Amazonía envenenada: la huella del oro, el cambio climático y el ‘progreso’ que no dialoga

ESPECIAL

Amazonía envenenada:

la huella del oro, el cambio climático y el ‘progreso’ que no dialoga

Es una de las regiones más biodiversas del mundo, pero también una de las más amenazadas. La minería ilegal, el cambio climático y la expansión de cultivos ilícitos no solo asfixian y envenenan a sus plantas y animales, sino también a quienes viven en su territorio. ¿Qué realidades encontraron catorce estudiantes de Geografía y Medio Ambiente cuando fueron a conocerla de cerca? ¿Qué visión de desarrollo necesitamos para poder protegerla?

Reportaje

Bárbara Contreras


El pulmón del planeta está enfermo. La extracción ilegal de oro, el calor creciente de la atmósfera y la vieja idea de que el territorio existe para ser explotado, no para ser vivido, lo están consumiendo. En los últimos 22 años, más de tres millones de hectáreas de bosque peruano han sido deforestadas. Esta cifra equivale a perder 11 veces la ciudad de Lima metropolitana y representa el 4.5% del bosque húmedo amazónico que tiene el Perú.

Lo que está en juego no es menor. La cuenca del Amazonas es considerada una de las regiones con mayor biodiversidad del mundo. Sus ríos generan entre el 16% y el 20% del agua dulce del planeta, contiene el 25% de la biodiversidad terrestre, más especies de peces que cualquier otro sistema fluvial, 6,000 especies de animales y al menos 40,000 especies de plantas. No es casualidad que cada tres días se descubra una nueva, según el Fondo de Vida Silvestre de la WWF.

10%

de todas las especies de vida silvestre que conocemos son albergadas en la Amazonía.

Pero la región también es rica en algo que, quizás, sea al mismo tiempo su maldición: el oro. En los lechos y orillas de los ríos amazónicos se esconden depósitos de oro aluvial que, por décadas, han atraído a miles de mineros ilegales. De hecho, el 70% de la deforestación reciente se concentra en cuatro zonas críticas identificadas por la Fundación para la Conservación y Desarrollo Sostenible —que abarcan principalmente Ucayali, Loreto, San Martín, Huánuco y Madre de Dios—, territorios conocidos por su riqueza aurífera y por la expansión del cultivo de coca. Sumado al cambio climático, la minería ilegal y la deforestación asociada a cultivos ilícitos están entre las mayores amenazas para la Amazonía.

El 18 de septiembre, 14 estudiantes de Geografía y Medio Ambiente de la PUCP, acompañados por la profesora Dra. Nicole Bernex y el docente Mag. Gustavo Rondón, emprendieron un viaje de cuatro días desde la ciudad de Iquitos y sus alrededores para explorar y comprender los retos ambientales que enfrenta la región. Más que una salida académica, sería una travesía para descubrir el verdadero significado de habitar la Amazonía: comprenderla no solo desde los mapas, sino a través de las voces de quienes conviven a diario con sus retos.

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millones de hectáreas de bosque peruano han sido deforestadas en los últimos 22 años.

“En todo trabajo de campo, observar y medir son partes importantes de la experiencia. Pero hay algo que considero esencial y es dedicar tiempo a conversar con investigadores de gran calidad, no solamente porque tienen un doctorado, sino porque conocen y aman su territorio”, expresa la Dra. Bernex, presidenta emérita del Foro Peruano para el Agua (GWP Perú) y miembro de número de la Academia Nacional de Ciencias del Perú.

Este reportaje recoge las conversaciones y las investigaciones que expertos profundamente vinculados a su territorio compartieron con los futuros geógrafos de la PUCP. Un viaje en el que cada conversación fue también una forma de entender —y repensar— la relación entre la academia y la Amazonía.

El pescado es la proteína principal de la Amazonía, pero con este llega también un peligro invisible: el metilmercurio que contamina a muchas especies.

Metilmercurio: un veneno invisible en el plato amazónico

En la Amazonía peruana, el pescado es el corazón de la mesa. Se estima que seis de cada diez personas comen pescado al menos dos veces al día. Al año, esto suma 80,000 toneladas de pescado, el equivalente a más de 13,000 camiones cargados hasta el tope.

Pero en las aguas de los ríos Nanay y el Pintuyacu, donde nadan muchos de los peces que pronto llegarán a la mesa familiar, se esconde un enemigo invisible: un líquido sin color, sin olor y sin sabor que contamina su alimento en silencio. Se llama metilmercurio.

80,000

toneladas de pescado al año se consumen en la Amazonía, convirtiéndose en la principal fuente de proteína.

“Este compuesto es una de las formas más peligrosas de mercurio”, advierte el Dr. Luis Campos Baca, expresidente del Instituto de Investigaciones de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP) e investigador con el que conversaron la Dra. Bernex y el grupo de estudiantes de Geografía y Medio Ambiente de la PUCP. “Afecta directamente el sistema nervioso central y daña diversos órganos, especialmente el cerebro, provocando una disminución en la capacidad intelectual de los niños. También representa un alto riesgo para las mujeres embarazadas y sus fetos”, explica.

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especies de peces contaminados ya superan el límite máximo de metilmercurio recomendado por la OMS, según estudio de Ciencia y FZS Perú.

De acuerdo con un estudio realizado en el 2024 por el Centro de Innovación Científica Amazónica (Cincia) y la Sociedad Zoológica de Frankfurt (FZS Perú), por lo menos nueve especies de peces que se analizaron en los ríos Nanay y Pintuyacu superan el límite máximo de 0.5 mg/kg de mercurio en pescado para consumo humano establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Se trata del maparate, piraña, lince, chambira, bocón, mota punteada, huapeta, lisa y piraña negra.

79%

de personas presentaron concentraciones de mercurio superiores al límite de la OMS.

Los peces maparate, piraña y lince, que forman parte de la alimentación de las familias ribereñas, presentan concentraciones especialmente preocupantes, ya que duplican y hasta triplican el límite de la OMS, con niveles de mercurio de 1.24 mg/kg, 1.07 mg/kg y 1.06 mg/kg, respectivamente.

Aunque solo el 14% de los peces analizados superó directamente el límite recomendado por la OMS, este valor se calcula suponiendo que una persona come 200 gramos de pescado a la semana. En las comunidades de Loreto, muchas personas comen pescado dos o tres veces al día, por lo que incluso especies con niveles “moderados” (entre 0.3 y 0.5 mg/kg) pueden representar un riesgo acumulativo de exposición al metilmercurio.

El maparate, la piraña y el lince son las especies más contaminadas por metilmercurio.

Los efectos ya se dejan ver. Según el mismo informe, de las 273 muestras de cabello tomadas en personas de seis comunidades, el 79% (215 personas) presentaba niveles de mercurio por encima del límite de referencia de la OMS de 2.2 mg/kg. Esta situación es particularmente preocupante en los grupos más vulnerables, donde 45% de los niños y 37% mujeres en edad reproductiva presentaron concentraciones de mercurio en el cabello asociadas con un riesgo alto para la salud.

De la draga al plato: los efectos de las economías ilegales

¿Cómo termina un metal tan tóxico en los peces que alimentan a miles de familias? Según el Dr. Luis Campos, su origen tiene nombre y apellido: la minería ilegal.

“El mercurio metálico descansa naturalmente en los sedimentos de los ríos, pero cuando las dragas o los mineros remueven el fondo en busca de oro, entra en contacto con oxígeno y bacterias que lo transforman en metilmercurio, una forma mucho más tóxica y fácil de absorber”, explica el experto. En muchos casos, el fondo de los ríos también se remueve de manera indiscriminada para sacar arena destinada a la construcción, especialmente en Iquitos, donde la del Nanay se usa para fabricar cemento y ladrillos.

Una vez transformado, el metilmercurio pasa al fitoplancton —algas microscópicas que conforman la base de la cadena alimentaria—, luego al zooplancton y, finalmente, a los peces que se alimentan de ellos. En tanto el metilmercurio se acumula, a medida que un pez se come a otro, la cantidad de mercurio aumenta, por lo que los peces grandes y carnívoros presentan las concentraciones más altas. Cuando las personas consumen esos peces, el metal también se acumula en su organismo.

Aunque la minería en las riberas de los ríos está prohibida, la presencia de dragas ilegales para extraer oro de ríos amazónicos se ha incrementado con los años. Mongabay Latam contabilizó más de 45 dragas solo en el Nanay en octubre de este año. La extracción indiscriminada de arenas, por su lado, se asocia con el crecimiento urbano acelerado de Iquitos. Una tesis de maestría de la UNAP estima que la oferta de estas canteras tiene un horizonte limitado de explotación hasta el año 2027: la actividad es insostenible a mediano plazo, según análisis técnicos, ambientales y sociales.

La Dra. Nicole Bernex advierte que la magnitud de la actividad ilegal en la zona obliga a que la solución implique más que una prohibición a la minería. Para ella, se debe estudiar de qué manera la ilegalidad y criminalidad se han instalado en espacios aparentemente deshabitados.

Proteger, restaurar y educar: el triángulo para salvar el Nanay

Para el Dr. Campos, cuidar el río y la selva requiere una mirada integral. ¿Su propuesta? Crear una zonificación ecológica y económica para toda la cuenca del Nanay, junto con un plan de desarrollo sostenible que ayude a recuperar el equilibrio. El objetivo es restaurar las zonas dañadas y promover actividades que cuiden el medio ambiente, como el cultivo de camu camu y frutales nativos, la pesca responsable y el uso adecuado de los recursos naturales, de modo que las comunidades locales encuentren oportunidades sin destruir su entorno.

Una zonificación ecológica y económica para la cuenca del Nanay, junto con un plan de desarrollo sostenible ayudarían a restaurar las zonas dañadas y promover actividades que cuiden el medio ambiente.

“Hoy no existe un plan actualizado de desarrollo sostenible”, advierte. “Hay muchos estudios sueltos, pero deben unirse en una sola propuesta”. Para lograrlo, plantea que la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana, el Gobierno Regional de Loreto, el IIAP y otras instituciones trabajen en conjunto. “Con la tecnología actual —la inteligencia artificial y los sistemas de monitoreo—, actualizar la información es más fácil que antes”, añade.

A corto plazo, el especialista subraya la necesidad de poner en marcha programas de educación que orienten a la población sobre los peces que poseen las concentraciones de mercurio más altas, y recomiende aquellas especies que se han visto menos contaminadas, como la palometa, la doncella, la corvina y el boquichico.

“La clave está en la formación ciudadana en todos los niveles: capacitadores, maestros, padres de familia y futuros profesionales”, agrega la Dra. Bernex. La profesora también propone la creación de redes de telemedicina y teleeducación que superen las barreras geográficas, de manera que se logre un sistema de prevención más inmediato.

La charla con el especialista no solo ofreció datos, sino también un impacto personal en los estudiantes. “Antes de la salida y de conversar con el Dr. Luis Campos, no sabía que en el Nanay había minería aurífera. Fue muy revelador, porque mi tesis trata sobre la restauración ecológica de ríos degradados por mercurio. La salida de campo me permitió expandir el alcance de mi tesis y considerar no solo la parte física y biológica de la restauración, sino también a la población, sus necesidades y la conexión que mantienen con la biodiversidad”, detalla Fátima Luchini, estudiante de noveno ciclo de Geografía y Medio Ambiente.

La salida de campo me permitió expandir el alcance de mi tesis y considerar no solo la parte física y biológica de la restauración, sino también a la población, sus necesidades y la conexión que mantienen con la biodiversidad”.

Fátima Luchini
Estudiante de Geografía y Medio Ambiente de 9no ciclo

Los alumnos visitaron la Reserva Nacional Allpahuayo-Mishana, donde conocieron más sobre la flora y fauna propia de la selva amazónica.

Windthrows: las tormentas que quiebran la selva amazónica

Si un árbol se cae, pero nadie lo escucha, ¿hace ruido? En la Amazonía, esta pregunta ya no es una metáfora sino una realidad cada vez más preocupante. Cada año, tormentas convectivas -cuyo nombre científico es windthrow– derriban cientos de hectáreas de árboles, dejando cicatrices en el bosque que son visibles incluso desde el espacio.

“Cuando los vientos tumban árboles, el bosque se renueva: entra la luz, crecen las especies jóvenes y el ecosistema respira. Pero hoy los colapsos son tan frecuentes que los árboles ya no tienen tiempo de recuperarse”, explica el Dr. David Urquiza, docente investigador de la Facultad de Ciencias forestales – UNAP e investigador del Max Planck Institute For biogeochemistry (Alemania), con quien el grupo de estudiantes PUCP conversó durante el encuentro con el grupo de investigación Vetaf en la UNAP.

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eventos de windthrow anuales: se han cuadruplicado en las últimas décadas.

Según un estudio publicado en Advancing Earth and Space Sciences (AGU, 2024), del cual el Dr. David Urquiza es coautor, en los últimos 30 años, la frecuencia de estos eventos se ha cuadruplicado y han llegado a ser más de 260 por año. Esto ocasiona que las especies grandes, que almacenan más carbono, mueran antes de reproducirse, y las pioneras, más débiles y de vida corta dominen el paisaje. “A largo plazo, el bosque podría ir perdiendo su equilibrio y su capacidad de almacenar carbono”, agrega el Dr. Urquiza.

Los investigadores atribuyen el aumento de estos eventos a una mayor inestabilidad atmosférica y a un ciclo hidrológico más intenso, dos fenómenos vinculados al cambio climático.

150

hectáreas de bosque se afectan en promedio durante un windthrow.

“La mayor inestabilidad atmosférica genera condiciones para tormentas más intensas. Estas pueden producir down drafts: corrientes de aire descendente de aprox. 240 km/h que impactan directamente sobre los bosques. Al mismo tiempo, el ciclo hidrológico se ha vuelto más extremo: las temporadas húmedas son cada vez más lluviosas e inundables; y las secas, más prolongadas y severas. Este desequilibrio, asociado al aumento de la temperatura del aire y del océano, aporta más energía a la atmósfera y provoca cambios bruscos que intensifican las tormentas y alteran los ritmos naturales del bosque”, agrega el experto.

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estaciones meteorológicas automáticas en la región de Loreto registran estos eventos de manera constante. «No cubren la extensión de Loreto y ese es el mismo problema que hay en la Amazonía peruana en general», indica el Dr. Urquiza.

(Fuente: Senamhi)

Los windthrows afectan, en promedio, 150 hectáreas de bosque, el equivalente a unas 280 canchas de fútbol que son cubiertas por árboles caídos. Pero en zonas especialmente vulnerables a la inestabilidad atmosférica y a los vientos ocasionados por los down drafts —los llamados hot spots, ubicados mayormente en la Amazonía central—, el área impactada puede alcanzar hasta 270 hectáreas.

Uno de los eventos más grandes registrados arrasó 2,543 hectáreas de selva continua. “Esa extensión equivale al tamaño de la ciudad de Iquitos”, explica el investigador.

A la izq, la ciudad de Iquitos desde el aire. A la derecha, de color rojo, el área de afectación de uno de los windthrows más grandes que ocurrió al norte de Porto Belo (Brasil). Gráficos: David Urquiza.

La fuerza y fragilidad del bosque amazónico peruano

En los alrededores de Iquitos, un estudio publicado en Forests (2021) comprobó que, incluso después de los windthrows más devastadores, la selva peruana tiene una fuerza asombrosa de recuperación: en apenas veinte años, puede recuperar hasta el 90% de su vegetación. Es un proceso 50% más rápido que en el centro de la Amazonía, prueba de la resistencia y vitalidad del bosque del noroeste peruano.

Según el informe, esta capacidad de recuperación se debe a varios factores combinados: suelos más fértiles, lluvias más regulares y una mayor presencia de especies pioneras (plantas que brotan rápidamente en busca de luz y ayudan a reconstruir el dosel del bosque), como el cetico (Cecropia sciadophylla).

90%

del bosque puede recuperarse en 20 años luego de un windthrow en la Amazonía peruana. Esta velocidad es 50% superior a la que se da en el centro de la Amazonía.

Pero los resultados también ofrecen una advertencia: aunque la cantidad de árboles y biomasa del bosque puede restablecerse, su composición original puede ser alterada para siempre.

“La funcionalidad de un bosque está definida no solo por su composición, sino también su función, es decir, qué especies hay y qué papel juegan dentro del bosque”, explica el Dr. Urquiza. “Si bien lo primero que se ve afectado es el número de árboles, se ha demostrado que la biomasa puede recuperarse en unas cuantas décadas, pero no hay ningún estudio que demuestre que, después de cien años, las especies que estaban antes del evento regresen”, advierte. Esta alteración en las especies podría indicar un cambio en las funciones del bosque, como su capacidad para absorber CO2 a largo plazo.

Por ello, este tipo de estudios debe fortalecerse y multiplicarse, ya que aún son poco frecuentes en el país. “Mientras abundan las investigaciones sobre inundaciones o sequías, casi no se estudia el viento. Es un fenómeno complejo y difícil de analizar. Me alegró ver que a nuestros estudiantes les impactara y despertara el interés”, reflexiona la Dra. Nicole Bernex.

La creciente frecuencia de los windthrows en las últimas décadas, a causa del cambio climático, nos invita a reflexionar sobre el rol del deber geográfico en el análisis exhaustivo de las interrelaciones humano-naturaleza”.

Rafael Ortiz
Estudiante de Geografía y Medio Ambiente de 10mo ciclo

Sin monitoreo, el futuro del bosque sigue siendo un misterio

Saber si el bosque recupera su composición en el largo plazo requiere de algo de lo que el Perú carece: una red sólida de estaciones meteorológicas. “En Loreto son apenas 5 estaciones meteorológicas automáticas las que funcionan y monitorean los cambios en los bosques. El principal problema es que no cubren la extensión de Loreto y es el mismo problema que hay en la Amazonía peruana en general”, denuncia Urquiza.

En este mapa elaborado con datos del Senamhi, se observan las estaciones meteorológicas automáticas del centro y norte de la región Loreto. El Dr. David Urquiza destaca la necesidad de ampliar el número de estaciones meteorológicas automáticas, pues estas registran información de manera constante y precisa. “En las convencionales, el técnico debe acudir al lugar para verificar los datos. Además, la mayoría están concentradas en las inmediaciones de Iquitos y no en otras zonas más alejadas”, señala.

Además de invertir en la creación de más estaciones, el Dr. Urquiza afirma que se debe fortalecer el derecho territorial y la tenencia de tierra para pueblos indígenas y comunidades locales- que actúan como guardianes del bosque-, así como dar capacidad sancionadora al Ministerio del Ambiente respecto a prácticas como la deforestación.

Andes Flux: la PUCP y la UNAP estrenarán torre de monitoreo en Loreto

Una torre en medio de la selva loretana pronto empezará a registrar el pulso del clima amazónico. El proyecto forma parte de Andes Flux, una red que monitorea el intercambio de gases y energía entre la tierra y el aire. Esta investigación pionera —liderada por los investigadores del INTE, Dr. Eric Cosio y Dra. Norma Salinas, gracias a fondos académicos nacionales e internacionales, gestionados por ambos desde el 2011—  busca crear un sistema de monitoreo ecohidrológico que ayude a determinar el futuro hídrico de toda América del Sur.

Este sistema, que ya cuenta con torres en Madre de Dios, Ucayali y San Martín, permitirá ampliar el registro de datos para comprender mejor los impactos del cambio climático en la Amazonía peruana. La iniciativa en Loreto, de la que es parte de Dr. David Urquiza, combina esfuerzos entre instituciones nacionales e internacionales: la PUCP donará los equipos, mientras que la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP) ha construido la estructura —conocida como torre Sucusari—.

De todos modos, el especialista advierte una problemática que va más allá de lo técnico: la falta de un sistema que impulse la conexión entre universidades peruanas. “Empecé a trabajar con la Católica gracias a un contacto en Estados Unidos, no por vínculos creados aquí”, lamenta. Esa dependencia de nexos externos, dice, dificulta construir redes científicas sólidas y sostenibles en el país.

Los windthrows amazónicos en la COP30

La investigación sobre windthrows, desarrollada por el Dr. David Urquiza en colaboración con otros seis científicos, se presentó en la 30ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30). El estudio sirve como evidencia de que, además de la deforestación, la Amazonía enfrenta un nuevo desafío: los disturbios naturales —tormentas, inundaciones y sequías— que están transformando la dinámica del bosque.

Para el investigador, el debate sobre el cambio climático necesita un enfoque diferente. “Soy un poco pesimista”, admite. “Estamos atrasados respecto de muchas metas y aún no frenamos muchas cosas negativas. No vamos a parar el avance del cambio climático ahora mismo. Lo que necesitamos es una transición a un efecto invernadero que será más fuerte para, poco a poco, comenzar a frenarlo a nivel global”, finaliza.

Con 2,238 metros de longitud, el puente Nanay, que conecta el distrito de Bellavista con Nanay, es el más largo del país.

Amazonía en disputa: cuando el progreso no se ve igual para todos

Imagina que naciste junto al río. Desde niño aprendiste a leer su ritmo: cuándo baja, cuándo crece, cuándo es tiempo de pescar o de sembrar. A bordo de tu peque-peque, una embarcación de madera de metro y medio de ancho, has recorrido sus aguas desde que tienes memoria. Un día, una empresa te dice que tienen que cambiar el río, hacerlo más profundo, porque los barcos comerciales están encallando. Es necesario para que el “progreso” y el “desarrollo” lleguen. Pero no puedes evitar sentir temor por cómo eso alterará para siempre el cauce que has conocido toda tu vida.

Esta podría ser la historia de quienes viven a orillas de los ríos que integran la Hidrovía Amazónica, un proyecto que busca dragar los cauces para permitir el paso constante del comercio, a costa de alterar el equilibrio natural del territorio.

Desde el 2013, los expertos se han debatido en controversias sobre lo que esto podría generar a nivel ecológico. “El río es un sistema: si tú lo dragas, no solo se afecta el espacio intervenido, sino toda la interrelación ecológica que implica extraer arena del fondo”, afirma la Dra. Roxani Rivas, antropóloga PUCP y docente de la UNAP. “Una de esas consecuencias podría ser la alteración del sistema alimentario, ya que estas áreas están estrechamente vinculadas tanto a la agricultura como a la pesca de las comunidades locales que viven alrededor”, agrega.

El debate científico sobre el proyecto se ha centrado en dos polos: quienes lo defienden y aseguran que mejorará la conectividad fluvial y dinamizará la economía regional, y quienes advierten sobre la compleja interrelación del ecosistema y los impactos que el dragado podría generar en la biodiversidad y en las comunidades que dependen del río.

Pero más allá de los debates técnicos, la Dra. Rivas señala, alarmada, que casi nadie se ha detenido a pensar en el significado espiritual que el río tiene para quienes viven a su orilla. “Para los pueblos kukamas, el río no es solo un cuerpo de agua, sino un ser vivo con espíritu y voluntad propia. Desde su cosmovisión animista, todo en la naturaleza tiene vida y agencia espiritual: los árboles, los animales, los objetos y, sobre todo, el río”, explica la antropóloga.

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estaciones meteorológicas automáticas en la región de Loreto registran estos eventos de manera constante.

Según Rivas, en esta forma de entender el mundo, el río encarna el espíritu de un chamán poderoso con el que las personas deben aprender a relacionarse con respeto y equilibrio. De hecho, se le concibe como una persona, con carácter, emociones y voluntad. “El río te habla, se enoja, se reconcilia contigo”, dice. Esa relación es recíproca: el río ofrece sus frutos —peces, agua, fertilidad— cuando el vínculo con las personas se mantiene en armonía.

“Intervenir el cauce del río, ya sea dragándolo o modificándolo con obras de infraestructura, sería romper una relación milenaria de respeto y reciprocidad, y alterar la vida espiritual y la cosmovisión de muchos pueblos amazónicos”, advierte Rivas.

La Dra. Bernex añade que “para los kukamas, en el fondo del río, existen ciudades sumergidas donde habitan las almas de quienes se fueron”. Desde esa mirada, una obra como la Hidrovía Amazónica no sería solo una intervención técnica, sino una profanación de un espacio sagrado.

El peligro de ignorar estas cosmovisiones y centrarse solo en las discusiones técnicas es grande. “Cada sociedad contribuye a la humanidad por su diversidad de formas de ver el mundo”, afirma Rivas. Pensar la Amazonía solo como un concepto o un recurso, y no como un territorio habitado y sentido, es, para ella, uno de los mayores riesgos.

¿Carreteras para conectar o extraer?

Cuando se construyen carreteras en la Amazonía, no siempre se está conectando, sino abriendo el camino al saqueo, afirma la Dra. Rivas. Un ejemplo de ello es la vía Iquitos–Nauta: a lo largo del camino, quedan muy pocos bosques y madera como recurso importante. Todo ha sido vaciado.

“Esa carretera no solo se levantó para reducir el tiempo de viaje entre ambas ciudades sino también para abrir el acceso a los recursos naturales, como la Reserva Nacional Pacaya Samiria, una de las zonas más ricas del país en peces, aves, lagos y vida silvestre”, denuncia. Desde la apertura de la vía, la presión sobre esos recursos se ha multiplicado.

En Loreto, persiste una lógica extractivista, pues gran parte de la población depende directamente de los recursos naturales para sobrevivir, sostiene la antropóloga. “Cuando se anuncia una nueva carretera, no se piensa tanto en la conexión entre pueblos, sino en el acceso más fácil a los recursos del bosque”, afirma.

Esa visión extractivista -o depredadora, según la óptica con que se mire- sigue viva. Hoy se proyecta ampliar la construcción del puente Nanay, que es ya el más largo del país, a través de una carretera que conectaría el barrio de Bellavista con San Antonio del Estrecho, y atravesaría zonas como Mazán y el río Napo. “Si te preguntas por qué lo están haciendo, la respuesta es sencilla: lo que hay en Mazán y en el Estrecho son recursos, no otra cosa. Y quieren acceder a todo lo que el bosque les impide”, advierte.

Durante años, los pueblos indígenas y campesinos de las zonas involucradas se han opuesto al proyecto: alegan falta de consulta previa, y temen que la vía facilite el narcotráfico y la minería ilegal de oro. “El Gobierno Regional de Loreto se hace la vista gorda y quiere imponerse a estas comunidades”, denuncia la antropóloga.

Educar para romper prejuicios

La Dra. Rivas considera que solo a través de la educación es posible desmontar los prejuicios que todavía recaen sobre la Amazonía y sus pueblos. En Loreto, comenta, las universidades se concentran sobre todo en las ciencias duras, mientras que faltan especialistas en historia, antropología y otras áreas de las ciencias sociales. Esa carencia impide entender el valor cultural y humano de la Amazonía. “Todavía no hay suficiente conciencia sobre los aportes de los pueblos milenarios. A la sociedad loretana le falta más educación para mirarse a sí misma y reconocerse en su propia historia”, comenta.

A su vez, la Dra. Bernex coincide en que los prejuicios siguen siendo una barrera. “En el Perú, todavía hay distancia entre Lima y las provincias”, afirma. “Muchos estudiantes limeños no se animan a ir a otras universidades porque miran lo provincial como algo menor, cuando en realidad en provincia se aprende de todo: de los agricultores, del territorio, de la vida”. Ese prejuicio se extiende a los vínculos entre universidades y, en general, a la relación de la academia con la Amazonía.

Frente a ello, Bernex apuesta por el diálogo. “Hay que conversar con los pueblos indígenas, escucharlos y construir alternativas juntos. Ellos también cuidan la vida. Lo importante es aprender a consensuar con la naturaleza”, agrega.

Las conversaciones con la Dra. Rivas transformaron la forma en que los estudiantes de la PUCP entienden su propio rol como futuros geógrafos. “Me recordó que, al final del día, no hay nadie que conozca mejor cómo funciona un territorio que quienes viven en él: cómo se dan sus dinámicas internas, sus ciclos del agua, etc. Si no promuevo su participación o no converso con las personas, cualquier plan de desarrollo que elabore será irreal”, reflexiona Juan Diego Cuadros, estudiante de décimo ciclo de Geografía y Medio Ambiente.

Acompañada por dos estudiantes de Geografía, la profesora Nicole Bernex enseña y obsequia a una señora un mapa de Loreto.

Un bus, catorce tripulantes y una misión: conocer la Amazonía desde dentro

Un geógrafo no duerme, no tiene hambre y no se cansa, dice la Dra. Bernex. Durante cuatro días de trabajo de campo, y bajo su experta guía, los estudiantes del curso Geografía Andina y Amazónica emprendieron un viaje a Iquitos que así lo demostraría.

A lo largo de esta travesía, conocieron las investigaciones de tres especialistas que han dedicado su vida a comprender la selva desde distintos ángulos: el Dr. Luis Campos Baca, expresidente del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP); el Dr. David Urquiza, profesor e investigador de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP); y la Dra. Roxani Rivas, antropóloga PUCP y docente de la UNAP.

El recorrido comenzó en la estación de la Marina de Guerra del Perú, donde los estudiantes conocieron de cerca el trabajo que la institución realiza para monitorear la navegación fluvial y elaborar cartas náuticas que guían la navegación en los ríos amazónicos. El grupo también se internó en el pulso urbano de la ciudad: recorrió el Mercado Central de Iquitos, la Biblioteca de la Amazonía Peruana y el Museo de Culturas Indígenas Amazónicas.

“Aprendí que la Biblioteca Amazónica conserva más de 30,000 libros y archivos históricos, muchos de ellos en proceso de digitalización. A pesar de las limitaciones de apoyo -apenas dos personas trabajaban allí-, es un espacio fundamental para preservar el conocimiento sobre la Amazonía”, afirma Mariana Aguirre, una de las estudiantes que participó en el viaje.

En la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP), fueron recibidos por el equipo de investigación del Vetaf (Variación–Espacio–Tiempo–de los Atributos Forestales), integrado por docentes y estudiantes que estudian los cambios del bosque con una mirada científica y local.

La travesía no se limitó a la ciudad. En botes que surcaban el río Nanay, los estudiantes llegaron hasta los pueblos de Mazán e Indiana, ubicados a una hora de distancia. Allí realizaron encuestas y conversaron con los pobladores, quienes compartieron cómo el desgaste del suelo, los cambios de lugar y las temporadas de cultivo marcan el ritmo de su vida cotidiana.

La expedición continuó en la Reserva Nacional Allpahuayo-Mishana, donde los bosques secos de varillales conviven con plantaciones de achiote y una gran diversidad vegetal. Entre senderos y especies endémicas, los futuros geógrafos pudieron observar cómo el territorio cambia según el suelo, la luz y la altura del agua. Otro punto de visita fue el puente Nanay, que, con 2,283 metros de extensión es el más largo del país, conecta el distrito de Bellavista con Nanay.

El último día los llevó al barrio de Belén, famoso por inundarse cada temporada de lluvias. Desde sus palafitos y pasarelas improvisadas, los estudiantes observaron los desafíos urbanos y sanitarios de una comunidad que ha aprendido a convivir con el agua.

Durante todo el viaje, los alumnos conversaron con distintas personas de la ciudad y sus alrededores, compartiendo no solo conocimientos sobre la tierra y la naturaleza, sino experiencias de vida. “Recuerdo especialmente una charla que se extendió por casi cuatro horas, en la que nos compartieron mitos, creencias y vivencias personales con una sinceridad profundamente conmovedora. Este viaje reafirmó mi vocación por trabajar con las personas y los territorios que sostienen”, expresa María Luisa, estudiante de Geografía y Medio Ambiente.

Una cosa es ver solamente cifras o estadísticas en plataformas como el INEI o en los mapas. Pero esta experiencia me permitió enfrentarme a lo que muchas veces solo analizamos desde lejos. Escuché a las personas y vi la realidad en el campo: la deforestación, la contaminación, las condiciones de vida”.

María Luisa Bravo
Estudiante de Geografía y Medio Ambiente – 9no ciclo

A veces, como geógrafos, pensamos que el desarrollo se define al considerar todas las variables y elementos: la población, el medio físico, los recursos, entre otros. Pero en ese análisis técnico, olvidamos algo esencial: ser parte de la experiencia, conocer las culturas y comunidades, y escuchar sus perspectivas”.

Alondra Pérez
Estudiante de Geografía y Medio Ambiente – 10mo ciclo

Este viaje reafirmó mi compromiso con una geografía más inclusiva, que no pase por alto temas que, aunque parezcan ajenos a la disciplina, en realidad la atraviesan por completo. No todas las personas accedemos al territorio de la misma manera, y eso depende de nuestras condiciones sociales, culturales y personales”.

Juan Diego Cuadros
Estudiante de Geografía y Medio Ambiente – 9no ciclo

Este 2025, la carrera de Geografía y Medio Ambiente obtuvo la acreditación internacional otorgada por el Instituto Internacional para el Aseguramiento de la Calidad (IAC-Cinda). Lee más aquí.

Los estudiantes recorrieron el puente Nanay, desde donde pudieron contemplar el río en toda su extensión y la vegetación que lo rodea.

Créditos

Investigación,
redacción y fotografía:

Bárbara Contreras

Infografía:

Luis Amez

Ilustraciones:

Augusto Patiño

Edición general:

Israel Guzmán

Edición de fotografía:

Sulsba Yépez

Diseño web:

Solange Avila

En este reportaje

Nicole Bernex

Nicole Bernex

Docente del Departamento de Humanidades – Sección Geografía y Medio Ambiente
Es doctora, magíster y licenciada en Geografía por la Universidad de Montpellier, Francia. Actualmente es presidenta honoraria del Foro Peruano para el Agua (Asociación Mundial del Agua), miembro de número de la Academia Nacional de Ciencias y de la Unión Geográfica Internacional, y miembro independiente del directorio de Buenaventura. Asimismo, fue editora de la Revista […]
Roxani Rivas

Roxani Rivas

Profesora en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana
La Dra. Roxani Rivas Ruiz es antropóloga loretana, licenciada y magíster en Ciencias Sociales por la Pontificia Universidad Católica del Perú, y doctora en Antropología Social y Etnología por la EHESS de París. Es profesora en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana, donde desarrolla investigaciones sobre etnoecología, saberes indígenas y cosmologías amazónicas. Desde 1991 […]
David Urquiza

David Urquiza

Docente en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana
David Urquiza Muñoz es un ecólogo geoespacial e investigador peruano. Actualmente, trabaja como docente en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP) y es investigador en el Instituto Max Planck de Biogeoquímica en Jena, Alemania. Su trabajo se centra en el monitoreo de bosques tropicales amazónicos mediante teledetección y SIG. Reconocido por su investigación […]
Luis Campos Baca

Luis Campos Baca

Biólogo por la Universidad Nacional de Trujillo
El Dr. Luis Campos Baca es biólogo por la Universidad Nacional de Trujillo, magíster en Ciencias por la Southern Illinois University (EE. UU.) y doctor en Ciencias Ambientales. Ha sido tres veces presidente del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP) y presidió el Consejo Nacional del Ambiente en el año 2000. Fue congresista […]

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