Es común hoy reconocer que muchos – me incluyo – evitamos mirar los noticieros para no enfermarnos con tanta violencia y muerte que azota a nuestro país, o con la mezquina y empequeñecida vida política nacional. Diría que andamos como agotados o, repitiendo las palabras de Jesús de Nazaret, andamos como ovejas sin pastor. En estos tiempos difíciles para el país, en los que la esperanza parece disolverse diariamente, uno se podría preguntar por qué conmemorar las Fiestas Patrias.
En un diálogo reciente, me preguntaron: ¿cómo es posible la espiritualidad y hacer teología desde Gaza? Podríamos plantear la misma pregunta considerando la realidad el país: ¿cómo es posible la espiritualidad y hacer teología en tiempos de extorsiones, violencia y crisis política? Desde la mirada de la fe, por supuesto que es posible. La vida espiritual y la reflexión teológica se anclan en la experiencia de ser amados/as gratuitamente por Dios, cuyo amor estructura la vida humana con hondura. En el amor recibido conocemos – afectiva e intelectualmente – cuánto sentido y dignidad tiene nuestra vida y la de cada ser humano, de quien además soy hermano y hermana en Dios Padre/Madre. Ese amor interrumpe todo conflicto, toda polarización, toda enemistad y toda ruptura entre hermanos, para abrir la posibilidad del encuentro, del diálogo, la reconciliación y la misericordia. Posibilidad que siempre es invitación.
En el amor recibido conocemos – afectiva e intelectualmente – cuánto sentido y dignidad tiene nuestra vida y la de cada ser humano».
Por tanto, desde una perspectiva cristiana, la fe, anclada en el amor fundante de Dios, nos invita a mirar la realidad en la que vivimos con nuevos ojos y a sentirla con el corazón. Reconocemos la fe como un don de Dios, como una gracia que nos impulsa a nuevos horizontes, a mirar la vida y sus cambiantes contextos como lugares donde escrutar el Misterio. Es decir, la fe nos moviliza a vivir el tiempo presente con hondura espiritual, acogiendo sus durezas y también la esperanza que crece como el trigo junto a la cizaña. Nos toca, entonces, acoger y provocar la esperanza como consecuencia del ser amados por el Amor.
Fiestas Patrias: caridad y conciencia ciudadana
Ahora bien, como dice Ignacio de Loyola, el amor “se ha de poner más en las obras que en las palabras”. El amor necesita la manifestación tangible del gesto, la palabra y el acto, a través de los cuales se hace carne en la realidad. Por ello, el amor es siempre provocación. Provoca primero nuestro conocimiento al tocar nuestros afectos y entendimiento. El amor nos da una nueva comprensión de nosotros mismos, de nuestras relaciones con los demás y con la creación, y también del lugar que tenemos en nuestro contexto, de la tarea que nos toca asumir en la realidad del país. En segundo lugar, el amor provoca la acción. Pero no la acción extravagante y llamativa, sino la cotidiana, aquella en la que la gracia divina irrumpe como acto de amor. Lo vemos en los actos de compromiso ciudadano, en la creciente conciencia ecológica, en la resistencia a vivir en un clima de zozobra y violencia, en las actividades de voluntariado y de caridad, y así, en cada opción por resistir, y por compartir y entregar la vida.
Recordar al amor en estas Fiestas Patrias, a las que llegamos con un escenario desesperanzador y apático, puede ayudar a desestabilizar nuestras indiferencias y ponernos en movimiento transformador».
“Solo el amor transformará el mundo”. Se suele asociar esta frase con Hannah Arendt, dada la conexión que en su madurez encontró la filósofa entre el amor, la política y la acción. De la expresión, solo cambiaría el tiempo del verbo, de futuro a presente, pues el amor ya está transformando el mundo, nuestro mundo. Pero una expresión que sí pertenece a Arendt es la de amor mundi, una aparente secularización del amor divino que recoge la centralidad de la gratitud y la responsabilidad con los demás y con la realidad. Se trata de una apertura al mundo desde la novedad de cada comienzo. Así, incorporando esta intuición de Arendt pero caminando un poco más, podemos decir que el amor al mundo es amor de Dios. En el amor, se realiza la gratuidad perenne de Dios en medio de nosotros.
Recordar al amor en estas Fiestas Patrias, a las que llegamos con un escenario desesperanzador y apático, puede ayudar a desestabilizar nuestras indiferencias y ponernos en movimiento transformador. El mayor gesto de amor – como irrupción de la gracia de Dios en nuestra historia – no será, ciertamente, poner atención a las noticias o al discurso del 28, sino sostener la esperanza activa en que el país puede cambiar y de hecho va cambiando. Para nosotros, ese amor Dei – amor mundi se realiza en nuestros compromisos académicos cumplidos con actitud ética, con compromiso de cuidado y ciudadanía, y en la generación de un conocimiento que haga soñar a docentes y estudiantes con la posibilidad de cambiar el país para mejor, especialmente para beneficio de nuestros hermanos y hermanas excluidos, y de nuestra casa común. Es así como ponemos el amor al Perú, amor de Dios, siempre en las obras.



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