Nunca es tarde para volver: César Rivera se graduó como ingeniero PUCP a los 57 años

Después de estudiar mientras trabajaba, formar una familia y construir una trayectoria profesional, el egresado PUCP regresó al campus para cerrar una historia que había comenzado casi cuatro décadas atrás. En la ceremonia donde recibió finalmente el diploma, lo acompañaron sus hijos y el profesor que nunca dejó de motivarlo para que terminara.

Texto: Bárbara Contreras
Fotos: Jorge Cerdán y archivo personal
24.07.2026

A los 57 años, César Rivera no llegó solo a su ceremonia de graduación. Estaban junto a él sus hijos, quienes de niños lo habían visto dividir sus días entre el trabajo, los cursos y las jornadas de estudio. También lo acompañaba Benjamín Barriga, el profesor que, más de dos décadas atrás, se había propuesto que aquel alumno de Ingeniería Mecánica no abandonara la Universidad. 

Por eso, cuando finalmente recibió el reconocimiento, Rivera sintió que el momento no le pertenecía del todo. El diploma llevaba su nombre, pero detrás estaban las personas que lo habían acompañado durante un camino mucho más largo de lo que imaginó. A pesar de no haber terminado la carrera siendo joven, él construyó una trabajado durante más de tres décadas en los sectores minero, marino, industrial y energético, ocupando cargos directivos y gerenciales, y ejerciendo también la docencia universitaria.

Había días en que podía resolver una falla mecánica, pero no llegar a tiempo a un examen. Me esforzaba por obtener buenas notas durante el ciclo para tener margen en los finales, pero el trabajo muchas veces me retenía».

César Rivera
Ingeniero mecánico PUCP

Una prueba difícil

La historia de César empezó en 1987, cuando ingresó a la PUCP para estudiar lo que tanto deseaba desde pequeño. De niño le gustaba acercarse a las herramientas, armar y desarmar objetos, y visitar talleres. Pronto entendió que no solo tenía facilidad para la mecánica: también estaba dispuesto a asumir la vida que esa profesión exigía.

Pero ir a la universidad no fue sencillo. La situación económica del primer gobierno de Alan García lo llevó a trabajar mientras asistía a clases. En paralelo, se formó junto a técnicos de la Marina de Guerra, donde aprendió a reparar, armar y desarmar equipos. Después ingresó a una empresa como técnico.

“Había días en que podía resolver una falla mecánica, pero no llegar a tiempo a un examen. Me esforzaba por obtener buenas notas durante el ciclo para tener margen en los finales, pero el trabajo muchas veces me retenía. Bastaban unos minutos de retraso para encontrar la puerta cerrada. Repetir un curso significaba volver a trabajar para pagarlo y comenzar otra vez”, cuenta. Aquella situación originó que dejara de matricularse.

Pasaron los años, y César se casó y tuvo hijos. Su paso por la Universidad fue quedando cada vez más lejos, entre las responsabilidades familiares y laborales, hasta que se topó con la insistencia del profesor Benjamín Barriga. Él conocía el esfuerzo de Rivera y valoraba que trabajara directamente en el campo de la mecánica. En lugar de aceptar que dejara la carrera, comenzó a comunicarse con él y a buscar alternativas para que regresara.

Pasaron los años, y César se casó y tuvo hijos. Su paso por la Universidad fue quedando cada vez más lejos, entre las responsabilidades familiares y laborales, hasta que se topó con la insistencia del profesor Benjamín Barriga.

“Benjamín no solo me animaba. Me hacía seguimiento, me llamaba y me decía por dónde tenía que avanzar. En ese momento, podía molestarme tanta insistencia, pero ahora entiendo la importancia de tener un mentor. Hay personas que ven algo en ti y no te permiten abandonar, incluso cuando tú mismo empiezas a creer que ya no puedes continuar”, reflexiona hoy.

Volver para terminar lo empezado

Rivera volvió a las aulas cerca de los 30 años. Allí se encontró con estudiantes veinteañeros, nuevas dinámicas y grupos que ya estaban formados. Al comienzo se sentaba al fondo y nadie lo escogía para las tareas colectivas: era el mayor, el alumno casado y con hijos.

Hasta que uno de sus compañeros, Ernesto Rodríguez, lo invitó a integrarse a su grupo. Aquellos jóvenes comenzaron a estudiar en su casa, conocieron a sus hijos y visitaron los talleres donde trabajaba. Él compartía su experiencia práctica y ellos lo ayudaban a recuperar el ritmo académico. Esa promoción, a la que llegó sintiéndose fuera de lugar, terminó convirtiéndose en un grupo de amigos que conserva hasta hoy.

Rivera volvió a las aulas cerca de los 30 años. Allí se encontró con estudiantes veinteañeros, nuevas dinámicas y grupos que ya estaban formados (…) Hasta que uno de sus compañeros, Ernesto Rodríguez, lo invitó a integrarse a su grupo. Aquellos jóvenes comenzaron a estudiar en su casa, conocieron a sus hijos y visitaron los talleres donde trabajaba. Él compartía su experiencia práctica y ellos lo ayudaban a recuperar el ritmo académico.

Culminó los cursos alrededor del 2001, pero la graduación volvió a postergarse. Para entonces, Rivera ya había desarrollado una trayectoria profesional, y asumido cargos gerenciales en empresas vinculadas a la maquinaria, la minería y la industria. Hasta que volvió a encontrarse con Barriga durante una conferencia en Perumin. Habían pasado varios años desde la última vez que se habían visto. El profesor le preguntó si ya se había graduado y, al conocer la respuesta, volvió a intervenir: le explicó cómo retomar el proceso y le pidió que cerrara aquella historia. Cuando Rivera ya había completado los trámites, Barriga le aseguró que estaría presente en la ceremonia. Fue un momento de gratitud más que de celebración personal: frente a él estaban quienes habían visto de cerca todo lo que le costó llegar hasta allí.

Conozco a varios amigos que hubieran querido hacer esto, pero no lo hacen porque sienten vergüenza. A ellos les diría que también lo hagan por sus hijos y sus familias, que han acompañado ese camino».

César Rivera

De llegar a legar

Tras la graduación, Rivera recibió mensajes de antiguos compañeros y de personas desconocidas que también habían dejado cursos o trámites pendientes. Algunos sentían vergüenza de regresar después de tantos años. Él empezó a responderles lo mismo: todavía pueden hacerlo.

“Conozco a varios amigos que hubieran querido hacer esto, pero no se animan. A ellos les diría que regresen. Si les faltan dos cursos o un trámite, no pasa nada: pueden retomarlo. Háganlo también por sus hijos y sus familias, que han acompañado ese camino. Hay que focalizarse, ponerle esfuerzo y terminar lo que uno empezó”, afirma.

Hoy, el ingeniero mecánico siente que su historia no termina con el diploma. Después de décadas de experiencia técnica y varios años como docente, quiere volver a la Universidad para compartir lo aprendido y acompañar a quienes todavía están buscando su camino.

Para explicarlo, recuerda una frase que escuchó años atrás en una conferencia: «Entre un joven y un adulto existe la diferencia de una sola letra». Mientras el primero necesita llegar, el segundo debe legar. Cuando era estudiante, Benjamín Barriga le mostró por dónde continuar. Hoy, a sus 57 años, César Rivera sabe que le corresponde sostener la puerta para los que vienen detrás.

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