Opinión

Algunas notas sobre la generación del bicentenario desde el proyecto “Ser adolescente en el Perú”

Maria Angélica Pease

Maria Angélica Pease

Docente del Departamento de Psicología de la PUCP

El proyecto “Ser adolescente en el Perú” está conformado por María Angélica Pease (coord.),  Henry Guillen, Stefano de la Torre, Estefanía Urbano, Cesar Araníbar y Franco Renjifo, quienes colaboraron en la elaboración de este artículo.

La generación del bicentenario en el Perú, la de actuales adolescentes, nunca fue “de cristal” ni tampoco encaja en la representación de millenials. Esas configuraciones, como muchas de las adolescencias y juventudes, están llenas de etiquetas desarrolladas en realidades afluentes o de bienestar, muy diferentes a una sociedad peruana inequitativa, diversa culturalmente y plagada de exclusiones. La generación de Inti y de Bryan, de jóvenes que han marchado y de adolescentes que lo seguirán haciendo en las calles, no ha “despertado” porque nunca estuvo “dormida”.

La generación de Inti y de Bryan, de jóvenes que han marchado y de adolescentes que lo seguirán haciendo en las calles, no ha ‘despertado’ porque nunca estuvo ‘dormida'».

En los últimos dos años, desde el proyecto “Ser adolescente en el Perú” (del convenio PUCP-Unicef), venimos investigando las adolescencias peruanas. Estamos ya cerrando la publicación de nuestro trabajo, pero en estos días hemos sentido la necesidad de compartir algunos hallazgos que ayudan a explicar cómo es la generación del bicentenario.

Las y los adolescentes no han estado en el centro de las preocupaciones de la política en ningún momento reciente. Los discursos oficiales no les representan, sino les etiquetan de manera deficitaria (basta ver cómo la prensa hace referencia a ellas y ellos con términos vacíos como “los tiktokeros”). En nuestro estudio, identificamos que las y los adolescentes viven retos enormes que enfrentan día a día; tienen sueños complejos y potentes, y participan muy activamente en discursos globales (como el respeto radical al derecho a amar a quien uno quiera, o la creencia en la absoluta igualdad de capacidades entre varones y mujeres), a los que empiezan a acercarse aun cuando no los ven en sus realidades.

Los discursos oficiales no les representan, sino les etiquetan de manera deficitaria (basta ver cómo la prensa hace referencia a ellas y ellos con términos vacíos como ‘los tiktokeros’)».

Los bicentenarios en el Perú sortean numerosas precariedades, sueñan con ser profesionales sin casi compañía alguna por parte del mundo adulto para lograrlo. Participan en el “mito del progreso” a través de la educación, evidenciando respuestas automatizadas que pasan por ir a la universidad sin que la escuela les dé mayor soporte para lograr esa meta ni que la familia sepa o tenga recursos para facilitarla.

Han crecido sin educación sexual integral y con un inculcado miedo al embarazo adolescente. Viven rodeados de violencia -atravesadas y atravesados por la violencia en la familia y la escuela- y consideran que esta es una de las cosas que más atenta contra su bienestar. Van a una secundaria docente-centrada, transmisionista, con una cultura escolar rígida y autoritaria que no termina de cambiar, hagamos lo que hagamos. Es una escuela que les enseña que aprender es repetir lo que las y los docentes digan, pese a que fuera de ella aprenden de modos muy diversos y más motivadores. Prueba de ello es la enorme cantidad de información que manejan y que intercambian en redes sociales, por ejemplo, cómo desactivar bombas lacrimógenas a partir de lo aprendido en las protestas en otros contextos.

Usan tecnologías, sí, pero no para aprender en la escuela, sino para relacionarse, para organizarse en absolutamente todo (como es el caso de la organización de marchas), y también acceden a través de ellas a discursos globales sobre la diversidad sexual y la equidad de género».

Tienen vínculos muy afectuosos con sus padres y madres, que conviven con historias de abandono muy frecuentes y dolorosas. Sus cuidadores realizan jornadas de trabajo absurdamente largas. A pesar de ello, se sienten cuidados, aunque sea por mando a distancia, por los adultos que les rodean por el hecho de que “están”. Y esa suerte de “precarización de la crianza” que reciben les molesta, les da cólera, pero no es a sus padres a quienes culpan, sino al hecho de que las cosas sean así de injustas.

Usan tecnologías, sí, pero no para aprender en la escuela, sino para relacionarse, para organizarse en absolutamente todo (como es el caso de la organización de marchas), y también acceden a través de ellas a discursos globales sobre la diversidad sexual y la equidad de género, que no ven en su entorno y que les molesta que no estén ahí. Comparten mucho con sus pares a través de las redes; de hecho, lo hacían ya antes de la pandemia. Se acercan a la tecnología digital principalmente para relacionarse y tienen conversaciones, encuentros y aprendizajes fuera de la escuela a través de las redes.

Han recibido una visión formalista y vacía del Estado y de la ciudadanía, limitada a participar en elecciones. Pero han visto también desplomarse al Estado peruano por su corrupción y no están dispuestos a ceder ante ella».

No han recibido de la escuela la educación ciudadana que quisiéramos. De hecho, han recibido una visión formalista y vacía del Estado y de la ciudadanía, limitada a participar en elecciones. Pero han visto también desplomarse al Estado peruano por su corrupción y no están dispuestos a ceder ante ella.

Los moviliza enormemente la justicia, el que las cosas tengan que ser más equitativas para todas y todos, que tengamos los mismos derechos, y creen profundamente en que las cosas pueden cambiar. Tienen una valoración muy alta de su propia agencia para posibilitar el cambio a todo nivel: para alcanzar sus sueños de ser profesionales, pero también para lograr justicia y equidad en la sociedad. Creen que se puede. Que ellos pueden. Que basta con creerlo con todas sus fuerzas. Y los adultos de sus vidas les han dicho que pueden: que podrán ser profesionales, que podrán sacar a su familia adelante. Lamentablemente, a veces, todo lo que les dan es ese aliento, pero ellas y ellos toman ese aliento, y confían en él y lo aprecian muchísimo.

El Perú no debiera ser el mismo luego de las muertes de Inti y Bryan, y eso involucra también dejar de minimizar el ejercicio ciudadano de nuestras adolescencias y juventudes; dejar de verlos como acciones pasajeras, manipuladas por otras y otros o ejercidas solamente desde el hartazgo».

Todos estos son algunos pedacitos, reducidos casi a telegrama, de lo que estaremos compartiendo pronto en la publicación “Ser adolescente en el Perú”. Pero pocas veces hemos sentido tan indispensable este trabajo como a partir de los sucesos de los últimos días. Cuando escuchamos discursos plagados de visiones deficitarias que dicen cosas como “por fin, ahora sí despertaron” o “ellos nos sacarán de esta situación”, recordamos a cada uno de las y los adolescentes de Lima, Cusco y Tarapoto, de escuelas rurales y urbanas con quienes conversamos y cuyas aulas observamos, y nos apena mucho pensar en cómo seguimos depositando algo sobre ellos y ellas: o nuestra frustración o nuestra incompetencia.

Ellos merecen vivir plenamente, vidas completas y ricas, que impliquen también la participación ciudadana y política a la que tienen derecho en un espacio seguro. Pero no son los únicos responsables de sacar al Perú de la situación de inoperancia y crisis a la que lo hemos llevado. El país no debería ser el mismo luego de las muertes de Inti y Bryan, y eso involucra también dejar de minimizar el ejercicio ciudadano de nuestras adolescencias y juventudes; dejar de verlos como acciones pasajeras, manipuladas por otras y otros o ejercidas solamente desde el hartazgo.

Por supuesto que hay hartazgo, pero también hay mucho amor al Perú en sus acciones, mucho seguir creyendo en él. Amor que las peruanas y peruanos debemos honrar generando condiciones para que la generación del bicentenario llegue a tener las vidas plenas que Inti y Bryan no podrán tener.