Soy peruano y he vivido largos periodos tanto en Lima como en Berlín. Esta experiencia me ha permitido comparar cómo cada ciudad moldea nuestros hábitos de movilidad y nuestra relación con el espacio urbano.
Lima: una ciudad que empuja hacia el automóvil
Lima es una metrópoli inmensa y vibrante, pero profundamente dependiente del automóvil. Su infraestructura prioriza los autos y no a las personas. Calles amplias, avenidas congestionadas, veredas incómodas y escasos espacios peatonales hacen que caminar o ir en bicicleta sea, muchas veces, incómodo o riesgoso.
A ello se suma la ineficiencia del transporte público. Según el TomTom Traffic Index 2024, Lima ocupa el puesto 9 entre las ciudades con peor tráfico del mundo y el puesto 2 en Sudamérica. Los limeños pasamos más de 150 horas al año atrapados en la congestión.
El Metropolitano, los corredores y el metro operan casi de forma aislada, sin mapas ni horarios confiables. El llamado “Sistema Integrado de Transporte” es más un conjunto disperso de servicios que una red funcional.
Incluso en Lima, cada paso cuenta: caminar más, usar la bicicleta o exigir mejores espacios públicos también es una forma de ser parte del cambio».
El entorno urbano tampoco ayuda. Lima es una ciudad desértica, con poca vegetación y sin políticas sostenidas de arborización. La falta de sombra desincentiva formas activas de movilizarse, sobre todo en los meses más soleados. Mientras en otras ciudades las calles invitan a pasear; en Lima, el entorno empuja a buscar refugio dentro de un vehículo.
Además, en Lima el automóvil representa estatus. Tener auto simboliza progreso, independencia y protección frente al caos. En Berlín, en cambio, el valor social está en la eficiencia, la sostenibilidad y el orgullo de usar medios de transporte colectivos o activos.
La inseguridad agrava el problema. Según Lima Cómo Vamos, es la segunda mayor preocupación de los limeños, después del transporte. Caminar o esperar un bus puede generar miedo. En resumen, Lima te obliga a depender del auto: por comodidad, por seguridad y por simple supervivencia urbana.
Berlín: una ciudad que te invita a ser parte de ella
Berlín ofrece una experiencia completamente distinta. Aunque el clima es frío gran parte del año, la ciudad está diseñada para el peatón y ciclistas. Sus calles tienen amplias aceras, cruces seguros y semáforos bien sincronizados. El transporte público —trenes, metro, tranvías, autobuses y bicicletas compartidas— es eficiente, confiable e integrado bajo la red BVG, lo que facilita la multimodalidad.
Mapas claros, horarios exactos y una aplicación móvil simplifican cualquier desplazamiento. Además, Berlín es una ciudad verde: parques, avenidas arboladas y corredores naturales atraviesan los barrios. Caminar en Berlín es casi terapéutico: el verde, el aire limpio y la tranquilidad generan bienestar. En Lima, en cambio, caminar se siente como una defensa, una pequeña batalla diaria. No es casualidad que el automóvil sea, para muchos berlineses, un recurso ocasional más que una necesidad.
De las estadísticas personales a las diferencias urbanas
Mis propios datos reflejan esta diferencia. Según mi cronología de Google Maps:
- A pie: en Berlín, camino en promedio 65 km al mes, frente a solo 12 km en Lima
- Uso del automóvil: en Berlín, 5 km al mes; en Lima, 588 km
- Transporte público: en Berlín, 357 km; en Lima, 8 km al mes
Estas cifras muestran que el diseño urbano determina nuestros hábitos. Cuando una ciudad ofrece espacios seguros, transporte eficiente y áreas verdes, uno tiende a integrarse con ella. Cuando no lo hace, termina aislado dentro de un vehículo.
Conclusión: ciudades que te incluyen y ciudades que te excluyen
Berlín y Lima representan dos modelos urbanos opuestos. Berlín te incluye: te invita a caminar, usar transporte público y disfrutar la ciudad. Lima, en cambio, te excluye. Su falta de integración, su inseguridad y su dependencia del auto dificultan una vida urbana activa y saludable.
Soy la misma persona, Krishan Barr, en Lima y en Berlín, pero el diseño de cada ciudad moldea mis pasos. No cambié yo: cambió el entorno que me invita —o no— a moverme distinto».
Vivir nuevamente en Berlín me recordó que la movilidad no es solo transporte, sino calidad de vida y pertenencia. Pasar de 12 km a 65 km caminados al mes, de 5 km a 588 km en auto y de 10 km a 357 km en transporte público refleja no solo una diferencia de movilidad, sino de filosofía urbana. Berlín me invita a ser parte de la ciudad; Lima, lamentablemente, aún me obliga a escapar de ella.
Pero incluso en Lima, cada paso cuenta: caminar más, usar la bicicleta o exigir mejores espacios públicos también es una forma de ser parte del cambio. Porque transformar la ciudad empieza por cambiar la manera en que la habitamos.
Soy la misma persona, Krishan Barr, en Lima y en Berlín, pero el diseño de cada ciudad moldea mis pasos. No cambié yo: cambió el entorno que me invita —o no— a moverme distinto.



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