A veces, el liderazgo académico se percibe como algo bastante interno. Decanatos, jefaturas, reuniones, presupuestos, planes de estudio. Pero cuando se está cerca de esos espacios sabemos que ahí se decide mucho más que lo administrativo. Se decide qué proyectos se priorizan, qué líneas de investigación se fortalecen, qué temas se incorporan al debate académico. Y eso, querámoslo o no, tiene impacto en la manera en que una sociedad piensa y se organiza. Por eso, importa quién lidera.
En este mes hemos querido reconocer a las primeras autoridades mujeres de nuestra PUCP: vicerrectoras, decanas[1] y jefas de departamento[2]. Nombrarlas, recordar sus trayectorias, detenernos un momento en lo que significó que asumieran esos cargos. No es un gesto protocolar. Durante años, esos espacios estuvieron ocupados casi exclusivamente por hombres. Que una mujer llegara a un vicerrectorado, decanato o a una jefatura era algo poco frecuente. No imposible, pero sí poco habitual.
Que una mujer llegara a un vicerrectorado, decanato o a una jefatura era algo poco frecuente. No imposible, pero sí poco habitual».
Esas primeras autoridades no solo cumplieron funciones. También marcaron un precedente. Mostraron que era posible. Que las mujeres podían -y debían- estar en los lugares donde se toman decisiones académicas relevantes. Para muchas otras, su presencia fue una referencia concreta, no teórica.
Celebrar esos hitos es justo. Y también es necesario. No porque hoy estemos en el mismo punto que hace décadas, sino porque entender de dónde venimos ayuda a valorar lo que se ha avanzado y a pensar con serenidad lo que aún podemos mejorar.
Si miramos la situación actual, veremos avances importantes. Pero también veremos que, en algunos campos del conocimiento, la participación de mujeres en los niveles más altos sigue siendo menor de lo que se esperaría. No es un diagnóstico alarmista: es una constatación que aparece en distintas universidades, aquí y fuera del país.
Si queremos más mujeres en decanatos, jefaturas o vicerrectorados en el futuro, necesitamos que haya más mujeres en las primeras etapas de la carrera docente, que puedan desarrollar trayectorias sostenidas, investigar, publicar, crecer académicamente».
Y esto nos lleva a una idea sencilla: el liderazgo no se construye solo en la cima. Se construye desde la base. Si queremos más mujeres en decanatos, jefaturas o vicerrectorados en el futuro, necesitamos que haya más mujeres en las primeras etapas de la carrera docente, que puedan desarrollar trayectorias sostenidas, investigar, publicar, crecer académicamente. Si la base es reducida, las posibilidades en los niveles superiores también lo serán. No por falta de talento, sino por simple dinámica institucional.
Esto no implica partir de cero ni desconocer lo que se ha hecho. Implica seguir afinando políticas, revisar prácticas cuando sea necesario, preguntarnos si las condiciones que ofrecemos permiten realmente proyectar una carrera académica a largo plazo. Son ajustes que forman parte del desarrollo natural de cualquier institución que busca mejorar.
Ahora bien, todo esto no ocurre en el vacío. Vivimos un momento en el que la democracia enfrenta tensiones en distintos lugares del mundo. Hay debates intensos, desconfianzas, cuestionamientos a consensos que parecían consolidados. En ese contexto, hablar de liderazgo femenino en la universidad no es un tema accesorio. Tiene que ver con cómo entendemos la representación, la inclusión y la calidad de nuestras instituciones.
En ese contexto, hablar de liderazgo femenino en la universidad no es un tema accesorio. Tiene que ver con cómo entendemos la representación, la inclusión y la calidad de nuestras instituciones».
Una democracia sólida no se mide solo por sus normas formales, sino también por quiénes participan en la toma de decisiones. Cuando los espacios de poder reflejan mejor la diversidad de la sociedad, las decisiones suelen ser más completas, más sensibles a distintas realidades.
La universidad tiene una responsabilidad particular en este punto. No solo transmite conocimientos técnicos; también forma criterio, cultura institucional, modos de ejercer autoridad. Lo que ocurre en sus órganos de gobierno y en sus facultades envía señales sobre qué tipo de liderazgo se considera legítimo.
Reconocer a las primeras autoridades es, entonces, un ejercicio de memoria. Pero también es una invitación a mirar hacia adelante. A preguntarnos cómo lograr que la presencia de mujeres en el liderazgo académico deje de ser noticia y pase a ser parte de la normalidad institucional.
Quizá el desafío ahora no sea abrir puertas —muchas ya se han abierto— sino asegurar que el camino sea cada vez más amplio y más accesible».
Quizá el desafío ahora no sea abrir puertas —muchas ya se han abierto— sino asegurar que el camino sea cada vez más amplio y más accesible. Que las jóvenes docentes e investigadoras puedan imaginarse en esos espacios sin sentir que están desafiando un molde preestablecido.
Liderar la universidad también es hacer democracia. Es decidir qué se investiga, qué se enseña, cómo se distribuyen los recursos, qué prioridades se establecen. Son decisiones que influyen más allá del campus.
Por eso, fortalecer el liderazgo de las mujeres en la vida académica no es una agenda aislada: es parte de una visión más amplia de universidad y de sociedad. Celebramos a quienes abrieron camino. Y, al mismo tiempo, asumimos el compromiso de seguir creando condiciones para que muchas más puedan recorrerlo con naturalidad.
Porque una universidad más igualitaria no solo es más justa hacia dentro, también contribuye, desde su propio ámbito, a una democracia más sólida hacia fuera.



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