La política pura y dura no es un escenario al que le provoque volver, pero no necesita portar un fajín para sostener convicciones democráticas, estar muy pendiente de las movidas del poder y hablar fuerte sobre lo que podría resultar de unas elecciones abrumadoras para el Perú. La voz más política de Salvador del Solar suena desde el arte, específicamente desde el cine que escribe y dirige.
En Ramón y Ramón –película coescrita con Héctor Gálvez y estrenada en la gala del 29 Festival de Cine de Lima PUCP–, un viaje a las raíces es el regreso a un abrazo, a la ternura no solo posible, sino indispensable en un mundo de rechazo y castigo. En la danza ritual de la Huaconada (Mito, Concepción, Junín), los huacones azotan al alcalde un poco en broma, a veces no tanto. “Son el recuerdo de que el poder de castigar reside en la comunidad, así como el poder de perdonar”, explica Del Solar.
En Ramón y Ramón, el huacón azota y después abraza. Pienso en este país que nos castiga y después nos acaricia.
Con la diferencia de que lo que representa al país –las fuerzas del orden y del Estado– muchas veces ha azotado, sin ningún tipo de abrazo, sin pedir perdón. Los huacones bajaban del monte para castigar a quienes habían cometido adulterio o algún tipo de daño. Es una manifestación cultural, patrimonio de la humanidad, que se sostiene hasta hoy. Lo lindo de la huaconada es que, a pesar de que todos podemos haber cometido errores, nos permite decir: comienza tu año limpio.
Javier Cercas dice que es escritor porque perdió la fe. Gabriela Wiener solo cree en una literatura que mueve, conectada con el mundo. ¿Por qué haces cine?
La escritura de guion y la dirección de cine han pasado un poco avanzada mi vida: a los 45 y a los 55, prácticamente (Magallanes, 2015; Ramón y Ramón, 2024). Creo que, en la segunda parte de la vida, como en el poema de Cavafis, medio edificio tiene que caer, la mitad de la casa tiene que venirse abajo. Hay algo que hemos montado, nos hemos acorazado, colocado una cierta armadura para tratar de llegar al mundo lo mejor que cada quien pueda. En ese sentido, hacer cine para mí es un ejercicio de desmontaje de sentimientos, ideas, visiones. Es un atreverse a desarmarse para tratar de volver a buscar quizá esa ternura que Ramón también ha sepultado dentro de sí.
Debemos reconocer y valorar que la PUCP siga apostando por su Centro Cultural y, sobre todo, por el Festival de Cine, donde recargamos oxígeno de resistencia ante lo que nos ocurre como país”.
El arte como retrato de nosotros mismos
Estamos todos muy acorazados, a muchos niveles. ¿El cine puede ser una ruta para hablar de lo que se quiere callar?
El cine y el arte en general son indispensables. Estamos atravesando un momento en el que, al haberse devaluado la verdad y la palabra, también lo ha hecho la argumentación. Las ideas están fragmentadas, polarizadas, enfrentadas, no hay diálogo posible. El cine, en particular, tiene la posibilidad de abrir rendijas ahí donde la argumentación las ha cerrado. Algo parecido sucedió en su momento con Magallanes. Era muy difícil hablar sobre la Comisión de la Verdad. Las personas estaban a favor o en contra del informe, sin importar si lo habían leído o no. Creo que la transmisión de experiencias humanas desde el arte es capaz de volver a dar oxígeno ahí donde lo hemos agotado.
¿Cómo se vuelve al diálogo cuando vemos al presidente Petro, cerrado en su verdad sobre la frontera amazónica con Perú, o al gobierno peruano respaldando una ley de amnistía que considera indiscutible?
La única salida posible es dando señales de que estamos dispuestos a escuchar de verdad. Ahora que el conservadurismo está tomando poder político en muchos lugares, tenemos que ser suficientemente generosos y desprendidos para ofrecer esa posibilidad. Es cambiar el “escúchame” por el “te escucho”.
¿Hacer cine es una forma de hacer política?
En el sentido más amplio, en el sentido ciudadano, sin duda. Esa es la política que me interesa. Magallanes aborda un tema que nos involucra a todos. También he procurado que en Ramón y Ramón se vea nuestro país. Cuando el personaje emprende su viaje se encuentra con una cantidad de peruanos que regresaron a pie a sus provincias de origen, incapaces de sostenerse en la pandemia, como un síntoma clarísimo de que no estábamos tan bien como se suponía. Y luego, cuando comparten algo de comer, ahí estamos todos. Los silencios y los rostros hablan. El cine puede ser una manifestación artística que nos retrate como sociedad, puede lograr que nos reconozcamos, que quizá nos incomodemos, nos inquietemos, nos cuestionemos, nos enorgullezcamos o nos invite a una transformación.
Está en juego la subsistencia de mínimos democráticos que se están extinguiendo, por eso deberíamos prestar mucha atención a qué personas llevamos al Congreso y más específicamente al senado, que tendrá más poder”.
El cine como acto de resistencia
Se habla de 10 mil candidatos y candidatas en unas elecciones generales con 38 agrupaciones políticas. ¿Cómo va a afectar esto a la democracia?
Hace unos años yo pensaba –medio en broma– que nos iría mejor eligiendo a los congresistas por sorteo. Ahora siento que ya no es broma: la representación ha desaparecido. Les hacemos un favor a los partidos llamándolos así; en realidad, son organizaciones para festinar sin disimulo. Lo más peligroso es que, sin ninguna legitimidad, este Congreso ha alterado el modelo constitucional y se ha puesto por encima de los otros poderes del Estado. Nuestras elecciones presidenciales son ahora, sobre todo, congresales. El poder está en el Congreso y ,dentro de él, en el Senado. En la elección que viene tenemos la oportunidad y la responsabilidad de pensar bien a quién queremos colocar ahí.
¿Qué está en juego ahora?
Algunos dirán que nada está en juego, que la política está mal pero la economía no tanto… Creo que es un consuelo peligroso. Si ahora tenemos la sensación de que no hay límites a los atropellos que ha cometido este Congreso, eso va a empeorar. Está en juego la subsistencia de mínimos democráticos que se están extinguiendo. Tenemos a un presidente del Congreso que jamás habría podido siquiera postular con una acusación de esa gravedad y no solo fue elegido, sino respaldado. Si votamos como si nada estuviera pasando, no nos quejemos demasiado tarde cuando límites que hoy nos parecen inaceptables también sean vulnerados.
¿El cine, entonces, es una forma de resistencia?
En un contexto como este, debemos reconocer y valorar que la PUCP siga apostando por su Centro Cultural y, sobre todo, por el Festival de Cine, donde recargamos oxígeno de resistencia ante lo que nos ocurre como país. Por eso la importancia de seguir formando estudiantes humanistas con pluralidad de ideas. No solo como buenos profesionales, sino como buenos ciudadanos. Ojalá que este ejemplo se fortalezca y se imite. Estos tiempos pasarán y los esfuerzos que se hagan ahora, aunque parezcan ir a contracorriente, podrían dar más adelante quizá una sensación de cosecha. Esa es mi esperanza.


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