Ricardo Bromley: el danzante de tijeras que lleva la tradición a la escena contemporánea
En el Día Nacional de la Danza de Tijeras, el testimonio del actor y danzante ayacuchano Ricardo Bromley permite entender cómo esta expresión ancestral continúa viva, cambiante y profundamente significativa. Su trayectoria reúne herencia, ritualidad y creación escénica, elementos que hoy sostienen una tradición que trasciende el tiempo.
Texto:Eduardo Dávila Lynch
Fotos:Melissa Merino
14.11.2025
Cada 16 de noviembre, el Perú celebra el Día Nacional de la Danza de Tijeras, una de las expresiones más complejas y simbólicas de los Andes. La fecha invita a mirar no solo la espectacular destreza de los danzantes, sino la memoria profunda que esta tradición resguarda: resistencia, espiritualidad, territorio y comunidad. Es una fecha que recuerda que la danza no es solo una ejecución técnica, sino un idioma ancestral que sigue hablándonos.
En este contexto, Ayacucho, Lima, Arequipa, entre otras ciudades y territorios, se llenan de celebraciones, exhibiciones y diálogos sobre la importancia de esta manifestación reconocida como Patrimonio Cultural de la Nación. Y en medio de esa efervescencia cultural aparece un rostro que permite conectar la tradición con la sensibilidad contemporánea: Ricardo Bromley, egresado de nuestra Facultad de Artes Escénicas (Fares), actor, migrante, creador y danzante de tijeras.
Cada 16 de noviembre, el Perú celebra el Día Nacional de la Danza de Tijeras, una de las expresiones más complejas y simbólicas de los Andes. La fecha invita a mirar no solo la espectacular destreza de los danzantes, sino la memoria profunda que esta tradición resguarda: resistencia, espiritualidad, territorio y comunidad.
Su historia encarna lo que significa celebrar este día: un recorrido que pasa por los maestros que lo iniciaron, los símbolos que lleva en su vestuario, el llamado espiritual que lo devolvió a Ayacucho y el modo en que esa tradición ha atravesado su vida artística, especialmente tras su participación en la obra El rincón de los muertos. Para él, la danza no es un espectáculo: es una manera de existir.
Los inicios de Ricardo Bromley en la danza de tijeras
Ricardo Bromley nació en Ayacucho, pero no creció inicialmente ligado a la danza de tijeras. Su herencia familiar correspondía más bien al Huaylillas, una danza católica que varía según la localidad e incluso dentro de su propia región. Sin embargo, algo cambió cuando estaba en quinto de secundaria y vio por primera vez la danza de tijeras como una expresión que, sin haberla aprendido aún, le resultaba profundamente familiar. “Empecé a reconocerla como mía, como parte de mi tierra”, recuerda. Esa impresión primera fue el inicio de una búsqueda.
Hay cosas que solo se transmiten en la relación maestro-discípulo. No están escritas, pero son parte del espíritu de la danza».
Tras migrar a Lima, esa intuición creció en forma de llamado. Allí comenzó a investigar, a buscar maestros y a entender que la danza de tijeras no se aprende solo con el cuerpo, sino también con la historia, el territorio y la espiritualidad. Ese proceso lo llevó a volver a Ayacucho en 2017, donde conoció al maestro Pikichaki en Huancasancos. “Sentí que tenía que regresar para escuchar y aprender”, dice. Su formación continuó con otros maestros, entre ellos Ñaqa Ñiti, Quintín, Qoronta, Qechele y Yanapaqcha, cada uno marcado por un modo distinto de entender la danza, desde lo académico hasta lo ancestral.
Su propio proceso de bautizo —una ceremonia crucial dentro de la tradición— tampoco estuvo libre de tensiones. El primer ritual que recibió no siguió el procedimiento adecuado según la tradición más conservadora y fue recién con Qechele, en el Apu Sapacha, que pudo completar el proceso de forma legítima. “Hay cosas que solo se transmiten en la relación maestro-discípulo. No están escritas, pero son parte del espíritu de la danza”, señala.
El simbolismo en el traje y el movimiento de la danza de tijeras
Uno de los aspectos más potentes en Ricardo es la relación emocional que tiene con su vestuario. No es solo atuendo: es geografía, memoria y homenaje. En su camisa, lleva un zorro –atoq– bordado en el lado derecho en referencia directa a José María Arguedas, figura clave para entender la tradición quechua y la danza como forma de resistencia cultural. Detrás de su montera lleva una vizcacha, símbolo de los cerros protectores, y en la pechera una representación de los cerros negros de Ayacucho bajo un cielo estrellado con luna llena. “Esa imagen me golpeó al volver a mi tierra; era como ver mi vida bordada”, explica.
Hay académicos que conocen la teoría, pero no el sentir ni la experiencia corporal. La danza no se entiende desde lejos».
Este vínculo con la memoria territorial también lo ha llevado a estudiar los orígenes históricos de esta tradición, que se remontan al Taqui Oncoy, movimiento de resistencia indígena del siglo XVI. Ricardo lo explica así: “Cuando los españoles eliminaron al Inca, los sacerdotes incas escaparon hacia Ayacucho y desde allí empezó una resistencia religiosa. Mucha de esa fuerza sigue viva hoy en la danza”. Es un relato que se transmite con respeto, porque la danza —dice él— proviene de una tensión histórica entre prohibición y supervivencia cultural.
Para Ricardo, la danza de tijeras no se reduce al movimiento físico ni a las pruebas acrobáticas; es un lenguaje espiritual. Por eso, también critica la visión “Promperú” que exotiza las tradiciones. “Hay académicos que conocen la teoría, pero no el sentir ni la experiencia corporal. La danza no se entiende desde lejos”, sostiene.
Ricardo Bromley en la escena contemporánea y lo que viene
La trayectoria de Ricardo como actor ha sido profundamente atravesada por su vida como danzante. Esto se vio especialmente en la obra El rincón de los muertos, que incorpora elementos rituales de la danza de tijeras y se sitúa en el contexto de la violencia política en Ayacucho. La puesta en escena lo confrontó con una memoria dolorosa: “Me dejó destrozado, con más preguntas que respuestas”. La obra lo obligó a trabajar no solo desde lo técnico, sino desde lo emocional y espiritual, pues revisita heridas abiertas en la historia reciente del país.
La danza me permite habitar un cuerpo que recuerda. No es actuación; es memoria».
Su participación en la obra también reveló cómo la danza puede convivir con la creación escénica contemporánea sin perder su raíz ritual. En El rincón de los muertos, la danza no se usó como un adorno coreográfico, sino como una estructura simbólica que sostiene la narrativa. Ricardo señala: “La danza me permite habitar un cuerpo que recuerda. No es actuación; es memoria”.
Sobre el futuro, su objetivo es seguir aprendiendo de los maestros y continuar el vínculo con Ayacucho. También evalúa proyectos que integren danza, teatro y ritualidad andina desde una perspectiva respetuosa. “Todavía me falta mucho por aprender. La danza es más grande que uno”, subraya.
En el Día Nacional de la Danza de Tijeras, la historia de Ricardo Bromley nos recuerda que esta tradición no es solamente una performance espectacular: es memoria viva, territorio y espiritualidad. Es una danza que exige respeto, aprendizaje y un vínculo profundo con la comunidad. En artistas como él, la tradición encuentra un presente que honra su pasado y construye continuidad. Y es en ese encuentro —entre herencia y creación— donde la danza de tijeras sigue afirmándose como una de las expresiones más potentes del patrimonio cultural del Perú.
Es licenciado en Artes Escénicas por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es artista escénico, actor, director, docente, danzante de tijeras (artísticamente conocido como Apu Pisqota de Huamanga) y dramaturgo, con una práctica que articula tradición ritual, teatro y cine. Ha participado como actor en obras teatrales como Patrón Leal, ¿Qué chucha dijo Aldo Dolos?, Una hazaña nacional, El rincón […]
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