Pedaleo correctamente por una ciclovía, cuando de pronto una 4×4 se mete, a todo motor, en la angosta pista que algunos generosos municipios han construido para quienes confiamos en la humilde bicicleta. Más allá, una camioneta que despacha pan hace lo mismo, sin rubor alguno; y luego, en un cruce, una ruidosa moto entra al carril y zumba frente a mí en sentido contrario.
A todos los ciclistas nos ocurre eso a diario, aunque hay cosas peores. Según un informe del Observatorio Nacional de Seguridad Vial, entre el 2020 y el 2024, murieron en Lima 59 ciclistas, algunos de ellos aplastados por la imprudencia de los locos del volante. Yo la he visto cerca alguna vez. He terminado en una clínica incluso, luego de que un microbús gigante “no me vio” -porque, entérense, los ciclistas somos invisibles- y al rozarme me hizo rodar varios metros.
59 ciclistas murieron
entre el 2020 y el 2024 según un informe del Observatorio Nacional de Seguridad Vial.
La explicación de por qué no se usa más la bicicleta en Lima es cuantitativa y, sobre todo, cultural. En esta brumosa y asfixiante ciudad, hay solamente 323 kilómetros de ciclovías para una población de más 10 millones de habitantes; en Bogotá, para sus poco más de ocho millones de ciudadanos, existen 600 kilómetros de ciclorrutas, con algunos puentes incluidos.
Pero lo más grave es la escasa cultura de respeto al ciclista. A numerosos choferes de auto, o de moto, les parecemos un estorbo. Por eso, se meten impunemente a las ciclovías. Para nosotros, no hay justicia poética ni ciudadana. Lo mismo pueden descargar ladrillos en medio de nuestro camino como pueden dejar un montón de basura y desmonte, sin que el cielo se estremezca.
Varias veces me he quejado con un sereno, o un policía, por estas tropelías y, por lo general, la repuesta ha sido “no nos hacen caso”. Así, los ciclistas terminamos siendo casi unos apestados, unos locos que, al abrazar la herejía de no usar auto y querer una ciudad más respirable, terminamos siendo ninguneados. Nos discriminan sin piedad por ser pacíficos antisistema.
Lo más grave es la escasa cultura de respeto al ciclista. A numerosos choferes de auto, o de moto, les parecemos un estorbo. Por eso, se meten impunemente a las ciclovías».
Parte de la incultura ciclística, además, consiste en creer que el único vehículo decente en este mundo es el auto. En decirle al profe universitario que “cómo se le ocurre ir en bicicleta si es un profesional”. O al conferencista que no puede entrar porque no hay dónde estacionarse. En una oportunidad, me invitaron a un evento en la Comunidad Andina y el vigilante me espetó, solemne, “que no podía entrar con mi bicicleta porque por allí entraban muchos diplomáticos”.
Lo más delirante es que la conferencia era sobre cambio climático, un problema frente al cual la modesta bici hace su pequeña chamba, esa que no hacen las pomposas autoridades que hablan de sostenibilidad y no pueden sostenerse ni una cuadra sobre dos ruedas. No hay incentivos para el ciclista, hay asedio. La Ley N.º 30936, promulgada el 2019, tiene ribetes interesantes, aunque a la vez exhibe una carga punitiva fuerte, por no usar casco o no vestirse adecuadamente.
Mientras la ciudad se debate furiosamente en torno a un tren desvencijado, el humo de Lima crece, el tráfico se anuda y la obesidad se vuelve una plaga. Necesitamos una suerte de revolución ciclística. Y eso vale también para la Universidad».
¡De eso se habló más en los medios y las redes sociales cuando la aprobaron! Más importante era lo que no tenías que hacer frente a lo que tenían que hacer los no ciclistas para que la vida se nos haga más fácil. No se habló de las ventajas de este transporte, de cómo ayudaría a la ciudad, de cómo mejoraría la salud de la población. No. Los temas principales eran “cómprate tu casco y no te subas a la vereda”. Nunca me he opuesto a una regulación. Los ciclistas tenemos que ser respetuosos. Solo que somos una minoría a la que se le exige lo que la mayoría no cumple.
Y mientras la ciudad se debate furiosamente en torno a un tren desvencijado, el humo de Lima crece, el tráfico se anuda y la obesidad se vuelve una plaga. Necesitamos una suerte de revolución ciclística. Que no comenzará si no se asume que esta ciudad no da más sumida en sus humos, su tráfico de espanto y sus pobres áreas verdes. Y eso vale también para la Universidad.
Los estudiantes que vayan en bicicleta podrían ganar créditos. Y los profesores o trabajadores que lo hagan recibir incentivos laborales. También hace falta más estacionamientos sostenibles en el campus. Sueño con un ‘Día sin auto en la PUCP’, pero tal vez sea mucho pedir de momento. Con que se tomen esas medidas y se aliente a los ciclistas, así como se hace con los estudiantes para que suban por las escaleras en vez de usar el ascensor, ya avanzaríamos.



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