Una fecha arqueológica nunca es solo un número. A primera vista, parecería una cifra reservada a especialistas: 14,500, 13,000 u 8,200 años. Sin embargo, algunas fechas pueden ordenar mapas, respaldar ciertos relatos sobre nuestros orígenes y dejar otros en suspenso. Sea como fuere, en arqueología, una fecha no solo ubica un evento en el tiempo, puede también cambiar la manera en que imaginamos la llegada de los primeros seres humanos a un continente.
Eso ocurre hoy con Monte Verde II, un sitio arqueológico a cielo abierto el sur de Chile que, desde hace décadas, ocupa un lugar central en esa discusión. Si hubo presencia humana en esa región austral hace aproximadamente 14,500 años, entonces la llegada al continente tuvo que empezar antes, mucho más al norte, y con rutas y ritmos de dispersión más complejos de lo que durante mucho tiempo se pensó.
Durante buena parte del siglo XX, sin embargo, la explicación dominante fue mucho más sencilla. Los primeros grupos humanos habrían llegado desde Asia nororiental, cruzando Beringia, la región que conectaba Siberia y Alaska, y luego se habrían expandido hacia el sur. El modelo más influyente fue “Clovis primero”, que proponía una cronología corta y ubicaba a los primeros habitantes de América alrededor de 13,000 años antes del presente.
Eso ocurre hoy con Monte Verde II, un sitio arqueológico a cielo abierto el sur de Chile que, desde hace décadas, ocupa un lugar central en esa discusión. Si hubo presencia humana en esa región austral hace aproximadamente 14,500 años, entonces la llegada al continente tuvo que empezar antes, mucho más al norte, y con rutas y ritmos de dispersión más complejos de lo que durante mucho tiempo se pensó».
Hoy sabemos que ese escenario es insuficiente. Diversas evidencias arqueológicas, genéticas y paleoambientales indican una presencia humana anterior a Clovis. Por eso, hablamos de sitios pre-Clovis. El término no designa una sola cultura ni una tradición homogénea, sino que únicamente señala ocupaciones anteriores al horizonte Clovis. Un cúmulo creciente de evidencias empujó un cambio de consenso: los primeros americanos no fueron “los Clovis”, no llegaron hace 13,000 años y no ocuparon el continente siguiendo una sola ruta simple.
En ese marco, Monte Verde II fue decisivo. Descubierto en 1976 y estudiado desde entonces por Tom Dillehay, Mario Pino y un amplio equipo interdisciplinario, el sitio no descansa en un único objeto ni en una sola fecha, sino en una red de evidencias: desde artefactos líticos, madera trabajada, estructuras, fogones, restos de fauna extinta, plantas comestibles y medicinales hasta algas marinas, huellas humanas, sedimentos y fechados. Monte Verde II no se volvió importante solo por ser antiguo, sino porque conserva algo excepcional en la arqueología temprana: un contexto de vida.
Esto es sugerente para un lector peruano acostumbrado a reconocer lo arqueológico en una huaca o en una arquitectura ceremonial. Monte Verde II es, respetando escalas y contextos, casi lo contrario: un sitio frágil, bajo, sin monumentalidad evidente, compuesto por huellas, restos orgánicos, superficies de ocupación y asociaciones delicadas. Su importancia está en permitirnos leer, a partir de evidencias mínimas, un contexto temprano de la vida humana en América.
Durante buena parte del siglo XX, sin embargo, la explicación dominante fue mucho más sencilla. Los primeros grupos humanos habrían llegado desde Asia nororiental, cruzando Beringia, la región que conectaba Siberia y Alaska, y luego se habrían expandido hacia el sur. El modelo más influyente fue ‘Clovis primero’, que proponía una cronología corta y ubicaba a los primeros habitantes de América alrededor de 13,000 años antes del presente. Hoy sabemos que ese escenario es insuficiente».
Conviene detenernos un momento en esta palabra: contexto. En arqueología, un objeto aislado rara vez habla por sí solo. Una piedra tallada, un carbón, una madera, un hueso o una semilla adquieren valor histórico cuando podemos reconstruir la trama material en la que aparecieron: la capa que los contenía, los objetos asociados, la posición que ocupaban y las transformaciones que sufrieron antes de llegar a nosotros. Esa trama permite distinguir una ocupación humana de una acumulación natural, una asociación primaria de una mezcla posterior. Por eso, importan la estratigrafía, que lee el orden de las capas; la tafonomía, que reconstruye la alteración de los restos; los procesos de formación, que explican cómo se produjo o perturbó un depósito; la geomorfología, que estudia la historia del paisaje; y la cronoestratigrafía, que relaciona capas y tiempo. En la imbricación de estas disciplinas, se juega la diferencia entre una prueba arqueológica y una mera posibilidad.
Ese es, precisamente, el punto sensible de la controversia reciente. En marzo de 2026, Todd Surovell y colegas publicaron en Science1 una reinterpretación radical: Monte Verde II no tendría una edad pleistocénica cercana a 14,500 años, sino una edad mucho más reciente, del Holoceno medio, aproximadamente entre 8,200 y 4,200 años. El argumento se apoya en un nuevo modelo geomorfológico y cronoestratigráfico del valle del arroyo Chinchihuapi, en fechados de sedimentos y maderas, y en la supuesta presencia de una tefra Lepué de alrededor de 11,000 años.
Si esa propuesta fuera correcta, el impacto sería enorme. Monte Verde II dejaría de ser una de las evidencias más sólidas de presencia humana pre-Clovis en Sudamérica y muchas narrativas sobre el poblamiento americano tendrían que reajustarse. Por eso, la prueba debe ser extraordinariamente cuidadosa. Una afirmación así no puede sostenerse en una correlación débil y lejana de la escala del contexto arqueológico.
En marzo de 2026, Todd Surovell y colegas publicaron en Science una reinterpretación radical: Monte Verde II no tendría una edad pleistocénica cercana a 14,500 años, sino una edad mucho más reciente, del Holoceno medio, aproximadamente entre 8,200 y 4,200 años».
Las respuestas publicadas2,3,4 y 5 por Tom Dillehay, Mario Pino y un amplio grupo interdisciplinario de investigadores —del que formo parte— han sido críticas con esa reinterpretación. Sostenemos que Todd Surovell y su equipo no excavaron directamente el componente arqueológico Monte Verde II, que trabajaron sobre exposiciones aluviales del paisaje circundante, que no demostraron la equivalencia entre esos perfiles y el contexto arqueológico original, y que aquello presentado como tefra Lepué no ha sido probado bajo la superficie cultural del sitio. También cuestionamos la hipótesis de redepositación fluvial: la idea de que materiales orgánicos antiguos habrían sido erosionados, transportados por agua y finalmente incorporados a sedimentos aluviales más recientes. El punto central de nuestra argumentación es relativamente sencillo. Volver al paisaje de Monte Verde II no es volver al contexto arqueológico de Monte Verde II. Son dos operaciones diferentes, a escalas diferentes.
Un valle fluvial es un sistema dinámico. Sus capas pueden variar lateralmente, interrumpirse, erosionarse, repetirse, parecerse sin ser equivalentes. Una capa visible en un perfil de barranco puede no existir bajo una superficie arqueológica. Una terraza cercana puede no compartir la misma historia sedimentaria que el lugar donde se hallaron los materiales culturales. En arqueología, correlacionar no es aproximar: es demostrar equivalencia.
Esa es la primera gran lección que nos deja el debate en torno a Monte Verde II. La escala correcta no es simplemente el sitio como nombre célebre, ni el paisaje como escenario general. La escala correcta es el contexto: la relación concreta entre materiales, sedimentos, capas, fechados, asociaciones y procesos de formación. Si se propone que los materiales fueron redepositados por agua, debe explicarse cómo una corriente pudo transportar maderas, huesos, restos vegetales frágiles, artefactos, fogones y patrones espaciales sin destruir su coherencia. No basta con demostrar que el agua puede mover materiales, hay que demostrar que pudo producir ese contexto concreto.
Las respuestas publicadas por Tom Dillehay, Mario Pino y un amplio grupo interdisciplinario de investigadores —del que formo parte— han sido críticas con esa reinterpretación. Sostenemos que Todd Surovell y su equipo no excavaron directamente el componente arqueológico Monte Verde II, que trabajaron sobre exposiciones aluviales del paisaje circundante, que no demostraron la equivalencia entre esos perfiles y el contexto arqueológico original, y que aquello presentado como tefra Lepué no ha sido probado bajo la superficie cultural del sitio».
Aquí el debate deja de ser solo arqueológico y se vuelve epistemológico. La arqueología no observa directamente el pasado; lo reconstruye a partir de restos incompletos y desigualmente preservados. Por eso, su fuerza no está en la espectacularidad de un hallazgo, sino en la calidad de sus inferencias. La duda es, por supuesto, indispensable en ciencia, pero no suficiente. Dudar bien exige construir mejor el objeto de estudio: registrar mejor, fechar mejor, comparar mejor, excavar mejor, conservar mejor, y formular mejores preguntas a los archivos y colecciones.
Tareas para el Perú
¿Por qué debería importarnos esto en el Perú? Porque nuestra arqueología temprana forma parte de la misma historia continental. Paiján, Huaca Prieta, Lauricocha, Chivateros, Quebrada Jaguay, Cuncaicha, Lauricocha, Pikimachay y otros sitios no son capítulos aislados de una prehistoria nacional. Son piezas de una pregunta mayor: cómo los primeros grupos humanos ocuparon la costa del Pacífico y los Andes, cómo organizaron su subsistencia, qué tecnologías desarrollaron, y de qué manera construyeron territorios antes de las sociedades agrícolas y urbanas.
La lección para nosotros es doble. Primero, nuestras cronologías no pueden apoyarse solo en nombres de complejos o en formas de artefactos. Una punta de piedra no se fecha por su silueta. La tipología, es decir, la clasificación de objetos por su forma, es útil, pero insuficiente. Necesitamos lectura tecnológica: reconstruir cómo fue hecho un artefacto, qué gestos lo produjeron, qué etapas atravesó y cómo fue usado, reafilado, fracturado o descartado. Las formas pueden converger. La historia, sin embargo, exige contexto.
¿Por qué debería importarnos esto en el Perú? Porque nuestra arqueología temprana forma parte de la misma historia continental. Paiján, Huaca Prieta, Lauricocha, Chivateros, Quebrada Jaguay, Cuncaicha, Lauricocha, Pikimachay y otros sitios no son capítulos aislados de una prehistoria nacional. Son piezas de una pregunta mayor: cómo los primeros grupos humanos ocuparon la costa del Pacífico y los Andes».
Segundo, el Perú necesita consolidar con más fuerza una escuela de prehistoria y arqueología precerámica. Hemos tenido figuras fundamentales, de Frédéric Engel y Augusto Cardich a Claude Chauchat, Rosa Fung, Richard MacNeish, Danièle Lavallée, Duccio Bonavia, Tom Dillehay, Santiago Uceda y muchos otros. Pero la arqueología de los “primeros peruanos” no siempre tuvo una continuidad institucional equivalente a la magnitud de sus preguntas. Durante mucho tiempo, una gran cantidad de materiales quedaron dispersos, muchas colecciones fueron poco revisitadas y muchos sitios antiguos quedaron fijados en interpretaciones heredadas.
Allí hay, pues, una tarea urgente. Las colecciones arqueológicas no deberían ser tratadas como propiedad simbólica de quienes las excavaron. Son archivos materiales del pasado. Requieren curaduría, apertura, revisión, digitalización y nuevas preguntas. Revisitar una colección puede cambiar cronologías, afinar tipologías, reconstruir tecnologías, reconocer materias primas o devolver sentido a contextos mal o poco comprendidos. La ciencia no honra a sus pioneros repitiéndolos, sino volviendo sobre sus evidencias.
Desde esa convicción, el Grupo de Investigación en Poblamiento Inicial de las Américas de la PUCP, Gipam-PUCP, busca tomar la posta: formar estudiantes, promover investigación interdisciplinaria, revisar colecciones, estudiar tecnologías tempranas y situar al Perú dentro de los grandes debates continentales. El país tiene evidencias, preguntas y responsabilidades suficientes para hacerlo.
El Perú necesita consolidar con más fuerza una escuela de prehistoria y arqueología precerámica. (…) La arqueología de los ‘primeros peruanos’ no siempre tuvo una continuidad institucional equivalente a la magnitud de sus preguntas. Durante mucho tiempo, una gran cantidad de materiales quedaron dispersos, muchas colecciones fueron poco revisitadas y muchos sitios antiguos quedaron fijados en interpretaciones heredadas».
Monte Verde, y el debate en torno a él, obliga a nuestro país, a mirar con más cuidado su propia profundidad histórica. Antes de Caral, Chavín, Moche, Wari o los Incas hubo miles de años de vida humana en playas, quebradas, lomas, punas, oasis y valles. Esa historia temprana sigue siendo poco visible y vulnerable. Sus evidencias suelen ser discretas: una concentración de piedras talladas, un fogón tenue, un hueso fragmentado, una capa apenas distinguible. Precisamente por eso pueden desaparecer bajo el avance urbano, la expansión agrícola, la erosión, la huaquería o la simple falta de registro.
Una fecha puede mover un continente.
También puede mover la manera en que un país entiende la complejidad y la profundidad de su propio pasado.
Referencias:
- Todd A. Surovell et al. (2026). A mid-Holocene age for Monte Verde challenges the timeline of human colonization of South America. Science 391, 1283-1288. https://www.science.org/doi/10.1126/science.adw9217
- Dillehay, T. D. et al. Geomorphological and archaeological evidence at Monte Verde II, Chile supports the claim of human occupation 14,500 years ago. Science eLetter (2026). https://www.science.org/doi/10.1126/science.adw9217#elettersSection
- Waters, M. et al. Geoarchaeological assessment of the suggested Middle Holocene age for Monte Verde II, Chile. Science eLetter (2026). https://www.science.org/doi/10.1126/science.adw9217#elettersSection
- Meltzer, D. et al. Genetic evidence and the peopling of the Americas: reply to Surovell et al. 2026. Science eLetter (2026). https://www.science.org/doi/10.1126/science.adw9217#elettersSection
- Dillehay, T. D. Dillehay et al. Rebuttal to Surovell et al. 2026 article in Science on Monte Verde, Chile. Zenodo https://doi.org/10.5281/zenodo.20014451 (2026).



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