Letras y humanidades
Entrevista

“El escritor tiene todo en contra: sistema, padres, medios”

La multifacética escritora chilena Lina Meruane ha publicado cuentos, novelas, crónicas, ensayos y teatro. Conversamos con ella tras su paso por la Feria Internacional del Libro de Lima 2018.

Autor: Suny Sime|Fotos: Roberto Rojas
Lina Meruane

Lina Meruane

Escritora chilena

¿Qué tan difícil es publicar siendo escritora en Chile? 

Ahora mismo la situación es un poco diferente para mí, porque ya estoy mayor y tengo más libros. El momento más difícil es el de empezar. Ni siquiera hablo de la publicación, sino ese primer momento del taller literario, de la conversación con los profesores y amigos, de encontrar un modelo de mujer escritora —yendo incluso más atrás: cómo te imaginas siendo escritora si todo lo que ves son escritores—. Luego, sigue el momento de encontrarte con los y las pares y generar algún tipo de energía juntos, porque es muy difícil ser escritor, no solo para una mujer, también para un hombre. Tienes todo en contra: al sistema, a los padres que quieren que sobrevivas, a los medios, que cada vez son menos los que cubren cultura. Hay muchas cosas en contra, para una mujer tal vez aún más. Hasta ahora se ha tendido a privilegiar la publicación de autores hombres y de temas sobre los cuales los hombres escriben. Si una mujer quiere publicar, tiene que entrarle a esos temas; y si esos no son sus temas, queda fuera, como si esos temas “más de mujer” no fueran temas literarios, por más que la calidad sea de primera. Ahí hay una dificultad extra; por eso, a mí me parece tan importante decir que no solo hay que rescatar a las viejas, a las que no se leyó, las que no circularon, o las que en su momento se leyeron pero luego se olvidaron o fueron eliminadas del canon. También hay que abrirle la puerta a las escritoras más jóvenes y producir espacios donde se pueda promover su literatura, porque uno ya sabe que les va a costar mucho más. Abrir ese espacio para que también entren las otras me parece un ejercicio generoso, revolucionario, feminista.

¿Y en Chile cómo se da esto? ¿Hay muchas mujeres que escriben?

En mi generación, de los escritores nacidos en torno al año 1970, que somos muchos además, hay bastantes mujeres. En los 50 y 60, había bastantes escritoras de nivel, que tuvieron su nombre y su resonancia, pero luego fueron olvidadas. La dictadura generó un apagón cultural. Luego, hubo una especie de resurgimiento en el periodo de la posdictadura, que es cuando nosotras tenemos alrededor de 25 años, justo el momento como para empezar a publicar. Ahí hay una generación que me parece muy prodigiosa. Están Nona Fernández, Alejandra Costamagna, Andrea Jeftanovic, Cynthia Rimsky, Andrea Maturana, también algunas dramaturgas y por supuesto muchísimas poetas. Me parece que ahí hubo la posibilidad de una alianza entre mujeres, porque nos tocó un momento muy cerrado: los espacios eran pocos y entonces se competía muy duro. Entendimos que esa solidaridad era muy importante. Además, somos todas muy politizadas. Creo que eso nos ha permitido operar juntas, no en el sentido de escribir juntas o ser el mismo tipo de escritoras, pero sí de tener mucha lealtad las unas con las otras.

Hacia fines del siglo pasado, cuando empezabas a publicar, Roberto Bolaño hizo una crítica muy positiva de tu libro Las infantas. Mucho se dice que, en Latinoamérica, después del Boom, solo está la figura de Bolaño. ¿Cuál es su peso en la escena literaria chilena?

Es un peso para bien y para mal, como todos los grandes escritores. Pasa también que Chile es un país muy pequeño literariamente y siempre ha habido una figura. Era Neruda y en batalla con Huidobro y De Rokha, luego era Parra y después vino Bolaño. Ahora, el peligro de eso siempre es la copia, el exceso, intentar meterse debajo de ese gran paraguas y desaparecer allí. En Chile, Roberto Bolaño fue muy polémico; por eso, también resistido. Es un escritor con mucha fuerza literaria y que abrió espacio no solo para los chilenos, sino también para la escritura latinoamericana, que se había cerrado después del Boom. Bolaño en cierta medida vuelve a abrir esa puerta, aunque no con la misma fuerza.

Cuando recibiste el premio Sor Juana Inés de la Cruz por Sangre en el ojo, comentabas que, si bien es un premio para escritoras y una intenta abolir estas categorías de encierro, es aún necesario.

Lo que pasó con ese premio es que yo estaba muy contenta de haberlo recibido, pero la pregunta que se repetía y que me pareció sospechosa precisamente por la repetición era que qué me parecía recibir un premio solo para mujeres. Empecé a darme cuenta de que la insistencia era tan grande que había algo ahí. De hecho, sobre eso fue mi discurso en la recepción del premio: sobre cómo a las mujeres les había costado tanto la escritura. A Sor Juana le costó la vida, y a tantas otras grandes mujeres también. Sobre cómo todavía, a pesar de que ha habido muchas mejoras y que el campo se ha ampliado a partir de los años 80, sigue habiendo dificultades, como la “estereotipación”, etc. Sobre cómo, cuando uno mira los premios literarios —y yo me fui premio por premio para ver si era una distorsión que me había inventado, pero no—, resulta que de cada diez en narrativa, cuento o poesía, nunca hay más de dos mujeres. Cuando hay mucho, son tres. Y en ensayo, cuando hay mucho, es una mujer de diez. No ha mejorado mucho la situación en relación al pasado. Por eso, dije que a mí me encantaría que ese premio no necesitara existir, pero claramente a las mujeres se les da mucho menos oportunidad, no se considera que su literatura es literatura. Entonces, ahí está todavía ese premio haciendo una labor de difusión y discusión. Yo, que era una escritora poco conocida, de pronto tenía una novela que se leyó mucho gracias a la cobertura mediática que recibió.

¿En qué lenguaje te sientes más cómoda? ¿No ficción, ficción, ensayo?

Yo me considero una escritora de ficción, pero en los últimos años también he desarrollado una veta de no ficción y ensayo, que realmente me interesa mucho, porque aunque la ficción tiene su propia teoría y su propia visión del mundo, no tiene una posición persuasiva y a veces no permite decir todas las cosas de la manera directa y cruda que uno quisiera. Entonces, el ensayo entra ahí a permitir esa expresión más frontal de ideas y de puntos de vista, que en la novela tiende a ser más elusiva, más alegórica, más literaria, más sugerente.

Como lo haces en tu diatriba Contra los hijos.

Esa misma idea puesta en literatura no me interesaba tanto. Yo quería decir una serie de cosas que había observado en el mundo real y llevarlas a un lenguaje más directo. Mis libros están llenos de mujeres y también hay ciertas relaciones complejas entre hermana mayor y hermana menor, hija y madre, madres profesionales que tienen que dividirse entre el trabajo y la familia. Esos temas ya están en mi literatura, pero lo que yo quería era hablar de una cuestión mucho más social y política. La diatriba me pareció perfecta.