El Día Internacional de la Mujer, conmemorado cada 8 de marzo, nos convoca a revisar críticamente los avances en pro de esta causa, pero también las brechas persistentes de género. En el Perú, una de las expresiones más profundas y menos visibilizadas de desigualdad se refiere a la situación de las mujeres mayores. Ello debido a que el envejecimiento no es un proceso neutro, revela desafíos en el ejercicio de derechos y acceso a recursos para este grupo de personas.
Feminización de la pobreza y violencia
Sobre el primer punto, una cifra relevante: el 34.5% de mujeres mayores de 65 años no percibe ningún ingreso, lo que evidencia la debilidad de los sistemas de pensiones y la insuficiente protección social (Cepal, 2024). Hay que decir que la desigualdad no es solo económica, lo es, además, de género, étnica, generacional y territorial. Tres de cada diez mujeres en América Latina están en situación de pobreza; y una de cada diez, en pobreza extrema (Güezmes, 2025). La feminización de la pobreza se intensifica por la falta de reconocimiento del trabajo doméstico, cuidados no remunerados, y por discriminación de edad y género, lo cual limita el acceso a recursos.
Por otro lado, la violencia contra las mujeres mayores constituye una manifestación extrema de la desigualdad estructural, frecuentemente invisibilizada en los ámbitos familiar, institucional y comunitario. La intersección entre vejez, género, pobreza y pertenencia étnico-racial agrava la vulnerabilidad, exponiendo a muchas mujeres a abuso físico, sexual, psicológico, patrimonial o negligencia (BID, 2021).
Las mujeres mayores son víctimas de una triple opresión: por edad, por género y por su lugar dentro de una economía de cuidados no reconocida ni remunerada, la cual no asegura la corresponsabilidad social y el respeto a los derechos humanos durante todo su curso de vida».
El derecho al aprendizaje permanente es fundamental para la autonomía económica y la inclusión social de las personas mayores (Unesco, 2022). Sin embargo, el 14.6% de la población de 60 años o más en Perú es analfabeta, cifra que asciende, por ejemplo, al 54.6% en mujeres rurales (Minedu, 2023). La brecha digital también las afecta, limitando su acceso a información y servicios.
Nuevas formas de vejez y configuraciones familiares
Las transformaciones demográficas vienen generando una creciente presencia de mujeres mayores en los hogares. Así, un 45.1% de estos alberga al menos una persona de 60 años o más; el 30.8% es conducido por mujeres mayores; y en las zonas rurales, las casas son llevadas por el 40% (INEI, 2025). Los hogares unipersonales, con jefatura femenina, representan un contundente 39.9%, evidenciando la carga de cuidados que enfrentan muchas de ellas, además de soledad.
45.1%
de los hogares en el Perú alberga al menos a una persona de 60 años o más.
Estas nuevas formas familiares conviven con estructuras patriarcales que reproducen la subordinación femenina. Como sostiene Alberdi (2003) y Jelin (2007), la familia ha sido históricamente el espacio donde se reproduce el orden de género y en el que las mujeres asumen roles de cuidado sin reconocimiento ni protección, a pesar de que, en la Encuesta Mundial de Valores – Perú 2025, la familia es uno de los espacios más valorados.
Cuidados y derechos en disputa
El trabajo vinculado a los cuidados recae mayoritariamente en las mujeres en todas las etapas de la vida. En nuestro país, el 83% de la población considera que las mujeres son las principales responsables de los cuidados y el 86% opina que la familia debe asumir esta responsabilidad (Encuesta sobre Representaciones del Trabajo de Cuidado, 2023). La crítica feminista propone una organización social del cuidado que integre el principio de corresponsabilidad. Esta organización requiere no solo políticas públicas, sino también infraestructuras materiales que permitan garantizar cuidados dignos para quienes los necesitan y condiciones laborales justas para quienes los proveen (Falú, 2024).
La marginación de las mujeres mayores, como denunció Simone de Beauvoir en su obra ‘La Vejez’, es resultado de una sociedad que privilegia la juventud, la productividad y la masculinidad hegemónica».
Cabe subrayar que las mujeres mayores son víctimas de una triple opresión: por edad, por género y por su lugar dentro de una economía de cuidados no reconocida ni remunerada, la cual no asegura la corresponsabilidad social y el respeto a los derechos humanos durante todo su curso de la vida.
Diversidad, discriminación y envejecimiento
La marginación de las mujeres mayores, como denunció Simone de Beauvoir en su obra La Vejez, es resultado de una sociedad que privilegia la juventud, la productividad y la masculinidad hegemónica. La vida de muchas de ellas en el Perú está marcada por trayectorias de exclusión al ser víctimas de violencia patriarcal, pobreza estructural y prácticas coercitivas. Así como también de lesa humanidad, como aquellas que padecieron las esterilizaciones forzadas perpetradas en los años 90 hacia mujeres menores 50 años, con los cual hoy son víctimas de profunda afectación en su salud, autonomías y en sus trayectorias vitales (Cuentas, 2024). Todo ello, en conjunto, demuestra cómo las violencias del pasado se proyectan en la vejez como secuelas físicas, psíquicas y sociales no reparadas. Desde la crítica feminista, se reconoce en estas trayectorias la intersección entre clase, género, etnicidad y edad, visibilizando la necesidad de justicia y reparación.
Construir un paradigma de envejecimiento activo, que promueva el autocuidado, la autonomía y la inclusión, reconociendo la pluralidad y complejidad de las diferentes formas de vejez, implica transformar las estructuras sociales, económicas y culturales que perpetúan la discriminación y la exclusión de las personas mayores, en especial de las mujeres».
En los cursos sobre derechos humanos de personas mayores, con enfoque de responsabilidad social universitaria (RSU) que se imparten desde UNEX PUCP, las alumnas han narrado que tuvieron que postergar y renunciar a sus proyectos personales y/o profesionales por asumir responsabilidades de cuidado. Así, manifiestan que lo dejaron todo al casarse, cuidar al esposo, los hijos/as o los padres. Algunas de ellas, por fortuna, los están retomando a los 60 o 70 años “ahora que los chicos ya crecieron”.
Tareas pendientes
El edadismo sigue invisibilizando a este grupo, negándoles la posibilidad de ser personas con derechos, participación y deseo. Construir un paradigma de envejecimiento activo, que promueva el autocuidado, la autonomía y la inclusión, reconociendo la pluralidad y complejidad de las diferentes formas de vejez, implica transformar las estructuras sociales, económicas y culturales que perpetúan la discriminación y la exclusión de las personas mayores, en especial de las mujeres.
El proceso de envejecimiento, en especial, la feminización del envejecimiento, debe interpelar los pilares del modelo de desarrollo y del orden patriarcal vigente. Las mujeres mayores han sostenido la reproducción de la vida a lo largo del tiempo, pero han sido sistemáticamente excluidas de los beneficios sociales y económicos. Hoy, sus voces, experiencias y luchas deben estar en el centro de las transformaciones. Esa no es solo una demanda ética, sino un imperativo de justicia social y democracia.



Deja un comentario