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A propósito de la enseñanza-aprendizaje del Derecho de cara al futuro

  • René Ortiz Caballero
    Profesor principal del Departamento de Derecho

Una remembranza asomó a mi mente cuando el decano de la Facultad de Derecho anunció la organización del Seminario Internacional La innovación en la enseñanza del Derecho. En efecto, el tema propuesto me remitió rápidamente al texto del legendario profesor de la Universidad de Wisconsin Zigurds Zile, Los males de la educación legal, que se publicara en la revista Derecho, de 1980. El título no era alentador pero se refería particularmente a la experiencia norteamericana, aunque las referencias a otros países hablaban de su afán por generalizar o teorizar.

Así, por ejemplo, reflexionaba el autor sobre la importancia de tener objetivos claros y definidos para la educación legal; el ahora perfil de ingreso de los estudiantes y las características del proceso pedagógico dependerían de ellos. Zile consideraba, sin embargo, que la pregunta por los fines de la educación legal daba lugar a una respuesta redundante: “enseñar derecho”. Luego de constatar que definir el derecho era –y es- una tarea ímproba, Zile estimaba que ciertas aptitudes y habilidades constituían el “fondo esencial” de la “multifacética actividad profesional del abogado” y las escuelas de Derecho debían contribuir a que los estudiantes las adquirieran.

El autor no explicitó que había movido el foco de su atención, del derecho hacia el abogado, del objeto de estudio al sujeto operador de ese inextricable objeto. Probablemente no le pareció importante pero lo hizo para deplorar que los profesores se limitaran a transmitir conocimientos y habilidades correspondientes, omitiendo las aptitudes requeridas para hacer frente a las situaciones que afronta un abogado, esto es, conflictos humanos respecto de los cuales el abogado debía ayudar al cliente a esclarecer, determinar y procesar sus intereses, deseos y sentimientos.

Hacia el final del artículo, Zile referirá que existe una tensión en las escuelas de derecho debido a que se mira la tarea de la escuela de derecho en dos direcciones; de un lado, se mira al interior del derecho, es decir, se atiende a la aproximación académica que busca acrecentar y transmitir un saber; y, de otro lado, se mira al exterior del derecho, al saber que precisa un profesional, en ciencia y técnica, para operar el derecho.

Treinta y cinco años han pasado de aquellas reflexiones y hoy nos atrevemos a prolongar y actualizar esta preocupación acerca del quehacer en las facultades de derecho. Hoy, está en tela de juicio la esquemática distinción entre sujeto y objeto; el abogado –el sujeto- no debe ser visto más como un mero aplicador de normas dadas -Zile lo tenía claro-; mientras que el derecho, el objeto, no debe ser visto más como algo dado, logrado, mudable pero determinado en cada momento.

Más allá de idealismos y positivismos, algunos miramos al derecho como el fruto de un proceso de autorrealización en el que los abogados no operamos con supuestas realidades (normas y hechos) sino que creamos y recreamos el derecho en cada ocasión en que ejercemos la profesión, sea en la academia o en el patrocinio.

La formación jurídica en nuestra Facultad de Derecho se precia de ser plural, de haber acogido y acoger a todos los profesores, sea cual fuere la postura académica que exhiban. Esta pluralidad es una riqueza institucional que debe afrontar nuevos retos, en camino por ejemplo hacia la pluralidad jurídica, uno de los nombres de ese proceso de autorrealización. Ya estamos dando pasos en esa dirección; la interpretación de las normas está cediendo su lugar central a la argumentación jurídica, que parte precisamente por reconocer que nada está dado de antemano y que, por ello, es menester redefinir lo lícito y lo ilícito a la luz de los procesos sociales. En este orden de cosas, globalización, políticas públicas e, inclusive, la ética son escenarios a descubrir y redescubrir como parte de la formación plural en derecho.

Zigurds Zile falleció en noviembre del 2002 y sus colegas de la Universidad de Wisconsin lo recuerdan con especial afecto. Sirvan estas líneas personales para rendirle tributo a él y, por medio de él, a los profesores de la Universidad de Wisconsin y a nuestros profesores, la generación de los “Wisconsin boys”, que dejaron una huella indeleble en la formación que recibimos las promociones de los años setenta… y las siguientes.

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