Coronavirus
Entrevista

«No había manera de celebrar la misa del Corpus Christi sin el alma»

Durante la misa del Corpus Christi, la Catedral de Lima estuvo revestida por las fotos y nombres de más de 5,000 compatriotas fallecidos debido a la COVID-19. Aquí el arzobispo de Lima, monseñor Carlos Castillo, nos comenta cómo surgió la idea de rendir este emotivo homenaje, su significado e importancia y lo que él sintió en ese momento.

Autor: Oscar García Meza
Mons. Carlos Castillo Mattasoglio

Mons. Carlos Castillo Mattasoglio

Arzobispo de Lima y Docente del Departamento Académico de Teología

¿Cómo se conecta la celebración del Corpus Christi y el homenaje dado a nuestros compatriotas fallecidos por COVID-19?

La intención ha sido conectarlo con la institución del cuerpo de Jesús como signo de la esperanza de todos los cuerpos humanos que fallecen, especialmente producto de una situación de injusticia. Es verdad que el virus es algo no deseado, pero lo injusto es el sistema que no tiene misericordia. No me refiero a la gente que ha ayudado al Gobierno, sino a las décadas que nos hemos pasado instituyendo un sistema de medicina que se ríe de la gente y su salud.

Al final de la misa de la Santísima Trinidad, celebrada el domingo 7 de junio, se me ocurrió decir que me envíen las fotos de sus fallecidos. No paraban de llegar, fue impresionante. Lo sientes más cuando son 6 mil familias. Incluso tenemos mil más. Cuando arribé a la Catedral me impactó ver el revestimiento, además de sentir el clamor y dolor de la gente, y al mismo tiempo los colores de las fotos. No había manera de celebrar la misa del Corpus Christi sin el alma, te salía de las entrañas.

En una entrevista anterior, usted comentó que “las celebraciones no tienen que ser de la misma manera siempre, porque las situaciones cambian”. En ese sentido, ¿esta misa ha sido una manera de darle una cristiana sepultura a las personas que debido a la crisis de la COVID-19 no pudieron contar con un velorio?

Así como cuando nace un niño, lo acogemos –por ejemplo, poniéndole su ropita–; cuando nos despedimos, también. Por eso, todos sentimos que nos ha faltado algo. Y no fue culpa de los médicos ni de las órdenes dadas, porque no sabíamos cómo se comportaba el virus. Por ello, lo mejor era hacer sentir el cariño que el Señor ha tenido con nosotros: de dejarnos su cuerpo para que todos mueran en su esperanza.

Somos muy formales como pueblo, pero tenemos que romper con ello para integrar nuestra historia anterior a la actual, a fin de dejarla a otros. El formalismo nos petrifica en una época. Entonces, hacemos los ritos como si fueran una fórmula mágica, cuando no es así. En este caso, salió algo sencillo, lo nuevo eran las fotos. En la historia de nuestra religiosidad, para recordar la vida de un santo se le hacía una figura. Digamos que ahora la foto es la forma moderna de la figura del santo. 

Cuando incensó a cada una de las fotografías en la misa, ¿cómo fue emocionalmente para usted?

Muy fuerte. Hubo oportunidad de incensar a todos, al igual que pasarles el agua bendita. Es un símbolo significativo porque decimos, en un gesto, lo que creemos, que es unir el cielo con la Tierra, el reino pleno con el actual. También me dolía el brazo porque no he hecho ejercicio en todo este tiempo [risas] y el incensario es de un metal pesado, pero ahí avanzaba.

Es una forma también de devolverles la dignidad a las personas que han fallecido en la pandemia.

Eso también. Al crearnos a su imagen y para ser semejantes a Él, Dios está en nosotros. Esta dignidad viene de que no hay lo humano y lo divino, sino que ambos se juntan en la creación del ser humano. Al ir uno por uno, hicimos ese reconocimiento. Además de la dignidad que tenemos como personas individuales y de la que tenemos como todo un pueblo hermano.


Edición: Arzobispado de Lima. Tomas de apoyo: Canal HN

La celebración del Corpus Christi en la Catedral de Lima ha tenido repercusión en distintos medios nacionales e internacionales, ¿a qué considera que se debe?

Es algo que pasa por todo ese espíritu que se ha creado desde hace dos años en la Iglesia de Lima, donde nos tratamos con amistad. Mis formadores –como el padre Gutiérrez, el padre Dianich, el monseñor Bambarén– me decían: “Lo importante, Carlos, es que la Iglesia linda que nosotros hemos vivido se la demos a la gente. Nada más”.

Con las mil fotos más que le enviaron, ¿quizás planean celebrar una próxima misa?

En realidad no se terminaron de poner, pero sí estaban ahí. Vamos a ver si es posible una segunda. Hay que dejarnos inspirar y que no sea solo repetir o perderá un poco el sentido. Si sucede una expansión de la cantidad de fallecidos, podemos ir realizando una especie de recogida y lo vamos preparando con la gente. De manera que el día que podamos reunirnos masivamente, hagamos algo significativo con todo el pueblo organizado, con ofrendas y recuerdos.

Por último, ¿un mensaje que le gustaría dar a nuestra comunidad universitaria?

Hemos avanzado y crecido mucho. Técnicamente, somos una Universidad muy desarrollada, pero eso es insuficiente. Todo depende del amor con que hagamos las cosas, y este existe en los alumnos y alumnas, profesores y profesoras, en todos los que trabajamos ahí. Sería bueno que renovemos este sentido católico. En esta etapa de gran crisis de la humanidad, vamos a empezar a situar a la Universidad como una barca que no se va a hundir. Lo importante es que el conocimiento siempre sea luz en medio de las tinieblas, y así lleguemos a buen puerto con la humanidad y el Perú.