La genética tiene un nuevo artículo: «Human population history on the North Coast of Peru from Y chromosomes and mitogenomes«. Este presenta un muestreo rigurosamente diseñado: 76 perfiles del cromosoma Y, así como 143 mitogenomas completos, tomados en puntos estratégicos de la costa norte, analizados y comparados con ADN antiguo de contextos arqueológicos. A partir de ese cruce de datos, el estudio documenta la presencia de haplogrupos y haplotipos “encontrados solo en la costa norte”. Asimismo, propone que la larga historia demográfica de la zona dejó señales detectables en las poblaciones actuales. Estos resultados aportan una dimensión cuantitativa a debates arqueológicos sobre el tamaño poblacional, la movilidad y las redes de interacción que sostuvieron sociedades complejas como las de Moche y Chimú.
Para la autora principal, Dra. Chiara Barbieri (Universidad de Cagliari – Universidad de Zúrich), especialista en genética evolutiva humana, la genética no es un fin en sí mismo sino una herramienta para dialogar con la arqueología y la historia local. Y es justo ese diálogo el que permite plantear hipótesis sobre continuidad poblacional, migraciones internas, y contactos con áreas andinas y amazónicas. Ella presentó estos hallazgos en Lima durante una breve visita a la PUCP a finales de agosto, donde participó en la proyección y conversatorio del documental Finding First Peoples: The Mapuche, y dictó la ponencia magistral “El Perú indígena: orígenes y (pre)historia genética” en el Auditorio de Humanidades, actividades organizadas por la Facultad de Letras y Ciencias Humanas.
Investigación genética en la costa norte del Perú
¿Qué motivó a tu equipo a centrar el estudio en la costa norte del Perú, en la parte andina y en la zona del lago Titicaca?
Ya hemos hecho varios estudios de genética en varias partes de Perú, pues cuenta con una diversidad cultural muy alta. Nos dimos cuenta de que siempre hay un enfoque un poco más en la parte sur, hacia el Cusco, el Titicaca, los Inca y los Tiahuanaco. No se habla, por lo menos lo suficiente, de la cultura del norte. Entonces, como ya la arqueología nos cuenta mucho, queremos complementar esa información con el estudio genético. En particular, queremos conocer la historia de las personas de hoy. Ahora disponemos de ADN antiguo de buena calidad de varios sitios del norte, lo que nos permite comparar directamente las poblaciones actuales con quienes habitaron esos lugares, y relacionar la historia genética de las personas de hoy con la de las personas que vivieron y que dejaron su historia en los sitios arqueológicos.
Como ya la arqueología nos cuenta mucho, queremos complementar esa información con el estudio genético. Queremos conocer la historia de las personas de hoy. Ahora disponemos de ADN antiguo de buena calidad de varios sitios del norte, lo que nos permite comparar directamente con las poblaciones actuales».
¿Cómo nace tu interés en esta zona del Perú?
Es un interés general en preguntas antropológicas, herramientas de la genética y técnica. Pero la región en particular tiene una historia increíble que simplemente nos deja emocionados. Uno empieza visitando los museos, a leer los libros y piensa ¿qué pasó por allá? ¿por qué? Yo quiero conocer más. Viajando lo más lejos, uno conoce un poco más también de su propia historia.
Hipótesis, hallazgos y especificidad genética
¿Hay alguna hipótesis inicial que les sorprendiera validar o refutar?
Vemos que la componente genética nativa americana —la heredada de los primeros pobladores— tiene un porcentaje muy alto en la costa norte. Aunque existe mestizaje, la señal indígena permanece intensa allí y resulta distinta a la de otras regiones del Perú y Sudamérica, según nuestras bases de datos previas. La historia genética de la costa norte de Perú es bastante específica del lugar: hay linajes que no aparecen en otras partes del país y la relación con la sierra o la Amazonía no es preferencial. Esta diversidad apunta a un amplio tamaño poblacional en el pasado: sociedades numerosas y conectadas por redes que se mantuvieron a lo largo de varias etapas culturales (Moche, Chimú, Lambayeque, Sicán). Además, algunos perfiles de ADN antiguo de sitios como El Brujo y Huaca Prieta muestran parentesco claro con habitantes actuales, lo que sugiere continuidad genética local.
El estudio plantea una división norte-sur, ¿cómo interpretas esta separación y los factores geográficos, comerciales y políticos del momento?
Podemos analizar a nivel microgeográfico si hay distinciones entre pueblos de la costa norte. Encontramos que las personas de Magdalena de Cao presentan un perfil genético distinto al de Lambayeque, Piura y Tumbes. Esa demarcación ya aparece en el registro arqueológico desde el primer siglo del primer milenio, y coincide parcialmente con una división lingüística entre áreas de habla mochica y quingnam. En suma, existe una correspondencia arqueológica, lingüística y genética que aún se observa en los habitantes actuales.
La historia genética de la costa norte de Perú es bastante específica del lugar: hay linajes que no aparecen en otras partes del país y la relación con la sierra o la Amazonía no es preferencial».
Acabas de mencionar que Magdalena de Cao presenta un perfil genético muy particular. ¿Qué hipótesis manejas para explicar esta singularidad?
La población fue amplia y albergó linajes diversos; algunos muestran una continuidad genética notable. Esos linajes dejaron descendencia visible hoy y, con nuestros datos, aparecen de forma bastante específica en la región. En los próximos años, nuevos estudios de ADN antiguo permitirán volver a analizar y ampliar estas conexiones. Por ahora, ya identificamos vínculos que tienen valor para comprender a la población actual.
En nuestra conversación, has hablado de la cultura Moche, Chimú, Lambayeque, Sicán. ¿Qué relación encontraste en el estudio entre la estructura genética costera y los procesos históricos de la expansión de estas culturas?
Esas culturas mantuvieron redes comerciales y culturales con regiones vecinas, pero conservaron rasgos propios y una continuidad poblacional notable. La genética nos muestra quién se quedó y dejó descendencia —no capta a los viajeros que no se establecieron—, y ese patrón indica poblaciones amplias y conectadas. La evidencia arqueológica de ciudades y redes de intercambio refuerza esta lectura: esos sistemas sociales complejos dejaron huellas genéticas que todavía reconocemos en las poblaciones actuales.
Herramientas de la genética y conexiones culturales
Ustedes trabajan con líneas uniparentales, YSDR y mitogenomas. ¿Qué ventajas y limitaciones tiene ese enfoque para reconstruir la historia demográfica local frente a otros estudios?
También realizamos estudios autosómicos con los mismos participantes y ya publicamos esos resultados en un trabajo de alcance continental; en este artículo, nos centramos en la historia particular de la costa norte. Los linajes uniparentales —el cromosoma Y, transmitido por la línea paterna, y el mitocondrial, heredado por vía materna— permiten reconstruir árboles de parentesco directos. Además, el ADN mitocondrial suele preservarse bien en restos antiguos, por lo que las comparaciones entre mitogenomas modernos y antiguos resultan especialmente robustas. En conjunto, estudios autosómicos y linajes uniparentales ofrecen perspectivas complementarias: los primeros describen la mezcla y la estructura global, mientras que Y y mtDNA trazan filiaciones directas y fortalecen las inferencias sobre continuidad y relaciones locales.
Este estudio complementa los análisis autosómicos previos y coloca a la costa norte como protagonista del artículo: ofrece una perspectiva focalizada en su contexto arqueológico y sus preguntas específicas. Al integrar estos resultados con los datos autosómicos existentes, contribuimos a enriquecer el mapa genético del Perú y de Sudamérica, permitiendo contar con más detalle la diversidad histórica y las relaciones entre poblaciones precoloniales.
Aunque una lengua ya no se hable como idioma principal, no desaparece del todo. Siempre quedan rastros en palabras aisladas, apellidos y topónimos que conservan parte de esa memoria cultural».
¿Puede la genética ayudar a recuperar o complementar historias culturales perdidas?
Yo pienso que sí. Aunque una lengua ya no se hable como idioma principal, no desaparece del todo. Siempre quedan rastros en palabras aisladas, apellidos y topónimos que conservan parte de esa memoria cultural. Ese sustrato lingüístico se mantiene incluso después de siglos de la llegada de los españoles, por lo que no se pierde al cien por ciento. También la manera de hablar, lo que llamamos acento, refleja esa herencia. Este fenómeno ocurre en todo el mundo y demuestra que las lenguas dejan huellas más allá de su uso cotidiano. En ese sentido, la genética puede acompañar y complementar estos relatos, ofreciendo una vía científica para reconocer esas continuidades históricas y, al mismo tiempo, valorar las raíces prehispánicas de las comunidades actuales.
¿Y detectaron mezclas con genética europea o asiática también?
En las poblaciones de la costa norte, se observa un pequeño aporte genético europeo y africano, aunque la presencia nativa americana sigue siendo dominante. Sin embargo, la identidad no depende solo de porcentajes o linajes, sino de cómo las personas se reconocen a sí mismas en su historia. Esa información genética puede enriquecer la comprensión del mestizaje y, sobre todo, contribuir a valorar las raíces prehispánicas. Compartir estos hallazgos de forma positiva permite que las comunidades se sientan parte de ese legado y lo integren a su identidad cultural.
Comunidades locales y futuro de la investigación
¿Cómo fue el trabajo con las comunidades ahora en este momento?
Pasó bastante tiempo desde la recolección de los datos genéticos. En esa etapa, contamos con el apoyo de la USAT de Chiclayo, que compartía el interés de difundir conocimiento y promover la participación comunitaria. Gracias a su logística pudimos conectarnos con distintas comunidades, aunque muchas personas ya no recordaban el momento de la toma de muestras. El estudio, sin embargo, no se centra en individuos, sino en la comunidad y en la historia genética de sus antepasados. Por eso, dialogamos con escuelas, profesores y representantes culturales, escuchamos sus preguntas, y cómo relacionaban los resultados con su propia historia. El siguiente paso sería elaborar un reporte accesible en castellano, que pueda compartirse ampliamente entre quienes deseen conocer y valorar ese legado.
La identidad no depende solo de porcentajes o linajes, sino de cómo las personas se reconocen a sí mismas en su historia».
¿Qué preguntas abiertas dejó el estudio y cuáles son los siguientes pasos del equipo?
Quedan preguntas abiertas, por ejemplo, hasta dónde llega hacia el sur el componente histórico que observamos. Más allá de Trujillo hay pueblos que sería valioso incluir, así como zonas andinas donde se hablan variedades de quechua, como Incahuasi, Ferreñafe o Cañares. Allí surgiría la duda de cómo aparecería su historia genética en relación con la costa norte. Aún falta completar este mapa y responder a interrogantes mayores sobre el continente: quiénes fueron los primeros pobladores, cómo se relacionaban entre sí y en qué momento llegaron. La arqueología a veces propone fechas más antiguas de ingreso que la genética. Es probable que en los próximos años surjan nuevos estudios capaces de replantear incluso lo que se ha escrito en los libros de historia.


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