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"Tenemos razones para sentirnos orgullosos de nuestra gente y de nuestro país"

Discurso del Dr. Carlos Garatea Grau, rector de la PUCP, en la inauguración del 27 Festival de Cine de Lima PUCP.

  • Dr. Carlos Garatea Grau
    Rector de la PUCP

Para no caer en un lugar común, debería omitir que ha pasado poco más de un año desde la última vez que nos encontramos en este hermoso teatro. No lo omito porque quiero que sepan que, durante estos 371 días, los he extrañado. Aunque no los conozco a todos, aunque con algunos de ustedes me cruzo con frecuencia y puedo llamarlos por su nombre, aunque seamos aquí una nutrida cantidad de personas que si nos vemos en la calle no nos reconocemos, el hecho de que un festival de cine nos reúna y nos haga compartir esperanzas y cultura, y nos permita sentir el codo — ¡hasta la respiración! — del vecino de butaca, es, sin duda, motivo para celebrar y recuperar la fe en un país que camina dividido al borde del abismo.

Ha sido un año difícil. Ya no está – felizmente – el presidente de entonces; el fundo Barbadillo ha triplicado sus inquilinos; el andar del Congreso es idéntico al del cangrejo; 60 peruanos muertos esperan justicia mientras varios cientos de personas nos recuerdan que están lejos de ser ciudadanos con derechos y oportunidades; disminuye el empleo, aumenta la pobreza; crece la tasa de feminicidios y de violencia de género; y, prácticamente, han desaparecido el llamado a la felicidad y la contemplación de la belleza, reemplazados ahora por una enfermiza búsqueda de caviares—hasta bajo las sombras creen escondidos a esos individuos que nadie es capaz de definir, salvo para machacar que su peligrosidad radica en que piensan de manera autónoma y distinta a quien, por cierto, es incapaz de pensar y prefiere las consignas y el insulto a la razón y las ideas-. Hemos llegado a un punto en el que — deben haberlo notado— el amanecer rechina, como una puerta vieja, para que no sigamos con el carrusel en el que estamos atrapados desde hace años.

«Han desaparecido el llamado a la felicidad y la contemplación de la belleza, reemplazados ahora por una enfermiza búsqueda de caviares—hasta bajo las sombras creen escondidos a esos individuos que nadie es capaz de definir, salvo para machacar que su peligrosidad radica en que piensan de manera autónoma y distinta a quien, por cierto, es incapaz de pensar y prefiere las consignas y el insulto a la razón y las ideas-«.

En ese contexto se ha instalado un pesimismo profesional. Ser optimista pasó a ser tomado como señal de idiotez. Quiero decir: vivimos un peligroso proceso de cambio en la evaluación de las conductas y de las cosas que puede terminar de romper el lazo social. Solo diré aquí que se ve con claridad cuando la corrupción deja de indignar y de sorprender o en el hecho de que el pesimista de hoy es tenido por un tipo serio, informado, mientras el optimista es un ingenuo que no sabe dónde está parado. Hay matices intermedios pero, en términos generales, nos movemos entre dos bandos, en medio de un terreno resbaladizo. Pero, aunque arrastramos un clima aplastante, me niego a aceptar que todo está perdido. Tenemos razones para sentirnos orgullosos de nuestra gente y de nuestro país. “El bicolor de mis amores”, cantó Chabuca. Y es que el pesimismo nos hace olvidar que hay personas que hacen las cosas bien. Les aseguro que cualquiera de nosotros puede nombrar a alguien cuyas calidades y cualidades personales despiertan admiración y orgullo. Sin embargo, ¿hace cuánto que no oímos poner de modelo a una buena persona? La juventud y la niñez necesitan de buenos ejemplos. Debemos ayudarlos a que el pesimismo no les apague los ideales, ni los lleve a perder la fe, y debemos evitar que crean que la tabla de salvación está lejos de casa y de los suyos. Esta tarea no es de unos, sino de todos, de absolutamente todos. Por cierto, recordemos que don Quijote empieza a morir cuando duda de la existencia de Dulcinea; en otras palabras, empieza a morir cuando se debilita el ideal que lo hizo emprender su camino. Alguna vez señaló el uruguayo Mario Levrero que “no hay nada como la esperanza para transitar con menos pena entre las dificultades”. Como supondrán, ante estas alusiones, el pesimista profesional brincará hasta el techo objetando que se trata de ficción y de asuntos de poetas, no de la realidad, donde la cosas van de mal en peor, y donde la falta de realismo y pragmatismo nos condena sin remedio. Es probable que el pesimista profesional reniegue de las artes, del cine, de la literatura, porque, siendo ficción, son inútiles y porque, además – a su juicio – son puro gasto; ergo, la sentencia: en una crisis manda la austeridad y el ahorro; prima la inmediatez, la caja. El arte vendrá después. Punto.

«Aunque arrastramos un clima aplastante, me niego a aceptar que todo está perdido. Tenemos razones para sentirnos orgullosos de nuestra gente y de nuestro país. “El bicolor de mis amores”, cantó Chabuca. Y es que el pesimismo nos hace olvidar que hay personas que hacen las cosas bien».

Ustedes y yo hemos tropezado cientos de veces con este argumento. Por supuesto que la ficción es una impostura. ¿Alguien dice lo contrario? Pero la ficción pone en funcionamiento mecanismos y procesos de conocimiento que solo son posibles a través del lenguaje y de la imagen. Del mismo modo, el sueño — qué falta nos hace un sueño común— más inesperado es un acertijo que esconde un deseo o, a su inversa, un temor (Calvino). Estoy hablando de dimensiones de la persona, de la vida, de las emociones, no de una entelequia ni de un sabiondo y veloz chat. ¿Cómo puede pensarse que el arte, el cine, la poesía o las novelas están terminadas si nuestra vida no está acabada? [todavía] Lloramos, reímos, soñamos; nos cuesta levantarnos de la cama; hay comidas que detestamos, otras que nos encantan; hay sonidos que evocan recuerdos y recuerdos que nos conmueven; hay alegrías, tristezas; hay pereza, odios, rencores; hay amistades eternas y decepciones impensables; hay miedos, traiciones y certezas; hay voces en nuestros silencios; hay amor…amor… hay tanto, tanto, en nosotros que es un disparate pensar en un epitafio para las expresiones de la creatividad y de la sensibilidad humanas. Quiero decir: olvidar el arte y la cultura es olvidarnos de nosotros. Es vaciar lo que llevamos dentro, apostar por la nada, hacer del universo una cáscara infinitamente hueca.

«La educación y la cultura necesitan permanecer unidas como las dos caras de un proceso destinado a formar personas íntegras, con consciencia crítica y una imaginación moral capaz de hacernos comprender el mundo, la casa común (cf. García Montero). Estoy convencido de que es la única manera de no ver por el lado equivocado del telescopio».

Permítanme dar un paso más. La educación y la cultura necesitan permanecer unidas como las dos caras de un proceso destinado a formar personas íntegras, con consciencia crítica y una imaginación moral capaz de hacernos comprender el mundo, la casa común (cf. García Montero). Estoy convencido de que es la única manera de no ver por el lado equivocado del telescopio. La cultura nos acerca a los demás, al otro. No basta la empatía; requerimos ser capaces de preguntarnos por el mundo desde los ojos del otro. Cuando vemos una buena película, cuando leemos una buena novela o cuando un soneto nos mueve las fibras, nos acercamos a otros puntos de vista, otras experiencias, vemos y sentimos en los zapatos de quienes no somos ni seremos o de quienes somos sin saberlo o, de pronto, vemos y sentimos desde el niño que seguimos siendo a pesar de las  canas que nos acompañan. Amigas, amigos: esas experiencias son maneras de educar para vivir en democracia. No hay democracia sin un auténtico reconocimiento de los demás. Cuando falta la consciencia de una realidad compartida, se hace muy difícil la posibilidad de aceptar otras interpretaciones, otros puntos de vista y, por tanto, resulta imposible un proyecto de vida común. Cuantos más puntos de vista seamos capaces de tener, cuánto mejor pueda imaginar cómo me sentiría si estuviera en el lugar de otro, más sólida y mejor será la capacidad de emitir una opinión y de actuar pensando en el bien común. El primer paso implica concentrar nuestras fuerzas en lo esencial: la empatía, el razonamiento, la creatividad, la ética, la imaginación y, sobre todo, el diálogo.

Amigas, amigos: evitemos la poda intelectual, démosle lugar al pensamiento y la reflexión, al diálogo e impidamos que perforen el lenguaje y dejen sin sentido a las palabras. La democracia no debe seguir siendo un significante en búsqueda de significado. El arte, el cine y la literatura son medios para la paz. Nos hacen un poquito mejores, y nos brindan los reflejos y las convicciones que necesitamos para afirmar y defender que la democracia es la mejor manera de vivir. Pues bien, esta noche, aquí, con la sencillez de los buenos ejemplos, el 27 Festival de Cine de la PUCP pone un granito de arena en la construcción de un país mejor, más sano, inclusivo y justo. 

¡Seamos protagonistas!

Gracias por escucharme. 

¡Bienvenidos!

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