Cuando les explico a mis estudiantes lo que un limeño del siglo XVII debió experimentar un 7 de junio de 1671 —día en que llegó a la ciudad la noticia de que la primera santa americana reconocida por la Iglesia católica era oriunda de la capital—, solo se me ocurre pensar en la fiebre que se vivió en las calles de Lima un 15 de noviembre de 2017, luego de que Perú clasificara al Mundial de fútbol después de 36 años sin lograrlo. Y aunque la comparación pueda parecer absurda, no recuerdo otro momento, en los últimos años de la historia de la capital, en que los limeños se sintieran tan unidos y orgullosos de formar parte de esta comunidad. Quizás lo de Santa Rosa no se equipare ni siquiera a ese sentimiento, sino más bien al que se viviría si ganáramos el Mundial.
Proyecciones anacrónicas aparte, el éxito de la empresa de canonización de Isabel Flores de Oliva fue un hecho singular porque reunió a distintos estratos de la sociedad limeña en una causa común.
La empresa de canonización de Isabel Flores de Oliva fue un hecho singular porque reunió a distintos estratos de la sociedad limeña en una causa común.
A solo 8 días de su fallecimiento, a fines de agosto de 1617, un grupo de vecinos de la Ciudad de los Reyes—a partir de la solicitud de miembros de la orden de predicadores— testificó en el proceso ordinario para la canonización de Rosa. En un periodo de siete meses, se presentaron 75 testigos ante las autoridades eclesiásticas limeñas, y brindaron su testimonio para verificar las virtudes y milagros de la futura santa. El proceso se envió a España, donde la Corona vio con muy buenos ojos la propuesta, y luego al Vaticano, que decidió dar su visto bueno y solicitar a Lima la apertura del proceso apostólico. Esta vez fueron 188 los testimonios en los que se declaraba, incluso con mucho más ahínco que en el primer proceso, la necesaria inclusión de Rosa a la categoría de santa.
El proceso de canonización: un mapa de Lima
En su sugerente estudio sobre el proceso de canonización de Santa Rosa, Teodoro Hampe demuestra que la causa de canonización fue promovida, principalmente, por los miembros de la élite criolla de Lima. Efectivamente, casi la mitad de los testigos que se presentaron pertenecía a este sector. Sin embargo, y aunque en menor medida, las voces de mestizos, indígenas y mulatos también se hicieron presentes en el relato. Recientemente, el investigador Paul Firbas ha llamado la atención sobre el personaje de Mariana de Oliva, la criada indígena de la residencia Flores de Oliva.
Stephen Hart, por su parte, ha demostrado —creo yo, acertadamente— que la primera biografía de la santa, aquella que se incluyó en el medio del proceso apostólico y que sirvió como base para las hagiografías oficiales, fue un trabajo a varias manos e involucró a las mujeres más cercanas a Rosa. Entre ellas, su amiga Luisa Melgarejo; su “segunda” madre, María de Uzátegui; y su criada, Mariana de Oliva. Si bien en las hagiografías oficiales la voz de Mariana aparece silenciada, su impronta en este primer ejercicio por ordenar el relato vital de Rosa nos dice mucho sobre su cercana relación con la santa. Los procesos para la canonización de Santa Rosa se convierten así en un mapa muy variado y completo de lo que fue la Lima del siglo XVII, y nos dice mucho sobre la intensidad con la que se vivía la religiosidad en ese entonces.
Los procesos para la canonización de Santa Rosa se convierten así en un mapa muy variado y completo de lo que fue la Lima del siglo XVII, y nos dice mucho sobre la intensidad con la que se vivía la religiosidad en ese entonces.
Santa Rosa y la explosión de santidad en Lima
El éxito de la canonización de Santa Rosa se hizo también presente en las réplicas del mismo. En los años siguientes, los limeños fueron testigos de una auténtica explosión de santidad. Como señala Hampe, alrededor de sesenta personas fallecieron en “olor de santidad” en la capital peruana entre finales del siglo XVI y mediados del XVIII. Fernando Iwasaki, por su parte, señala que solo entre 1610 y 1645 se incorporaron alrededor de 12 expedientes de canonización en la diócesis de Lima.
Volviendo al ejemplo del fútbol, estas cifras serían como decir que en un período de cincuenta años surjan sesenta futbolistas peruanos de la talla de Paolo Guerrero o Jefferson Farfán. No todos los casos, claramente, fueron exitosos, pero sí es sintomático que nuestros cinco santos peruanos –Francisco Solano, Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Juan Macías y Martín de Porres– hayan vivido en la ciudad en la misma época.
Es difícil explicar esta “efervescencia” de religiosidad y los extremos con que, en algunos casos, se vivía la fe en esos siglos. Pero allí está la historia y los textos para demostrárnoslo. Y está también ese deseo de espiritualidad que hace posible que aún hoy, casi cuatrocientos años después, muchos limeños se reencuentren en la Basílica Santuario de Santa Rosa de Lima, lugar que alguna vez acogió a la santa, todos los 30 de agosto. Rosa será siempre de Lima y Lima será siempre de Rosa.



Deja un comentario