la pandemia.

Podemos introducir muchos matices, pero la situación económica tiene un peso central para explicar el voto a favor o en contra de quien gobierna. El caso peruano tiene particularidades que prefiero dejar a las y los politólogos peruanos.

Contra el adversario o contra todo el sistema

Tú haces una distinción entre descontento horizontal y vertical. ¿Cómo se reconoce cada uno en una elección o en la calle?

La pregunta central es a quién se responsabiliza por los problemas. El descontento horizontal se dirige contra el otro partido o campo político; el vertical, contra todo el sistema. Con María Victoria Murillo, relacionamos esa diferencia con las trayectorias de los países. En Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia y Ecuador, varios gobiernos consecutivos de izquierda o centroizquierda consolidaron alianzas con movimientos sociales y políticas redistributivas, y se formaron campos contrarios. Perú y Colombia tienen una oferta es más fragmentada y el rechazo tiende a dirigirse al conjunto del sistema.

El descontento horizontal se dirige contra el otro partido o campo político; el vertical, contra todo el sistema».

En los países con descontento horizontal, votamos mucho, aunque sea para que no gane el otro, y somos más fieles a nuestro campo aun cuando no le vaya bien. En los de descontento vertical, hay más abstención y volatilidad: voto a un partido y, en la siguiente elección, a otro porque estoy descontento. Perú es un caso muy fuerte. También cambia la protesta: el estallido chileno de 2019 fue contra todos, la movilización indígena de ese año en Ecuador se dirigió contra el gobierno de Lenín Moreno.

¿Cuál de los dos plantea mayores riesgos para la democracia?

Los dos generan tensiones distintas. La polarización puede aumentar el interés y la participación política, y mantiene la discusión dentro del sistema. El problema aparece cuando el adversario representa todo lo malo. Se hace difícil construir capacidades del Estado porque cada gobierno de signo contrario quiere empezar de cero. En nuestras investigaciones encontramos incluso que se excluye al otro por considerarlo no democrático. Cuando la polarización llega a niveles de odio como los de Argentina o Brasil, es muy difícil volver atrás.

En el descontento vertical, hay menor participación electoral y más distancia entre la sociedad y el Estado. Eso puede facilitar que las élites lo capturen, porque se debilita la capacidad colectiva de observar y controlar lo que ocurre allí. A la vez, abre espacio para figuras nuevas, con resultados diferentes. Bukele canalizó el rechazo a los partidos tradicionales y generó optimismo, pero ese proceso derivó en un régimen autoritario. López Obrador también se presentó contra los de siempre con otra orientación política y otra trayectoria.

Los líderes que prometen romper con lo conocido

Bukele, Milei, Bolsonaro y López Obrador tienen diferencias importantes. ¿Qué comparten como liderazgos disruptivos?

Se presentan como lo nuevo frente a lo viejo, más allá de que algunos hayan formado parte del sistema político durante mucho tiempo, como López Obrador o Bukele. Irrumpen como algo en cierta medida inesperado y tienen una tendencia al personalismo. Quienes consiguen representar esa novedad tienen una ventaja frente a los sectores establecidos.

Una de las preguntas que estamos estudiando en Argentina es si, a partir de un voto a la ultraderecha, se conforma después un núcleo duro de votantes de ultraderecha. Votar a Trump no implica automáticamente convertirse en trumpista, pero puede ocurrir. Estos líderes pueden construir una base electoral resistente, aunque no se trate de militantes. Los estudios de otras regiones muestran que esos núcleos son muy persistentes. No todo lo que pasa en otros lugares tiene que suceder aquí, pero es un fenómeno que nos preocupa.

Desde julio de 2024 sigues a votantes de Milei. ¿Qué has encontrado sobre sus motivos para elegirlo y la evolución de ese apoyo?

Armamos cinco grupos de WhatsApp para seguir a personas que votaron por Milei en primera y segunda vuelta. Son votantes, no militantes. El voto original fue principalmente económico: terminar con la inflación y con el kirchnerismo, al que veían como responsable de los males argentinos. Confiaban en que bajar la inflación mejoraría sus condiciones de vida. Durante el gobierno, fueron incorporando argumentos oficiales: frente a recortes sociales o universitarios, adoptaron parte del discurso sobre falta de auditoría y transparencia.

Son votantes, no militantes. El voto original fue principalmente económico: terminar con la inflación y con el kirchnerismo, al que veían como responsable de los males argentinos. Confiaban en que bajar la inflación mejoraría sus condiciones de vida».

El gobierno fue eficaz en instalar esa sospecha sobre el Estado. La gran sorpresa fue que la baja de la inflación no viniera acompañada por una mejora de los ingresos. Esperaban algo semejante a lo que recordaban, por experiencia propia o familiar, de los años noventa. Hoy hacen malabares para mantener la creencia y la idea del sacrificio: hemos hecho un esfuerzo y esperamos que dé frutos. Ese apoyo se negocia momento a momento. El núcleo que seguimos todavía lo sostiene, aunque se hace más difícil aceptar que la macroeconomía esté bien sin que eso se traduzca en la vida cotidiana.

Educación y seguridad en las nuevas demandas sociales

¿Alcanza el crecimiento económico para reducir el descontento?

Diría que es una condición necesaria, pero insuficiente. Se necesitan mejoras económicas; también están el crimen, la corrupción y los problemas cotidianos. Muchas veces, las personas eligen la opción que consideran menos mala en una cuestión que les importa y toleran otras posiciones con las que no están de acuerdo.

Una joven feminista a la que entrevistamos apoyaba la legalización del aborto y decía que, si Milei la derogaba, saldría a protestar, aunque seguiría votándolo por otras cosas que le gustaban. En Argentina, usamos la expresión “tragarse un sapo” para hablar de esas concesiones. Siempre digo, medio en broma y medio en serio, que el sapo del otro parece peor que el propio. Las personas comparan cómo estaban antes y qué alternativas tienen. La oferta política, en general, no resulta muy atractiva.

Mencionaste los recortes a las universidades y a la salud. ¿Cómo influye la educación pública en las expectativas y en la relación con la democracia?

América Latina tuvo un logro importante al ampliar la cobertura educativa hacia sectores antes excluidos. La llegada de la universidad ayuda a explicar la fuerza del feminismo, y la importancia creciente de las organizaciones indígenas y afrodescendientes. También eleva las expectativas: cuando las personas salen al mercado laboral y no encuentran lo que esperaban, aparece el descontento. Sobre su relación con la democracia, un estudio incluido en el libro con María Victoria Murillo encuentra que las nuevas generaciones son más democráticas y que el apoyo juvenil a la ultraderecha no necesariamente se mantendría a lo largo de la vida.

En una investigación nuestra con encuestas de Argentina, Brasil, México y Colombia, observamos jóvenes más abiertos en cuestiones de género, pero más punitivos y algo más dispuestos a aceptar que el Poder Ejecutivo vulnere normas constitucionales por razones de eficiencia».

Al mismo tiempo, en una investigación nuestra con encuestas de Argentina, Brasil, México y Colombia, observamos jóvenes más abiertos en cuestiones de género, pero más punitivos y algo más dispuestos a aceptar que el Poder Ejecutivo vulnere normas constitucionales por razones de eficiencia. Son configuraciones distintas de la cultura política. La apertura en asuntos sociales puede convivir con una demanda de mano dura. El votante de derecha es más heterogéneo de lo que pensábamos.

¿Cómo pesa la inseguridad en el voto y en el respaldo a los líderes de mano dura?

La relación entre inseguridad y voto es compleja, y pesa especialmente en determinadas circunstancias. Bukele es un caso claro. Más allá del efecto electoral, vemos en casi todos los países un aumento del punitivismo, tanto en la sociedad como en las élites políticas. Me refiero al apoyo a leyes más duras, a dar más poder a la Policía o a los militares y a otras medidas extremas. Bukele funciona casi como una marca para líderes de distintos lugares.

Las sociedades están dispuestas a que se haga cualquier cosa con tal de tener seguridad. Hay una demanda de resolver los problemas rápido, algo que llamaría autoritarismo por eficiencia. Encontramos que el apoyo a la pena de muerte es más limitado que el respaldo a dar mayor libertad de acción a la Policía. La primera tiene una connotación política muy fuerte: la de matar a otro. En el segundo caso, la demanda se concentra en que se resuelva el problema, sin querer ver necesariamente cómo se hace. Eso es muy fuerte.

Representación y posibilidades de encuentro

¿Qué les ocurre a los partidos y a las organizaciones sociales cuando el rechazo se dirige contra todo el sistema?

Tienen que enfrentar el estigma de ser uno más dentro del sistema. Ese contexto puede permitir que algunas organizaciones tengan voz propia sin estar articuladas a un partido. A la vez, se vuelve difícil reunir intereses y demandas. En investigaciones en Argentina, vemos algo que llamamos politización sin agregación: hay muchos reclamos diferentes, pero cuesta unificarlos. Si hacer política es una mala palabra, ¿cómo se construye una acción política común?

Las personas parten de demandas legítimas y dicen que no hacen política, que solo se ocupan de un tema. Esa exigencia termina dificultando la articulación, porque cualquier vínculo se vuelve sospechoso. En los contextos polarizados, también ocurre: en Argentina, se intentó deslegitimar al movimiento feminista acusándolo de haberse kirchnerizado. Así, una demanda considerada legítima pierde reconocimiento por su supuesto uso político. Son dificultades que aparecen por caminos distintos.

La universidad debe ser un lugar de diálogo entre personas que piensan distinto de verdad. Ni siquiera diría que siempre es necesario llegar a un consenso; al menos, tenemos que poder sentarnos a conversar».

Aula Magna propone tejer el país desde las diferencias. ¿Es posible construir consensos en sociedades con polarización afectiva?

Es necesario aprender a vivir y actuar juntos. Eso no significa asumir que basta conversar para resolver las diferencias. Necesitamos consensos sobre temas concretos. Los gobiernos tienen una responsabilidad importante en evitar que escale la polarización afectiva: cuando la diferencia política se convierte en una descalificación moral del otro, resulta muy difícil conversar. Incluso un reclamo que tenía apoyo general puede perderlo si empieza a ser identificado con el campo contrario.

El problema es que la polarización paga políticamente. Aunque una gran parte de la población es moderada, los sectores más extremos participan más y ocupan el discurso público. Me pregunto cuándo la moderación se volvió poco atractiva, casi aburrida. También hay una crisis de los partidos de centro. Si los incentivos y los discursos de arriba empujan hacia la polarización, es difícil que eso no llegue a la sociedad.

Los gobiernos tienen una responsabilidad importante en evitar que escale la polarización afectiva: cuando la diferencia política se convierte en una descalificación moral del otro, resulta muy difícil conversar. Incluso un reclamo que tenía apoyo general puede perderlo si empieza a ser identificado con el campo contrario».

¿Qué pueden hacer las universidades frente a la crisis de representación?

Estamos en un momento complejo con un avance de la ultraderecha que deslegitima nuestros saberes y nos acusa de irrelevancia o partidismo. También debemos preguntarnos qué responsabilidad tenemos nosotros. Al mismo tiempo, asuntos como la salud, la educación, el ambiente o el crimen requieren de las ciencias sociales para comprenderlos y pensar mejores respuestas. Nuestro trabajo permite que la sociedad se entienda a sí misma.

La universidad debe ser un lugar de diálogo entre personas que piensan distinto de verdad. Ni siquiera diría que siempre es necesario llegar a un consenso; al menos, tenemos que poder sentarnos a conversar. El desafío es hacerlo con quienes no comparten nuestras posiciones. Podemos mostrar que esa conversación es posible con argumentos, con datos y sin descalificar al otro. En un momento en el que la discusión pública encuentra tantos límites, eso es importante.

En esta entrevista

Gabriel Kessler

Gabriel Kessler

Profesor de la Universidad Nacional de San Martín e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet)
Es doctor en Sociología e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina. Asimismo, es profesor de la Universidad Nacional de San Martín (Undam) y de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). A lo largo de su trayectoria académica, ha desarrollado investigaciones sobre desigualdad social, juventud, pobreza, delito e inseguridad, […]

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