Vivimos un momento en el que muchos perciben al Perú como un país dividido e irreconciliable. Las últimas elecciones, como tantas otras a lo largo de nuestra historia republicana, han puesto en evidencia profundas diferencias entre regiones, generaciones, culturas, visiones del mundo y expectativas sobre el futuro. Sin embargo, la historia nos enseña que el conflicto no es una anomalía. Las sociedades no se construyen desde la uniformidad, sino desde la capacidad de transformar sus diferencias en proyectos compartidos.
Hoy la pregunta es cómo construir un país en el que personas con historias, identidades y aspiraciones distintas puedan reconocerse como parte de una misma comunidad.
José María Arguedas nos legó una imagen poderosa para pensar esa tarea: el Perú de todas las sangres. No proponía borrar las diferencias ni fundirlas en una identidad homogénea. Nos invitaba a reconocer que nuestra riqueza proviene precisamente de la diversidad de nuestras experiencias, lenguas, memorias y formas de comprender el mundo. Ese Perú de todas las sangres no es una realidad plenamente alcanzada, sino una aspiración ética y política que exige escuchar al otro, comprender aquello que nos resulta ajeno y aceptar que nadie puede representar por sí solo la totalidad del país.
José María Arguedas nos legó una imagen poderosa para pensar esa tarea: el Perú de todas las sangres. No proponía borrar las diferencias ni fundirlas en una identidad homogénea. Nos invitaba a reconocer que nuestra riqueza proviene precisamente de la diversidad de nuestras experiencias, lenguas, memorias y formas de comprender el mundo».
Las humanidades tienen mucho que aportar a este desafío. La historia nos recuerda que ninguna fractura es definitiva y que las sociedades pueden reinventarse. La filosofía nos enseña a dialogar y argumentar sin renunciar a nuestras convicciones. En conjunto, nos ayudan a comprender que detrás de cada cifra, de cada conflicto y de cada debate público hay personas que buscan dignidad, reconocimiento y sentido.
En tiempos de polarización, cuando parece más fácil descalificar que comprender, necesitamos ciudadanos capaces de interpretar procesos complejos, cuestionar certezas y tender puentes entre posiciones distintas. Porque un país no se sostiene únicamente con infraestructura, tecnología o crecimiento económico. También necesita memoria, pensamiento crítico e imaginación moral.
Ese Perú de todas las sangres no es una realidad plenamente alcanzada, sino una aspiración ética y política que exige escuchar al otro, comprender aquello que nos resulta ajeno y aceptar que nadie puede representar por sí solo la totalidad del país».
Jorge Basadre escribió que el Perú es, al mismo tiempo, “problema y posibilidad”. Esa posibilidad depende de nuestra capacidad para construir un desarrollo que alcance a todos. El bienestar económico no puede convertirse en privilegio de unos mientras otros permanecen excluidos, porque esa fractura termina erosionando el sentido mismo de comunidad.
Asimismo, en La promesa de la vida peruana, Basadre nos advirtió sobre los eternos enemigos de la República, “los podridos”, que con su actuar subordinan el bien común a sus intereses particulares; “los congelados”, que cerrando los ojos a la realidad se encierran en sus privilegios e ignoran a quienes son diferentes; y “los incendiados”, que creen que destruir basta para transformar la realidad. Más de medio siglo después, esas tres actitudes siguen presentes y continúan amenazando la posibilidad de construir un proyecto nacional compartido.
Hoy más que nunca necesitamos que el Perú de todas las sangres deje de ser únicamente un ideal y se convierta en una experiencia cotidiana. Que aprendamos a reconocer en nuestras diferencias una oportunidad y no una condena; que el diálogo prevalezca sobre el insulto y la descalificación; que la política vuelva a ser un espacio para construir y no solo para confrontar».
Hoy más que nunca necesitamos que el Perú de todas las sangres deje de ser únicamente un ideal y se convierta en una experiencia cotidiana. Que aprendamos a reconocer en nuestras diferencias una oportunidad y no una condena; que el diálogo prevalezca sobre el insulto y la descalificación; que la política vuelva a ser un espacio para construir y no solo para confrontar. Y que al final, el Perú de todas las sangres se construya por la voluntad de sus ciudadanos por crear una Nación que una todas las culturas que compartimos esta Patria.
Como escribió Jorge Basadre al concluir aquella reflexión que conserva plena vigencia: “Que el Perú no se pierda por la obra o la inacción de los peruanos”.



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