Es el segundo recurso más utilizado del mundo después del agua. A nivel global, se consumen alrededor de 50 mil millones de toneladas al año, una cantidad suficiente para construir un muro de 27 metros de ancho y 27 metros de alto alrededor de todo el planeta, según un informe de las Naciones Unidas. Está en los edificios que habitamos y en las pistas que recorremos. Hablamos de la arena: no solo la que imaginamos en playas o paisajes de verano, sino en particular aquella que se extrae de ríos, canteras, suelos y otros ecosistemas para levantar ciudades enteras. En el eje Iquitos-Nauta, esta actividad ya ha dejado más de 8,000 hectáreas de bosques de varillales afectadas.
Y es que, aunque suele pasar desapercibida, la arena no solo sirve para construir: también filtra agua, sostiene ecosistemas frágiles, y conecta suelo, bosque y recursos hídricos. Esa relación es uno de los puntos de partida del proyecto “Agua, bosques y arena: salud de los ecosistemas y salud humana”, una investigación impulsada por el Programa de Agua y la Iniciativa Amazonía de Ianas (InterAmerican Network of Academies of Sciences), junto al Centro de Investigación en Geografía Aplicada (CIGA-PUCP) y la Academia Nacional de Ciencias.
En esta entrevista, la Dra. Katherine Vammen, especialista en calidad del agua, codirectora del Programa de Agua de Ianas, y una de las más de 25 investigadoras de este ambicioso proyecto, explica por qué el eje Loreto-Nauta se ha convertido en un espacio clave para esta investigación, y qué ocurre cuando la extracción de arena rompe el vínculo entre bosque, suelo y fuentes de agua.
¿Qué relación existe entre la extracción de arena, la degradación de los bosques y la salud de los ecosistemas?
La relación es directa. Para extraer arena, primero se retira el bosque, luego viene la extracción y, con ella, los impactos sobre el agua. La arena funciona como un filtro: ayuda a que el agua que circula por el suelo llegue en mejores condiciones a ojos de agua, quebradas o acuíferos poco profundos. Al removerla o dejarla expuesta, ese equilibrio puede alterarse y afectar tanto la calidad como la cantidad de agua disponible.
Por ejemplo, en El Milagro, caserío ubicado en el km 21 de la carretera Iquitos-Nauta, visitamos una fuente que abastece a escuelas y a una residencia estudiantil. Aunque sigue activa, en algunos momentos del año, no alcanza el volumen necesario. Esta fuente se encuentra en una zona donde ya ha habido extracción de arena y esto está ocurriendo en otras áreas de la región.
En una zona de lluvias intensas como Iquitos, la arena expuesta puede erosionarse y ser arrastrada hacia cuerpos de agua cercanos. Por eso, al retirar el bosque y alterar el suelo arenoso, no solo se transforma el paisaje: también puede verse afectada la función de la arena como filtro natural del agua. Si esas manchas continúan extendiéndose, el territorio podría quedarse sin árboles. Y si desaparece este ecosistema especial, también se pierde la biodiversidad que sostiene.
La arena funciona como un filtro: ayuda a que el agua que circula por el suelo llegue en mejores condiciones a ojos de agua, quebradas o acuíferos poco profundos. Al removerla o dejarla expuesta, ese equilibrio puede alterarse y afectar tanto la calidad como la cantidad de agua disponible».
¿Por qué la Amazonía es uno de los lugares más afectados por esto?
La Amazonía es especialmente vulnerable porque allí el agua, el bosque y el suelo están profundamente conectados. Aunque parezca contradictorio, es una región con abundancia de agua, pero muchas comunidades siguen teniendo problemas para acceder a agua segura. A eso se suma el cambio climático, que puede agravar los periodos de escasez o alterar el ciclo del agua. Por ello, nuestro proyecto se ha enfocado en el eje Iquitos-Nauta: allí se concentra gran parte de la extracción de arena (en muchos casos, también ilegal), favorecida por el acceso vial y la facilidad para transportar este material.
Uno de los ecosistemas más afectados, y que forma parte de esta investigación, son los varillales: bosques amazónicos frágiles asentados sobre suelos arenosos. Su particularidad está justamente en ese suelo: como la arena no permite el crecimiento de cualquier tipo de árbol, allí predominan especies específicas, adaptadas a condiciones muy particulares. Estos bosques cumplen un rol importante en la relación entre suelo, agua y vegetación, pues aprovechan la humedad del suelo y, en algunas zonas, el agua de acuíferos poco profundos. Si la extracción continúa extendiéndose, estos ecosistemas podrían desaparecer por completo.
En algunos países, ya hay escasez de arena para construcción. Por eso, es urgente levantar más conciencia sobre este recurso y buscar alternativas».
La arena: un recurso que se agota como el agua
¿Por qué no se suele hablar de la arena como un recurso importante como sí se habla del agua?
La arena se suele asociar sobre todo con la construcción. Se piensa en la necesidad de vivienda, que es un tema social muy importante, pero no se presta suficiente atención a que la arena también puede agotarse y que cumple un rol fundamental en los ecosistemas, por lo que su extracción puede generar impactos ambientales. En algunos países, ya hay escasez de arena para construcción. Por eso, es urgente levantar más conciencia sobre este recurso y buscar alternativas.
¿Cómo impacta este problema en la salud de las comunidades?
La salud humana está directamente relacionada con el acceso a agua segura y con sistemas adecuados de saneamiento. En Loreto, hay problemas de anemia y enfermedades transmitidas por el agua. No basta con que una comunidad tenga agua; si esa agua está contaminada, puede generar enfermedades como diarreas agudas, salmonella u otras infecciones.
En la investigación, también exploramos los sistemas descentralizados de saneamiento, más económicos y adaptados al territorio. Una posibilidad es la fitorremediación, que consiste en usar plantas para descomponer sustancias orgánicas presentes en aguas residuales. Ya hay experiencias en Asia, México, Nicaragua y otros países, pero queremos ver si en la Amazonía podría desarrollarse un modelo con plantas de la zona.
La idea es hacer experimentos para identificar qué plantas descomponen mejor ciertos nutrientes, como fósforo, nitrógeno o carbono, y a qué velocidad. Pero esto no puede hacerse desde una mirada impuesta. Queremos dialogar con representantes y estudiantes de pueblos originarios para conocer cómo entienden el saneamiento, qué soluciones han usado y qué alternativas consideran viables.
¿Qué alternativas están evaluando para proteger las fuentes de agua y recuperar las zonas afectadas por la extracción de arena?
Una primera línea es conocer mejor las fuentes de agua de la zona: dónde están los acuíferos, qué volumen tienen, hacia dónde fluye el agua y cómo se puede asegurar tanto su cantidad como su calidad. Sin esa información, es difícil anticipar qué comunidades podrían enfrentar problemas de escasez o contaminación.
Otra línea es la recuperación de áreas degradadas. Sabemos que reforestar suelos pobres, como los de las antiguas canteras, puede tomar mucho tiempo, pero el proyecto busca evaluar qué especies podrían crecer allí. En algunas zonas, ya se ha observado el crecimiento de papaya y otros frutales, lo que abre la posibilidad de estudiar qué plantas podrían ayudar a promover nuevamente la vegetación.
En el proyecto, también estamos trabajando con especialistas en arquitectura y materiales de construcción para explorar alternativas, como el uso de ciertos residuos sólidos o componentes del suelo que no estén tan limitados como la arena.
Conoce más sobre el proyecto “Agua, bosques y arena: salud de los ecosistemas y salud humana”
“Agua, bosques y arena: salud de los ecosistemas y salud humana” es una investigación impulsada por el Programa de Agua y la Iniciativa Amazonia de Ianas, junto al Centro de Investigación en Geografía Aplicada (CIGA-PUCP) y la Academia Nacional de Ciencias.
El proyecto fue diseñado el 2025 por la Dra. Katherine Vammen, coordinadora del Programa de Agua de Ianas, junto con la Dra. Nicole Bernex, profesora de la Sección Geografía y Medio Ambiente del Departamento de Humanidades PUCP.
El estudio reúne el trabajo de más de 25 investigadores, entre ellos estudiantes de Ingeniería Forestal de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP); los docentes de la UNAP David Urquiza, Roxani Rivas, Luis Campos Baca, Jorge Solignac y Francisco Ramírez Arévalo; estudiantes y egresados de Geografía y Medio Ambiente de la PUCP; los docentes PUCP Fernando Roca, Martín Timaná, Francisco Otero y Moisés Porras; los especialistas de la Ianas Ricardo Izurieta, Hugo Hidalgo, Ernesto González y Banu Örmeci; y los ingenieros Víctor Carlotto y María Isabel Manta.
A la par del trabajo científico, el proyecto tiene un componente formativo clave: incluye capacitaciones, webinars y salidas de campo con estudiantes de la PUCP, la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana y la Universidad Agraria. En estas experiencias, los participantes aprenden a investigar en territorio: desde los aspectos geológicos y el vínculo con aguas superficiales y subterráneas hasta la ruta que sigue la arena desde su extracción hasta la construcción.
La iniciativa se articula desde un programa internacional de agua que reúne a 21 países con puntos focales y especialistas de distintas áreas: sociohidrología, salud y agua, bosque y agua, aguas superficiales, cambio climático, geografía, y gestión de recursos hídricos.
Para Vammen, esa mirada interdisciplinaria es indispensable porque el problema no puede leerse desde una sola disciplina. “Un experto no es suficiente”, sostiene. Agua, bosque, arena, salud y comunidades forman parte de un mismo entramado, y entenderlo exige mirar el territorio desde más de una pregunta.
Puedes conocer más sobre la investigación aquí.



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