El Perú envejece: los desafíos de una sociedad que vivirá más
El 14.3% de la población peruana tiene 60 años o más. El cambio demográfico ya alcanza a los hogares, y plantea desafíos para la salud, las pensiones, el trabajo, los cuidados y la vida familiar. Cuatro especialistas de la PUCP hablan —desde la ingeniería biomédica, la economía, la gerontología social y la psicología— para entender qué tan preparado está el país frente a este cambio.
Reportaje
Eduardo Dávila Lynch
El Informe Técnico Situación de la Población Adulta Mayor, publicado por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), señala que el 14.3% de la población peruana tendrá 60 años o más en 2026. En 1950, este grupo representaba apenas el 5.7%. El cambio también se observa dentro de los hogares: durante el primer trimestre de 2026, el 44.9% de los hogares del país tenía al menos una persona adulta mayor, proporción que llegó al 50.2% en el área rural.
El Perú, entonces, ya está envejeciendo. La pregunta es qué significa ese proceso para una sociedad que todavía mantiene instituciones, ciudades y sistemas de protección diseñados bajo una estructura poblacional mucho más joven. El cambio será todavía más profundo: según el INEI, el índice de dependencia de la población adulta mayor pasó de 10.7% en 1950 a 23.6% en 2026, y para 2050 llegaría al 41.5%. Dicho de otra manera, mientras en 1950 había nueve personas de 15 a 59 años por cada adulto mayor, en 2026 hay cuatro y en 2050 serían apenas dos.
El Perú está envejeciendo. La pregunta es qué significa ese proceso para una sociedad que todavía mantiene instituciones, ciudades y sistemas de protección diseñados bajo una estructura poblacional mucho más joven.
La especialista en gerontología social Mag. Raquel Cuentas explica que el país atraviesa una megatendencia que está modificando la estructura de la población a una velocidad inédita. En Europa y Asia, procesos similares tomaron más de un siglo; en América Latina, el cambio ocurre en menos de seis décadas. El aumento de la esperanza de vida, los avances médicos, la reducción del número de hijos y las migraciones internas explican parte de esta transformación. También cambia el lugar donde las personas envejecen: muchas se trasladan durante su vida laboral y permanecen en las ciudades donde construyeron sus proyectos.
El Perú pasó de tener alrededor de 1.9 millones de adultos mayores en el año 2000 a unos 5.5 millones en la actualidad. Para 2050, según la proyección planteada por Cuentas, podría representar aproximadamente la cuarta parte de la población.
Pero las cifras nacionales esconden diferencias: Moquegua y Tumbes presentan procesos de envejecimiento más avanzados, la Amazonía mantiene una población relativamente más joven, mientras que Lima experimenta un envejecimiento acelerado y desigual entre sus distritos.
A lo largo del curso de vida vamos acumulando déficits, pero también ganancias. Por eso, un Estado responsable y una política integral deben mirar cómo ha sido ese recorrido y qué desafíos es necesario atender para evitar que las brechas se sigan acumulando”.
El fenómeno tampoco puede entenderse únicamente como un asunto de personas mayores. La forma en que se llega a esa etapa depende de condiciones construidas durante toda la vida. Esa es una de las primeras advertencias de Cuentas: «Lo que vivimos en una etapa de la vida, si no se resuelve, puede acumularse y trasladarse a la siguiente. A lo largo del curso de vida vamos acumulando déficits, pero también ganancias. Por eso, un Estado responsable y una política integral deben mirar cómo ha sido ese recorrido y qué desafíos es necesario atender para evitar que las brechas se sigan acumulando”.
La vejez, bajo esta mirada, no empieza a los 60 años: sus condiciones se construyen desde mucho antes. Una infancia marcada por anemia, el abandono escolar durante la adolescencia o una trayectoria laboral informal pueden producir desventajas que reaparecen décadas después. El envejecimiento poblacional obliga, por eso, a revisar políticas que tradicionalmente se han diseñado por etapas. La discusión sobre la vejez también aborda infancia, educación, empleo, salud, vivienda y protección social.
La vejez no empieza a los 60 años: sus condiciones se construyen desde mucho antes. Una infancia marcada por anemia, el abandono escolar durante la adolescencia o una trayectoria laboral informal pueden producir desventajas que reaparecen décadas después.
Vivir más no significa vivir mejor
La salud será uno de los primeros espacios donde se sentirá el cambio. Pero los especialistas consultados coinciden en que el envejecimiento saludable no puede medirse únicamente por la ausencia de enfermedades.
La investigadora en ingeniería biomédica Dra. Fanny Casado identifica un problema previo: el país todavía no conoce suficientemente cómo envejecen sus propios ciudadanos. «Creo que es la falta de información. Desde la ingeniería biomédica pensamos que la salud tiene tres grandes aspectos: biológica, psicológica, social. Desde el punto de vista biológico, tenemos mucha información de otros países. Pero donde hay menos información es en los procesos psicosociales de cómo esta biología va a responder a esta nueva sociedad peruana, porque el Perú tiene una historia diferente a otros países».
Desde el punto de vista biológico, tenemos mucha información de otros países. Pero donde hay menos información es en los procesos psicosociales de cómo esta biología va a responder a esta nueva sociedad peruana».
La ausencia de información local limita las respuestas. La historia familiar, las costumbres, la alimentación, las condiciones laborales y las diferencias territoriales pueden modificar la manera en que una persona envejece. Casado trabaja desde la ingeniería biomédica con una distinción que permite observar la vejez desde otro ángulo: fragilidad y robustez. Una persona frágil puede no tener una enfermedad específica y, sin embargo, ser vulnerable ante cambios relativamente pequeños.
La evaluación que ella y su equipo realizan considera capacidades cotidianas. La velocidad al caminar, la posibilidad de levantarse de una silla, la fuerza de agarre y otras pruebas permiten conocer la capacidad funcional de una persona. Esta mirada también puede cambiar decisiones clínicas: dos personas de la misma edad pueden tener respuestas muy diferentes ante una enfermedad o un tratamiento y la edad cronológica, por sí sola, no explica toda la situación. Por eso, Casado cuestiona que se utilicen sin adaptación parámetros construidos en otros países.
¿Qué significa envejecer bien?
En un estudio reciente sobre fuerza de agarre, publicado este año en la revista Human Movement, “Cutoff points for grip strength with a credibility interval as an alternative method to determine frailty assessment in older adults”, Casado y un equipo de especialistas encontraron que determinados valores de referencia internacionales podrían no reflejar adecuadamente las características de la población peruana y llegar a clasificar como frágiles a personas consideradas funcionalmente sanas. Una dificultad adicional, explica, es que buena parte de los datos longitudinales disponibles en el país todavía no proviene de la población general, sino de instituciones castrenses que han conservado durante décadas registros médicos de sus veteranos.
Para Casado, esta diferencia también obliga a repensar qué entendemos por envejecimiento saludable. “Que mantengan un propósito. Ya no se habla de enfermedad, sino de ser frágil o robusto. Aquel que tiene un envejecimiento saludable es aquel que sigue siendo independiente, sigue integrado, sigue cumpliendo un rol y sigue sintiéndose autónomo”, señala. La autonomía, entonces, puede ser tan importante como la salud física: una persona puede necesitar un bastón, apoyo para determinadas tareas o convivir con una enfermedad crónica, y, aun así, conservar la capacidad de decidir sobre su vida, mantener vínculos sociales y cumplir un rol dentro de su familia o comunidad.
Independencia vs. autonomía
La psicóloga y especialista del programa Universidad de la Experiencia (UNEX) de la PUCP Mag. Rosa Rodríguez Reaño insiste en diferenciar independencia y autonomía. La primera puede disminuir con el paso del tiempo, la segunda puede mantenerse. «Podemos perder la independencia. Podemos depender de unos anteojos, de un bastón, de un andador, de una silla de ruedas o de una persona. Pero eso no necesariamente nos tiene que restar autonomía. Lo importante es que la persona mayor siga siendo capaz de tomar sus propias decisiones, más allá de que dependa o no de algo o de alguien». La distinción es relevante para pensar los cuidados: ayudar a una persona mayor no debería significar sustituir su voluntad. El propio entorno puede favorecer o limitar esa autonomía. Una vivienda con escaleras, una calle difícil de cruzar o un trámite exclusivamente digital pueden convertir una dificultad funcional en dependencia.
Podemos depender de unos anteojos, de un bastón, de un andador, de una silla de ruedas o de una persona. Pero eso no necesariamente nos tiene que restar autonomía. Lo importante es que la persona mayor siga siendo capaz de tomar sus propias decisiones».
Casado plantea que las innovaciones tecnológicas deberían responder precisamente a esos problemas cotidianos. «Todas aquellas innovaciones que logren mantenerlos independientes la mayor cantidad del tiempo son importantes. Los principales problemas tienen que ver con movilidad, rodillas, artritis en las manos, abrir latas o agarrar cosas. Las intervenciones que permitan seguir haciendo las tareas cotidianas son importantes». Lo ilustra con un caso que trabajó junto a sus alumnos de primer año de Ingeniería Biomédica, a quienes cada ciclo pide diseñar un producto que resuelva un problema real de un adulto mayor: el de un taxista con artritis en las manos, incapaz ya de escurrir el trapo con el que limpiaba su auto. Sus estudiantes diseñaron un dispositivo que aprovechaba la fuerza centrípeta, con el mismo principio de una ensaladera giratoria, así se puede resolver el problema sin necesidad de presión manual. La solución, aunque técnicamente sencilla, le devolvió al taxista una sensación de dignidad y utilidad. La tecnología, entonces, no aparece como una forma de reemplazar a las personas: su propósito sería permitir que continúen haciendo por sí mismas aquello que todavía pueden hacer.
La arquitectura institucional para las personas mayores existe, pero tiene un enfoque asistencial y reactivo. No es preventivo ni prospectivo. Los planes siguen tratando al adulto mayor como sujeto vulnerable y no como sujeto de derechos con capacidad de participación».
Esto también requiere transformar la formación profesional. Casado señala que la geriatría continúa siendo un curso electivo en la formación médica de algunas universidades y considera necesario que se convierta en una especialidad con mayor presencia, dado que los exámenes de sangre y la respuesta a ciertos fármacos en un adulto mayor difieren de los de un adulto joven. El sistema sanitario tendrá que prepararse para atender a una población con más enfermedades crónicas, pero también con necesidades de rehabilitación, prevención, salud mental y acompañamiento.
Cuentas advierte que la preparación actual es insuficiente. El país tiene una arquitectura institucional para las personas mayores, pero buena parte de ella continúa funcionando desde una lógica asistencial. «La estructura existe, pero tiene un enfoque asistencial y reactivo. No es preventivo ni prospectivo. Los planes siguen tratando al adulto mayor como sujeto vulnerable y no como sujeto de derechos con capacidad de participación». La diferencia entre ambos enfoques no es menor: el primero espera que aparezca una necesidad para responder; el segundo intenta anticiparse.
Envejecer sin pensión: la factura de la informalidad
El envejecimiento también modificará la economía. Menos personas estarán en edad de trabajar por cada adulto mayor, y aumentará la presión sobre las pensiones, la salud y los servicios de cuidado.
El investigador en economía Dr. Javier Olivera considera que todavía existe una oportunidad para actuar. La ventana demográfica actual permite invertir en educación y productividad antes de que la relación entre población activa y población dependiente cambie más profundamente. «Todavía hay algunos años de ventana de oportunidad. La relación de dependientes no es tan grande. Entonces, se puede invertir todavía en educación técnica y educación secundaria, y hacer más productiva esa fuerza laboral. Pero de aquí a veinte años ya no va a ser ese el caso. La cantidad de gente adulta mayor va a ser muy grande».
Todavía hay algunos años de ventana de oportunidad. La relación de dependientes no es tan grande. Entonces, se puede invertir todavía en educación técnica y educación secundaria, y hacer más productiva esa fuerza laboral. Pero de aquí a veinte años la cantidad de gente adulta mayor va a ser muy grande».
El problema previsional comienza mucho antes de la jubilación. Entre abril de 2025 y marzo de 2026, el 77.6% de la población adulta mayor ocupada tenía un empleo informal. El ingreso promedio mensual de los adultos mayores ocupados fue de S/ 1,587 La diferencia entre hombres y mujeres también es significativa: ellos recibieron en promedio S/ 1,747, mientras que ellas alcanzaron S/ 1,332. Olivera advierte que la cobertura previsional tampoco refleja necesariamente quién está efectivamente protegido: el 37.7% de los adultos mayores ocupados figura afiliado a un sistema previsional, pero la cantidad de personas que realmente cotiza es menor. «Esa cifra revela que Perú es un país informal, donde solo el 25% del mercado laboral es formal», resume el economista.
La informalidad explica buena parte de esta brecha. Para Olivera, entre 75% y 80% del mercado laboral peruano funciona en la informalidad, lo que dificulta construir una trayectoria contributiva. La consecuencia aparece cuando llega la vejez: algunas personas tienen una pensión, otras dependen de sus hijos, otras continúan trabajando. La mitad de los adultos mayores participa todavía en el mercado laboral. Pero Olivera advierte que esa cifra puede ocultar dos realidades muy distintas: «Hay un porcentaje muy alto de personas que trabajan por necesidad. Esto lo puedes ver tal vez en los pobres extremos que quieren trabajo. También es legítimo que algunas personas trabajen para mantenerse activas, cognitivamente saludables y en contacto social». El trabajo, por tanto, puede ser una elección o una obligación y la diferencia es fundamental cuando se habla de envejecimiento activo.
La informalidad de hoy se convierte en vulnerabilidad en la vejez: sin aportes continuos, muchas personas llegan a los 60 años sin pensión y deben seguir trabajando o depender de sus familia.
Olivera recuerda que una encuesta realizada con el Midis para evaluar Pensión 65 encontró que muchos beneficiarios trabajaban por necesidad económica y que esa proporción disminuyó después de recibir la pensión. Los trabajos físicamente pesados representan un problema adicional: mantenerse activo puede ser beneficioso, pero hacerlo porque no existe otra fuente de ingresos puede significar someter al cuerpo a esfuerzos que ya no se puede sostener de la misma manera. La discusión conduce directamente a Pensión 65.
Olivera reconoce su importancia, pero considera que su cobertura es insuficiente. «Es muy importante el programa, pero es insuficiente porque solo llega a los pobres extremos. No llega a los pobres no extremos y a los no pobres no les concierne. Es un buen programa, pero debería extenderse a otra capa de adultos mayores que no son los más pobres del Perú, pero sí son pobres». El actual gobierno ha anunciado duplicar el monto del programa, de S/ 350 a S/ 700 mensuales, pero Olivera advierte una paradoja: la pensión social terminaría siendo más alta que la pensión mínima del sistema público, lo que podría desincentivar la afiliación formal en lugar de promoverla.
Soy partidario de que haya una pensión universal para todos los adultos mayores del Perú, independientemente de su nivel económico. (…) En un país como Perú, donde solo 20% es formal, es la única manera de darles un sentido a las personas para que estén mejor preparadas para la vejez».
Su propuesta de fondo es más amplia. «Yo soy partidario de que haya una pensión universal para todos los adultos mayores del Perú, independientemente de su nivel económico. Eso demanda bastantes recursos, pero creo que para un país como Perú, donde solo 20% es formal, es la única manera de darles un sentido a las personas para que estén mejor preparadas para la vejez», sostiene. Su propuesta supone cambiar la manera en que se entiende la protección social: no sería únicamente una ayuda dirigida a quienes llegan a la vejez en pobreza extrema, sino un piso de protección para toda la población mayor, financiado en parte con una reforma tributaria que elimine exenciones equivalentes a cinco puntos del PBI.
Desde la gerontología social, Cuentas observa el mismo problema. Describe un sistema fragmentado entre la ONP, las AFP, las cajas de las Fuerzas Armadas y de la Policía, y Pensión 65. El problema estructural está relacionado con la informalidad: menos del 30% de la población cotiza a la seguridad social, mientras el bono demográfico que sostiene parcialmente el sistema comenzará a reducirse. «El sistema actual ya no resiste y es necesario un cambio de paradigma. El bono demográfico que hoy sostiene parcialmente el sistema irá reduciéndose conforme la pirámide poblacional se ensanche en los grupos de mayor edad». Cita, además, una proyección del Banco Interamericano de Desarrollo según la cual América Latina necesitará más de tres millones de personas dedicadas al cuidado de adultos mayores hacia 2050, lo que anticipa el surgimiento de toda una nueva profesión especializada en la región.
¿Quién cuidará a una población que envejece?
La discusión económica vuelve a encontrarse con la familiar. Si el Estado no amplía la protección, una parte creciente del costo recaerá sobre los hogares, lo que también modificará los cuidados. Cuentas insiste en que envejecer en familia no significa necesariamente vivir bajo el mismo techo. «Cuando yo digo envejecer en familia, quiere decir que la persona adulta mayor viva no necesariamente bajo el mismo techo, sino en familia, con vínculos familiares de corresponsabilidad. Y si va a vivir con algún familiar, que sea acogido y que no pase como si fuera un objeto más, sin hablar, sin vincularse». Ese es uno de los riesgos menos visibles del envejecimiento: estar acompañado y, aún así, sentirse excluido.
Las familias también han cambiado. Existen hogares unipersonales, familias extendidas, parejas mayores y personas adultas mayores que son jefas de hogar. El cuidado, por eso, no puede diseñarse pensando únicamente en una familia nuclear. Cuentas propone observar quiénes integran cada hogar, las generaciones, las relaciones de poder, las capacidades y las fortalezas de cada familia. En las zonas rurales, la situación puede ser todavía más compleja: la migración de hijos y otros familiares puede dejar a adultos mayores solos, con riesgos de aislamiento o accidentes.
Asimismo, Casado plantea una pregunta que el país tendrá que enfrentar con mayor frecuencia: quién cuidará a las personas que envejezcan sin hijos. «Necesitamos hacer leyes sobre quién va a cuidar a las personas. También crear lugares donde puedan vivir adultos mayores con cierta autonomía. Cómo se quiere pasar sus últimos veinte años va a depender de cada persona, pero necesitamos tomar decisiones desde ahora». Esta idea incluye espacios residenciales con servicios básicos, como alimentación y medicamentos; no se trata necesariamente de instituciones cerradas, sino de lugares donde las personas puedan mantener un grado de independencia, similares a los condominios con servicios de comedor que ya existen en otros países.
Necesitamos hacer leyes sobre quién va a cuidar a las personas. También crear lugares donde puedan vivir adultos mayores con cierta autonomía. Cómo se quiere pasar los últimos veinte años va a depender de cada persona, pero necesitamos tomar decisiones desde ahora».
El cuidado también requiere formación. Rodríguez Reaño recuerda que cuidar a una persona mayor no equivale a cuidar a un niño. «Una persona mayor no es un niño. Tiene más de sesenta años y tiene toda una vida. Los cuidados pueden iniciarse por voluntad y por amor, pero luego hay que capacitarse. Así sea una cuidadora familiar, necesita también formarse en ello». El envejecimiento obligará a profesionalizar una actividad que durante mucho tiempo se asumió como una responsabilidad privada de las familias.
UNEX: una universidad que también aprende de quienes envejecen
La Universidad de la Experiencia (UNEX) es un programa de la PUCP creado en el año 2000 para ofrecer a las personas adultas mayores un espacio de aprendizaje, participación y desarrollo personal. Para Raquel Cuentas, especialista en gerontología social, forma parte de una trayectoria más amplia de la Universidad en educación y envejecimiento. La PUCP inició su formación en gerontología social a finales de los noventa, y ha desarrollado otras iniciativas vinculadas con las nuevas formas de envejecer y la longevidad.
Cuentas considera que UNEX debería recuperar una mayor dimensión. “Yo sí considero que UNEX es un programa de educación para personas adultas mayores único en el país. Debería escalar, hacerse más grande, más amplio. Y no quedarse todavía en stand-by para ver qué pasa”, señala. Su propuesta se vincula con una idea que considera fundamental frente al cambio demográfico: promover la educación a lo largo de la vida y ampliar las oportunidades de participación de las personas mayores.
Para Rosa Rodríguez Leña, especialista de UNEX, esa perspectiva se traduce en un programa que actualmente atiende aproximadamente a 400 o 500 personas al año. Los participantes buscan actividades relacionadas con el bienestar psicológico, físico y emocional, además de estimulación cognitiva, nutrición y aprendizaje de nuevas tecnologías. La modalidad virtual también permitió que personas de distintas regiones del Perú y del extranjero accedieran a los cursos.
Rodríguez destaca que el valor de UNEX va más allá de las clases. “Es un espacio muy importante porque permite visibilizar a las personas adultas mayores como personas protagonistas de sus vidas con autonomía. Fortalece su autonomía y su socialización”, explica. El programa incluso propició la creación de una asociación autónoma de estudiantes que organiza actividades culturales y recreativas. Así, UNEX funciona como un espacio de aprendizaje, pero también como un lugar de encuentro y participación para personas que todavía tienen proyectos, intereses y vínculos que desarrollar.
Salud mental y una nueva mirada sobre la vejez
El cuidado no termina en el cuerpo. El boletín del INEI registra que el 10.6% de las personas de 60 años o más tuvo un episodio depresivo durante 2025. Para Rodríguez Reaño, parte del problema está en la manera en que la sociedad interpreta el malestar emocional de las personas mayores: la tristeza puede ser considerada normal, la ansiedad puede atribuirse a la edad, una pérdida de memoria puede interpretarse automáticamente como deterioro cognitivo. Esa normalización retrasa la atención y opera en tres niveles a la vez —la sociedad, el personal sanitario y la propia persona mayor— hasta el punto de que la propia persona puede terminar asumiendo su malestar como inevitable, un fenómeno que la psicología llama «profecía autocumplida».
El costo clínico es concreto: síntomas como la pérdida de memoria o de concentración pueden confundirse con demencia, cuando en realidad responden a una depresión o una ansiedad no tratadas que, al abordarse, suelen revertirse.
El problema también tiene raíces culturales. La psicóloga distingue entre edadismo y viejismo. El primero describe la discriminación por edad, el segundo permite hablar específicamente de la discriminación contra las personas durante la vejez. La representación social de esta etapa se construyó durante siglos alrededor de la dependencia. «Uno de los modelos que se fue construyendo desde una visión biomédica y asistencialista era el de una persona vista como un objeto de cuidado antes que ser un sujeto de derechos. La sociedad representaba a la persona mayor y a la vejez como una etapa negativa, incluso como una involución y devaluación». Rodríguez propone incluso un nombre técnico para el área de la psicología dedicada a este trabajo: la psicogerontología, un símil de lo que la odontogeriatría representa en odontología, que despliega servicios en cuatro frentes —el clínico, el social-comunitario, el organizacional y el educativo—.
Con la vejez, así como hay pérdidas por el paso del tiempo, también hay ganancias. Hay ganancias incluso en el aspecto cognitivo, en el vocabulario y en la fluidez. Está también la sabiduría que dan los años para enfrentarse a situaciones y problemas».
Esa representación, sin embargo, ha comenzado a cambiar. Rodríguez Reaño recuerda que la vejez también puede traer ganancias cognitivas: mayor vocabulario, fluidez verbal y experiencia para enfrentar situaciones. «Con la vejez, así como hay pérdidas por el paso del tiempo, también hay ganancias. Hay ganancias incluso en el aspecto cognitivo, en el vocabulario y en la fluidez, porque uno tiene más palabras que ha ido incorporando. Está también la sabiduría que dan los años para enfrentarse a situaciones y problemas», sostiene. Esto no significa idealizar a las personas mayores: cada individuo envejece de acuerdo con su propia personalidad y trayectoria, y no todos se vuelven, por el solo hecho de cumplir años, en personas necesariamente más buenas o dulces.
Los nuevos desafíos de una vejez diversa
La heterogeneidad es precisamente una de las características de este grupo. No existe una experiencia única de vejez. El duelo es un ejemplo: dos de cada diez adultos mayores son viudos, con una proporción mayor entre las mujeres. La pérdida de la pareja puede coincidir con otras transformaciones —jubilación, cambio de vivienda, pérdida del rol familiar, enfermedades crónicas o deterioro cognitivo— que pueden ocurrir en un mismo periodo. Las pérdidas se superponen y pueden reforzarse entre sí.
La situación vuelve a conectar salud mental y autonomía. Una persona que vive sola no necesariamente está aislada: puede tener amigos, familiares y actividades sociales. El 24.4% de los hogares cuyo jefe es un adulto mayor es unipersonal. Rodríguez considera necesario distinguir vivir solo de sentirse solo: «Las personas mayores pueden vivir solas y tener alguna ayuda ocasional o más consistente. Muchas veces, vivir solo es parte de una decisión. Cuando es así, lo que hay que hacer es promover y fortalecer esa autonomía y esa toma de decisiones». Espacios como los Centros Integrales del Adulto Mayor (CIAM), obligatorios por ley en todos los municipios, o los Centros del Adulto Mayor (CAM), de EsSalud, cumplen un rol clave en sostener esa red social fuera del hogar.
La tecnología también puede convertirse en una barrera. Los trámites, pagos y servicios se trasladaron rápidamente a plataformas digitales, pero no todos los adultos mayores tuvieron las mismas oportunidades para aprender a utilizarlas. La especialista de UNEX identifica tres temores frecuentes: no ser capaz de aprender, estropear el dispositivo y ser víctima de una estafa. La respuesta puede estar en los municipios y las universidades: los espacios de aprendizaje digital permitirían reducir una brecha que no es solamente tecnológica, sino que también puede afectar la independencia y la participación social.
Después del trabajo: cómo prepararse para la jubilación
La jubilación constituye otro momento crítico. La mitad de los adultos mayores continúa en el mercado laboral, principalmente en condiciones informales; para algunos, el trabajo es una elección; para otros, una necesidad.
Cuando llega el retiro, desaparece una parte importante de la identidad construida durante décadas. Rodríguez Reaño propone preparar esa transición con varios años de anticipación. «La jubilación representa un quiebre identitario. La identidad laboral construida durante décadas desaparece de golpe y puede derivar en ansiedad o depresión. Propongo una preparación gradual de tres a cinco años antes del retiro, que abarque los aspectos psicológico, social, económico y legal». Prepararse no significa únicamente calcular cuánto dinero habrá disponible: también implica pensar qué actividades reemplazarán al trabajo, qué relaciones se mantendrán y qué nuevos proyectos pueden aparecer.
En su propio programa, que atiende alrededor de 400 a 500 adultos mayores al año en formatos presencial y virtual, Rodríguez ha visto mejoras emocionales visibles en participantes que llegaron con diagnósticos de depresión o ansiedad, gracias a un formato sin evaluaciones ni calificaciones, donde cada quien aprende, dice, «a su ritmo».
Casado propone incluso modificar la relación entre universidades y generaciones. «Así como existen trabajos de inicio de carrera, también deberíamos empezar a tener trabajos de fin de carrera. Ya no quieres tener todas esas responsabilidades, pero igual todavía puedes contribuir. Hay gente de industria que ha trabajado muchos años y puede venir a compartir sus experiencias con los chicos». La idea cuestiona la asociación automática entre edad y retiro absoluto. Una persona puede dejar un puesto de tiempo completo y continuar aportando conocimiento; también puede seguir estudiando, participar en espacios comunitarios, emprender o enseñar.
El envejecimiento activo, entonces, no significa obligar a las personas a mantenerse productivas. Significa que tengan la posibilidad de continuar participando si así lo desean.
Prepararse ahora para el país que viene
Las cifras del INEI muestran algo difícil de ignorar: el cambio demográfico ya comenzó. El país tiene más adultos mayores, más hogares con presencia de personas mayores, y una relación cada vez menor entre población en edad de trabajar y población adulta mayor. La discusión ya no consiste en decidir si el Perú va a envejecer. La pregunta es cómo lo hará.
Para Cuentas, la respuesta requiere cambiar la mirada. Una persona mayor no debería ser considerada únicamente como alguien vulnerable que necesita asistencia. «Envejecer bien es tener salud integral, física, mental y emocional; tener una pensión digna; envejecer en compañía, con vínculos y sin pobreza. También significa no estar sometido a abuso, maltrato o violencia, envejecer en familia con derechos y vivir sin edadismo». La definición reúne dimensiones que suelen discutirse por separado. Una pensión insuficiente puede afectar la salud. La soledad puede empeorar el bienestar emocional. Una ciudad inaccesible puede convertir una limitación física en dependencia. El envejecimiento, por tanto, no puede ser responsabilidad exclusiva de los servicios de salud.
Una pensión insuficiente puede afectar la salud, la soledad puede empeorar el bienestar emocional, una ciudad inaccesible puede convertir una limitación física en dependencia. El envejecimiento, por tanto, no puede ser responsabilidad exclusiva de los servicios de salud.
Olivera plantea que la oportunidad económica también tiene fecha de vencimiento. El Perú todavía cuenta con una proporción importante de población en edad de trabajar, pero esa relación cambiará. «Perú podría perder una oportunidad de invertir más en la calidad del capital humano de los jóvenes. Ese es el principal desafío: cómo mejorar el capital humano que tenemos, que ya está llegando a esa edad en la que tiene que formarse». La inversión en educación aparece así como una política de envejecimiento: una fuerza laboral más productiva puede generar mejores ingresos, mayores aportes y óptimas condiciones para financiar la protección social.
Perú podría perder una oportunidad de invertir más en la calidad del capital humano de los jóvenes. Ese es el principal desafío: cómo mejorar el capital humano que tenemos, que ya está llegando a esa edad en la que tiene que formarse”.
Casado coloca el énfasis en las decisiones personales y colectivas. «Comenzar a tener vidas más equilibradas. Cómo se quiere pasar los últimos veinte años va a depender de cada persona. Necesitamos hacer leyes sobre quién va a cuidar a las personas, crear lugares donde puedan vivir adultos mayores con cierta autonomía y darnos propósito es importante», sostiene.
Rodríguez Reaño añade otra dimensión: la necesidad de construir una sociedad que no obligue a las personas mayores a abandonar su identidad. La edad no debería borrar la trayectoria profesional, los conocimientos, las relaciones ni los proyectos acumulados durante una vida. Ese cambio cultural también requiere revisar los prejuicios. Ella identifica la infantilización como uno de los problemas más frecuentes: hablarle a una persona mayor como si fuera un niño o reducir toda su identidad al rol de «abuelo» o «abuela».
El envejecimiento no será igual para todos: el género, el territorio, los ingresos, la educación y la trayectoria laboral determinarán las condiciones en que cada persona llegue a la vejez.
El país también deberá adaptar sus espacios. Calles, transporte, viviendas y servicios públicos tendrán que considerar una población con distintas capacidades de movilidad. El INEI muestra que el 44.3% de las personas que reportaron alguna discapacidad en el primer trimestre de 2026 eran adultos mayores, proporción que alcanzó el 55.5% en el área rural. Las diferencias económicas también persistirán: en 2025, el 19.8% de la población adulta mayor se encontraba en situación de pobreza, cifra que en el área rural llegó al 30.4%.
El envejecimiento no será igual para todos. Una mujer que pasó décadas en el trabajo doméstico no remunerado llegará a la vejez con condiciones previsionales distintas a las de un trabajador formal. Una persona que envejece en Lima enfrentará problemas diferentes a otra que vive en una comunidad rural. Por eso, las políticas deberán reconocer las diferencias de género, territorio, ingresos, educación y trayectoria laboral.
La universidad también debe prepararse para una sociedad que envejece
El envejecimiento poblacional también plantea nuevos desafíos para las universidades. Para Raquel Cuentas, las instituciones de educación superior pueden asumir un papel más activo con medidas como una política de jubilación innovadora para docentes y administrativos, un centro de investigación sobre envejecimiento y longevidad, un centro de día gerontológico para familiares de trabajadores, y una maestría en gerontología social.
Desde otras disciplinas, las propuestas se complementan. Fanny Casado plantea reincorporar a los adultos mayores a las aulas y actividades universitarias para aprovechar su experiencia y conocimientos; Rosa Rodríguez Reaño destaca la importancia de crear espacios de aprendizaje, socialización y acompañamiento; y Javier Olivera pone el foco en fortalecer la educación y la productividad desde etapas tempranas de la vida.
Las miradas son distintas, pero coinciden en una idea: prepararse para el envejecimiento no puede empezar recién a los 60 años. La universidad puede contribuir desde la investigación, la formación, el bienestar y la creación de espacios donde distintas generaciones continúen aprendiendo y participando.
El informe del INEI permite dimensionar el tamaño de la transformación. La proporción de personas adultas mayores pasó de 5.7% en 1950 a 14.3% en 2026 y en las próximas décadas seguirá aumentando. Eso significa que las próximas generaciones vivirán en un país distinto: habrá más abuelos y bisabuelos, más hogares con personas mayores, más trabajadores que continuarán activos después de los 60, más necesidad de cuidadores, más demanda de servicios de salud especializados y más presión sobre las pensiones.
Las próximas generaciones vivirán en un país distinto: habrá más abuelos y bisabuelos, más hogares con personas mayores, más trabajadores que continuarán activos después de los 60, más necesidad de cuidadores, más demanda de servicios de salud especializados y más presión sobre las pensiones.
También habrá más personas con experiencia, conocimientos y capacidad de participación. La pregunta será qué lugar les dará la sociedad. El envejecimiento poblacional en el Perú no puede reducirse a una cifra demográfica: es una transformación que alcanzará a las familias, los sistemas de salud, el mercado laboral, las universidades, las ciudades y las cuentas públicas. Prepararse significa actuar antes de que la necesidad sea urgente. Significa construir mejores pensiones antes de que falten aportantes, formar profesionales antes de que aumente la demanda, adaptar ciudades antes de que la movilidad se convierta en una barrera, preparar la jubilación antes del último día de trabajo.
Y significa, sobre todo, cambiar la pregunta. No se trata solamente de cuánto tiempo vivirá una persona. Se trata de cómo podrá vivir esos años.
El Perú está ganando años de vida. El desafío será conseguir que esos años también estén acompañados de salud, autonomía, vínculos, ingresos, participación y propósito.
Magíster en Estado de Bienestar Social por la Universidad Pública de Navarra, España. Doctora (c) en Trabajo Social por la Universidad Pública de Navarra, España. Licenciada en Trabajo Social por la PUCP. Especialista en Gerontología Social por la Pontificia Universidad Católica de Chile, y experta en Género, Universidad Pública de Navarra, España. Actualmente, trabaja como […]
Fanny Casado
Docente del Departamento de Ingeniería PUCP e investigadora del Instituto de Ciencias Ómicas y Biotecnología Aplicada de la PUCP (Icoba)
Doctora en Toxicología e investigadora principal del Instituto de Ciencias Ómicas y Biotecnología Aplicada (Icoba-PUCP). Actualmente, es profesora del Departamento Académico de Ingeniería – Sección Bioingeniería. Realizó trabajos posdoctorales en células madre y cáncer en la McMaster University (Canadá), y en la Johannes Gutenberg-Universität Mainz (Alemania). En estos días, lidera proyectos interdisciplinarios orientados a implementar […]
Es profesor de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Perú e investigador del Luxembourg Institute of Socio-Economic Research (LISER). Asimismo, está afiliado al Departamento de Economía de KU Leuven y es investigador asociado de IZA y NETSPAR. Es doctor en Economía por KU Leuven, magíster en Economía por la Universidad de Essex y licenciado […]
Rosa Rodríguez Reaño
Profesora del Departamento Académico de Psicología
Es licenciada en Psicología Educacional y magíster en Psicología Comunitaria por la PUCP. Asimismo, es egresada de la maestría en Salud Mental en Poblaciones por la Universidad Peruana Cayetano Heredia y cuenta con estudios de posgrado en Gestión e Intervención Gerontológica por la Universidad Maimónides de Argentina. Es consultora e investigadora en temas de desarrollo […]
Deja un comentario