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Opinión

Chile, más que neoliberalismo

  • Daniel Parodi
    Docente del Departamento de Humanidades

*El autor es especialista en relaciones peruano-chilenas.

Viajar a Chile una o dos veces por año me llevó a observar que el vecino país sureño tiene más semejanzas con el Perú de las que saltan a primera vista. Solemos tener la imagen de que en Chile los niveles de desarrollo socioeconómico son más altos que los nuestros, lo cual es generalmente correcto pero lo que nos muestra la cotidianidad chilena, mucho más que las estadísticas, es que, aquí como allá, hay un pueblo cuyas características principales son las de ser cobrizo y pobre.

Se me hizo más claro en la estación de metro/bus “Pajaritos”, donde debía tomar mi enlace a Valparaíso. En dicha estación, hay una ‘paradita’ de vendedores ambulantes, como aquí, de aquellos que, en realidad, ya no son ambulantes. Los buses a Valparaíso salen cada cinco minutos y no me dio el tiempo de preguntar si eran formales o si pagaban impuestos, apenas sí para comprar dos botellas de agua al vuelo y constatar que eran comerciantes de extracción popular y origen provinciano, tanto como los que se ubican en las calles de “Valpo”, y venden todo tipo de mercaderías, cigarrillos, chiclets o algún potaje local, en suma, que existe un Chile informal.

La paradoja se cuenta sola: en el Perú, un país varias veces más pobre, la universidad pública es prácticamente gratuita para quien quiera estudiar y profesionalizarse; en Chile, excluye a las grandes mayorías o las condena a endeudarse y endeudar por décadas a sus familias».

La diferencia es que en Chile dicha informalidad no llega al 30% de la PEA, lo que no quita que los bulevares más tradicionales del Centro Histórico de Santiago luzcan colmados de comerciantes, la mayoría de ellos inmigrantes, que ocupan sus varias cuadras de acuerdo con su nacionalidad, peruanos, venezolanos, colombianos, haitianos, etc. Hay rincones de Santiago en donde se respira a Lima, la capital chilena se nos hace cada vez más familiar y no solo por la abundancia de restaurantes peruanos en casi todos los barrios y las notas de algún vals, huaino o tecnocumbia deslizándose a la calle desde la ventana de alguna vivienda, sobre todo al mediodía.

Pero el problema pudo radicar precisamente en el 70% y algo más de chilenos que se ganan la vida en el sector formal, cuyos grupos medios y bajos han venido sosteniendo los rigores de un esquema neoliberal a ultranza muy poco dado a la redistribución de la riqueza a través de la extensión y democratización de los servicios del Estado. Esto no se ha logrado, los últimos 30 años, por los altos costos de la oferta pública de servicios de salud -incluidas medicinas-, educativo, transporte, pensión de jubilación etc.

La paradoja se cuenta sola: en el Perú, un país varias veces más pobre, la universidad pública es prácticamente gratuita para quien quiera estudiar y profesionalizarse; en Chile, excluye a las grandes mayorías o las condena a endeudarse y endeudar por décadas a sus familias. No hablo de la calidad del servicio, claro, pero si de algo se olvidó la Constitución pinochetista o, en todo caso, la clase política chilena las últimas tres décadas, es de la igualdad de oportunidades.

Varios ensayos de especialistas chilenos en la materia denuncian la difusión, desde la escuela, de un discurso homogenizador sobre la chilenidad, que invisibiliza minorías étnicas, así como profundas fracturas sociales».

Discursos históricos disfónicos

Me encuentro investigando la narración de la Independencia de Chile en sus manuales escolares. Me he centrado en las bases fundacionales, es decir, en el periodo inmediato previo al 18 de septiembre de 1810, cuando se instaló la Junta de Santiago, análoga a las de Buenos Aires, Caracas, entre otras, que insurgieron en el marco de la convocatoria a las Cortes de Cádiz de 1809 (Asamblea Constituyente) y como respuesta de fidelidad ante su majestad Fernando VII, tras su abrupta captura y confinamiento en Bayona, a manos de Napoleón Bonaparte. Las juntas americanas, sin embargo, pronto se convirtieron en tempranos focos independentistas y la de Santiago no fue la excepción.

La problemática que he hallado en los relatos escolares, todos de reciente publicación, es que los únicos actores sociales protagonistas de la trama son los criollos, sin excepción alguna. De allí que el relato resultante coloca a la sociedad chilena en su conjunto en la condición de tributaria subalterna de una élite occidentalizada y dominante, la que narra y define al país y la colectividad en sus propios términos. En efecto, varios ensayos de especialistas chilenos en la materia denuncian la difusión, desde la escuela, de un discurso homogenizador sobre la chilenidad, que invisibiliza minorías étnicas, así como profundas fracturas sociales.

De alguna manera, el relato del país homogéneo y siempre victorioso se convirtió en la celda justificadora de un orden socioeconómico básicamente injusto y, por eso, había que romper no solo con dicho orden, sino también con la narración histórica que lo sostiene».

Del mismo modo, el ataque vandálico contra las estatuas de los héroes históricos de Chile fue calificado por la cadena alemana Deutsche Welle como “protesta contra la historia oficial”. Las “víctimas” de los desmanes fueron el general Manual Baquedano, héroe de la Guerra del Pacífico, cuya escultura ecuestre se ubica en la plaza Italia de Santiago, epicentro de las protestas entre octubre de 2019 y marzo de 2020. Sin embargo, los ataques contra monumentos que estuvieron cargados de mayor simbolismo se produjeron en las regiones Araucanía y Magallanes, en las que las estatuas de los conquistadores españoles fueron destruidas y depositadas a los pies de las análogas de los héroes de las resistencias nativas locales.

En una investigación pasada, señalé que la historia oficial chilena difundía una autorrepresentación del país que podía definirse como “un cúmulo ininterrumpido de aciertos que no le deja cabida al error”, pero ese discurso, desde la arremetida neoliberal, que en Chile se adelantó 15 años con Pinochet y sus Chicago Boys, cada vez se fue haciendo más lejano ante un país permeable a las pulsiones del mundo global y de la revolución de las comunicaciones. De alguna manera, el relato del país homogéneo y siempre victorioso se convirtió en la celda justificadora de un orden socioeconómico básicamente injusto y, por eso, había que romper no solo con dicho orden, sino también con la narración histórica que lo sostiene.

Chile está buscando un nuevo contrato social pero también una nueva historia, mucho más inclusiva que la anterior. Quizá cuando la encuentre, por fin, podamos sentarnos a conversar».

Las relaciones vecinales

Si queremos mejorar la relación con Chile en el nivel de la percepción, tenemos que reconocer, bilateralmente, que la rivalidad existe. Luego, es cuestión de esferas, existirán algunas en las que la cuestión resulta absolutamente irrelevante y otras en las que nos enerva hasta las encendidas polémicas que protagonizan grupos de interés en las redes sociales. Trabajar dos décadas el tema de la reconciliación peruano-chilena me ha llevado a la conclusión de que el Perú y Chile pueden vivir como están si es lo que desean. A diferencia del siglo XIX, el nacionalismo ya no ocupa todo el espacio en el marco de referencias identitarias del individuo, pero las naciones finalmente allí están, no se fueron del todo como vaticinaron los agoreros de la globalización al derrumbarse el muro de Berlín.

Sin embargo, quienes nos creímos que la ciudadanía se había universalizado en una escala de valores que implica solidaridad, inclusión, respeto de la diversidad, igualdad en todas las dimensiones de la vida y un largo etc. coincidiremos en que ganamos muy poco formando generaciones que, sin haber terminado de aprender a leer, ya identifican una entidad rival por antonomasia y morirán percibiéndola así. Los imaginarios que he observado en ciertas esferas de ambos países me han mostrado demasiado orgullo en Chile y demasiado rencor en el Perú, lo que me deja como conclusión de que no hemos sabido madurar el mal recuerdo de la Guerra del Pacífico, al punto de lograr resignificarlo con una nueva semántica que desactive la carga de rivalidad que aún nos separa.

Chile está buscando un nuevo contrato social pero también una nueva historia, mucho más inclusiva que la anterior. Quizá cuando la encuentre, por fin, podamos sentarnos a conversar.

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